Capítulo 2: Los segundos que podían cambiarlo todo
Capítulo 2: Los segundos que podían cambiarlo todo
El médico no apartó los ojos del monitor.
—Sarah, necesito que mantengas la calma.
Quise obedecerlo, pero mi cuerpo entero temblaba.
—¿Mi bebé está vivo?
El médico intercambió una mirada rápida con la enfermera.
—El corazón fetal está extremadamente lento. Tu placenta presenta signos de desprendimiento y tienes una hemorragia interna que debemos controlar inmediatamente.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—¿Puede salvarlo?
El médico se acercó más.
—Vamos a intentarlo. Pero necesitamos llevarte al quirófano ahora mismo.
Mark apretó mi mano.
—Haz lo que tengas que hacer.
El médico asintió.
—Señor, necesito que firme la autorización para una cesárea de emergencia.
Mark tomó el bolígrafo.
Sus manos temblaban tanto que tuvo que intentarlo dos veces antes de poder firmar.
—No me importa cuánto tarde —dijo—. Salven a mi esposa y a mi hijo.
Las puertas de urgencias se abrieron de golpe.
Una enfermera entró corriendo.
—Doctor, el ritmo fetal está cayendo todavía más.
El monitor comenzó a emitir un sonido irregular.
Una alarma.
Luego otra.
El médico dejó de hablar.
—Ahora.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Las luces del techo pasaron sobre mí mientras empujaban la camilla por el pasillo. Mark corrió junto a nosotros hasta que una enfermera lo detuvo frente a las puertas del quirófano.
—Aquí no puede pasar.
—¡Sarah!
Giré la cabeza.
—Te quiero —alcancé a decir.
—Yo también.
Las puertas se cerraron.
Y por primera vez desde que mi padre me había arrojado por aquellas escaleras, estuve completamente sola.
La anestesia comenzó a hacer efecto.
Pero antes de cerrar los ojos, escuché al equipo médico intercambiar instrucciones.
—Presión bajando.
—Preparen sangre.
—El desprendimiento es importante.
—Tenemos que sacar al bebé ya.
Después, todo se volvió negro.
Mark permaneció en el pasillo durante cuarenta y siete minutos.
Más tarde me contó que caminó de un extremo al otro tantas veces que una enfermera finalmente le pidió que se sentara.
No podía.
Tenía sangre de mi vestido en las mangas de su camisa.
No era mucha.
Pero era suficiente.
A las 9:31 p. m., mi madre llamó.
Mark miró el teléfono.
Evelyn.
No respondió.
Volvió a llamar.
Y otra vez.
Finalmente, Mark contestó.
—¿Qué quieres?
La voz de Evelyn sonó irritada.
—Necesito saber cómo está Sarah. Tu esposa nos ha causado un problema enorme esta noche.
Mark cerró los ojos.
—Tu marido empujó a Sarah por una escalera.
—¡No la empujó! —respondió Evelyn inmediatamente—. Solo intentó ayudarla a levantarse.
Mark soltó una risa seca.
—Hay ocho personas que vieron lo que pasó.
—Todos saben cómo es Sarah. Siempre exagera.
Mark se quedó mirando las puertas del quirófano.
—Si nuestro hijo muere, nunca volverás a acercarte a nosotros.
Evelyn guardó silencio.
Después preguntó:
—¿El bebé está realmente en peligro?
—Sí.
—Dios mío…
Por primera vez, Mark escuchó miedo en su voz.
Pero entonces ella añadió:
—Si los médicos preguntan, no digas que tu suegro la empujó.
Mark se quedó completamente inmóvil.
—¿Qué acabas de decir?
—Solo estoy tratando de proteger a la familia.
—No. Estás tratando de proteger a tu marido.
Colgó.
Y en ese momento, alguien se acercó por el pasillo.
Era un hombre mayor, vestido con un elegante traje oscuro.
Mark lo reconoció.
Era Thomas, el hermano menor de mi abuelo.
—¿Tú eres Mark?
—Sí.
Thomas miró las puertas del quirófano.
—Entonces necesitas saber algo antes de que Evelyn y tu suegro intenten controlar esta historia.
Mark frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
Thomas sacó un teléfono del bolsillo.
—Hay cámaras en el vestíbulo.
