Capítulo 4: El dinero que alguien quería ocultar – News

Capítulo 4: El dinero que alguien quería ocultar

Capítulo 4: El dinero que alguien quería ocultar

Capítulo 4: El dinero que alguien quería ocultar

No dormí bien aquella noche.

La fotografía del documento financiero seguía abierta en mi teléfono. Ochenta y cinco mil dólares. El nombre de la Fundación Pemberton. Y aquella frase escrita a mano que no dejaba de resonar en mi cabeza: «Si Elias descubre quién recibió realmente el dinero, no será solo Beatrice quien tendrá que dar explicaciones».

Yo era una terapeuta respiratoria. Mi trabajo consistía en ayudar a personas que luchaban por respirar, no en investigar los secretos de una de las familias más poderosas de Pensilvania.

Pero había visto a Hattie temblar de vergüenza mientras suplicaba por un pavo para su nieto enfermo. Había visto a Beatrice tratarla como si no valiera nada. Y ahora alguien intentaba asustarme para que guardara silencio.

No podía fingir que no había ocurrido.

A la mañana siguiente, antes de comenzar mi turno en Millbrook General Hospital, llamé a Elias Pemberton.

—He recibido otra cosa —le dije en cuanto contestó—. Una fotografía de un documento relacionado con los ochenta y cinco mil dólares.

Hubo unos segundos de silencio.

—¿Puedes enviármela?

Se la envié inmediatamente.

—No toques nada más relacionado con ese asunto —me advirtió—. No respondas a los mensajes y no te reúnas con nadie que te contacte. Voy a llevar esto directamente a los abogados de la fundación.

—¿Cree que su hija está detrás de las amenazas?

Elias tardó en responder.

—Creo que mi hija ha cometido errores graves. Pero todavía no sé quién está intentando protegerse ni hasta dónde llega esta historia.

Aquella respuesta me inquietó más que cualquier acusación.

Porque, si Elias no confiaba ni siquiera en su propia hija, ¿quién podía estar manipulando las cuentas de la fundación?

A media mañana, Elias me llamó de nuevo.

Esta vez su voz sonaba más tensa.

—Kara, necesito que escuches esto con atención. Thomas Reed acaba de revisar los registros bancarios. La transferencia de ochenta y cinco mil dólares no llegó a completarse, pero alguien intentó modificar la cuenta de destino antes de que el banco bloqueara la operación.

—¿La cuenta pertenecía a Beatrice?

—No. Ese es precisamente el problema.

Sentí un escalofrío.

—Entonces, ¿a quién pertenecía?

—A una empresa llamada Northbridge Consulting. Según los documentos iniciales, esa empresa no tiene ninguna relación oficial con nuestra fundación.

Elias me explicó que Thomas había encontrado una segunda solicitud de pago, presentada tres días antes. También ascendía a una cantidad considerable y llevaba adjunta una autorización que parecía proceder de la oficina de Beatrice.

Sin embargo, el documento contenía una anomalía: la cuenta de destino había sido registrada utilizando información de contacto vinculada a un antiguo empleado de la fundación.

—¿Quién era ese empleado? —pregunté.

—Un hombre llamado Daniel Cross. Trabajó con nosotros durante seis años y abandonó la fundación hace dos meses.

—¿Lo despidieron?

—Eso es lo que me dijeron.

La forma en que pronunció aquellas últimas palabras me hizo pensar que ni siquiera él estaba seguro de conocer toda la verdad.

Antes de colgar, Elias añadió:

—Los abogados van a investigar las dos solicitudes. Y Kara… si alguien vuelve a amenazarte, quiero que me lo comuniques inmediatamente.

Le prometí que lo haría.

Pero no le conté que, mientras hablábamos, había recibido una notificación de un número desconocido.

Era un mensaje breve.

«Deja de ayudar a Hattie. No sabes lo que esa mujer ha ocultado durante todos estos años».

Me quedé mirando la pantalla.

¿Por qué mencionar a Hattie?

La anciana apenas tenía dinero suficiente para comprar alimentos y pagar la calefacción. Su único delito parecía haber sido pedir ayuda para alimentar a su nieto enfermo.

A menos que alguien quisiera utilizarla para presionar a Elias.

Guardé una captura de pantalla y decidí llamar a Hattie.

Encontré a Hattie en su pequeña casa, sentada junto a la cama de Noah. El niño estaba despierto, pero seguía pálido y débil. Sobre una silla había una bolsa con medicamentos y, en la cocina, el pavo que había conseguido en ShopRite.

