El documento que amenazaba con arrebatarle la hacienda a Alondra escondía un crimen mucho más oscuro
El documento que amenazaba con arrebatarle la hacienda a Alondra escondía un crimen mucho más oscuro
Capítulo 1 — Treinta días para perderlo todo
—Vengo a cobrar lo que me deben.
La voz de Aurelio Villamil resonó en el corredor de la hacienda. Alondra, que estaba revisando unas cuentas junto a la ventana, levantó la cabeza. A su lado, Joselo dejó de acomodar unos documentos y se puso de pie.
—Aquí no le debemos nada, don Aurelio —respondió ella.
Aurelio sacó una carpeta de cuero y la dejó sobre la mesa.
—Su difunto esposo firmó estos papeles. El plazo vence dentro de treinta días. Si no paga la deuda, la mitad de esta propiedad pasará a mis manos.
Alondra abrió la carpeta con dedos temblorosos. El documento parecía antiguo y llevaba una firma que, a primera vista, se parecía a la de su esposo. Sin embargo, ella nunca había escuchado hablar de aquella deuda.
—Mi marido jamás me mencionó este acuerdo. ¿De dónde sacó estos documentos?
—Eso no importa. La firma está aquí y el plazo es legal.
Joselo se acercó a la mesa.
—La firma está temblorosa. Puede ser falsa.
Aurelio lo miró con desprecio.
—Usted es un peón. No tiene voz en este asunto.
—Tengo la misma voz que mi esposa —respondió Joselo—. Que su apellido aparezca en un papel no lo convierte en dueño de nada.
Alondra miró al hombre que amaba. Desde que habían descubierto la verdad sobre el accidente que costó la vida a su primer esposo, ambos habían pasado por momentos difíciles. Joselo había encontrado a su padre, Rosendo, después de treinta años de ausencia, y había tenido que confesar que aquel hombre conducía la camioneta durante el accidente.
Pero también habían descubierto que los frenos podrían haber sido manipulados. Ahora, la misteriosa deuda amenazaba con arrebatarles la tierra donde esperaban formar una familia.
—Si ese documento es auténtico, en treinta días perderemos la mitad de la hacienda —murmuró Alondra.
Don Efrén, el capataz que llevaba veinte años trabajando para la familia, tomó el papel y lo examinó cuidadosamente.
—Yo conocí la letra del patrón durante muchos años. Veo la mano de un hombre que no estaba tranquilo cuando firmó esto.
—¿Está diciendo que es falso? —preguntó Aurelio.
—Estoy diciendo que necesito examinarlo con más cuidado.
Aurelio recuperó la carpeta.
—No tienen que examinar nada. Tienen treinta días para cumplir. Después, esta tierra será mía.
Cuando se marchó, Alondra permaneció inmóvil. Había defendido aquella hacienda durante años, incluso cuando todos creían que una mujer sola no podría sostenerla. No estaba dispuesta a perderla por un documento que ni siquiera reconocía.
Joselo le tomó las manos.
—No vamos a perder nuestra casa. Se lo prometo.
Ella apoyó la frente contra su pecho.
—Nuestro hijo va a nacer en esta tierra, Joselo. Quiero que crezca aquí, que conozca cada rincón y que nunca tenga que abandonar su hogar por culpa de un hombre como Aurelio.
Joselo le acarició el rostro.
—Se lo juro por mi padre y por usted. Voy a encontrar la manera de protegerlos.
Pero, al otro lado del valle, Aurelio ya estaba preparando su siguiente movimiento.
—Ella no va a firmar por las buenas —dijo uno de sus hombres.
Aurelio observó los terrenos desde la ventana de su despacho.
—Entonces tendrá que hacerlo por las malas. Dentro de treinta días, esa mujer me entregará la finca, aunque tenga que destruir todo lo que le queda.
No sabía que su amenaza había despertado una sospecha que llevaba siete años enterrada.
