Capítulo 3: El documento que podía hacerme perderlo todo
Capítulo 3: El documento que podía hacerme perderlo todo
A la mañana siguiente, llegué al despacho de Elizabeth con Ethan a mi lado.
La abogada llevaba más de veinte años encargándose de los asuntos legales de nuestra familia. Había conocido a Robert, había asistido a nuestro aniversario de bodas y sabía perfectamente cuánto habíamos trabajado para construir nuestro patrimonio.
Cuando vio la fotografía del documento que Ethan había encontrado, su expresión cambió.
—Me temía algo así —murmuró.
Abrió un cajón y sacó una carpeta con varios documentos.
—Hace tres semanas recibí una notificación sobre un intento de modificación de la titularidad de su antigua propiedad. Alguien presentó documentos afirmando que usted había autorizado a Daniel a gestionar la venta.
—¡Pero yo nunca autoricé nada!
—Lo sé. Por eso bloqueé cualquier procedimiento hasta verificar su identidad.
Elizabeth me mostró una copia.
Allí estaba mi nombre, mi antigua dirección y una firma que pretendía imitar la mía.
Pero lo peor estaba en la siguiente página.
Daniel había solicitado poderes para gestionar determinadas operaciones financieras en mi nombre.
—¿Cómo pudo conseguir mis datos? —pregunté.
Elizabeth me miró seriamente.
—Su hijo tuvo acceso a varios documentos familiares durante los últimos años. Además, algunas de las cuentas que usted utilizaba para ayudarlo estaban vinculadas a su información personal.
Sentí una profunda tristeza.
No era un desconocido intentando aprovecharse de una mujer mayor.
Era mi propio hijo.
El niño al que había llevado de la mano a su primer día de escuela. El mismo al que Robert había enseñado a montar en bicicleta.
—¿Y qué podemos hacer? —pregunté.
—Primero, proteger sus propiedades y cuentas. Después, presentar una denuncia por los documentos presuntamente falsificados y solicitar una investigación de las operaciones.
Asentí.
Entonces Ethan sacó su teléfono.
—Señora Elizabeth, creo que esto también podría ayudar.
Abrió una grabación que había realizado accidentalmente cuando sus padres discutían en la cocina.
Al principio solo se escuchaban voces confusas.
Después apareció claramente la voz de Melissa.
—Daniel, tu madre no va a entregarnos el dinero voluntariamente. Tendremos que conseguir que firme.
Daniel respondió:
—No te preocupes. Llevo años encargándome de sus pagos. Confía en mí. Si le digo que son documentos para organizar la herencia, firmará sin leerlos.
Sentí que el estómago se me revolvía.
La grabación continuó.
—¿Y si descubre lo que estamos haciendo? —preguntó Melissa.
—Para entonces ya tendremos el dinero. Además, ella tiene setenta y dos años. ¿Quién va a creer que entiende todos esos documentos mejor que su propio hijo?
Elizabeth detuvo la grabación.
Nadie habló durante varios segundos.
Ethan tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Abuela, lo siento. No sabía que mis padres fueran capaces de hacer algo así.
Lo abracé.
—Tú no tienes que disculparte por las decisiones de tus padres, cariño.
Elizabeth guardó una copia de la grabación y me explicó que debía conservar el archivo original y evitar cualquier manipulación. También me recomendó no confrontar a Daniel hasta que estuvieran protegidas todas mis cuentas.
Pero aquella no fue la última sorpresa de ese día.
Cuando regresé a casa, encontré tres llamadas perdidas de mi hermana Linda.
La llamé inmediatamente.
—¿Qué sucede?
Su voz sonaba preocupada.
—Necesito contarte algo, pero prométeme que no te vas a enfadar.
—Habla, Linda.
—Anoche Daniel me llamó. Me dijo que estabas confundida, que habías abandonado la casa sin pensar y que posiblemente estabas empezando a tener problemas de memoria.
Me quedé helada.
—¿Qué?
—También dijo que quería reunir a la familia para convencerte de que regresaras. Pero había algo más… Me pidió que firmara una declaración diciendo que últimamente te había visto olvidar cosas y tomar decisiones extrañas.
Apreté el teléfono.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no iba a mentir sobre mi propia hermana.
Cerré los ojos.
Daniel no solamente quería mi dinero.
Estaba intentando convencer a todos de que yo ya no podía tomar mis propias decisiones.
—Linda, necesito que me ayudes. ¿Puedes venir mañana?
—Por supuesto. No vas a enfrentar esto sola.
Colgué y me senté junto a la fotografía de Robert.
Durante años había creído que ayudar a Daniel era una forma de honrar a su padre. Robert siempre decía que nuestro hijo tendría un hogar al que regresar, sin importar cuántas veces fracasara.
Pero nunca imaginamos que algún día utilizaría ese amor contra mí.
Esa noche recibí otro mensaje de Daniel.
«Mamá, deja de escuchar a personas que quieren separarnos. Mañana iremos a verte. Tenemos unos documentos que necesitas firmar para solucionar todo».
Leí el mensaje dos veces.
Después respondí:
«Pueden venir. Pero esta vez no habrá nada que firmar».
No sabía qué pretendía hacer Daniel al día siguiente.
Lo que sí sabía era que ya no estaba dispuesta a dejarme manipular.
A las once de la mañana, un automóvil negro se detuvo frente a mi nueva casa.
Daniel bajó acompañado de Melissa y de un hombre que llevaba un maletín.
Los tres caminaron hacia mi puerta.
Abrí antes de que tocaran.
Daniel sonrió como si nada hubiera ocurrido.
—Mamá, hemos venido a arreglar las cosas.
Miré al desconocido que lo acompañaba.
—¿Y quién es él?
Daniel respondió con una tranquilidad que me hizo estremecer:
—Es un asesor legal. Viene a ayudarte a firmar unos documentos para que podamos administrar tus propiedades sin que tengas que preocuparte por nada.
Entonces reconocí el nombre que aparecía en la tarjeta que el hombre me entregó.
No era el abogado de la familia.
Era alguien que Daniel había contratado por su cuenta.
Y cuando leí el primer párrafo del documento que sacó de su maletín, comprendí que mi hijo no había venido a pedirme perdón.
Había venido a intentar conseguir el control de toda mi fortuna.