Capítulo 3: ¿Reconoces esto?
Capítulo 3: ¿Reconoces esto?
—¿Qué es esto? —dijo mi padre, mirando la escritura.
—La escritura —dije—. De esta casa. A mi nombre.
—¡Imposible! —dijo.
—El registro del condado dice que sí —dije—. Cinco años.
—¿Cinco años? —dijo—. ¿Mi padre hizo…?
—Te conocía, papá —dije.
—¿Qué? —dijo.
—Te conocía —repetí—. Por eso no te la dejó a ti.
Mi madre salió. Brielle también.
—¿Qué pasa? —dijo mi madre.
—Tu hija dice que la casa es suya —dijo mi padre.
—¿Qué? —dijo mi madre—. ¿Tú lo sabías? —le preguntó a él.
—¡No! —dijo.
—¿Y nos lo ocultaste? —me dijo mi madre.
—¿Yo? —dije—. ¡Lo descubrí ayer! ¡Después de que me golpeara!
—¿Te golpeó? —dijo Brielle.
—Con una silla —dije—. Delante de Noah.
—¿Y? —dijo Brielle.
—¿Y? —repetí—. ¿Eso es todo? ¿”Y”?
—No quise… —dijo mi padre.
—¿No quisiste qué? —dije—. ¿No quisiste pegarme? ¿O no quisiste que se supiera?
—Noah —dijo mi madre, viendo al niño—. ¿Está bien?
—Asustado —dije—. ¿Te importa?
—Claro que me importa —dijo.
—¿Como ayer? —dije—. ¿Cuando dijiste que me lo merecía?
—No… yo…
—Basta —dije—. Ahora hablo yo.
—¿Qué quieres? —dijo mi padre.
—No voy a echarlos —dije—. Todavía.
—¿Todavía? —dijo.
—Pero las cosas van a cambiar —dije.
—¿Cómo? —preguntó Brielle.
—Primero —dije—. Nadie vuelve a tocarme. Ni a Noah. Nunca.
—¿Y si no? —dijo mi padre.
—Tengo las fotos —dije—. El informe de urgencias. Mi declaración. ¿Quieres que la presente?
—No —dijo, rápido.
—Segundo —dije—. El “alquiler” se acabó. No les pago más.
—¿Qué? —dijo mi madre—. ¿Y nosotras?
—Ustedes viven en MI casa —dije—. ¿Entienden? Cinco años pagándoles por un apartamento sobre el garaje. De mi propia casa.
—Tercero —dije—. Brielle, ¿dónde vives?
—¿Yo? —dijo—. Aquí. Con mamá y papá.
—¿Y tu hija? —pregunté.
—También —dijo.
—¿Pagas algo? —pregunté.
—No —admitió.
—Interesante —dije—. Yo pagaba la mitad de mi sueldo. Tú, nada.
—No es… —dijo.
—Es —dije—. Pero no voy a cobrarte. Todavía.
—¿Qué quieres decir? —dijo mi padre.
—Que la casa es mía —dije—. Y que a partir de hoy, yo decido.
Entré. A MI casa. Fui al apartamento. A buscar nuestras cosas.
Noah me seguía. En el pasillo, vi una puerta. Cerrada. Nunca la había visto abierta.
—¿Qué hay ahí? —pregunté.
—El estudio de tu abuelo —dijo mi madre—. Siempre cerrado.
—¿Cerrado? —dije—. ¿Por qué?
—Tu padre lo cerró —dijo—. Después de morir.
Saqué la llave de latón. La probé.
Giró.