Capítulo 2 — Una palabra de más
Aquella noche, Joselo encontró a su padre sentado frente a la chimenea de la pequeña casa donde se alojaba. Rosendo llevaba días intentando acostumbrarse a su nueva vida junto a su hijo. Después de treinta años de separación, apenas comenzaban a recuperar el tiempo perdido.
—Papá, necesito preguntarle algo sobre el accidente.
Rosendo levantó la mirada.
—Dime, hijo.
—Don Efrén me contó que usted revisaba la camioneta del patrón con frecuencia. ¿También revisaba los frenos?
Rosendo palideció.
Durante unos segundos, pareció debatirse entre seguir callando o revelar un recuerdo que lo había perseguido durante siete años.
—Cada semana, hijo. Yo conocía aquella camioneta casi tan bien como la palma de mi mano.
—Entonces, ¿qué pasó aquella noche?
Rosendo respiró profundamente.
—Hay algo que nunca te conté. Cuando el patrón me pidió que condujera, yo estaba herido y apenas podía mantenerme despierto. Pero acepté porque pensé que no teníamos otra opción. A medio camino pisé el freno y el pedal se fue hasta el fondo. No respondió.
Joselo sintió un escalofrío.
—¿Está seguro?
—Completamente. Intenté bombear el pedal, pero no había manera de detener la camioneta. Perdí el control y terminamos volcados.
Joselo se levantó de golpe.
—Entonces alguien manipuló los frenos. La muerte del patrón no fue un accidente.
Rosendo bajó la cabeza.
—Eso fue lo que pensé muchas veces. Pero nunca tuve pruebas. Después del accidente, el miedo me hizo huir. Dejé a tu madre y te dejé a ti con una culpa que ni siquiera sabías que existía.
Joselo se arrodilló frente a él.
—Usted no tiene que cargar solo con esto. Ya no estamos en aquella época. Si alguien provocó el accidente, vamos a encontrarlo.
A la mañana siguiente, Joselo buscó a Alondra y a don Efrén. Les contó lo que su padre acababa de confesar.
Alondra se llevó una mano al vientre.
—Siete años creyendo que mi esposo había muerto en un accidente, y ahora resulta que alguien pudo haberlo planeado.
—No podemos acusar a nadie sin pruebas —advirtió Efrén—. Pero conozco a una persona que puede ayudarnos. Nicanor, el mecánico que revisaba la camioneta del patrón.
—¿Todavía vive en el pueblo? —preguntó Joselo.
—Sí. Tiene su taller cerca de la plaza. Y desde aquella noche nunca ha sido capaz de mirarme a los ojos.
Alondra comprendió que aquella investigación podía estar relacionada con el documento que Aurelio acababa de presentar.
—Vamos a hablar con él. Si sabe algo sobre la camioneta, necesitamos escucharlo.
Mientras tanto, Aurelio regresó a la hacienda para inspeccionar los terrenos.
—Vengo a medir lo que pronto será mío —anunció frente a los trabajadores.
Alondra salió al corredor.
—Mida lo que quiera, don Aurelio. Aquí no se queda.
Él sonrió.
—En veintinueve días, usted ya no decidirá nada, señora.
—¿Por qué tiene tanto interés en esta tierra? ¿Qué hay aquí que le importe tanto?
Aurelio se inclinó ligeramente hacia ella.
—Su patrón tampoco quiso escucharme. Y ya ve adónde lo llevó aquella camioneta.
Alondra se quedó helada.
—¿Cómo sabe en qué camioneta se fue mi esposo aquella noche?
Aurelio comprendió demasiado tarde que había hablado de más.
—Todo el pueblo conocía esa historia.
—No todos los detalles —intervino Joselo, que acababa de llegar—. Mi padre nunca contó lo ocurrido en público. ¿Cómo sabe usted que el patrón viajaba en esa camioneta?
Aurelio recuperó la compostura.
—No tengo por qué darles explicaciones.
Se marchó sin responder.
