Parte 2 — Me acosté con todos los amigos de mi esposo para descubrir quién era el mejor, pero el hombre que más deseaba destruyó mi vida
Parte 2 — Me acosté con todos los amigos de mi esposo para descubrir quién era el mejor, pero el hombre que más deseaba destruyó mi vida
Capítulo 2 — «Pregúntale por qué fue él quien me dio tu número»
Durante varios segundos, fui incapaz de responder.
El ruido de la música, las risas junto a la piscina y el chisporroteo de la carne en la parrilla parecieron desaparecer de golpe.
Solo podía escuchar aquellas palabras.
Pregúntale por qué fue él quien me dio tu número primero.
Miré a Reid, esperando que sonriera y admitiera que estaba bromeando.
No lo hizo.
—¿Qué estás diciendo? —susurré.
Reid metió una mano en el bolsillo y sacó su teléfono.
—No voy a explicártelo aquí. No quiero que tu esposo nos vea hablando.
—¿Ahora te preocupa que nos vea?
Una sombra de vergüenza cruzó su rostro.
—No sabes toda la historia, Vanessa.
—Sé lo suficiente. Sé lo que hicimos. Sé lo que nos dijimos. Y sé que después de todo eso llegaste aquí como si nunca hubiera pasado nada.
Reid apretó la mandíbula.
—Porque Adrian me pidió que actuara con normalidad.
Sentí un escalofrío.
—¿Adrian sabía lo nuestro?
—Ven conmigo.
—No voy a ninguna parte contigo.
Por primera vez, Reid pareció perder la paciencia.
—Entonces sigue fingiendo que eres la única persona de esta casa que ha estado mintiendo.
Se alejó antes de que pudiera detenerlo.
Me quedé inmóvil junto a la puerta que daba al jardín, con el corazón golpeándome las costillas.
Yo había comenzado aquella aventura por razones que me avergonzaban incluso cuando intentaba justificarlas. Llevaba ocho años casada con Adrian y, aunque nuestra vida parecía perfecta desde fuera, hacía tiempo que me sentía invisible dentro de ella.
Adrian era exitoso, atento en público y generoso con nuestros amigos. Compraba flores en los aniversarios, recordaba los cumpleaños y organizaba reuniones para mantener unida a nuestra pequeña comunidad.
Pero en casa, nuestras conversaciones se habían convertido en listas de tareas, facturas y planes para el siguiente fin de semana.
Yo quería sentirme deseada.
Quería demostrarme que todavía podía despertar una emoción intensa en alguien.
Y, en lugar de hablar con mi esposo sobre el vacío que sentía, convertí a sus amigos en una especie de experimento secreto.
Trent fue el primero. Me ofreció emoción sin preguntas y desapareció emocionalmente en cuanto terminamos de cruzar la línea.
Owen vino después. Me escuchó hablar de mis frustraciones y consiguió que confundiera su atención con una conexión profunda.
Miles hizo que todo pareciera un juego. Siempre tenía una sonrisa preparada y una explicación para cada mensaje que me enviaba.
Y luego apareció Reid.
Reid no me prometió nada. No me dijo que abandonaría a su esposa ni que yo era el amor de su vida. Simplemente me escuchaba, recordaba detalles que los demás olvidaban y me miraba como si pudiera ver las partes de mí que yo misma intentaba ocultar.
Por eso había terminado deseándolo más que a los demás.
Creí que, entre todos aquellos hombres, él era el único que me veía de verdad.
Ahora me preguntaba si alguna vez había visto algo más que una oportunidad.
—¡Vanessa!
La voz de Adrian me sobresaltó.
Estaba a pocos pasos de mí, sosteniendo dos vasos de limonada.
—¿Qué haces aquí sola? Reid acaba de preguntarme si tenemos café. Parece que no ha cambiado nada desde la universidad.
Me obligué a sonreír.
—Nada. Solo necesitaba un momento de tranquilidad.
Adrian me ofreció un vaso y me besó en la frente.
—Te veo un poco pálida. ¿Te encuentras bien?
Aquella ternura me dolió más que cualquier insulto.
Había traicionado a aquel hombre con cuatro de sus amigos. Había convertido su confianza en algo que podía utilizar a mi conveniencia.
