Capítulo 3: El secreto de mi padre cambió todo lo que sabía
Capítulo 3: El secreto de mi padre cambió todo lo que sabía
No podía apartar los ojos de Natalie.
—Repite eso.
Ella respiró profundamente.
—Cole es el hijo del hombre que tu padre ayudó a destruir.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque él me lo contó.
—¿Cuándo?
—Hace ocho meses.
Sentí que la rabia empezaba a crecer dentro de mí.
—¿Y durante ocho meses decidiste ocultármelo?
—No tenía elección.
—Siempre hay una elección, Natalie.
Ella bajó la mirada.
—No cuando alguien amenaza con destruir tu vida.
Me quedé en silencio.
—¿Te amenazó?
—No.
—Entonces, ¿quién?
Natalie tardó unos segundos en responder.
—Las personas que están detrás de North Ridge.
Me acerqué a la ventana.
Afuera, nuestro vecindario parecía exactamente igual que cualquier otra mañana.
Un hombre paseaba a su perro.
Una mujer metía a sus hijos en una camioneta.
Un vecino recogía el periódico de su jardín.
Todo parecía normal.
Pero mi vida acababa de convertirse en una historia que ni siquiera sabía que existía.
—Cuéntamelo todo —dije.
Natalie se sentó en el sofá.
—Hace ocho meses, Adrian se puso en contacto conmigo.
—¿Por qué contigo?
—Porque trabajaba con una de las empresas que habían adquirido algunos de los antiguos activos de North Ridge.
Me giré.
—¿Tú sabías que North Ridge seguía operando?
—No al principio.
—¿Cuándo lo descubriste?
—Cuando encontré una transferencia extraña.
—¿De cuánto?
—Casi dos millones de dólares.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—¿Y esa transferencia estaba relacionada con mi familia?
Natalie asintió.
—Con tu padre.
Me quedé inmóvil.
—Entonces Adrian te encontró porque necesitaba información.
—Sí.
—¿Y tú aceptaste ayudarlo?
—Al principio solo quería saber qué estaba pasando.
—Pero continuaste.
—Porque descubrí que alguien estaba usando tu identidad.
Recordé el documento que Marcus me había mostrado.
Mi firma falsificada.
—¿Quién?
—No lo sabemos.
—¿Y por qué me involucrarían?
Natalie me miró.
—Porque tú eres el único heredero que puede acceder a ciertas cuentas que tu padre dejó protegidas.
Sentí un escalofrío.
—Mi padre murió hace cuatro años.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué nadie me dijo nada?
—Porque tu padre dejó instrucciones.
—¿Qué instrucciones?
Natalie sacó un sobre de su bolso.
Lo dejó sobre la mesa.
Mi nombre estaba escrito en él.
Reconocí inmediatamente la letra de mi padre.
No había visto esa escritura desde su funeral.
Tomé el sobre con manos temblorosas.
—¿De dónde salió?
—Adrian me lo entregó.
—¿Por qué lo tenía él?
—Porque tu padre se lo había dado a su padre.
Miré nuevamente el sobre.
No entendía nada.
Abrí el sello.
Dentro había una sola hoja.
Solo había unas pocas líneas.
“Daniel:
Si estás leyendo esto, significa que North Ridge ha regresado.
No confíes en los documentos que llevan mi firma.
Y, sobre todo, no confíes en la persona que diga haber protegido nuestra familia durante estos años.
La verdad está en la caja 17.
—Papá”
Leí la última frase varias veces.
—¿Qué es la caja 17?
Natalie negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Adrian lo sabe?
—Sabe dónde está.
Me levanté inmediatamente.
—Entonces tenemos que encontrarlo.
Natalie me agarró del brazo.
—Daniel, espera.
—¿Qué?
—Adrian desapareció esta mañana.
La miré.
—¿Qué quieres decir?
—Su teléfono está apagado.
—¿Desde cuándo?
—Desde que te envié el mensaje.
Sentí que mi corazón se aceleraba.
—¿Alguien lo encontró?
—No.
Mi teléfono comenzó a sonar.
Era Marcus.
Contesté.
—¿Qué pasó?
—Encontré la ubicación de la caja 17.
—¿Dónde?
Hubo una pausa.
—En la antigua propiedad de tu padre.
Sentí un nudo en el estómago.
—Esa casa fue vendida.
—No exactamente.
—¿Qué significa eso?
—La propiedad nunca fue vendida oficialmente.
