PARTE 2: EL SECRETO DE LOS DOS BEBÉS Y LA CUENTA BANCARIA QUE PODÍA DESTRUIR A MI MARIDO
PARTE 2: EL SECRETO DE LOS DOS BEBÉS Y LA CUENTA BANCARIA QUE PODÍA DESTRUIR A MI MARIDO
—Dime en qué hospital estás —repitió mi padre.
Le di la dirección y, antes de que pudiera preguntarme algo más, otra contracción me atravesó el cuerpo. Apreté los dientes y cerré los ojos. La doctora Benson se acercó inmediatamente.
—Brooke, necesito que te concentres. El segundo bebé está mostrando señales de sufrimiento. No podemos perder tiempo.
Escuché a mi padre decir algo al otro lado de la línea, pero la llamada se cortó cuando la enfermera me retiró el teléfono.
—¿Tu padre viene? —preguntó la doctora.
Asentí.
—Sí. Pero hay algo que necesito que sepan. Mi marido no puede entrar aquí. Y tampoco quiero que nadie le informe sobre el estado de mis hijos.
La enfermera confirmó que la restricción de visitas ya estaba registrada. Después, Laura pidió que prepararan el quirófano.
Mientras me trasladaban, no podía dejar de pensar en aquel número bancario que había visto en el documento de Garrett. Lo había reconocido porque pertenecía a una cuenta conjunta que habíamos abierto años atrás para los gastos familiares.
Pero esa cuenta no debía tener movimientos de semejante cantidad.
Y mucho menos transferencias relacionadas con una agencia de publicidad que trabajaba para la empresa de mi padre.
A las 10:42 de la mañana nació mi hija.
Unos segundos después, escuché el llanto de mi hijo.
Dos voces pequeñas. Dos vidas que habían llegado al mundo antes de que su propio padre tuviera la oportunidad de conocerlas.
—Son preciosos, Brooke —dijo la enfermera, acercándome primero a la niña—. Los dos están aquí.
Lloré por primera vez en toda aquella mañana. No por Garrett, ni por el cheque, ni por los seis años que había perdido intentando mantener un matrimonio que solo existía en mi imaginación.
Lloré porque mis hijos estaban vivos.
Mi hija se llamaría Lily. Mi hijo, Ethan. Había elegido aquellos nombres mucho antes de descubrir la segunda silueta en la ecografía.
Sin embargo, la tranquilidad duró poco.
La doctora me explicó que Ethan necesitaba permanecer bajo observación en la unidad neonatal. Su respiración era irregular y los médicos querían vigilarlo durante las siguientes horas. Lily estaba estable, aunque también sería monitorizada.
Cuando desperté completamente después de la intervención, mi padre estaba sentado junto a mi cama.
Walter Prescott parecía haber envejecido diez años durante el viaje. Llevaba el abrigo todavía puesto y tenía mi teléfono entre las manos.
—Tu madre habría querido estar aquí —murmuró.
Mi madre había fallecido cuatro años antes. Desde entonces, mi relación con Walter se había deteriorado. Garrett siempre encontraba una razón para impedir que nos acercáramos demasiado. Decía que mi padre era controlador, que quería manejar nuestras vidas y que yo debía aprender a construir una familia independiente.
Ahora entendía por qué le convenía tanto mantenernos separados.
—Papá, necesito preguntarte algo —dije—. ¿Conoces Beacon Communications?
Su expresión cambió inmediatamente.
—Sí. Es una agencia externa que contratamos para una campaña corporativa. ¿Por qué?
Le mostré las fotografías de los documentos.
Walter las examinó en silencio. Al llegar a la autorización de pago por 155 000 dólares, dejó de respirar durante un instante.
—¿De dónde sacó Garrett esto?
—No lo sé. Pero aparece su firma junto a la de Kendra Mercer. También hay un número de referencia bancaria que pertenece a nuestra cuenta familiar.
Mi padre levantó la mirada.
—Brooke, ¿cuánto dinero había en esa cuenta?
