PARTE 2 — La Noche en que la Francotiradora Mexicana se Convirtió en el Último Escudo de su Pelotón – News

PARTE 2 — La Noche en que la Francotiradora Mexicana se Convirtió en el Último Escudo de su Pelotón

PARTE 2 — La Noche en que la Francotiradora Mexicana se Convirtió en el Último Escudo de su Pelotón

PARTE 2 — La Noche en que la Francotiradora Mexicana se Convirtió en el Último Escudo de su Pelotón

La noche siguiente, nadie en la base habló demasiado sobre la misión.

Oficialmente, había sido un operativo exitoso.

El objetivo había sido capturado.

El equipo había regresado con vida.

Y el informe preliminar describía la operación con unas pocas líneas frías y burocráticas.

Pero quienes estuvieron allí sabían que aquellas palabras no contaban toda la historia.

Especialmente el capitán Esteban Salgado.

Desde la pequeña sala de operaciones, observaba las fotografías del complejo enemigo proyectadas sobre una pantalla.

Había algo que no encajaba.

La emboscada había sido demasiado precisa.

Los hombres de Ramiro Zárate habían sabido exactamente por dónde entraría el equipo.

Habían preparado posiciones de tiro.

Habían bloqueado las comunicaciones.

Y, sobre todo, habían desplegado dos vehículos armados justo cuando el equipo estaba atrapado.

Aquello no parecía improvisado.

Alguien había filtrado la misión.

—Capitán.

Salgado levantó la mirada.

Valeria Montes estaba parada frente a la puerta.

Llevaba uniforme limpio, pero todavía tenía una pequeña venda sobre la ceja.

—Pasa.

Valeria entró.

—Me dijeron que quería verme.

—Sí.

Salgado señaló una silla.

Ella se sentó.

Durante varios segundos, el capitán permaneció en silencio.

Finalmente preguntó:

—¿Qué viste anoche que nosotros no vimos?

Valeria miró las fotografías.

—Demasiadas cosas.

—Explícate.

Ella se levantó y caminó hacia la pantalla.

—La información decía que Zárate tenía alrededor de veinte hombres.

Señaló una imagen.

—Pero había posiciones defensivas para muchos más.

Después señaló otra.

—Aquí.

Amplió una fotografía del segundo piso.

—Estas ventanas fueron reforzadas recientemente.

Salgado frunció el ceño.

—¿Y eso qué significa?

—Que esperaban un ataque.

—¿Crees que sabían que íbamos?

Valeria lo miró.

—No lo creo.

Hizo una pausa.

—Estoy segura.

La expresión del capitán cambió.

—Entonces tenemos un problema.

—Tenemos uno mucho mayor.

Valeria señaló otra fotografía.

—Durante el tiroteo vi hombres retirándose del complejo antes de que llegáramos.

—¿Cuántos?

—Al menos seis.

Salgado se quedó inmóvil.

—Eso no estaba en el informe.

—Lo sé.

—¿Por qué no me lo dijiste anoche?

Valeria respondió con calma.

—Porque estábamos intentando sobrevivir.

El capitán no pudo discutirlo.

Pero entonces su teléfono comenzó a sonar.

Contestó.

Su rostro cambió después de escuchar las primeras palabras.

—¿Cuándo?

Silencio.

—Entendido.

Colgó.

Valeria esperó.

—¿Qué ocurrió?

Salgado la miró.

—Encontraron uno de los vehículos que escaparon anoche.

—¿Dónde?

—A veinte kilómetros del complejo.

—¿Hay sobrevivientes?

—No.

Valeria observó la fotografía que Salgado acababa de recibir.

Había algo escrito en el parabrisas del vehículo.

Tres palabras.

SOMBRA TE VIO.

Valeria sintió un escalofrío.

No por miedo.

Por reconocimiento.

Alguien sabía exactamente quién había destruido su emboscada.

Y ahora la estaban buscando.


El mensaje

Durante las siguientes horas, la base fue puesta en alerta.

Nadie podía entrar o salir sin autorización.

El equipo de Salgado recibió instrucciones de permanecer dentro del perímetro.

Pero Valeria no podía dejar de pensar en el mensaje.

A las 03:17 de la madrugada, estaba sentada sola en una habitación cuando escuchó tres golpes en la puerta.

Toc.

Toc.

Toc.

Se levantó.

—¿Quién es?

—Salgado.

Abrió.

El capitán entró y cerró detrás de él.

—Tenemos información nueva.

Valeria permaneció en silencio.

—Uno de nuestros informantes acaba de enviar un mensaje.

Le entregó una fotografía.

