Capítulo 4: La conspiración que comenzó antes de que naciera Leo – News

Capítulo 4: La conspiración que comenzó antes de que naciera Leo

Capítulo 4: La conspiración que comenzó antes de que naciera Leo

Capítulo 4: La conspiración que comenzó antes de que naciera Leo

Me quedé mirando los documentos que Victoria había colocado frente a mí.

Ethan había autorizado personalmente las transferencias de dinero hacia la empresa de su madre.

No era un error bancario. No era una confusión. Y, desde luego, no era algo que hubiera ocurrido sin su conocimiento.

—¿Cuánto tiempo llevan haciendo esto? —pregunté.

Victoria abrió otra carpeta.

—Hemos encontrado movimientos sospechosos que se remontan a casi dos años. Al principio eran cantidades pequeñas: 2.000, 3.500, 5.000 dólares. Después comenzaron a aumentar.

—¿Y el total?

—Hasta ahora, hemos identificado más de 73.000 dólares en operaciones que necesitan ser investigadas.

Sentí que me faltaba el aire.

Durante todo ese tiempo, Ethan me había dicho que debíamos ahorrar, que no podíamos permitirnos ciertos gastos y que su madre necesitaba ayuda porque estaba atravesando dificultades económicas.

Mientras tanto, ambos estaban utilizando dinero al que no tenían derecho.

—Quiero saber por qué —dije.

Victoria sacó una última hoja.

—La empresa Eleanor Holdings tiene una deuda importante. Al parecer, tu esposo ha estado transfiriendo dinero para cubrirla.

—¿Una deuda de qué?

—Inversiones inmobiliarias fallidas y varios préstamos personales.

Me llevé una mano a la frente.

De pronto recordé algo.

Unos meses antes, Eleanor había venido a nuestra casa con una carpeta y había pedido a Ethan que firmara unos documentos en el comedor.

Cuando le pregunté qué eran, él respondió que se trataba de unos trámites relacionados con los impuestos.

Ahora comprendía que probablemente me habían ocultado mucho más de lo que imaginaba.

—Victoria, quiero que investigues esos documentos.

—Ya lo estoy haciendo.

En ese momento, mi teléfono comenzó a sonar.

Era Ethan.

Esta vez contesté porque Victoria me indicó que lo hiciera y que mantuviera la conversación tranquila.

—Tenemos que hablar —dijo él.

—Te escucho.

—Mamá me ha contado lo que ocurrió en el hospital. Sé que estás enfadada, pero no puedes destruir nuestra familia por un malentendido.

Me quedé en silencio.

—¿Un malentendido? —pregunté finalmente.

—Ella pensó que el bebé tenía frío. Nadie imaginó que fuera algo grave.

—Yo te pedí que llamaras a una ambulancia.

—Estaba estresado.

—Nuestro hijo se estaba poniendo azul.

—¡Ya basta! —gritó—. ¡No voy a pasar el resto de mi vida escuchando cómo me culpas!

Miré a Leo, que dormía tranquilamente.

—No te estoy culpando por algo que no sabías. Te estoy responsabilizando por algo que viste y decidiste ignorar.

Ethan respiró profundamente.

Entonces cambió de estrategia.

—Escucha, quiero arreglar las cosas. Podemos volver a empezar. Voy a pedir disculpas y mamá también lo hará.

—¿Y el dinero?

El silencio fue inmediato.

—¿Qué dinero?

—Los 73.000 dólares que transferiste a Eleanor Holdings.

Escuché cómo dejaba escapar una maldición.

—No deberías estar revisando mis asuntos financieros.

—Son mis asuntos también cuando utilizas dinero de nuestras cuentas.

—¡Mamá necesitaba ayuda!

—¿Y por qué me mentiste?

Ethan no respondió.

Entonces escuché una voz femenina al fondo.

Era Eleanor.

—¡Dile que deje de investigar! ¡No sabe con quién se está metiendo!

Ethan bajó la voz.

—Escúchame. Si sigues adelante con esto, te arrepentirás.

Victoria hizo una señal para que terminara la llamada.

Colgué y guardé la grabación de la conversación.

—Esto confirma que conocen la investigación —dijo mi abogada—. A partir de ahora, no debes reunirte con ellos a solas.

Dos horas después, recibí una llamada del hospital.

Leo había presentado una nueva complicación respiratoria.

Corrí hacia la unidad de cuidados intensivos neonatales.

Un médico me recibió en la entrada.

—Necesitamos mantenerlo bajo observación. Ha tenido dificultades, pero estamos interviniendo.

Sentí que las piernas me fallaban.

—Por favor, doctor, haga todo lo posible.

—Lo estamos haciendo.

Aquellas horas fueron interminables.