Miré a Natalie.
—¿Dónde estás?
—En casa.
—No salgas.
—Daniel…
—Te llamaré.
Colgué.
Natalie me miró.
—¿Vamos allí?
—Sí.
—¿Y si es una trampa?
—Entonces descubriremos quién está detrás de ella.
La antigua propiedad de mi padre estaba a casi una hora de nuestra casa.
Había pasado por allí solo una vez desde su muerte.
Estaba abandonada.
O eso creía.
Cuando llegamos, el lugar parecía vacío.
Las ventanas estaban cubiertas de polvo.
El jardín estaba lleno de maleza.
La puerta principal estaba cerrada.
Marcus ya estaba allí.
—Llegaste rápido.
—¿Cómo encontraste esto?
Me entregó una llave.
—Tu padre dejó esto en una caja de seguridad.
—¿Cuándo?
—Hace años.
Entramos.
El olor a humedad llenaba el aire.
Caminamos por el pasillo hasta llegar al antiguo despacho de mi padre.
Todo estaba cubierto de polvo.
Excepto una pequeña parte del escritorio.
Alguien había estado allí recientemente.
Marcus señaló el suelo.
Había huellas.
—No somos los primeros.
Abrí uno de los cajones.
Vacío.
Otro.
También vacío.
Entonces recordé la carta.
“Caja 17.”
—Busca detrás de la biblioteca.
Marcus apartó varios libros.
Nada.
Golpeó la madera.
Sonó hueco.
—Aquí.
Entre los dos movimos la estantería.
Detrás había una pequeña caja metálica.
Tenía un número grabado.
17.
Introduje la llave.
La cerradura se abrió.
Dentro había documentos.
Fotografías.
Una memoria USB.
Y una carpeta negra.
Abrí la carpeta.
La primera fotografía me hizo quedarme sin respiración.
Era una imagen de mi padre.
A su lado estaba un hombre que conocía perfectamente.
Marcus.
Lo miré.
—¿Qué es esto?
Marcus palideció.
—No lo sé.
Pasé a la siguiente fotografía.
Mi padre estaba reunido con varias personas.
Una de ellas era el padre de Adrian.
Y otra…
Natalie.
Pero no era la Natalie que conocía.
Era mucho más joven.
Tal vez dieciocho o diecinueve años.
La miré confundido.
—¿Por qué está aquí?
Marcus no respondió.
Abrí la carpeta hasta el final.
Había un documento fechado nueve años atrás.
El título decía:
“Proyecto Cross.”
Debajo aparecía el nombre completo de Natalie.
Sentí que el corazón se me detenía.
—Natalie sabía todo esto desde antes de conocerme.
Marcus me miró.
—Parece que sí.
En ese momento escuchamos un ruido detrás de nosotros.
Nos giramos.
La puerta del despacho acababa de cerrarse.
Marcus sacó su teléfono.
—No estamos solos.
Entonces una voz llegó desde el otro lado de la puerta.
—Daniel.
Reconocí la voz inmediatamente.
Era Adrian.
Abrí la puerta de golpe.
Estaba en el pasillo.
Pero ya no parecía el hombre de la fotografía.
Había abandonado completamente la identidad de Cole.
—Adrian Cross —dije.
Él asintió.
—Ahora sabes mi verdadero nombre.
—¿Dónde has estado?
—Escapando.
—¿De quién?
Adrian miró a Marcus.
Después volvió los ojos hacia mí.
—De tu esposa.
Sentí una mezcla de sorpresa y rabia.
—¿Natalie?
—Ella no es quien crees.
—¿Qué significa eso?
Adrian se acercó.
—Significa que durante ocho meses creí que Natalie estaba ayudándome.
Sacó un teléfono del bolsillo.
—Pero esta mañana descubrí la verdad.
Me mostró la pantalla.
Había un mensaje enviado desde el teléfono de Natalie.
Solo contenía una frase.
“Daniel ya encontró la caja.”
Levanté lentamente la mirada.
Adrian continuó:
—Y ahora ellos saben que tú también conoces la verdad.
En ese instante, escuchamos el sonido de varios vehículos deteniéndose frente a la casa.
Marcus miró por la ventana.
—Tenemos compañía.
Adrian guardó el teléfono.
—No.
Lo miré.
—¿Qué?
Su expresión había cambiado.
—No vienen por la caja.
—Entonces, ¿por quién?
Adrian me miró directamente.
—Por ti.
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