Y aun así, él seguía preocupándose por mí.
—Estoy bien —mentí.
Adrian miró hacia la piscina, donde Reid hablaba con los demás.
—Me alegra que haya venido. Hace meses que intento reunirnos a todos.
Lo observé cuidadosamente.
—¿Por qué insististe tanto en que viniera?
Adrian se volvió hacia mí.
—¿Qué quieres decir?
—Nada. Simplemente me sorprende que te haga tanta ilusión verlo.
Sonrió.
—Reid es como un hermano para mí. Hemos pasado muchas cosas juntos.
Después me rodeó los hombros con un brazo y me condujo de regreso al jardín.
Yo asentí, pero una idea empezó a abrirse paso en mi cabeza.
Si Adrian realmente sabía algo, necesitaba descubrir cuánto.
Y si no lo sabía, debía averiguar por qué Reid había pronunciado aquellas palabras.
Lo que todavía no comprendía era que, antes de que terminara aquel fin de semana, los cinco hombres que yo había tratado como piezas de un juego tendrían que enfrentarse a la verdad.
Y yo descubriría que no había sido la única persona jugando.
Capítulo 3 — El secreto que Adrian había guardado durante meses
A las siete de la tarde, la reunión estaba en pleno apogeo.
Las luces del jardín se habían encendido. Los niños de algunos vecinos jugaban cerca de la piscina mientras los adultos se reunían alrededor de las mesas. Trent discutía de deportes con Miles y Owen ayudaba a Adrian a servir la cena.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
Yo apenas había probado la comida.
Cada vez que levantaba la mirada, encontraba a Reid observándome desde algún punto del jardín. No lo hacía de manera evidente, pero sus ojos regresaban a mí una y otra vez.
Finalmente, cuando Adrian fue a buscar otra botella de agua, me acerqué a Reid.
—Necesito saber qué quisiste decir.
Él miró alrededor antes de contestar.
—Tu esposo me llamó hace cuatro meses.
—¿Para qué?
—Para hablar de ti.
Sentí que el suelo se inclinaba bajo mis pies.
—¿De mí?
—Me dijo que estabas pasando por una etapa difícil. Que te sentías sola, que creías que él ya no te prestaba atención y que estabas buscando algo que no sabías cómo pedirle.
Me quedé sin aliento.
—¿Y qué tiene eso que ver con que tenga tu número?
Reid bajó la voz.
—Me pidió que hablara contigo. Quería que alguien cercano a ti te ayudara a abrirte, porque cada vez que él intentaba preguntarte qué ocurría, tú le decías que todo estaba bien.
No supe qué decir.
—¿Estás intentando convencerme de que Adrian te pidió que te acostaras conmigo?
—No. Jamás me pidió eso.
Su respuesta fue inmediata.
—Entonces, ¿qué quieres decir?
Reid guardó silencio antes de continuar.
—Al principio, nuestras conversaciones eran normales. Me contaste que te sentías atrapada en una vida que parecía perfecta. Yo también estaba atravesando problemas en mi matrimonio. Empezamos a hablar demasiado, demasiado a menudo. Y cruzamos una línea que nunca debimos cruzar.
Se pasó una mano por el rostro.
—Adrian no me dio permiso para hacer lo que hice. Pero fue él quien me dio tu número y quien me pidió que intentara ayudarte. Yo convertí esa confianza en algo imperdonable.
Lo miré, tratando de decidir si le creía.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes?
—Porque me avergonzaba. Y porque, cuando empezaste a buscarme por tu cuenta, me resultó fácil fingir que aquello había surgido de una conexión especial entre nosotros.
Sus palabras me golpearon con una precisión cruel.
Había creído que Reid era diferente porque no me perseguía.
Ahora entendía que quizá había sido paciente porque sabía que yo terminaría acercándome.
—¿Adrian te dio mi número antes de que empezáramos a vernos? —pregunté.
—Sí.
—¿Y nunca te pidió explicaciones?
—No.
—¿Nunca sospechó nada?
Reid miró hacia la casa.
—No lo sé.
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, Adrian apareció detrás de nosotros.
—¿Interrumpo algo?
