El hijo del hombre que mató a su esposo regresó a la hacienda, pero ella ignoraba la verdad más peligrosa
El hijo del hombre que mató a su esposo regresó a la hacienda, pero ella ignoraba la verdad más peligrosa
Capítulo 1 — El padre que desapareció durante treinta años
—¿Cómo que era mi papá? Mamá, usted me dijo toda la vida que él nos había abandonado.
Joselo miraba a su madre con los ojos llenos de incredulidad. Doña Mercedes permanecía sentada junto a la vieja mesa de madera, acariciando una taza que llevaba años usando. Durante mucho tiempo había intentado olvidar aquella madrugada, pero ahora sabía que ya no podía seguir ocultando la verdad.
—Se fue, mijo, pero no porque no nos quisiera. Aquella noche llegó empapado de sangre. No me explicó nada. Se sentó en esa misma silla y se quedó mirando la pared hasta que amaneció. Después tomó su morral y se marchó.
—¿Y usted nunca supo adónde fue?
—Lo busqué durante meses. Pregunté en todos los pueblos cercanos, fui a las obras donde trabajaba y hablé con gente que decía conocerlo. Nadie me dio una respuesta. Con el tiempo, tuve que aprender a vivir sin él.
Joselo apretó la mandíbula. Había pasado treinta años creyendo que su padre los había abandonado por egoísmo. Recordaba a su madre lavando ropa ajena hasta que le sangraban las manos, y a sí mismo trabajando desde niño para ayudarla a sobrevivir.
—¿Y por qué nunca me contó que había llegado herido?
Mercedes bajó la cabeza.
—Porque no sabía qué significaba. Tenía miedo de que hubiera hecho algo terrible. Y después de tantos años, pensé que abrir esa herida solo te haría sufrir.
Joselo se levantó y caminó hasta la puerta. Si su padre había sobrevivido, todavía podía encontrarlo. Pero había algo más que lo atormentaba: aquella noche, el hombre que conducía la camioneta junto a su padre era el difunto esposo de Alondra, la mujer con la que estaba a punto de casarse.
Dos semanas antes, Joselo se había arrodillado frente a Alondra y a los trabajadores de la hacienda para pedirle matrimonio. Ella, una mujer fuerte que había sostenido sola sus tierras desde la muerte de su esposo, había aceptado entre lágrimas.
Ahora, por primera vez, Joselo temía que su pasado destruyera el futuro que tanto deseaba.
Al día siguiente, Alondra lo recibió en el corredor con una sonrisa.
—Buenos días, futuro esposo. Hablé con el padre. Puede casarnos dentro de tres semanas.
Joselo apenas levantó la mirada.
—Tres semanas es muy pronto, patrona.
La sonrisa de Alondra desapareció.
—Anoche era Alondra. ¿Qué te pasó?
—Nada. Tengo que revisar el ganado.
Se marchó sin darle oportunidad de insistir.
Don Efrén, el capataz que llevaba veinte años trabajando en la hacienda, observó la escena desde la entrada.
—Patrona, ese muchacho lleva tres días sin dormir. No creo que se esté arrepintiendo de casarse con usted. Algo le está pasando.
—Entonces, ¿por qué no me lo cuenta? Yo nunca le he pedido que sea perfecto, Efrén. Solo quiero que confíe en mí.
El capataz guardó silencio. Sabía que había secretos que podían cambiar una vida entera.
Aquella tarde, Joselo lo encontró junto a los establos.
—Don Efrén, usted estuvo allí la noche en que murió el patrón. Ayudó a recuperar su cuerpo de la camioneta. Necesito saber quién era el trabajador que viajaba con él.
Efrén dejó de limpiar una silla de montar.
—¿Por qué pregunta eso ahora?
—Porque creo que era mi padre. Y necesito saber si sigue vivo.
El anciano lo observó durante unos segundos, pero no respondió. No tenía certeza de dónde se encontraba aquel hombre y tampoco quería darle a Joselo falsas esperanzas.
—Si quiere conocer la verdad, tendrá que buscarla, muchacho. Pero recuerde que algunas respuestas llegan acompañadas de un dolor que uno no esperaba.
Esa noche, Joselo regresó a casa de su madre y le pidió que le contara todo lo que recordara.
Mercedes fue hasta un baúl viejo y sacó un sobre amarillento.
—Hay algo que nunca te enseñé. Hace dos años llegó esto sin remitente. Dentro había dinero y una nota.
Joselo tomó el papel. Reconoció inmediatamente la letra.