Cuando la camioneta desapareció por el camino, Joselo miró a Alondra.
—Él sabe algo. Y creo que la deuda también forma parte de su plan.
—Mañana iremos al taller de Nicanor —decidió ella—. Antes de que se acaben esos treinta días, vamos a descubrir la verdad.
Pero Aurelio ya había enviado a uno de sus hombres a buscar al mecánico.
—Nicanor tiene que abandonar el pueblo esta misma noche —ordenó—. Páguenle lo que pida. Si habla, perdemos todo lo que hemos construido.
Capítulo 3 — El precio del silencio
A la mañana siguiente, Alondra, Joselo y don Efrén llegaron al taller de Nicanor. El mecánico estaba reparando una rueda cuando los vio entrar. Su expresión cambió de inmediato.
—Patrona, qué sorpresa. ¿Qué la trae por aquí?
Alondra se acercó lentamente.
—Vengo a preguntarle por la camioneta de mi esposo.
Nicanor dejó la herramienta sobre la mesa.
—Eso fue hace mucho tiempo. Ya ni me acuerdo de aquella camioneta.
—Usted la revisaba regularmente —dijo Efrén—. Era uno de sus clientes más antiguos.
—Arreglo muchos vehículos, don Efrén. No puedo recordar todos.
Joselo dio un paso adelante.
—Mi padre iba conduciendo aquella noche. Dice que pisó el freno y el pedal se fue hasta el fondo. ¿Usted revisó los frenos antes del accidente?
Nicanor apretó los labios.
—Los revisé personalmente. Estaban bien.
—Entonces, si estaban bien cuando usted terminó el trabajo y dejaron de funcionar durante el viaje, alguien tuvo que intervenir —respondió Joselo.
El mecánico apartó la mirada.
—No sé nada más. Se lo juro.
Alondra sintió que la desesperación le oprimía el pecho.
—Mi esposo le dio trabajo cuando nadie quería contratarlo. Usted conoce a mi familia desde hace años. Si sabe algo, tiene la obligación moral de decirme la verdad.
Nicanor bajó la voz.
—Precisamente por eso le pido que deje de preguntar.
—¿A quién le tiene miedo? —preguntó Efrén.
El mecánico miró hacia la puerta para asegurarse de que nadie estuviera escuchando.
—Hay hombres que pagan muy bien por el silencio y cobran demasiado caro cuando uno habla. Váyanse, por favor. Aquí ustedes no están seguros.
Aquellas palabras confirmaron las sospechas de Joselo.
—Aurelio lo tiene comprado —murmuró al salir del taller—. Ese hombre está detrás de todo.
Sin embargo, cuando regresaron a la hacienda, encontraron a un mensajero esperándolos.
—Don Aurelio me envía esto para Nicanor. Es dinero para su viaje.
El mensajero se dirigió después al taller y entregó el mensaje directamente al mecánico.
—Se va esta noche. Si vuelve a hablar con la patrona, no regresará al pueblo.
Nicanor contempló el dinero con las manos temblorosas. Durante siete años había vivido atormentado por lo que hizo, pero el miedo a las represalias siempre había sido más fuerte que su conciencia.
Mientras tanto, Rosendo decidió que había llegado el momento de enfrentarse a su pasado.
—Déjeme hablar con Nicanor, hijo. Tal vez conmigo se atreva a contar lo que ocurrió.
Joselo negó con la cabeza.
—No, papá. Si lo ven hablando con usted, se asustará todavía más. Ya cargó demasiado tiempo con esa culpa. Ahora quiero descubrir quién se la puso encima.
Pero, cuando Alondra y Joselo regresaron al taller al amanecer, lo encontraron cerrado y vacío.
—¿Cómo que se fue? —preguntó Joselo al vecino que estaba barriendo la entrada.
—Se marchó anoche. No dejó dirección.
En la puerta de una casa cercana, una mujer lloraba en silencio. Era Socorro, la esposa de Nicanor.