Mark lo miró fijamente.
—¿Cámaras?
—Mi hermano las instaló hace años. Por seguridad.
Thomas abrió un video.
La grabación mostraba el vestíbulo desde varios ángulos.
La imagen era clara.
Se veía a Chloe acercándose al sofá.
Se veía a Evelyn señalándome.
Se veía a mi padre agarrándome del hombro.
Y después…
El empujón.
Mark retrocedió un paso.
No había duda.
No había confusión.
No había accidente.
Mi padre había puesto las manos sobre mí y me había lanzado hacia las escaleras.
—Esto lo cambia todo —susurró Mark.
Thomas asintió.
—Y hay más.
Mark levantó la mirada.
—¿Más qué?
Thomas guardó el teléfono.
—Tu suegro no estaba enfadado solamente porque Sarah no cediera el asiento.
—¿Entonces por qué?
Thomas miró hacia ambos lados antes de responder.
—Porque Sarah descubrió algo sobre la herencia de tu abuelo.
Mark se quedó en silencio.
—¿Qué descubrió?
Thomas negó con la cabeza.
—No lo sé exactamente. Pero hace dos semanas, Sarah me preguntó por ciertos documentos antiguos. Me dijo que había encontrado una transferencia de dinero que no tenía sentido.
Mark sintió un escalofrío.
—Sarah nunca me habló de eso.
—Probablemente porque todavía no confiaba en nadie.
En ese instante, las puertas del quirófano se abrieron.
El mismo médico salió.
Tenía la mascarilla bajada y manchas de sangre en la bata.
Mark se levantó inmediatamente.
—¿Cómo está?
El médico respiró profundamente.
—Su esposa está estable por ahora.
Mark cerró los ojos.
—¿Y el bebé?
El médico guardó silencio durante unos segundos.
—Logramos extraerlo.
Mark sintió que las piernas le fallaban.
—¿Está vivo?
El médico asintió.
—Sí.
Una lágrima recorrió el rostro de Mark.
—¿Y Sarah?
—Está inconsciente, pero responde al tratamiento. Hemos controlado parte de la hemorragia.
Mark se llevó una mano a la cara.
—Gracias a Dios.
Pero el médico no había terminado.
—Hay algo más.
Mark volvió a mirarlo.
—Durante la cirugía encontramos una lesión que no parece corresponder únicamente a la caída.
Thomas se acercó.
—¿Qué significa eso?
El médico bajó la voz.
—Significa que alguien pudo haberla golpeado antes de que cayera por las escaleras.
Mark palideció.
—¿Está diciendo que la atacaron antes?
—No puedo afirmarlo todavía. Necesitamos hacer estudios adicionales.
Entonces una enfermera apareció detrás del médico.
—Doctor, encontramos algo en las pertenencias de la paciente.
Le entregó una pequeña bolsa transparente.
Dentro había un teléfono roto.
Y un papel doblado varias veces.
Mark lo reconoció inmediatamente.
Era la letra de Sarah.
La enfermera lo abrió con cuidado.
Solo había una frase escrita:
“Si algo me ocurre esta noche, busquen el archivo azul en la oficina del abuelo. Mi padre sabe lo que contiene.”
Mark levantó lentamente la mirada hacia Thomas.
Thomas estaba completamente pálido.
—¿El archivo azul? —preguntó.
Thomas asintió.
—Sé exactamente dónde está.
Y entonces el teléfono de Mark comenzó a sonar.
Era Chloe.
Mark contestó.
No dijo una palabra.
Solo escuchó.
Después, su rostro cambió.
—¿Qué ocurre? —preguntó Thomas.
Mark apartó lentamente el teléfono de su oído.
—Chloe acaba de decir que nuestro hijo no fue el único motivo por el que mi suegro quiso deshacerse de Sarah.
Thomas frunció el ceño.
—¿Qué más hay?
Mark miró las puertas del quirófano.
—Sarah está en peligro incluso ahora.
Y antes de que pudiera explicar por qué, las luces del pasillo comenzaron a parpadear.
Alguien había cortado la electricidad de una parte del hospital.
Y desde el otro extremo del corredor, un hombre con una gorra oscura caminaba directamente hacia la habitación donde Sarah se recuperaba.