PART 3 La humillaron por pobre, pero él nunca la olvidó – News

PART 3 La humillaron por pobre, pero él nunca la olvidó

PART 3 La humillaron por pobre, pero él nunca la olvidó

La duda, esa semilla oscura y venenosa, había comenzado a echar raíces profundas en el alma atormentada de Rosalía. Cada palabra que Esteban había escupido con tanto rencor resonaba en su mente como un eco incesante que no la dejaba dormir. Si él juraba por lo más sagrado que le había escrito cada mes sin falta, y ella sabía con absoluta certeza que había enviado setenta y dos cartas impregnadas de amor y lágrimas, entonces había un abismo de mentiras entre los dos. ¿Quién se había atrevido a jugar a ser Dios con sus destinos? ¿Quién había tejido esa red de engaños para separarlos? La respuesta, tan evidente como el sol abrasador que castigaba la tierra seca del pueblo, se materializó en su mente: el viejo cartero, Don Chuy. Él era la única persona en todo el municipio que manejaba la correspondencia, el único puente entre aquel rincón olvidado de Dios y el lejano norte donde Esteban había ido a buscar fortuna.

Decidida a arrancar la verdad de raíz, sin importar cuánto doliera, Rosalía salió a las calles empedradas. El calor del mediodía era asfixiante, pero el fuego que ardía en su pecho era mucho mayor. Lo buscó por la plaza, por los callejones, hasta que finalmente lo acorraló cerca de la vieja iglesia. Don Chuy intentó esquivarla, bajando la mirada bajo el ala gastada de su sombrero de paja, apresurando el paso con su raído morral de cuero al hombro. Pero Rosalía, con una determinación feroz que nunca antes había sentido, se interpuso en su camino, bloqueándole cualquier escapatoria.

—Don Chuy, no huya de mí —exigió Rosalía, con una voz que temblaba por la furia y la desesperación contenida—. Necesito que me mire a los ojos y me diga la verdad. ¿A quién le entregaba las cartas de Esteban?

El viejo cartero palideció. Gruesas gotas de sudor frío comenzaron a perlar su frente arrugada, y sus manos temblorosas se aferraron al morral como si su vida dependiera de ello. Evadió la intensa mirada de la joven, buscando inútilmente una salida en el polvo del camino.

—A nadie, muchacha… Yo no sé de qué me hablas. Déjame en paz, que tengo mucho correo que repartir —balbuceó Don Chuy, con la voz quebrada, intentando dar un paso hacia un lado.

Pero Rosalía no iba a permitir que se escabullera. Lo agarró del brazo, clavando sus ojos llenos de lágrimas y fuego en el rostro asustado del anciano.

—¡No me mienta! —gritó ella, sintiendo cómo el corazón le golpeaba el pecho con violencia—. Seis años, Don Chuy. Seis años de mi vida esperando un papel, una sola línea que me dijera que él estaba vivo, que me amaba. Y usted sabía. Usted sabe exactamente dónde terminaron mis cartas y las de él. ¡Dígamelo!

El nerviosismo del anciano era la prueba irrefutable de su culpa. Sus labios temblaban y sus ojos se llenaron de un pánico evidente. —No sé nada… te lo juro por la virgencita, yo entrego lo que me dan —mintió torpemente, soltándose del agarre de la joven y huyendo casi a tropezones por la callejuela.

Rosalía lo vio alejarse, sintiendo una mezcla de rabia y victoria. Ahora lo sabía. Don Chuy escondía un secreto monumental, un secreto que le había robado la juventud y la felicidad. —¡Voy a volver, Don Chuy! —le gritó a su espalda—. ¡Voy a volver todos los días de mi vida hasta que me diga la verdad! ¡No lo voy a dejar en paz!

Mientras esa tormenta se desataba en las calles del pueblo, en la imponente casona de la hacienda “El Cardonal”, la maldad tejía sus propios hilos. Doña Carmen, sentada en su silla de mimbre con la arrogancia de una reina tirana, había ideado un nuevo castigo para humillar a la mujer que despreciaba. Mandó llamar a Rosalía en cuanto esta regresó de su fallido interrogatorio, obligándola a entrar por la puerta de servicio, como a un animal.

—Hoy vas a limpiar el cuarto de mi hijo —le ordenó Doña Carmen con una sonrisa glacial que no llegaba a sus ojos—. Y quiero que lo dejes impecable. Quiero que veas con tus propios ojos el lujo que él comparte ahora con una mujer de verdad, para que entiendas de una vez por todas todo lo que perdiste por ser una simple muerta de hambre.

Rosalía tragó saliva, sintiendo el escozor de la humillación, pero asintió en silencio. Tomó los trapos, la escoba y el balde, y subió las amplias escaleras de caoba hacia la habitación de Esteban. Al abrir la puerta, el aroma de su colonia, mezclado con el olor a madera fina, la golpeó de lleno, transportándola a recuerdos que creía haber sepultado. La habitación era inmensa, decorada con un lujo ostentoso que contrastaba cruelmente con la pobreza de su propia casa.

Comenzó a limpiar mecánicamente, frotando los muebles hasta sacarles brillo, intentando no pensar, intentando no sentir. Pero el destino es caprichoso y a veces cruel. Al pasar el paño por el cajón de la mesita de noche, este se atascó ligeramente. Rosalía tiró con un poco más de fuerza y el cajón se abrió de golpe. Allí, escondido bajo unos papeles de la hacienda, había algo que detuvo el tiempo.