Reid se apartó inmediatamente.
—Solo estábamos hablando de la universidad.
Adrian sonrió, pero sus ojos se detuvieron en mi rostro.
—Vanessa, ¿puedes venir conmigo un momento?
Lo seguí hasta el interior de la casa.
Cerró la puerta de la cocina y dejó dos vasos sobre la encimera.
—¿Qué te pasa esta noche?
—Nada.
Adrian suspiró.
—Llevas horas evitando mirarme a los ojos. Apenas has comido y cada vez que Reid se acerca, parece que estás esperando que ocurra algo terrible.
Sentí que se me secaba la boca.
—¿Por qué me diste su número?
Adrian no respondió inmediatamente.
Su expresión cambió de una manera que nunca había visto.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Reid.
Adrian apartó la mirada.
Y en ese instante comprendí que, al menos en una parte, Reid había dicho la verdad.
—Hace cuatro meses —comenzó Adrian—, te encontré llorando en el coche después de volver de una cena con tus amigas. Te pregunté qué ocurría y me dijiste que estabas cansada. Intenté hablar contigo varias veces, pero siempre me respondías lo mismo.
Se sentó junto a la mesa.
—Yo sabía que algo no estaba bien. No sabía cómo acercarme a ti sin que pensaras que te estaba criticando. Reid me dijo que podía hablar contigo porque te conocía desde hacía años y que quizá te resultaría más fácil abrirte con él.
Me apoyé contra la encimera.
—¿Y eso fue todo?
Adrian levantó la mirada.
—Sí. Eso fue todo.
Quería preguntarle si sospechaba que Reid y yo habíamos cruzado una línea. Quería saber si había visto mensajes, si había notado algo en mi comportamiento o si llevaba meses guardando un secreto que yo no podía imaginar.
Pero antes de que pudiera hablar, Adrian añadió algo que me dejó helada.
—Hay otra razón por la que invité a Reid esta noche.
—¿Cuál?
Adrian sacó un sobre del bolsillo interior de su chaqueta.
Lo dejó sobre la mesa.
En el frente estaba escrito mi nombre.
—Encontré esto hace dos semanas —dijo—. Estaba en una carpeta de documentos que habías dejado junto al escritorio.
Miré el sobre.
Dentro había una hoja impresa con varias fechas, nombres y anotaciones.
Eran mis propias notas.
Las había escrito meses antes, cuando todavía intentaba racionalizar mis decisiones y convencerme de que podía mantener separadas mis aventuras de mi matrimonio.
No eran un registro detallado de encuentros íntimos, pero sí contenían suficientes referencias para que alguien que conociera a nuestros amigos pudiera comprender lo que estaba ocurriendo.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—Adrian…
Él levantó una mano.
—No quiero que me expliques nada esta noche. No quiero discutir delante de nuestros amigos. Y no quiero que me digas que no significa nada.
Se puso de pie.
—Invité a Reid porque necesitaba saber si iba a tener el valor de decirme la verdad.
—¿Y qué te dijo?
Adrian me miró con una tristeza que me hizo bajar los ojos.
—Nada que yo no hubiera sospechado ya.
Luego tomó el sobre y volvió a guardarlo en su bolsillo.
—La diferencia, Vanessa, es que yo todavía esperaba equivocarme.
Capítulo 4 — Los cuatro hombres y una verdad imposible de esconder
La cena terminó poco después de las ocho y media.
Adrian no hizo ninguna escena. No anunció que nuestro matrimonio estaba en peligro ni pidió a nuestros invitados que eligieran un bando.
Se comportó como el anfitrión que siempre había sido.
Agradeció a todos por venir, ayudó a recoger los platos y acompañó a los vecinos hasta la entrada.
Aquella normalidad me resultó insoportable.
Cuando Trent se acercó a despedirse, me dio un abrazo rápido y me preguntó si nos veríamos la semana siguiente.
Lo miré y comprendí que él no sentía culpa por mí. Para él, lo nuestro había sido un episodio sin importancia, algo que podía guardar en el pasado mientras continuaba con su vida.
Owen me saludó con una sonrisa incómoda.
Miles evitó mirarme directamente.
Reid fue el último en marcharse.
