Capítulo 3 — La mujer dentro del coche
Capítulo 3 — La mujer dentro del coche
La oscuridad cayó sobre la comisaría.
Durante un segundo nadie se movió.
Después se escuchó un golpe contra la puerta principal.
—¡Cole! —gritó Nolan desde el otro lado—. ¡Abra!
Ethan no respondió.
Sacó su linterna y la encendió.
El haz de luz iluminó los rostros de las niñas.
Avery estaba abrazando a Elsie.
Elsie temblaba.
—No pasa nada —dijo Ethan—. Nadie va a entrar.
Entonces escuchó un ruido detrás de él.
La puerta del almacén.
Se estaba abriendo.
El ayudante que estaba junto a él levantó su linterna.
—¿La cerraste?
—Sí.
Los dos se acercaron.
La puerta terminó de abrirse lentamente.
No había nadie.
Sólo cajas.
Papeles.
Y una ventana trasera entreabierta.
Ethan sintió que algo no encajaba.
—Quédate con las niñas.
Avanzó hacia la ventana.
En el alféizar había gotas de lluvia.
Y una huella pequeña.
De adulto.
Alguien había entrado mientras las luces estaban apagadas.
Volvió rápidamente.
—Nadie se mueve.
Avery levantó la mano.
—Agente Cole.
—¿Sí?
—Papá no está solo.
Ethan se arrodilló.
—¿Qué quieres decir?
La niña miró hacia la puerta.
—Cuando nos fuimos de casa, había otro hombre.
—¿Cómo era?
—No le vimos la cara.
—¿Qué llevaba?
Avery cerró los ojos intentando recordar.
—Un abrigo azul.
Elsie añadió:
—Y tenía una cicatriz aquí.
Se señaló la muñeca.
Ethan intercambió una mirada con su compañero.
La puerta principal volvió a recibir un golpe.
Pero esta vez no fue Nolan.
Fue algo más pesado.
—¡Policía! ¡Abran!
Ethan reconoció la voz.
Era el sheriff Daniels.
Corrió hacia la entrada y abrió el seguro.
El sheriff entró acompañado de dos agentes.
—¿Qué está pasando?
—Corte de electricidad. Posible intruso. Las niñas están dentro. El padre está fuera.
Daniels miró hacia Nolan.
—¿Pierce?
—Sí.
Nolan levantó las manos.
—Sheriff, gracias a Dios.
—¿Dónde está la madre?
Nolan respondió:
—No lo sé.
Ethan lo interrumpió.
—La encontraron en su vehículo.
Daniels se volvió.
—¿Laura Bennett?
—Sí.
—¿Viva?
—Sí, pero herida.
Daniels ordenó:
—Quiero una ambulancia y dos unidades en la carretera.
Entonces miró a Ethan.
—¿Qué pasó?
Ethan le entregó el sobre con la jeringa.
—Las niñas dicen que Nolan obligó a Elsie a ingerir una sustancia.
Daniels examinó el sobre.
Su expresión cambió.
—¿Estás seguro?
—La jeringa tiene un código de farmacia. La receta está a nombre de Nolan.
—¿Qué contiene?
—Todavía no lo sabemos.
Daniels miró a Nolan.
—Doctor Pierce, queda detenido hasta que aclaremos esto.
Nolan soltó una risa breve.
—No puede hacer eso.
—Puedo.
—Tengo pacientes. Tengo abogados.
—Y tendrá oportunidad de llamarlos.
Nolan se quedó callado.
Entonces Avery habló.
—Sheriff.
Daniels se agachó.
—¿Sí, pequeña?
—Mi mamá tiene pruebas.
—¿Qué pruebas?
Avery miró a Ethan.
—El teléfono.
Ethan recordó lo que ella había dicho.
El teléfono de su madre.
—¿Dónde está?
Avery señaló la mochila rosa.
—Papá lo escondió allí.
Ethan abrió la mochila con guantes.
Dentro había ropa infantil.
Un cepillo.
Una pequeña caja de medicamentos.
Y un teléfono.
La pantalla estaba rota.
Pero todavía funcionaba.