Sus manos temblaron al alcanzar el objeto. Era una fotografía vieja, con los bordes desgastados por el tiempo y el constante roce de unos dedos que la habían sostenido demasiadas veces. Eran ellos dos, en la feria del pueblo, sonriendo con la inocencia de un amor que creían eterno. Y junto a la foto, enrollado cuidadosamente como si fuera el tesoro más grande del mundo, estaba el viejo listón azul. El mismo listón que ella le había dado, el mismo que Brenda había llamado “trapo viejo” el día que regresaron.

Las lágrimas brotaron de los ojos de Rosalía sin que pudiera contenerlas. Cayó de rodillas frente a la mesita, aferrando el listón contra su pecho. Él no la había olvidado. A pesar del rencor, a pesar de Brenda, a pesar de las supuestas traiciones, Esteban había conservado ese pedazo de su historia durante seis largos y solitarios años.

—¿Qué haces con eso? —La voz dura y grave de Esteban resonó a sus espaldas, haciéndola saltar.

Él estaba de pie en el umbral de la puerta, con la mandíbula tensa y los ojos oscurecidos por una mezcla indescifrable de ira, dolor y anhelo. Rosalía se puso de pie lentamente, sin soltar la fotografía ni el listón azul.

—Tu mamá me mandó a limpiar aquí —respondió ella, con la voz quebrada por el llanto—. ¿Por qué no la tiraste, Esteban? ¿Por qué la guardaste si supuestamente me odias tanto?

Esteban dio un paso hacia ella, cerrando la puerta a sus espaldas. El aire en la habitación de pronto se volvió denso, eléctrico. Quiso arrancarle las cosas de las manos, pero al ver las lágrimas rodar por las mejillas de Rosalía, algo se rompió dentro de él.

—Se me olvidó que estaba ahí —mintió él, apartando la mirada, incapaz de sostener la intensidad de los ojos de la mujer que amaba. —Nadie olvida algo durante seis años en el fondo de un cajón —le rebatió Rosalía, dando un paso hacia él—. Lo quitaste del retrovisor de tu camioneta para esconderlo aquí. Sé sincero por una sola vez en tu vida, Esteban.

Él la miró fijamente. La respiración de ambos se aceleró, estando tan cerca que podían sentir el calor del otro. La furia de Esteban se desvaneció por un microsegundo, dejando al descubierto al joven vulnerable que se había marchado del pueblo con el corazón lleno de esperanzas. —No la tiré… —susurró él, con una voz que casi se rompió— porque nunca pude dejar de ser un reverendo tonto. Eso es todo.

Esteban le arrebató el listón y la foto de las manos, retrocediendo como si el contacto físico con ella lo quemara. —Vuelve a tu trabajo y no vuelvas a hurgar en mis cosas. Lo nuestro está muerto, Rosalía. Muerto y enterrado.

Lo que ninguno de los dos sabía era que, al otro lado de la puerta entreabierta, una sombra los acechaba. Brenda, con los ojos inyectados en una furia celosa y los puños apretados hasta clavarse las uñas en las palmas, había escuchado cada palabra. Había visto la intensidad de esa mirada que Esteban jamás le había dedicado a ella. Esa maldita lavandera del pueblo seguía siendo dueña del corazón del hombre con el que iba a casarse.

Llena de veneno, Brenda bajó las escaleras a toda prisa, con el sonido de sus tacones resonando como martillazos en el suelo de mármol. Irrumpió en la sala donde Doña Carmen tomaba tranquilamente su té.

—Esa mugrosa no me va a quitar lo que es mío —siseó Brenda, acercándose a la matriarca—. Acabo de verlos en el cuarto. Él todavía guarda cosas de ella, fotos, trapos viejos… ¡Usted y yo tenemos el mismo problema, señora, y necesitamos la misma solución!

Doña Carmen dejó la taza de porcelana sobre la mesa, con una calma espeluznante. —¿Qué estás insinuando, muchacha? —Que la boda tiene que ser pronto. No podemos darle tiempo a Esteban de que empiece a pensar con el corazón en lugar de con la cabeza. ¡Que la boda sea en un mes! —sentenció la prometida, con los ojos brillando de malicia.

Doña Carmen sonrió, una sonrisa fría y calculadora que revelaba a la verdadera villana que llevaba dentro. —A mi hijo lo convenzo yo, no te preocupes. Vete, déjame sola. Yo sé muy bien cómo manejar esta situación y dónde guardar los estorbos.

Cuando Brenda salió de la sala, Doña Carmen se levantó lentamente. Caminó hacia su inmenso cuarto, cerró la puerta con llave y se dirigió a su pesado ropero de madera de roble. Apartó unos chales de seda y, del fondo oscuro, sacó una vieja caja de lata oxidada. Al abrirla, el olor a papel viejo y a tinta seca llenó el aire. Allí estaban. Setenta y dos sobres, desgastados, manchados de lágrimas y esperanza, todos dirigidos a su hijo, todos con el nombre de Rosalía Mena escrito con una caligrafía redonda e inocente.

Doña Carmen pasó sus dedos llenos de anillos de oro sobre las cartas, sintiendo el poder absoluto sobre el destino de su hijo. Había pagado caro por ese silencio, y no iba a permitir que una simple casualidad arruinara el imperio que estaba construyendo.

—Que se quede con las cartas —murmuró la matriarca, con los ojos fijos en la caja—. Que el mundo entero se queme antes de que yo permita que mi hijo se case con una lavandera. Me llevaré este secreto a la tumba.

Cerró la caja con un golpe seco, sellando, según ella, el destino de Rosalía y Esteban para siempre en la oscuridad de la mentira y el desprecio.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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