Solo decía: «Perdónenme».
Debajo aparecía el nombre de un pueblo.
—Es la letra de mi padre —murmuró—. Está vivo, mamá.
Mercedes comenzó a llorar.
—Tal vez, mijo. Pero ¿con qué dinero vas a buscarlo? ¿Y qué le vas a decir después de treinta años?
Joselo guardó la carta en el bolsillo.
—Le preguntaré por qué nos dejó. Necesito escucharlo de su propia boca.
Antes de salir, miró la fotografía de Alondra que llevaba en la cartera. Quería casarse con ella, pero no podía hacerlo sin resolver aquella historia.
A la mañana siguiente, tomó sus pocas pertenencias y partió sin decirle a Alondra adónde iba.
Capítulo 2 — El hombre que quería quedarse con la hacienda
Pasaron varios días sin que Alondra recibiera noticias de Joselo.
Cada mañana esperaba verlo cruzar el patio, pero la silla donde él solía sentarse permanecía vacía. Los trabajadores comenzaron a murmurar y algunos aseguraban que el peón se había arrepentido de casarse con su patrona.
—Yo se lo dije —comentó una empleada mientras barría el corredor—. Una mujer como ella no debería poner su corazón en un hombre que trabaja para ella.
Alondra escuchó el comentario, pero no respondió. Ya había soportado suficientes juicios durante los años que pasó defendiendo su propiedad y criando su vida de nuevo después de la muerte de su esposo.
Sin embargo, la incertidumbre comenzaba a desgastarla.
En medio de aquella situación llegó Aurelio Villamil, propietario de la Hacienda del Valle y uno de los hombres más ricos de la región.
—Buenos días, señora Alondra. Llevo años oyendo hablar de usted.
—Y yo he oído hablar de usted, don Aurelio. No siempre cosas buenas.
Aurelio soltó una carcajada.
—La gente habla demasiado. Pero vengo con una propuesta que podría beneficiarnos a ambos. Mi hacienda colinda con la suya. Si uniéramos nuestras tierras, tendríamos la propiedad más grande del estado.
—Mi tierra no está en venta ni estoy buscando un socio.
—Piénselo, señora. Una mujer sola sosteniendo una propiedad tan grande merece descansar.
Alondra lo miró fijamente.
—No estoy sola.
Aurelio sonrió con condescendencia.
—¿Se refiere al muchacho que le prometió matrimonio y desapareció sin dejar noticias?
Aquellas palabras le dolieron, pero Alondra no le permitió verlo.
—Mi relación no es asunto suyo. Y mi respuesta seguirá siendo la misma: no venderé.
Antes de marcharse, Aurelio observó los terrenos y el ganado con una atención que no pasó inadvertida para Efrén.
Cuando la camioneta desapareció por el camino, el capataz se acercó a Alondra.
—Tenga cuidado con ese hombre, patrona. He escuchado historias de propietarios que perdieron sus tierras después de hacer negocios con él.
—No pienso hacer ningún negocio.
—Entonces no baje la guardia.
Mientras tanto, Joselo recorría el pueblo mencionado en la carta. Preguntó en talleres, pensiones y antiguas obras de construcción. La mayoría de las personas no recordaba al hombre que buscaba, y quienes parecían conocerlo no podían darle una dirección.
Finalmente, un anciano le contó que años atrás había conocido a un trabajador llamado Mateo que siempre llevaba una fotografía de su familia.
—Decía que había cometido un error terrible —recordó el hombre—. Nunca hablaba mucho. Un día se marchó y no volvió.
Joselo sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Sabe adónde fue?
—No. Pero creo que siguió hacia el norte.
Joselo continuó buscando durante varios días, gastando casi todo el dinero que llevaba. Sin embargo, no encontró a su padre.
Cuando finalmente regresó a la hacienda, una semana después de su partida, Alondra lo esperaba en el patio.
—¿Dónde estabas? ¿Tienes idea de lo que he pasado?
—Fui a buscar algo que necesitaba encontrar.
—¿Y lo encontraste?
Joselo vaciló.
—No.
Alondra sintió que la rabia y la tristeza se mezclaban dentro de ella.
—Una semana sin una llamada, sin un recado. Yo pensé que no volverías.
—No podía explicárselo todavía.
—¿Todavía? ¿Cuánto tiempo más tengo que esperar, Joselo? El padre necesita confirmar la fecha de la boda.
Joselo apartó la mirada.
—Dígale que espere.
Alondra se quedó inmóvil.