Alondra se acercó, pero Socorro negó con la cabeza.
—No puedo ayudarla, patrona. Mi marido se fue y no sé cuándo volverá.
Joselo comprendió que habían perdido una oportunidad importante.
Apenas tuvieron tiempo de regresar a la hacienda cuando Aurelio apareció de nuevo.
—Vengo por mi respuesta, señora. Quedan veinte días.
Alondra lo miró con firmeza.
—Ya se la di. Esta tierra no se vende.
Aurelio se acomodó el sombrero.
—Entonces, dentro de veinte días la perderá delante de todo el pueblo.
Después dirigió la mirada hacia el vientre de Alondra.
—Una mujer en su estado debería cuidarse más. Los nervios no son buenos para el niño que viene.
Joselo se interpuso entre ambos.
—No vuelva a mencionar a mi hijo.
Aurelio soltó una risa fría.
—Mire nada más. El peón ya habla como patrón.
—Hablo como padre. Y un padre no permite que nadie amenace a su familia.
Aurelio se acercó lo suficiente para hablarle en voz baja.
—Tenga cuidado, muchacho. Hay verdades que a su familia no le conviene conocer.
Joselo lo sujetó del brazo, pero Alondra intervino antes de que la discusión terminara en violencia.
—No voy a firmar nada, don Aurelio. Ni hoy ni dentro de veinte días.
Cuando el hombre se marchó, Joselo comprendió que ya no se trataba únicamente de salvar la hacienda. Necesitaban descubrir qué había ocurrido aquella noche, y el tiempo se les estaba acabando.
Capítulo 4 — La mujer que llegó con la última esperanza
—Dicen que Nicanor se fue a la sierra —informó don Efrén aquella tarde.
Alondra se puso de pie.
—Entonces iremos a buscarlo.
—La sierra es enorme, patrona. Podríamos pasar semanas sin encontrarlo.
—No tenemos semanas. Tenemos menos de veinte días.
Rosendo escuchó la conversación desde el corredor.
—Si tengo que ir yo, iré. Ya me marché una vez por miedo. No quiero volver a abandonar a mi familia.
Joselo miró a su padre con orgullo y preocupación.
—Esta vez no va a enfrentarse solo a nada, papá.
Sin embargo, antes de que pudieran organizar el viaje, descubrieron que Socorro seguía viviendo en el pueblo. Alondra decidió enviar a alguien para hablar con ella, pero Aurelio se enteró y ordenó que vigilaran su casa.
—Esa mujer no debe acercarse a la hacienda —ordenó—. Si su marido dejó alguna prueba, quiero recuperarla antes de que llegue a manos de Alondra.
Esa misma noche, mientras la lluvia golpeaba los tejados, alguien llamó desesperadamente a la puerta de la casa principal.
Don Efrén abrió y encontró a Socorro empapada, abrazando un paquete contra el pecho.
—Necesito ver a la patrona. Es urgente.
—A estas horas no es conveniente que esté aquí.
—Mi marido dejó algo para ella. Ábrame, por favor, antes de que me encuentren.
Efrén la hizo pasar y llamó a Alondra.
—Patrona, la esposa de Nicanor ha venido a verla.
Socorro entró en la sala con los ojos enrojecidos.
—Mi nombre es Socorro. Mi marido me pidió que le entregara esto si algún día le ocurría algo.
Sacó una libreta pequeña, cubierta de polvo y con las esquinas desgastadas.
—Aquí apuntaba todos los trabajos que hacía y los pagos que recibía.
Alondra abrió las primeras páginas. Había fechas, nombres y cantidades de dinero. Algunas anotaciones correspondían a reparaciones de vehículos; otras estaban marcadas como trabajos especiales.
Entonces encontró una fecha que reconoció inmediatamente: la semana en que murió su esposo.
—¿Por qué me trae esto ahora?
Socorro se secó las lágrimas.