Antes de cruzar la puerta, se volvió hacia Adrian.
—Lo siento, hermano.
Adrian permaneció quieto.
—No me lo digas porque te sientes culpable. Dímelo porque entiendes lo que hiciste.
Reid bajó la cabeza.
—Lo entiendo.
—Entonces empieza por no volver a mentirme.
Reid se marchó sin responder.
Cuando la puerta se cerró, Adrian se volvió hacia mí.
—Necesito que me digas la verdad.
Me senté en el sofá.
Durante ocho años había tenido miedo de aquella conversación. Había temido perder mi matrimonio, mi casa, la seguridad de nuestra vida y la imagen que los demás tenían de mí.
Ahora comprendía que ya había puesto todo eso en peligro con mis propias decisiones.
—Sí —dije—. Me acosté con Trent, Owen, Miles y Reid.
Adrian cerró los ojos.
No gritó.
No golpeó la mesa.
Solo respiró profundamente, como si estuviera intentando mantenerse en pie bajo un peso que no había esperado cargar.
—¿Cuándo empezó?
—Con Trent, hace casi un año.
—¿Y Reid?
—Fue el último.
Adrian se sentó frente a mí.
—¿Por qué?
Había ensayado cientos de respuestas a esa pregunta.
Podría haber hablado de nuestra distancia, de las largas horas de trabajo, de las veces que me sentí ignorada o de cómo había empezado a buscar emociones que ya no encontraba en casa.
Pero ninguna de esas explicaciones justificaba lo que había hecho.
—Quería sentirme deseada —respondí—. Quería sentir que todavía tenía poder sobre mi vida. Al principio me dije que solo era curiosidad. Después empecé a comparar a los hombres, como si pudiera encontrar entre ellos algo que me faltaba.
Adrian me miró con incredulidad.
—¿Nos comparabas?
Bajé la cabeza.
—Sí.
—¿Y eso te parecía una manera de resolver nuestros problemas?
—No. Ahora sé que no.
Se levantó y caminó hasta la ventana.
—¿Alguno de ellos te dijo que me respetaba? ¿Que nuestra amistad significaba algo para él?
No pude responder.
—Porque todos vinieron a mi casa —continuó—. Comieron en mi mesa. Se sentaron conmigo a ver partidos. Me pidieron consejos sobre sus vidas. Y mientras yo confiaba en ellos, tú los convertías en una competencia secreta.
Las lágrimas me nublaron la vista.
—Lo siento.
Adrian se volvió lentamente.
—No me pidas que te perdone esta noche.
—No te lo estoy pidiendo.
—Sí, Vanessa. Lo estás haciendo. Cada vez que dices que lo sientes, una parte de ti espera que yo te tranquilice. Que te diga que todavía podemos arreglarlo. Que te recuerde que eres una buena persona.
Me quedé callada.
—Pero no puedo hacer eso por ti ahora —dijo—. Necesito entender quién eres cuando dejas de intentar justificarte.
Se acercó a la mesa y tomó el sobre con mis anotaciones.
—Y hay algo más que debes saber.
Levanté la mirada.
—Cuando encontré estas notas, llamé a Reid. Le pregunté directamente si había tenido una relación contigo.
Mi corazón comenzó a latir más deprisa.
—¿Qué te dijo?
—Al principio lo negó. Después le pregunté por qué me había pedido que lo ayudara a recuperar la confianza de su propia esposa meses atrás, mientras estaba involucrado contigo.
Fruncí el ceño.
—¿Qué tiene que ver su esposa?
Adrian me miró fijamente.
—Reid no solo te mintió a ti. También le mintió a su esposa, Claire. Le decía que estaba intentando salvar su matrimonio mientras seguía viéndote a escondidas.
Sentí náuseas.
—No sabía que…
—No importa lo que no supieras. Importa lo que decidiste hacer con lo que sí sabías.
Adrian dejó el sobre sobre la mesa.
—Reid me pidió que no le contara nada a Claire. Dijo que quería arreglarlo y que estaba dispuesto a cortar contigo. Yo no acepté ocultarle nada por él, pero tampoco iba a intervenir en su matrimonio. Eso les correspondía a ustedes.