—Hace dos semanas te arrodillaste delante de todos para pedirme que me casara contigo. Ahora ni siquiera puedes decirme por qué te marchaste.
—Hay cosas que usted no sabe de mí, patrona. Si las supiera, quizá no querría casarse conmigo.
Alondra sintió un nudo en la garganta.
—¿Me vas a dejar como todos los demás?
Joselo la miró con desesperación.
—Nunca. Pero deme unos días. Se lo pido por lo que más quiero.
Ella quería creerle, pero no sabía cuánto tiempo podría soportar aquel silencio.
Y mientras la relación se deterioraba, Aurelio comenzaba a investigar quién era realmente Joselo y de dónde procedía.
Capítulo 3 — El desconocido que conocía demasiado bien aquella noche
Aurelio regresó a su hacienda y ordenó a uno de sus hombres que averiguara todo sobre Joselo.
—Quiero saber de dónde viene, quién fue su padre y por qué desapareció durante una semana. No me importa cuánto cueste.
Su ayudante asintió.
—¿Y si no encontramos nada?
Aurelio se acomodó el sombrero.
—Todo hombre tiene un pasado. Solo hay que encontrar el precio adecuado para que alguien lo cuente.
Al día siguiente, un anciano llegó a la Hacienda del Valle buscando trabajo. Llevaba ropa gastada, un morral viejo y el rostro marcado por muchos años de esfuerzo.
—Buenos días, joven. ¿Habrá trabajo para mí?
—¿Qué sabe hacer? —preguntó el encargado.
—De todo un poco. He trabajado en cercas, corrales y construcción. No pido mucho. Solo necesito ganarme el pan.
El encargado lo llevó hasta la zona este, donde había varias cercas que necesitaban reparación.
—Puede empezar aquí. Se paga por semana y come con los demás trabajadores.
—Dios se lo pague. No le voy a quedar mal.
El anciano comenzó a trabajar con una dedicación que sorprendió a los demás. Conocía el campo, sabía tratar a los animales y parecía tener un cariño especial por aquella tierra.
Don Efrén lo observó desde lejos. Había algo en su rostro que le resultaba familiar, aunque no consiguió identificarlo inmediatamente.
Esa misma tarde, Joselo se encontró con Alondra junto al almacén.
—Contrataste a un hombre sin consultarme —dijo ella.
—La cerca necesitaba reparación.
—Antes me consultabas todo.
Joselo la miró con amargura.
—Y antes usted no recibía flores de otro hombre.
Alondra comprendió que se refería a Aurelio.
—No confunda las cosas. No quiero vender mi tierra ni necesito que nadie me mantenga.
—No he dicho eso.
—Pero lo piensas. Crees que porque soy una mujer sola no puedo decidir por mí misma.
Joselo guardó silencio. La discusión terminó sin que ninguno consiguiera expresar lo que realmente sentía.
Mientras tanto, don Efrén se acercó al anciano contratado aquella mañana.
—¿Ha trabajado antes en haciendas grandes?
—Hace muchos años. En otra vida, podría decirse.
—¿Y cómo se llama?
—Mateo.
El nombre hizo que Efrén se detuviera.
Recordó el accidente de siete años atrás, la camioneta volcada y al trabajador herido que había sobrevivido. Recordó también que el patrón había muerto después de detenerse para ayudar a un desconocido.
Pero antes de formular otra pregunta, Mateo se alejó con sus herramientas.
Esa noche, Efrén buscó a Joselo.
—Muchacho, hay algo que necesito preguntarte. ¿Cómo se llamaba tu padre?
—Mateo. ¿Por qué?
El anciano sintió un escalofrío.
—¿Y tienes alguna fotografía de él?
Joselo negó con la cabeza.
—No. Mi madre apenas conserva algunos recuerdos.
Efrén comprendió que debía confirmar sus sospechas antes de hablar. Al día siguiente, encontró a Mateo trabajando solo en la cerca y se acercó con cautela.
—Usted estuvo en un accidente hace siete años, ¿verdad? Una camioneta se volcó en el camino de la hacienda.
Mateo dejó de trabajar.
—No sé de qué me habla.
—No me mienta. Yo ayudé a sacar el cuerpo del patrón aquella noche. Recuerdo que había otro hombre con él.
Mateo palideció.
—Por favor, no diga nada. Ese muchacho es mi hijo y todavía no sabe quién soy.
Efrén lo miró con una mezcla de indignación y compasión.
—Su hijo lleva treinta años creyendo que usted lo abandonó. Ha cruzado pueblos enteros para encontrarlo. ¿Hasta cuándo piensa esconderse?