Era un mapa.

Había una zona marcada en rojo.

—¿Qué es?

—Un almacén abandonado.

—¿De Zárate?

—No.

Salgado bajó la voz.

—Es de alguien mucho más importante.

Valeria levantó la mirada.

—¿Quién?

—Todavía no lo sabemos.

Entonces una explosión sacudió la base.

Las luces se apagaron.

Durante un segundo, todo quedó completamente oscuro.

Después comenzaron a sonar las alarmas.

—¡CONTACTO!

Salgado reaccionó inmediatamente.

—¡Muévete!

Valeria tomó su equipo.

Salieron al pasillo.

Los disparos comenzaron desde el exterior.

La base estaba siendo atacada.


El ataque a la base

Los soldados corrieron hacia las posiciones defensivas.

El ruido era ensordecedor.

Los atacantes habían elegido el momento perfecto.

La mayoría del personal estaba descansando.

Las luces exteriores estaban apagadas.

Y las comunicaciones habían comenzado a fallar.

—¡Nos están bloqueando otra vez! —gritó el operador.

Salgado apretó los dientes.

—¡Protejan el centro de comunicaciones!

Valeria miró por una ventana.

—No vienen de una sola dirección.

—¿Qué?

—Son tres grupos.

Salgado se acercó.

—¿Cómo lo sabes?

—Mira las sombras.

En la distancia aparecieron pequeños destellos.

Uno.

Dos.

Tres.

Valeria señaló hacia el oeste.

—Ahí.

Después hacia el sur.

—Ahí también.

Finalmente hacia el norte.

—Y allí.

Salgado comprendió.

—Nos están rodeando.

Valeria tomó su rifle.

—Sí.

—¿Puedes cubrir el oeste?

—Puedo cubrir los tres.

Salgado la miró.

Esta vez no dudó.

—Hazlo.

Valeria salió al techo.

El viento nocturno golpeó su rostro.

Se tumbó detrás de una barrera de concreto.

El primer enemigo apareció entre los árboles.

Valeria disparó.

El segundo intentó avanzar.

Disparo.

El tercero levantó un arma.

Disparo.

La línea de ataque se detuvo.

Abajo, los soldados comenzaron a recuperar terreno.

Pero entonces algo enorme apareció en la oscuridad.

Un vehículo blindado improvisado avanzaba directamente hacia la entrada principal.

—Capitán —transmitió Valeria—. Tenemos un problema.

—¿Qué clase de problema?

—Uno grande.

El vehículo aceleró.

—¿Puedes detenerlo?

Valeria observó.

—No con un disparo.

Salgado miró hacia la entrada.

—Entonces encuentra otra manera.


El vehículo

Valeria observó el vehículo durante varios segundos.

No podía destruirlo directamente.

Pero sí podía hacer que cambiara de dirección.

Esperó.

El conductor aceleró.

Valeria disparó contra una estructura metálica cercana.

El impacto produjo una lluvia de fragmentos.

El conductor giró instintivamente.

El vehículo se desvió.

—¡Ahora! —gritó Salgado.

Los soldados lanzaron granadas de humo y se desplazaron hacia una posición secundaria.

El vehículo chocó contra una barrera.

Quedó detenido.

Los hombres del interior comenzaron a salir.

Valeria eliminó la ventaja del primero.

Los soldados en tierra hicieron el resto.

La amenaza fue neutralizada.

Pero el ataque no había terminado.

Salgado recibió una transmisión.

—Capitán.

—Habla.

—Tenemos movimiento dentro de la base.

—¿Dentro?

—Sí.

Salgado palideció.

Eso significaba una sola cosa.

Había un infiltrado.


El traidor

Mientras el resto del equipo combatía afuera, alguien había entrado al edificio de comunicaciones.

Valeria bajó del techo.

—¿Dónde?

—Centro de comunicaciones.

Los dos corrieron.

Cuando llegaron, encontraron a un soldado inconsciente en el suelo.

La puerta estaba abierta.

—Se escapó —dijo Salgado.

Valeria observó el pasillo.

—No.

—¿Qué?

—Está todavía aquí.

Ella señaló una puerta lateral.

Salgado levantó su arma.

Avanzaron lentamente.

De repente, una figura apareció.

Un hombre uniformado.

Parecía uno de los soldados de la base.

Pero Valeria notó algo.

—¡Alto!

El hombre levantó el arma.

Salgado reaccionó.

Hubo un intercambio breve de disparos.

El intruso cayó.

Cuando revisaron su equipo descubrieron algo inesperado.

No era miembro de las fuerzas mexicanas.

