Capítulo 4 — El hombre detrás de la puerta
Capítulo 4 — El hombre detrás de la puerta
La voz de Laura llegó desde el pasillo.
—Ethan…
El ayudante Cole se quedó inmóvil.
—No confíes en el sheriff.
Todos miraron a Daniels.
El sheriff no reaccionó.
Eso fue lo que más asustó a Ethan.
Ni sorpresa.
Ni indignación.
Ni siquiera una pregunta.
Sólo silencio.
—Sheriff —dijo Ethan lentamente—, ¿dónde está Laura?
Daniels levantó las manos.
—No sé de qué estás hablando.
Desde el pasillo volvió a escucharse la voz.
—¡Está mintiendo!
Avery agarró la mano de Ethan.
—Es mamá.
Daniels dio un paso hacia la puerta.
—Quédate aquí.
Ethan lo observó.
—¿Por qué?
—Porque es mi responsabilidad.
—No.
Ethan señaló a las niñas.
—Es mi responsabilidad mantenerlas con vida.
Daniels lo miró durante varios segundos.
Después sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Cansada.
—Siempre fuiste demasiado desconfiado, Cole.
Ethan sintió un escalofrío.
Aquella frase.
La había escuchado antes.
Quince minutos atrás.
En una conversación que ya no podía recordar con claridad.
Pero había algo más.
Daniels conocía a las niñas demasiado bien.
Sabía sus nombres.
Sabía dónde estaba cada una.
Y había llegado exactamente cuando las luces se apagaron.
—¿Cuándo conoció a Nolan Pierce? —preguntó Ethan.
—Hace años.
—¿Y a Laura?
—También.
—¿Y al doctor Mercer?
Daniels no respondió.
Ethan entendió.
—Usted lo conoce.
El sheriff bajó lentamente la mirada.
—No sabes en qué estás metido.
—Entonces explíquemelo.
—No puedo.
—Sí puede.
Daniels miró hacia la puerta.
—No aquí.
Ethan sacó su arma.
—Entonces será aquí.
Nolan levantó la voz desde el otro lado del cristal.
—¡Cole!
Ethan se volvió.
—¿Qué?
—No confíes en él.
Daniels cerró los ojos.
Por primera vez, parecía cansado.
—Nolan, cállate.
—Ya no voy a hacerlo.
Las palabras quedaron suspendidas.
Ethan miró a Nolan.
—¿Qué sabe?
Nolan respiró profundamente.
—Mercer no empezó todo esto.
—¿Quién lo hizo?
Nolan miró a Daniels.
—Él.
Avery empezó a llorar.
Elsie se abrazó a su hermana.
Ethan no bajó el arma.
—¿Por qué?
Daniels respondió:
—Porque nadie escucha a un hombre que está intentando proteger a su familia.
Ethan frunció el ceño.
—¿Qué familia?
El sheriff tardó unos segundos.
—La mía.
Laura apareció finalmente en el pasillo.
Tenía una herida en la frente y una manta alrededor de los hombros.
Ethan corrió hacia ella.
—¿Estás bien?
—Las niñas.
—Están aquí.
Laura miró a Avery y Elsie.
Las gemelas corrieron hacia ella.
Laura se arrodilló y las abrazó.
—Lo siento.
Avery lloró contra su pecho.
—Papá nos hizo daño.
Laura cerró los ojos.
—Lo sé.
Nolan golpeó el cristal.
—Laura.
Ella levantó la cabeza.
—No.
—Tienes que decirles la verdad.
Laura se quedó quieta.
Ethan preguntó:
—¿Qué verdad?
Laura miró a Daniels.
—El sheriff sabe quién empezó esto.
Daniels respiró profundamente.
—Laura.
—Ya basta.
Su voz temblaba.
Pero no retrocedió.
—Hace seis meses descubrí que alguien estaba utilizando los historiales médicos de nuestras hijas.
Ethan preguntó:
—¿Para qué?
—Para obtener medicamentos.
—¿Medicamentos para quién?
Laura miró a Nolan.
—Para niños.
Ethan comprendió.
Nolan era especialista en medicina del sueño.
Tenía acceso a medicamentos controlados.
Pero eso no explicaba las amenazas.
Laura continuó.
—Descubrimos una red que utilizaba recetas falsas. Niños vulnerables. Familias con pocos recursos. Personas que nunca denunciaban porque nadie les creía.
Ethan miró a Nolan.
—¿Y tú estabas involucrado?
Nolan negó con la cabeza.
—Me obligaron.
—¿Quién?
Nolan miró a Daniels.
—Él.
El sheriff no negó nada.
Laura continuó:
—Daniels descubrió que yo tenía pruebas.
—¿Qué pruebas?
—Registros. Nombres. Fechas.
—¿Dónde están?
Laura miró a Avery.
La niña comprendió inmediatamente.
Se acercó a su mochila.
Sacó un pequeño cuaderno.
Lo abrió.