Mateo apretó los labios.
—Necesito tiempo. Solo quiero verlo unos días más.
—El tiempo es precisamente lo que se les está acabando a los dos.
A unos metros de distancia, Joselo apareció al final del camino. Al ver al anciano, sintió una extraña inquietud, aunque todavía no sabía que aquel trabajador era el hombre al que llevaba buscando toda su vida.
Capítulo 4 — La verdad que podía destruir el amor de Alondra
Aquella tarde, don Efrén llamó a Joselo al despacho.
—Siéntate, muchacho. Necesito decirte algo importante.
—¿Qué sucede?
Efrén respiró profundamente.
—El hombre que contrataste esta mañana… ese hombre es tu padre.
Joselo se quedó inmóvil.
—¿Qué está diciendo?
—Se llama Mateo. Me confirmó que estuvo en el accidente de la camioneta del patrón. Es él, Joselo.
El joven salió del despacho sin decir una palabra. Encontró al anciano junto a la cerca, guardando sus herramientas en un cobertizo.
—¿Usted es mi padre?
Mateo levantó lentamente la cabeza. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Sí, hijo. Soy yo.
Joselo sintió que treinta años de dolor estallaban dentro de él.
—Treinta años, señor. Mi madre lavando ropa ajena para mantenerme y yo creciendo con la idea de que usted no nos quería. ¿Dónde estuvo todo este tiempo?
Mateo intentó acercarse, pero Joselo retrocedió.
—No me toque. Primero quiero saber qué pasó aquella noche.
Mateo le contó cómo había caído de un andamio mientras trabajaba como vigilante en una obra. Estaba perdiendo mucha sangre cuando el esposo de Alondra se detuvo para ayudarlo y lo subió a su camioneta.
A medio camino, el patrón comenzó a sentirse mal y le pidió a Mateo que condujera.
—Yo también estaba herido, hijo. Apenas podía ver. Perdí el control y la camioneta volcó. Cuando desperté en el hospital, me dijeron que el hombre que me había ayudado había muerto.
Joselo sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—Ese hombre era el esposo de Alondra.
Mateo se llevó las manos al rostro.
—No lo sabía. Te lo juro. Si hubiera sabido quién era, jamás habría podido acercarme a esta hacienda.
—¿Y por eso nos abandonó?
—La culpa me destruyó. Pensé que no merecía volver con tu madre. Creí que mi ausencia sería una forma de pagar por lo ocurrido.
Joselo negó con la cabeza.
—No pagó usted solo. También pagamos nosotros.
Mateo no intentó defenderse. Sabía que su hijo tenía razón.
Esa noche, Joselo decidió que debía contarle todo a Alondra antes del mediodía siguiente. Prefería perderla por la verdad que continuar viviendo bajo el peso de una mentira.
Sin embargo, Aurelio se adelantó.
A la mañana siguiente, llegó a la casa principal y pidió hablar con Alondra a solas.
—Vengo a mostrarle algo que quizá le interese saber.
—¿Qué quiere ahora, don Aurelio?
—El anciano que su prometido contrató es su padre. Y ese hombre era quien conducía la camioneta la noche en que murió su esposo.
Alondra palideció.
—Eso es mentira.
—Pregúntele a Joselo. Él lo sabe desde hace tres días y no se lo ha dicho.
Cuando Joselo entró en la habitación, Alondra lo miró con lágrimas en los ojos.
—Mírame a la cara y dime la verdad. ¿Sabías quién era ese hombre?
Joselo bajó la mirada.
—Sí, patrona. Lo supe hace tres días.
Alondra retrocedió como si aquellas palabras la hubieran golpeado.
—Tres días. Y tuve que enterarme por este hombre, no por ti.
—Se lo iba a contar. Se lo juro por mi madre.
—¿Cuándo? ¿Después de la boda? ¿Cuando ya no pudiera hacer nada?
Joselo no encontró una respuesta.
Alondra miró a Mateo, que había entrado detrás de su hijo.
—Dígame una cosa, señor. ¿Mi esposo sufrió aquella noche?
Mateo respondió con la voz quebrada.
—No, señora. Él perdió el conocimiento. Pero yo llevo siete años sufriendo por lo que pasó.
Alondra cerró los ojos. El dolor por su esposo seguía vivo, pero la mentira de Joselo había abierto una herida nueva.
—Váyanse los dos. Hoy mismo. No quiero volver a verlos en mi tierra.
—Alondra, por favor —suplicó Joselo.