Se detuvo un momento.
—Lo que me hizo decidir que ya no podía seguir esperando fue descubrir que seguías hablando con él después de que yo encontrara las notas.
Me quedé inmóvil.
Era verdad.
Había seguido intercambiando mensajes con Reid. No porque creyera que podía construir una vida con él, sino porque me resultaba difícil renunciar a la sensación que me producía.
Adrian lo sabía.
Y, aun así, había esperado hasta aquella noche para hablar conmigo.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —pregunté.
—Porque quería darte la oportunidad de decirme la verdad por tu cuenta.
Se sentó de nuevo, agotado.
—Pero no lo hiciste.
No había nada que pudiera decir para defenderme.
Aquella noche dormí en la habitación de invitados.
Adrian cerró la puerta del dormitorio principal y no volvió a hablar conmigo hasta la mañana siguiente.
Antes de salir para trabajar, dejó una nota sobre la encimera.
«Voy a quedarme unos días con mi hermano. Necesito espacio. No me llames para pedirme que vuelva ni para preguntarme qué voy a decidir. Cuando esté preparado, hablaremos».
Leí la nota tres veces.
Después me senté en el suelo de la cocina y lloré hasta que me dolieron los ojos.
Por primera vez, no lloraba porque tuviera miedo de las consecuencias.
Lloraba porque empezaba a comprender lo que había hecho.
Capítulo 5 — El hombre que más deseaba fue el que me obligó a enfrentarme a mí misma
Adrian se marchó durante doce días.
Durante ese tiempo, no intenté perseguirlo. No llamé a sus amigos para que intercedieran ni utilicé a nuestras familias para convencerlo de que regresara.
Hablamos únicamente de los asuntos prácticos relacionados con la casa y nuestras obligaciones.
Por primera vez en años, tuve que pasar las noches sin distraerme con mensajes secretos ni con la emoción de esperar que alguien me escribiera.
Y fue entonces cuando comprendí que había utilizado a aquellos hombres para evitar una conversación que debería haber mantenido con mi esposo mucho antes.
No era solo que me hubiera sentido sola.
Era que había aprendido a esconder mi insatisfacción detrás de una vida cómoda, esperando que otra persona me hiciera sentir algo distinto sin obligarme a cambiar nada.
Había querido la emoción sin las consecuencias.
La atención sin la responsabilidad.
La libertad de actuar como si estuviera soltera mientras conservaba la seguridad de estar casada.
No podía seguir culpando a Adrian por las decisiones que yo había tomado.
El día trece, recibí una llamada suya.
—¿Podemos vernos mañana? —preguntó.
—Sí.
Nos reunimos en un parque a las afueras de la ciudad, lejos de nuestra casa y de los lugares donde solíamos encontrarnos con nuestros amigos.
Adrian llegó con las manos en los bolsillos y el rostro cansado.
Caminamos en silencio durante varios minutos.
Finalmente, se detuvo junto a un banco.
—He estado pensando en lo que quiero hacer —dijo.
Me senté, pero él permaneció de pie.
—No voy a fingir que puedo olvidar lo ocurrido. Tampoco quiero pasar el resto de mi vida intentando averiguar si me estás diciendo la verdad.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—Lo entiendo.
—Quiero separarme.
Aunque había temido escuchar esas palabras, no me sorprendieron.
Asentí lentamente.
—De acuerdo.
Adrian pareció desconcertado por mi respuesta.
—¿No vas a pedirme que lo reconsidere?
—No tengo derecho a exigirte que te quedes.
Él se sentó a mi lado.
—No eres la única responsable de que nuestro matrimonio llegara a un punto en el que dejáramos de hablar con sinceridad. Yo también cometí errores. Me refugié en el trabajo y creí que mantener nuestra vida funcionando era suficiente para que los dos fuéramos felices.
Me miró.
—Pero nada de eso justifica lo que hiciste.
—Lo sé.
—Y necesito que lo entiendas sin convertirte en una víctima de tus propias decisiones.
Me sequé las lágrimas.
—Lo estoy intentando.
Permanecimos allí hasta que el sol comenzó a bajar.