Entre dos páginas había una tarjeta de memoria.
—Mamá dijo que la escondiera aquí.
Daniels dio un paso adelante.
—Dámela.
Avery retrocedió.
Ethan se interpuso.
—No.
El sheriff levantó su arma.
La habitación quedó en silencio.
—Cole, no hagas esto más difícil.
Ethan mantuvo el arma apuntando hacia él.
—Baje la suya.
—No puedo.
—Entonces tendrá que pasar por mí.
Daniels apretó la mandíbula.
En ese momento, un disparo sonó afuera.
Todos se agacharon.
El cristal de una ventana se rompió.
Ethan empujó a las niñas al suelo.
Nolan se lanzó detrás del mostrador.
Laura protegió a Elsie con su cuerpo.
Otro disparo.
Después silencio.
Ethan miró hacia la puerta.
El hombre del abrigo azul había desaparecido.
—¡Cole! —gritó Nolan.
—¿Qué?
—¡El sheriff!
Ethan se volvió.
Daniels ya no estaba.
Había desaparecido por la puerta trasera.
Ethan corrió.
Lo siguió hasta el estacionamiento.
Un vehículo negro arrancó.
La puerta trasera se abrió durante un instante.
Dentro había alguien.
Una pequeña silueta.
Ethan sintió que el corazón se le detenía.
—¡AVERY!
Corrió hacia el coche.
Pero era demasiado tarde.
El vehículo desapareció bajo la lluvia.
Regresó corriendo a la comisaría.
—¿Dónde está Avery?
Laura estaba pálida.
Elsie lloraba.
Nolan permanecía inmóvil.
—Se la llevó —dijo Nolan.
—¿Quién?
Nolan miró a Ethan.
—Daniels.
Ethan apretó los puños.
Entonces vio algo en el suelo.
La tarjeta de memoria.
Avery la había dejado allí.
Pero debajo había un pequeño papel.
Ethan lo recogió.
Sólo había una frase escrita con lápiz.
“Papá dijo que el hombre malo tenía la llave.”
Ethan miró a Nolan.
—¿Qué llave?
Nolan bajó la cabeza.
—La de la habitación donde guardaban los historiales.
—¿Dónde está?
Nolan respondió:
—En la comisaría.
Ethan miró alrededor.
—¿Dónde?
Nolan señaló el despacho del sheriff.
—Detrás del cuadro.
Ethan corrió.
Retiró el cuadro.
Había una caja metálica.
La abrió.
Dentro había fotografías.
Recetas.
Nombres.
Transferencias.
Y una fotografía de Daniels junto a un hombre mucho más joven.
Ethan reconoció al hombre.
Era el doctor Mercer.
Pero había alguien más en la fotografía.
Una niña pequeña.
De unos siete años.
Avery.
La foto había sido tomada esa misma semana.
Ethan sintió que la sangre se le helaba.
En el reverso había una frase:
“La gemela que recuerda debe desaparecer primero.”
Entonces su teléfono vibró.
Un mensaje de un número desconocido.
“Trae la tarjeta de memoria al viejo almacén antes de medianoche.”
Debajo había otra frase:
“Si quieres volver a ver a Avery, ven solo.”
Ethan levantó la mirada.
Nolan estaba detrás de él.
—No vayas solo.
—No tengo opción.
—Sí la tienes.
Nolan señaló la tarjeta.
—Podemos usarla.
Ethan negó con la cabeza.
—¿Cómo?
Nolan lo miró fijamente.
—Porque Daniels cree que tiene el control.
Hizo una pausa.
—Pero no sabe que yo también guardé una copia.
Ethan abrió los ojos.
—¿De qué?
Nolan sacó un pequeño dispositivo de su bolsillo.
—De todo.
Y entonces, desde la distancia, se escuchó el sonido de una sirena.
No era una patrulla.
Era una ambulancia.
La misma ambulancia que había desaparecido.
Se detuvo frente a la comisaría.
Las puertas traseras se abrieron.
Y dentro había una sola persona.
Daniels.
Herido.
Atado.
Con una nota pegada a su pecho.
Ethan corrió hacia él.
La nota tenía seis palabras:
“Ahora sabes quién protegía a quién.”
Daniels abrió los ojos.
Miró a Ethan.
Y susurró:
—Mercer no es el jefe.
Ethan se inclinó.
—¿Entonces quién?
Daniels tragó saliva.
—La persona que te llamó esta noche.
Ethan sintió un escalofrío.
Porque nadie había llamado a la comisaría.
La única persona que había hablado con él directamente era alguien cuyo número conocía desde hacía años.
Su propio supervisor.
El hombre que había enviado a Ethan a esa subestación aquella misma tarde.
Y ahora entendía por qué había insistido tanto en que Ethan estuviera de guardia.
No lo había enviado allí para proteger a las gemelas.
Lo había enviado allí para asegurarse de que estuviera exactamente en el lugar donde comenzaría todo.