PARTE 2 — La puerta trasera
Daniel entró en la cocina.
El sonido de sus zapatos sobre las baldosas me atravesó el pecho.
No abrí los ojos.
No respiré más rápido.
No moví ni un dedo.
A mi lado, Noah permanecía completamente inmóvil.
Daniel cerró la puerta trasera con cuidado.
Demasiado cuidado.
Luego echó el cerrojo.
Escuché sus pasos acercándose.
Uno.
Dos.
Tres.
Se detuvo.
Justo frente a mí.
Sentí que una gota de sudor bajaba lentamente por mi sien.
—Qué mala suerte —murmuró.
No supe qué significaban aquellas palabras.
Entonces escuché que se agachaba.
Su mano volvió a tocar mi cuello.
Esta vez no buscaba mi pulso.
Sus dedos presionaron debajo de mi mandíbula.
Contuve el aire.
—Mamá… —susurró Noah.
Solo fue una palabra.
Casi inaudible.
Pero Daniel la oyó.
Su mano se apartó inmediatamente.
Hubo un silencio aterrador.
—¿Noah?
Mi hijo no respondió.
Daniel se incorporó.
Esperé.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Entonces escuché una silla arrastrándose.
Después, el sonido de un cajón abriéndose.
Y comprendí algo que me heló la sangre.
No había regresado para comprobar si estábamos vivos.
Había regresado para buscar algo.
Abrí los ojos apenas una fracción de segundo.
Daniel estaba de espaldas.
Revisaba los cajones de la cocina.
El cajón donde guardábamos los cubiertos.
El cajón de los paños.
El armario debajo del fregadero.
Buscaba desesperadamente.
Y entonces recordé el congelador.
La bolsa.
La comida.
Mi corazón empezó a golpearme el pecho.
¿Había visto que faltaba?
Daniel cerró de golpe el armario.
—¿Dónde está? —murmuró.
Noah movió ligeramente los dedos.
Lo miré de reojo.
Le indiqué que no se moviera.
Daniel abrió el congelador.
Mi estómago se contrajo.
Escuché cómo apartaba los paquetes uno por uno.
Uno.
Dos.
Tres.
Después, silencio.
—No…
Su voz había cambiado.
Ya no sonaba tranquila.
Sonaba asustada.
Lo escuché revolver el contenido del congelador.
El paquete de verduras cayó al suelo.
Luego otro.
Finalmente, cerró la puerta.
—No puede haber desaparecido.
Sentí que mi cuerpo se quedaba completamente frío.
Había descubierto la bolsa.
O, al menos, sospechaba que faltaba algo.
Daniel empezó a caminar por la cocina.
Se acercó a nosotros.
Pasó junto a mi cabeza.
Luego se detuvo frente a Noah.
—Hijo.
Noah no se movió.
—Sé que puedes oírme.
Mi corazón se detuvo.
Daniel se agachó.
—Si estás despierto, será mejor que abras los ojos.
Noah permaneció inmóvil.
Daniel le dio una ligera palmada en la mejilla.
—Vamos.
Nada.
Otra palmada.
Más fuerte.
Mi cuerpo entero quería levantarse.
Pero sabía que hacerlo demasiado pronto podía acabar con nosotros.
Entonces Daniel se puso de pie.
—Bien.
Se alejó.
Escuché que tomaba su teléfono.
Por un instante pensé que llamaría a alguien.
Pero no.
Marcó un número y activó el altavoz.
—¿Ya estás ahí? —preguntó.
Una voz masculina respondió al otro lado.
No pude entender todo.
Pero escuché una frase con claridad.
—…la policía todavía no ha llegado.
Sentí un vacío en el estómago.
La policía.
Entonces comprendí que Daniel sabía que habíamos pedido ayuda.
¿Cómo?
¿Había escuchado mi llamada?
¿Había instalado algo en la casa?
No tenía tiempo para pensar.
Daniel colgó.
Después se acercó nuevamente a nosotros.
—Tengo que irme —dijo.
Hubo una pausa.
—Pero primero necesito asegurarme de que esto termine.
Lo escuché caminar hacia la encimera.
Abrió un cajón.
Metal contra metal.
Luego un objeto cayó sobre la superficie.
No quería saber qué era.
No necesitaba verlo.
Solo necesitaba sobrevivir.
De repente, Noah tosió.
Una sola vez.
Daniel se quedó inmóvil.
Yo también.
—Noah…
Mi hijo abrió los ojos.
Daniel se giró.
Y entonces Noah hizo algo que jamás olvidaré.
Se incorporó lentamente, como si todavía estuviera aturdido.
Me miró.
Después miró a Daniel.
—Papá…
La voz de mi hijo tembló.
Daniel dio un paso hacia él.
—¿Estás despierto?
Noah asintió débilmente.
Yo sabía que estaba fingiendo.
Daniel también parecía sospecharlo.
—¿Puedes caminar?
Noah intentó ponerse de pie.
Sus piernas cedieron.
Daniel lo agarró del brazo.
—Tranquilo.
Entonces escuchamos algo afuera.
Una sirena.
Muy lejana.
Daniel se quedó completamente quieto.
Otra sirena.
Esta vez más cerca.
Su rostro cambió.
No dijo nada.
Corrió hacia la ventana.
Apartó la persiana.
Y miró hacia la calle.
Yo abrí los ojos.
Por primera vez, vi miedo verdadero en su rostro.
Las luces azules aparecieron al final de la calle.
Daniel se giró hacia nosotros.
—¿Llamaste a la policía?
No respondí.
Noah tampoco.
Daniel caminó rápidamente hacia la puerta.
Pero antes de llegar, escuchamos un golpe fuerte.
—¡Policía! ¡Abra la puerta!
Daniel se quedó paralizado.
Mi respiración se aceleró.
La policía había llegado.
Pero Daniel todavía estaba dentro.
Y yo aún llevaba la bolsa con la comida escondida bajo mi camiseta.
Entonces Daniel miró directamente hacia mí.
Y sonrió.
No era una sonrisa de alivio.
Era una sonrisa que me hizo comprender que aquella noche escondía algo mucho peor de lo que habíamos imaginado.
—Creo que deberías saber una cosa —susurró.
Otro golpe sacudió la puerta.
—¡Abra inmediatamente!
Daniel volvió a mirarme.
—Si entran aquí, no solo me llevarán a mí.
Sentí que se me congelaba la sangre.
—También encontrarán lo que hice con tu hermana.
Abrí los ojos de par en par.
Mi hermana.
La mujer que llevaba seis años desaparecida.
La mujer cuya desaparición Daniel siempre había insistido en que era una tragedia sin relación con nuestra familia.
No podía ser.
Daniel sonrió.
—Ahora entiendes por qué necesitaba que tú y Noah desaparecieran primero.
La policía volvió a golpear la puerta.
Y esta vez, la cerradura empezó a ceder.