Antes de despedirnos, Adrian me dijo que quería que la separación fuera respetuosa. No deseaba destruirme, contar nuestra historia a todo el mundo ni convertir nuestro divorcio en una batalla pública.
Acepté.
Durante las semanas siguientes, organizamos los asuntos legales con ayuda de nuestros abogados. Revisamos las cuentas, la vivienda y las obligaciones compartidas. No fue fácil, pero ninguno de los dos intentó utilizar el dinero o los bienes para castigar al otro.
La separación se formalizó unos meses después.
Trent, Owen y Miles desaparecieron de mi vida casi por completo. Nunca me ofrecieron una disculpa que me pareciera sincera. Reid, en cambio, me envió un mensaje largo en el que reconocía que había traicionado tanto a Adrian como a su propia esposa.
No respondí.
Ya no necesitaba que ninguno de ellos me explicara quién había sido durante aquellos meses.
Lo sabía.
Y también sabía que no podía cambiarlo.
Un año después, supe por conocidos comunes que Adrian había comenzado una nueva etapa. Había vuelto a salir con amigos, se había apuntado a un club de senderismo y parecía recuperar poco a poco la alegría que había perdido durante los últimos meses de nuestro matrimonio.
Me alegré por él.
No porque esperara que regresara, sino porque, después de todo lo que había ocurrido, merecía encontrar una vida en la que pudiera sentirse seguro y querido.
Yo también empecé a reconstruir la mía.
Busqué ayuda profesional para comprender por qué había confundido la validación externa con el valor personal. Aprendí a reconocer la diferencia entre sentirme insatisfecha y utilizar esa insatisfacción como excusa para herir a alguien.
No fue una transformación rápida.
Hubo días en los que quise culpar a Adrian por haber trabajado demasiado. Otros en los que culpé a Reid por haber aprovechado mi vulnerabilidad. Y algunos en los que me descubrí recordando la emoción de aquellos encuentros como si el recuerdo pudiera borrar todo lo que había venido después.
Pero cada vez que aparecía esa tentación, me obligaba a recordar la cocina, el sobre y la expresión de Adrian cuando le confesé la verdad.
No había sido su trabajo el que había destruido nuestra confianza.
No había sido la llegada de Reid.
Había sido la suma de mis decisiones, una detrás de otra.
Y la mujer que había tomado aquellas decisiones tenía que aprender a vivir sin esconderse detrás de excusas.
Un día, mientras ordenaba unas cajas, encontré una fotografía de nuestra primera Navidad como matrimonio. Adrian me rodeaba los hombros y ambos sonreíamos frente a un árbol pequeño, en nuestro primer apartamento.
Me senté en el suelo y observé la imagen.
Durante mucho tiempo había creído que la emoción era la prueba más importante del amor. Si alguien conseguía acelerar mi pulso, si me hacía sentir deseada o si me obligaba a pensar en él durante toda la noche, yo interpretaba esas sensaciones como señales de que estaba viviendo algo extraordinario.
Ahora entendía que el deseo podía ser intenso y, aun así, no construir nada duradero.
Reid había sido el hombre que más había deseado.
Pero también había sido el hombre que me obligó a ver con claridad el precio de mis propias mentiras.
No porque él fuera el villano de una historia en la que yo era inocente.
Sino porque, cuando pronunció aquellas palabras junto al pasillo que daba al jardín, derribó la última excusa que me quedaba.
Adrian le había dado mi número para que me ayudara.
Yo había convertido aquella confianza en una traición.
Y cuando finalmente llegó el momento de afrontar las consecuencias, no había nadie a quien pudiera culpar para escapar de mí misma.
Guardé la fotografía en la caja y cerré la tapa.
Después abrí las ventanas y dejé entrar el aire fresco de Tennessee.
Mi matrimonio había terminado. La confianza que había destruido no volvería a ser la misma. Y algunas decisiones seguirían doliendo mucho después de que los papeles estuvieran firmados.
Pero todavía podía elegir qué clase de persona sería a partir de entonces.
Había empezado buscando al hombre que más me hiciera sentir deseada. Terminé perdiendo al hombre que más había confiado en mí. Y la lección más difícil fue comprender que ninguna emoción, por intensa que fuera, podía justificar el daño que yo había elegido causar.