Me senté junto a la incubadora, sosteniendo uno de sus diminutos dedos mientras las máquinas registraban cada cambio en su respiración.

Entonces recibí un mensaje de un número desconocido.

«Deja de investigar a Eleanor. No sabes lo que ocurrió antes de tu matrimonio».

Lo leí varias veces.

Después llegó otro.

«Tu esposo no te contó toda la verdad sobre la casa».

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

Envié inmediatamente las capturas a Victoria.

Ella respondió casi al instante:

«No contestes. Voy a investigar».

Al día siguiente, regresó al hospital con una expresión que nunca le había visto.

—He encontrado algo —dijo.

Abrió su ordenador y me mostró un documento antiguo.

Era un contrato relacionado con la compra de mi casa.

—¿Recuerdas que Ethan te pidió firmar unos documentos cuando estabas embarazada?

Asentí lentamente.

—Me dijo que eran papeles administrativos.

Victoria amplió una página.

—Uno de esos documentos no era un simple trámite. Era una autorización que pretendía concederle facultades para gestionar determinados asuntos relacionados con la propiedad.

—Pero la casa está a mi nombre.

—Exactamente. Y, según los documentos originales que hemos recuperado, nunca se completó ninguna transferencia de propiedad. La casa sigue siendo exclusivamente tuya.

Sentí un pequeño alivio.

Pero Victoria todavía no había terminado.

—Hay algo peor. Hemos encontrado un correo electrónico entre Ethan y Eleanor.

Me entregó una copia impresa.

El mensaje estaba fechado tres semanas antes de mi parto.

El asunto decía:

«Cuando nazca el bebé, tendremos que resolver el problema de la casa».

Comencé a leer.

Ethan le había escrito a su madre que, después del nacimiento de Leo, yo estaría demasiado ocupada recuperándome para prestar atención a los documentos financieros.

Eleanor había respondido:

«Déjame hablar con ella. Una vez que esté agotada y necesite nuestra ayuda, será mucho más fácil conseguir que firme».

Me tapé la boca.

Aquello no había sido una discusión improvisada.

Habían esperado a que estuviera vulnerable.

Habían planeado aprovechar mi recuperación después del parto para conseguir el control de mi propiedad y de mis finanzas.

Y cuando mi hijo necesitó atención médica, ambos habían decidido que mi desesperación era simplemente otra oportunidad para desacreditarme.

—Victoria… ¿hay más mensajes?

Ella asintió.

—Sí. Y hay uno que considero especialmente importante.

Me mostró el último correo.

Ethan había escrito:

«Si ella se niega, tendremos que conseguir que todos crean que no está en condiciones de tomar decisiones. Mamá sabe cómo manejarlo».

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Ahora entendía por qué Eleanor insistía tanto en llamarme histérica, exagerada e inestable.

No eran insultos al azar.

Estaban construyendo una historia sobre mí.

Una historia que pretendía hacerme parecer incapaz de cuidar de mi propio hijo y administrar mis bienes.

Victoria cerró el ordenador.

—Tenemos suficientes elementos para solicitar medidas legales adicionales y poner esta información en conocimiento de las autoridades correspondientes.

Miré hacia la incubadora.

Leo abrió ligeramente los ojos.

Le acaricié la frente.

—Ya casi termina todo, cariño.

En ese momento, mi teléfono volvió a sonar.

Era Ethan.

Contesté y escuché su voz temblorosa.

—Tenemos que vernos inmediatamente.

—¿Para qué?

—Mamá ha recibido una llamada del banco. Han bloqueado nuestras operaciones y alguien está haciendo preguntas sobre la empresa.

—Eso ya no es asunto mío.

—¡Escúchame! Hay algo que no sabes.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué cosa?

Ethan guardó silencio durante varios segundos.

Finalmente, susurró:

—La empresa de mi madre no es la única cuenta que hemos utilizado. Hay otra cuenta a tu nombre y, si Victoria la encuentra, todos tendremos un problema.

Miré a mi abogada.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Pregúntale dónde está esa cuenta —me indicó.

Pero antes de que pudiera hablar, Ethan añadió algo que me dejó completamente helada:

—Y hay una razón por la que mamá insistió en quedarse en nuestra casa justo antes de que naciera Leo. Ella no vino solamente para ayudarte con el bebé.

La llamada se cortó.

Victoria me miró fijamente.

—Creo que acabamos de encontrar la verdadera razón de todo esto.

Y entonces abrió un documento que acababa de recibir.

En él aparecía una cuenta bancaria, una firma falsificada y una cantidad que superaba los 400.000 dólares.

Pero el titular de aquella cuenta no era Ethan.

Era mi hijo recién nacido, Leo.

Continuará en el capítulo 5…

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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