—¡Vete!
Padre e hijo abandonaron la casa mientras Aurelio observaba la escena con una satisfacción que intentó disimular.
Por fin había conseguido separar a Alondra del hombre que podía impedirle apoderarse de su hacienda.
Capítulo 5 — El secreto de Aurelio todavía no había salido a la luz
Aquella noche, Joselo y Mateo caminaron hasta una pequeña casa en el pueblo. Ninguno habló durante el trayecto.
—Ella tenía razón en echarme —dijo Joselo finalmente—. Debí contarle la verdad desde el principio.
Mateo lo miró con tristeza.
—Yo cometí el mismo error durante treinta años. Creí que callarme evitaría hacerles daño, pero solo conseguí que sufrieran más.
—No sé cómo volver a mirarla a los ojos.
—Si la amas de verdad, tendrás que hacerlo. No para pedirle que te perdone inmediatamente, sino para decirle la verdad y aceptar su decisión.
Mientras tanto, Alondra permanecía en el corredor de la hacienda. Don Efrén se acercó y se sentó a su lado.
—Su esposo se detuvo aquella madrugada para ayudar a un hombre al que ni siquiera conocía, patrona. Nadie lo obligó.
—Lo sé, Efrén. Eso es lo que más me duele. Murió haciendo algo bueno y yo he pasado siete años preguntándome por qué tuvo que ocurrirle a él.
—Joselo no quiso hacerle daño. Se asustó y tomó una mala decisión.
—Pero me mintió.
—Sí. Y tendrá que responder por ello. Sin embargo, no permita que Aurelio decida por usted qué debe hacer con su vida.
Alondra levantó la mirada.
—¿Por qué está tan interesado en esta hacienda?
Efrén vaciló.
—No lo sé con certeza. Pero hay algo que nunca entendí de aquella noche. La camioneta del patrón era nueva. Yo mismo la revisaba cada semana y estaba en perfectas condiciones.
—Fue un accidente, Efrén.
—Eso creí durante siete años. Pero últimamente he empezado a preguntarme si conocemos toda la historia.
Alondra lo observó, inquieta.
A la mañana siguiente, Aurelio regresó con una última oferta.
—Firme los documentos y podrá olvidarse de todos estos problemas. Le compraré la hacienda completa y le permitiré quedarse en la casa principal durante el resto de su vida.
Alondra se puso de pie.
—No voy a vender.
—Ya no tiene por quién pelear, señora.
Ella lo miró directamente a los ojos.
—Tengo por quién pelear. Por mí.
Aurelio dejó de sonreír.
—Usted se cree muy fuerte, pero la vida ya le ha quitado muchas cosas. Puede volver a quitárselas.
—Lárguese de mi tierra antes de que mis trabajadores lo saquen.
El hombre salió furioso, pero antes de marcharse se volvió para observar la casa principal.
Aquella mujer no sabía cuánto estaba arriesgando al desafiarlo.
En el pueblo, Mateo tomó una decisión. No podía recuperar los treinta años perdidos, pero tampoco permitiría que su hijo siguiera destruyéndose por la culpa.
—Voy a regresar a mi trabajo —le dijo a Joselo—. Tú tienes que decidir qué harás con tu vida.
—No quiero volver a perderlo, papá.
Mateo le puso una mano en el hombro.
—Entonces no vuelvas a esconderte detrás del silencio.
Joselo comprendió que debía regresar a la hacienda, aunque Alondra lo rechazara. Quería contarle que la amaba y que nunca había dejado de desear aquella boda.
Pero, antes de que pudiera marcharse, Aurelio recibió una llamada de uno de sus hombres.
—Señor, hemos encontrado algo relacionado con el accidente de hace siete años.
Aurelio guardó silencio mientras escuchaba los detalles. Su expresión cambió lentamente.
—¿Está seguro?
—Sí, señor. Y si alguien más descubre lo que pasó aquella noche, usted podría tener un problema muy grave.
Aurelio apretó el teléfono.
—Entonces asegúrese de que nadie hable.
Después colgó y miró hacia la Hacienda del Valle, donde Alondra seguía defendiendo las tierras que él deseaba conquistar.
Joselo todavía creía que el mayor obstáculo para su boda era el secreto de su padre. Alondra pensaba que solo necesitaba tiempo para decidir si podía perdonarlo.
Ninguno de los dos imaginaba que la muerte del antiguo patrón podía esconder una verdad mucho más oscura.
Y Aurelio Villamil estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para que permaneciera enterrada.
CONTINUARÁ…