—Porque hace siete años alguien le pagó a mi marido para hacer algo que no lo ha dejado dormir desde entonces. Desde que se fue, apenas he recibido noticias suyas. Pero antes de marcharse me dijo que la verdad tenía que salir a la luz.
Joselo se inclinó sobre la libreta.
En una de las páginas se leía: «Trabajo especial. Camioneta del patrón. Pago recibido de don Aurelio Villamil».
Alondra sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—Aurelio pagó por trabajar en la camioneta de mi esposo.
Don Efrén cerró los ojos.
—Entonces nuestras sospechas eran ciertas.
Joselo siguió pasando las páginas hasta llegar al final. Allí encontró una hoja arrancada.
—Falta una página.
Socorro asintió.
—La última hoja. Nicanor nunca me dejó leerla. Se la llevó cuando huyó.
—¿Sabe dónde está? —preguntó Alondra.
—En la sierra. Solo a mí me abre la puerta, pero antes de marcharse dejó dicho que, si ustedes venían a buscarlo, debían llevar a don Rosendo.
Rosendo se quedó inmóvil.
—¿A mí? ¿Por qué querría verme?
Socorro bajó la mirada.
—Dijo que usted merece escuchar la verdad de la persona que la conoce mejor.
Alondra cerró la libreta con cuidado.
—Mañana al amanecer iremos a la sierra. Usted se quedará bajo mi techo hasta que regresemos. Nadie va a hacerle daño mientras esté aquí.
Sin embargo, Aurelio ya había descubierto que Socorro había entrado en la hacienda.
—La mujer entregó la libreta —informó uno de sus hombres.
Aurelio golpeó el escritorio.
—Encuentren a Nicanor antes que ellos, cueste lo que cueste.
Aquella noche, Rosendo apenas pudo dormir. Por primera vez en siete años, sentía que estaba cerca de conocer la verdad. Pero también temía que el contenido de aquella última hoja revelara algo mucho peor que la manipulación de los frenos.
Antes del amanecer, se despidió de su hijo.
—Si no regreso mañana, dile que te quiero.
Joselo lo abrazó con fuerza.
—Va a regresar, papá. Todavía tiene un nieto al que conocer.
Rosendo sonrió con tristeza y emprendió el camino hacia la sierra.
Capítulo 5 — La última hoja de la sierra
El camino hacia la sierra era estrecho y peligroso. Las nubes oscuras anunciaban una tormenta, pero Rosendo siguió adelante. Nicanor había insistido en que quería verlo a solas, y el anciano sabía que no podía seguir posponiendo aquel encuentro.
Antes de partir, Aurelio había intentado detenerlo.
—Tengo mucho dinero para usted, Rosendo. Váyase del pueblo y no vuelva.
Rosendo lo había mirado sin apartar los ojos.
—Ya me fui una vez por miedo. Esta vez me quedo con mi hijo.
—No sabe con quién se está metiendo.
—Eso mismo pensé hace siete años. No volveré a cometer el mismo error.
Ahora, mientras avanzaba entre los árboles, Rosendo recordaba la noche del accidente. Durante años había creído que su propia torpeza había provocado la muerte del patrón. Si los frenos habían sido manipulados, significaba que alguien había planeado la tragedia y lo había dejado cargar con la culpa.
Finalmente llegó a una pequeña casa de madera, escondida entre las montañas.
Nicanor lo esperaba junto a la puerta.
—Sabía que vendría.
Rosendo entró y se sentó frente a él.
—Dígame la verdad. ¿Quién le pagó para manipular los frenos?
Nicanor sacó un papel doblado de su bolsillo.
—Aurelio me pagó por hacerlo. Yo aflojé los frenos y después fingí que la camioneta estaba en buenas condiciones. Nunca pensé que el patrón terminaría muriendo aquella noche.
Rosendo sintió que se le aflojaban las piernas.
—Durante siete años creí que yo había matado a un hombre que solo intentaba ayudarme.