Llevaba un documento falso.

Y en su bolsillo había una fotografía.

La fotografía mostraba a Valeria.

Tomada durante la misión de la noche anterior.

Al reverso había una frase:

“Ella es la prioridad.”

Salgado miró a Valeria.

—Te están cazando.

Ella no respondió.

Solo observó la fotografía.

—¿Por qué yo?

Salgado negó con la cabeza.

—No lo sé.

Entonces el operador de radio apareció corriendo.

—Capitán, encontramos algo.

—¿Qué?

—La señal que usaron para bloquear nuestras comunicaciones.

—¿Puedes rastrearla?

El operador asintió.

—Sí.

Le mostró las coordenadas.

Valeria reconoció inmediatamente la zona.

Era el mismo almacén marcado en el mapa.

—Quieren que vayamos allí —dijo.

Salgado la miró.

—Exactamente.


La decisión

El amanecer estaba cerca.

El ataque había terminado.

Pero nadie había dormido.

Salgado reunió al equipo.

—Tenemos dos opciones.

Señaló el mapa.

—Esperar refuerzos.

Después señaló el almacén.

—O descubrir quién está detrás de esto antes de que desaparezca.

Morales levantó la mano.

—¿Y si es una trampa?

Valeria respondió:

—Lo es.

Todos la miraron.

—Entonces ¿por qué ir?

Valeria señaló el mapa.

—Porque quieren que pensemos que la trampa está allí.

Salgado entendió.

—¿Y dónde está realmente?

Valeria señaló otra carretera.

—Aquí.

El capitán sonrió.

—Eso pensé.

Morales miró a ambos.

—¿Podrían hablar en un idioma que nosotros entendamos?

Salgado respondió:

—Vamos a hacer que crean que iremos al almacén.

—¿Y realmente?

—Entraremos por detrás.

Valeria tomó su rifle.

—Yo iré primero.

Morales negó con la cabeza.

—Esta vez no.

Valeria lo miró.

—¿Por qué?

Morales sonrió.

—Porque ya nos salvaste una vez.

Ajustó su chaleco.

—Ahora te cubrimos nosotros.

Por primera vez, Valeria sonrió de verdad.


La última misión

Horas después, el equipo abandonó la base.

Esta vez nadie dudaba de Valeria.

Ella avanzaba al frente.

No porque fuera la más importante.

Sino porque todos confiaban en sus ojos.

Llegaron a la montaña cerca del almacén.

Valeria tomó posición.

Observó.

—Tres vehículos.

Salgado preguntó:

—¿Personal?

—Muchos.

Pausa.

—Y hay alguien esperando.

—¿Quién?

Valeria ajustó el visor.

Entonces lo vio.

Un hombre salió del edificio.

Era Ramiro Zárate.

Pero aquello era imposible.

Zárate estaba detenido.

Valeria transmitió:

—Capitán.

—Te escucho.

—Tenemos un problema.

—¿Qué viste?

—Zárate.

Silencio.

—Eso es imposible.

—Lo sé.

Entonces el hombre levantó la cabeza.

Miró directamente hacia la montaña.

Aunque era imposible que pudiera verla.

Sonrió.

Y levantó una mano.

Valeria comprendió.

No era Zárate.

Era alguien que sabía exactamente cómo funcionaba el equipo.

Alguien que conocía sus procedimientos.

Alguien que conocía a Valeria.

Entonces una voz apareció por la radio.

No era Salgado.

No era ninguno de sus soldados.

—Hola, Sombra.

Valeria quedó inmóvil.

La voz continuó:

—La primera vez ganaste porque nosotros no sabíamos quién eras.

Una pausa.

—Esta vez nosotros te conocemos.

Valeria miró hacia el almacén.

—¿Quién eres?

La respuesta llegó con una risa fría.

—Alguien que lleva mucho tiempo esperando encontrarte.

La transmisión terminó.

Valeria bajó lentamente el rifle.

Salgado preguntó:

—¿Qué dijo?

Ella respondió:

—Que esto nunca fue una misión para capturar a Zárate.

—Entonces, ¿qué era?

Valeria miró hacia el horizonte.

—Era una prueba.

—¿De qué?

Ella respondió en voz baja:

—De mí.

Y en ese momento, varios vehículos aparecieron detrás del almacén.

No eran diez.

No eran veinte.

Eran decenas.

Salgado miró el mapa.

Después miró a Valeria.

Ella ajustó el visor.

—Capitán.

—¿Sí?

—Esta vez no somos los cazadores.

Miró las luces que se acercaban.

—Somos la presa.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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