PARTE 8: En la boda de su nieta, mandaron a la abuela a comer en la cocina, El maestro detuvo la música.
El maestro Rafael levantó su arco con una gracia renovada. Sus ojos se encontraron con los de Beatriz desde el escenario, transmitiendo un agradecimiento silencioso que trascendía las palabras. Con un suave movimiento de cabeza, dio la señal a la orquesta.
—Un vals —anunció Rafael por el micrófono, su voz teñida de una profunda emoción—. Acompáñenme.
Las primeras notas del violín, dulces y melancólicas, llenaron el salón. Era una melodía antigua, de esas que no se bailan por compromiso, sino con el alma. Camila, con los ojos brillando de una felicidad pura que ninguna planificación de bodas pudo haber comprado, se puso de pie y le extendió la mano a su abuela.
—¿Quieres quedarte un poco? —le preguntó Camila con una sonrisa tierna.
—Sí, a tu lado —respondió Beatriz, tomando la mano de su nieta con firmeza.
—¿Te gusta esta canción? —preguntó la novia mientras la guiaba lentamente hacia el centro de la pista de baile, que los demás invitados habían despejado por respeto.
Beatriz cerró los ojos un instante, dejando que las notas de Rafael la envolvieran. Aquel sonido la transportó a su juventud, a los patios de vecindad donde la vida era dura pero la alegría era sincera.
—Me recuerda que aún puedo bailar —murmuró Beatriz, esbozando una sonrisa que le iluminó el rostro entero.
—Bailas conmigo… un poco, despacio, como tú quieras —ofreció Camila, acomodando sus brazos alrededor de los hombros de su abuela.
—Así está perfecto —asintió Beatriz, dejándose llevar.
—Yo te sigo —dijo Camila, intentando adaptarse al ritmo de la anciana.
—Entonces escucha el compás —le aconsejó Beatriz con una chispa de picardía en la mirada.
Para sorpresa de Camila, Beatriz no se movió con torpeza. Había una cadencia natural en sus pasos, una elegancia humilde que la seda y los diamantes no podían imitar. Se movían juntas, girando despacio bajo la luz de la inmensa lámpara de cristal, ajenas a las miradas de los cientos de invitados que ahora observaban la escena en un respetuoso silencio.
—No sabía que bailabas así, abuela —rio Camila suavemente, maravillada.
—Hay cosas que no se olvidan, mi niña —respondió Beatriz, acariciando la espalda de su nieta.
En los márgenes de la pista, oculta entre las sombras de las columnas decoradas, Leticia observaba la escena. Las lágrimas volvieron a asomar a sus ojos, pero esta vez no eran de vergüenza ni de pánico social; eran lágrimas de una tristeza profunda, nacidas de la certeza de lo que estuvo a punto de destruir. El consuegro de Leticia se acercó a ella discretamente.
—¿Gusta que las interrumpamos para que usted baile con la novia, Leticia? —le preguntó el hombre con amabilidad, intentando integrarla después de su dolorosa confesión pública.
Leticia negó con la cabeza, manteniendo la vista fija en su madre y su hija.
—No —respondió Leticia con voz firme, secándose una lágrima furtiva—. No voy a interrumpirlas. Déjalas elegir. Es su momento.
En el centro del salón, la música de Rafael comenzó a descender hacia sus acordes finales. Los invitados rompieron en un aplauso cálido, envolvente y sincero.
—¿Me concedes el siguiente? —preguntó Camila, sin soltar a su abuela.
—No estoy cansada todavía —aceptó Beatriz, riendo con una ligereza que hacía años no sentía.
—¿Estás feliz, abuela?
Beatriz miró a su alrededor. Vio el mantel que había bordado con tanto amor ocupando el centro de la mesa principal. Vio a Rafael tocando con el alma. Y vio a Camila, radiante, abrazándola frente a todos sin una pizca de vergüenza.
—Estoy aquí con quienes quiero —afirmó Beatriz con absoluta certeza.
Fue entonces cuando Tomás, el fotógrafo, se acercó a la pista. Caminaba con timidez, la cámara colgando de su cuello, consciente del grave error que había cometido horas antes al obedecer las órdenes de Leticia.
—Señorita Camila… Doña Beatriz —murmuró Tomás, casi con reverencia—. ¿Puedo tomar una foto de ustedes dos cuando estén listas? Sin poses. Solo ustedes.
Camila miró a su abuela, esperando su reacción. Beatriz asintió lentamente. Ya no se trataba de una fotografía para presumir en una revista de sociedad; era el retrato de una victoria silenciosa.
Camila abrazó a Beatriz por los hombros, apoyando su cabeza contra la de ella. No hubo sonrisas congeladas, solo la paz profunda de dos mujeres que se amaban por encima de cualquier apariencia.
El flash iluminó el salón.
—Así está bien —dijo Beatriz, mirando al fotógrafo—. Sí, así puedo quedarme aquí.
Horas más tarde, cuando la fiesta comenzaba a languidecer y los invitados más mayores empezaban a retirarse, Leticia se acercó a la mesa principal. Caminaba despacio, respetando el espacio invisible que su confesión había creado. Beatriz estaba sentada, acariciando distraidamente el lino de su mantel bordado.
Leticia se detuvo a un par de metros. No intentó forzar un abrazo, ni soltó otro monólogo de disculpas. Había aprendido, de la manera más dura posible, que el perdón no se arrebata.
Beatriz levantó la vista y encontró los ojos de su hija.
—Podemos hablar mañana a solas —le dijo Beatriz, con una voz serena y sin rencor—. Mañana sí.
Leticia asintió, sintiendo que un nudo en su garganta finalmente se desataba. Era una puerta entreabierta, una oportunidad real para reconstruir lo que había roto, sin el veneno de la vanidad de por medio.
—Esta noche quiero sentarme con Camila —añadió Beatriz con firmeza.
—Lo entiendo, mamá —respondió Leticia, con una humildad genuina—. Gracias por dejarme quedarme solo esta noche.
Leticia dio un paso atrás, dispuesta a retirarse y dejar que su madre disfrutara el resto de la velada en paz.
—Hablamos mañana, Leticia —se despidió Beatriz.
—Mañana —repitió Leticia, y por primera vez en toda la noche, una sonrisa pequeña, frágil pero verdadera, asomó a sus labios—. Sí.
La música suave de la orquesta siguió sonando en el gran salón de cristal, pero ya no era un sonido para tapar las mentiras. Era, por fin, el sonido de una familia que había dejado caer sus máscaras para empezar a sanar.