—Lo sé. Por eso lo hice venir. Usted me salvó la vida cuando me encontraron trabajando en la carretera después de un accidente años atrás. Nunca olvidé que me ayudó cuando nadie más lo hizo. Le debía la verdad.
Nicanor le entregó la última hoja de la libreta.
—Aquí está todo. Pero hay algo más que debe saber.
Rosendo leyó la anotación y sintió que el mundo se derrumbaba bajo sus pies.
El nombre de Aurelio aparecía claramente como responsable del pago por los frenos. Sin embargo, en la parte inferior había una segunda anotación que mencionaba a otra persona relacionada con el trabajo.
—¿Quién es el otro nombre? —preguntó Rosendo.
Nicanor negó con la cabeza.
—No puedo decírselo yo. Tiene que leerlo usted mismo. Esa persona estaba allí aquella noche y sabe perfectamente lo que ocurrió después del accidente.
Antes de que Rosendo pudiera hacer otra pregunta, un trueno sacudió la montaña. Nicanor le advirtió que la tormenta haría peligroso el regreso y le pidió que esperara hasta el amanecer.
Mientras tanto, en la hacienda, Aurelio preparaba su siguiente movimiento.
—El plazo vence mañana —anunció frente a Alondra—. Esta propiedad me pertenece.
Alondra permaneció junto a Joselo, sosteniendo la libreta contra el pecho.
—Antes de eso, todo el pueblo va a escuchar la verdad.
Aurelio soltó una carcajada.
—¿Qué verdad? ¿La historia de un peón cuyo padre conducía la camioneta donde murió su esposo? No tiene pruebas suficientes para acusarme.
—Por eso traje al hombre que escribió cada palabra de esa libreta.
La expresión de Aurelio cambió.
Alondra había enviado a Efrén y a varios trabajadores a buscar a Nicanor. Si conseguían llevarlo a la asamblea de ganaderos, el hombre podría confirmar que alguien había manipulado los frenos.
Pero todavía faltaba Rosendo.
Joselo observó el camino desde el corredor.
—Mi padre debería haber regresado ya.
Alondra le tomó la mano.
—Volverá. No ha soportado treinta años de separación para desaparecer justo ahora.
En la sierra, Rosendo guardó la última hoja dentro de su camisa y se preparó para regresar. Sin embargo, antes de salir, miró nuevamente el nombre escrito al final del documento.
Conocía a aquella persona.
Había confiado en ella durante años.
Y, sin embargo, aquel nombre demostraba que alguien más había participado en el secreto que destruyó su vida.
Cuando finalmente llegó a la hacienda, encontró a Joselo esperándolo en la entrada.
—¡Papá!
Rosendo abrazó a su hijo, pero su rostro permaneció serio.
—Tenemos que hablar. Lo que descubrí cambia todo.
—¿Aurelio manipuló los frenos?
—Sí. Pero no fue el único que sabía lo que iba a ocurrir.
Joselo lo miró, desconcertado.
—¿Quién más?
Rosendo apretó la última hoja entre sus dedos.
—Alguien que conoces. Alguien que ha estado cerca de esta familia desde hace muchos años.
Antes de que pudiera revelar el nombre, don Efrén apareció en el corredor.
—Patrona, Aurelio ya está en la plaza. Dice que hoy tomará posesión de la hacienda delante de todos.
Alondra levantó la cabeza.
—Entonces iremos a la plaza.
Joselo se volvió hacia su padre.
—No importa quién sea ese otro hombre. Esta vez nadie va a cargar con una culpa que no le pertenece.
Rosendo lo abrazó una vez más, pero no le entregó la hoja.
Todavía no estaba preparado para pronunciar aquel nombre.
Y, mientras la familia se preparaba para enfrentar a Aurelio delante de todo el pueblo, una pregunta seguía atormentándolo: ¿hasta dónde llegaba realmente la conspiración que había provocado la muerte del antiguo patrón?
CONTINUARÁ…