Cuando me vio, intentó sonreír.

—No tenías que venir hasta aquí, querida.

—Quería saber cómo estaba Noah.

El niño levantó la mirada.

—Abuela dice que vamos a comer pavo cuando me sienta mejor.

Hattie le acarició el cabello.

—Y así será, cariño.

Esperé hasta que Noah volvió a cerrar los ojos antes de mostrarle los mensajes.

Al leerlos, Hattie perdió el color del rostro.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

Ella apretó el teléfono entre sus manos.

—No debería haberte involucrado en esto.

—Usted no me involucró. Yo decidí ayudarla. Pero necesito saber por qué alguien cree que usted oculta algo.

Hattie miró hacia la ventana. Durante un largo momento, pareció debatirse entre hablar y guardar silencio.

Finalmente, se levantó con dificultad y fue hasta un viejo armario.

Sacó una caja metálica que parecía llevar años sin abrirse. Dentro había fotografías antiguas, recibos amarillentos y varios sobres doblados.

—Hace muchos años, cuando Elias todavía no era rico, su madre enfermó gravemente —comenzó—. Yo los ayudé porque sabía lo que era pasar hambre. Pero hubo algo más que nunca le conté a nadie.

Sacó una fotografía en blanco y negro.

En ella aparecían un joven Elias, una mujer de aspecto frágil y otro hombre vestido con un traje oscuro. Los tres estaban delante de un edificio que reconocí por el nombre escrito en una placa: la primera oficina de la fundación.

—¿Quién es ese hombre? —pregunté.

Hattie señaló al desconocido.

—Su nombre era Richard Cross. Era socio de la persona que financió el primer proyecto de Elias.

Me acordé inmediatamente de lo que Elias acababa de decirme.

Daniel Cross.

—¿Tenía alguna relación con él?

Hattie asintió lentamente.

—Richard era su padre.

El silencio que siguió fue tan profundo que pude escuchar el zumbido del refrigerador.

—¿Y qué tiene que ver eso con los ochenta y cinco mil dólares?

Hattie abrió uno de los sobres y sacó una carta firmada por Elias décadas atrás. La tinta estaba descolorida, pero todavía podía leerse una frase:

«Nunca permitiré que el dinero destinado a las familias necesitadas vuelva a caer en manos de quienes lo utilizaron para enriquecerse».

Hattie tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Richard fue acusado de apropiarse de fondos de aquel primer proyecto. Elias creyó que había recuperado todo el dinero, pero la investigación terminó sin que nadie explicara adónde había ido a parar una parte de los fondos.

—¿Y usted lo sabía?

—Solo sabía que Richard había visitado a la madre de Elias poco antes de desaparecer. Me pidió que guardara unos documentos. Dijo que algún día alguien necesitaría conocer la verdad.

Miré la caja metálica.

Aquello ya no parecía un simple intento de fraude cometido por Beatrice.

Parecía una historia que llevaba décadas esperando el momento de salir a la luz.

—¿Por qué no se lo contó a Elias?

Hattie bajó la cabeza.

—Porque la carta que recibí después de la muerte de Richard decía que, si hablaba, alguien se encargaría de que Elias perdiera todo lo que había construido. Yo era una mujer pobre, Kara. Tenía que proteger a mi familia.

En ese instante, mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Elias.

«Kara, necesito que vengas a la oficina de la fundación. Hemos encontrado algo en los archivos de Daniel Cross».

Un segundo mensaje llegó inmediatamente después.

«Y hay una cosa más. Alguien acaba de entrar en el sistema y ha borrado los registros originales de la transferencia».

Levanté la mirada hacia Hattie.

Ella estaba observando la fotografía antigua con una expresión de puro terror.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

Su dedo tembloroso señaló al hombre que aparecía junto al joven Elias.

—Ese no es Richard Cross —susurró—. Es su hermano menor.

Se me heló la sangre.

—¿Su hermano? ¿Cómo se llamaba?

Hattie tragó saliva.

—Thomas Reed.

El mismo hombre que ahora dirigía las finanzas de la Fundación Pemberton.

Y justo entonces, mientras todavía intentaba asimilar sus palabras, llegó una última notificación al teléfono.

Era una fotografía tomada desde el exterior de la casa de Hattie.

En ella aparecíamos las dos, junto a la ventana.

Debajo, una frase:

«Ahora que conocen el nombre correcto, será mejor que se preparen para descubrir lo que Elias hizo hace treinta años».

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Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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