Había una grabación abierta.
Ethan presionó reproducir.
La voz de Laura llenó la habitación.
“Si alguien encuentra este teléfono, significa que no pude protegerlas.”
Nolan cerró los ojos.
Laura continuó:
“Nolan no empezó esto.”
Ethan miró al médico.
“Pero lleva meses ayudando a alguien.”
La grabación hizo una pausa.
“Alguien que conoce cada movimiento de nuestra familia.”
Avery empezó a llorar.
“Intenté denunciarlo.”
La voz de Laura tembló.
“Pero cada vez que lo hacía, recibía fotografías de las niñas.”
Ethan sintió un nudo en el estómago.
“Me dijeron que si hablaba, Avery y Elsie desaparecerían.”
La grabación continuó.
“Por eso fingí estar de acuerdo con Nolan.”
El sheriff miró al médico.
—¿Con quién estás trabajando?
Nolan no respondió.
Laura siguió hablando.
“El hombre que está detrás de todo esto se llama…”
La grabación se cortó.
Ethan golpeó suavemente el teléfono.
—No.
Intentó reproducirla otra vez.
Nada.
Sólo silencio.
Entonces Avery levantó la cabeza.
—Yo sé quién es.
Todos la miraron.
—¿Quién?
La niña tragó saliva.
—El hombre que papá llama cuando cree que estamos dormidas.
—¿Cómo se llama?
Avery respondió:
—Doctor Mercer.
Nolan palideció.
Ethan reconoció el nombre.
El doctor Julian Mercer.
Director del hospital privado donde Nolan había trabajado durante ocho años.
Un médico respetado.
Un hombre conocido por donar grandes cantidades de dinero a la comunidad.
Pero había algo más.
Mercer había sido quien recomendó a Nolan para su especialidad.
Y había firmado su primera autorización médica.
Ethan sacó el teléfono.
—Necesitamos localizarlo.
El sheriff negó con la cabeza.
—Antes debemos saber dónde está.
El ayudante que estaba junto a la puerta levantó la mano.
—Sheriff.
—¿Qué?
—Tenemos un problema.
Todos se volvieron.
—La ambulancia que venía por Laura nunca llegó.
Ethan sintió un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
—La encontraron abandonada en la carretera.
—¿Y los paramédicos?
—Desaparecidos.
Nadie habló.
Entonces escucharon el motor de un vehículo.
Todos miraron hacia las ventanas.
Un coche negro se detuvo frente a la comisaría.
Las luces se apagaron.
Una puerta se abrió.
Un hombre salió bajo la lluvia.
Llevaba un abrigo azul.
Ethan sintió que el corazón se le aceleraba.
El hombre levantó lentamente una mano.
En la muñeca tenía una cicatriz.
Avery se escondió detrás de Ethan.
—Es él.
El hombre caminó hacia la puerta.
No parecía tener prisa.
Cuando llegó al cristal, levantó el teléfono.
El de Ethan vibró al mismo tiempo.
Un mensaje.
“Suelta a Nolan y te devolveré a Laura.”
Ethan miró al doctor.
Nolan permanecía inmóvil.
Entonces el hombre del abrigo azul escribió otro mensaje.
“Y si no lo haces, las gemelas serán las siguientes.”
Ethan levantó la mirada.
El hombre seguía allí.
Observándolo.
Pero antes de que pudiera dar una orden, Nolan se acercó lentamente al cristal.
Miró directamente al hombre.
Y dijo algo que nadie esperaba escuchar.
—No debiste venir.
El hombre del abrigo azul sonrió.
Entonces Ethan comprendió.
Nolan no tenía miedo de aquel hombre.
Lo conocía.
Y quizá, hasta ese momento, todos habían estado buscando al hombre equivocado.
La puerta de la comisaría volvió a temblar.
Esta vez no por un golpe.
La estaban intentando abrir desde dentro.
Ethan giró lentamente.
Miró hacia el pasillo oscuro.
Y escuchó una voz femenina.
Débil.
Herida.
Pero perfectamente reconocible.
—Ethan…
Era Laura.
—No confíes en el sheriff.