—No lo recuerdo exactamente. Garrett administraba la mayoría de las operaciones. Me decía que era más sencillo dejarle todo a él.
Walter apretó la mandíbula.
—Necesito que me escuches con atención. No firmes absolutamente nada. Ni el acuerdo de custodia ni ningún documento relacionado con el dinero.
—¿Qué está pasando?
Mi padre se inclinó hacia mí.
—Hace tres semanas, nuestro departamento financiero detectó una serie de pagos irregulares. Todos estaban vinculados a proveedores externos. Garrett aseguró que eran gastos comerciales autorizados. Pero cuando solicitamos los comprobantes, algunos documentos desaparecieron.
Sentí un escalofrío.
—¿Crees que robó dinero de tu empresa?
—No lo sé todavía. Pero el nombre de Kendra apareció en la investigación.
Miré de nuevo la autorización de pago.
De repente, el cheque de 250 000 dólares adquirió un significado completamente distinto.
No era una oferta para que desapareciera.
Era una manera de conseguir que firmara documentos antes de que alguien descubriera lo que había hecho.
A las cinco de la tarde, mi padre recibió una llamada de su director financiero. Salió al pasillo para contestar, pero pude escuchar algunas palabras.
—¿Qué cuenta?
—¿Cuándo se realizó?
—No autoricé esa transferencia.
Cuando regresó, tenía el rostro pálido.
—Brooke, necesito que me digas algo. ¿Garrett tenía acceso a tus documentos personales?
—Sí. Conocía mis contraseñas y tenía autorización para consultar nuestras cuentas.
—¿Y tu firma electrónica?
Me incorporé lentamente.
—La utilizaba cuando necesitaba presentar documentos en mi nombre.
Walter cerró los ojos.
—Entonces esto es más grave de lo que pensaba.
Me explicó que la empresa había descubierto una transferencia de 155 000 dólares a Beacon Communications. La operación aparecía aprobada mediante una autorización electrónica vinculada a mis credenciales.
Me quedé helada.
—Yo nunca autoricé ese pago.
—Lo sé. Pero alguien utilizó tus datos.
Por primera vez comprendí por qué Garrett había llevado aquel acuerdo al hospital. Si conseguía que firmara la renuncia a cualquier reclamación económica y un documento de separación patrimonial, podría intentar presentar todo como un conflicto familiar y no como una operación financiera fraudulenta.
—¿Y el cheque? —pregunté.
Mi padre miró la fotografía.
—Quiero que nuestro abogado lo examine. No lo cobres ni lo destruyas. Puede ser una prueba importante.
En ese momento, mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Garrett.
«Espero que hayas recuperado el sentido común. Mañana a las nueve estaré allí. Si no firmas, no volverás a recibir un solo dólar».
Mi padre leyó el mensaje por encima de mi hombro.
—¿Te ha amenazado?
—No es la primera vez.
Walter sacó su propio teléfono.
—Entonces será la última vez que pueda intimidarte sin consecuencias.
A la mañana siguiente, Garrett llegó al hospital exactamente a las nueve.
No venía solo.
Kendra Mercer caminaba a su lado, vestida con un abrigo blanco y sosteniendo un portadocumentos de cuero. Su expresión era de absoluta seguridad, como si ya hubiera ganado una batalla que yo ni siquiera sabía que estaba librando.
Garrett entró primero.
—Espero que hayas tenido tiempo para pensar —dijo, dejando otro juego de documentos sobre la mesa—. No voy a repetir la oferta.
Kendra se quedó cerca de la puerta.
—Garrett, quizá deberíamos esperar —murmuró.
Él la ignoró.
—Firma y cada uno seguirá con su vida.
Miré los documentos, pero no los toqué.
—¿Por qué tienes tanta prisa?
—Porque tengo responsabilidades. Mi hijo necesita un padre.
—¿Y mis hijos?
Su rostro se endureció.
—Ya te dije que no quiero complicaciones.
Entonces miré a Kendra.
—¿Sabes que el dinero que recibiste de Beacon Communications salió de una cuenta vinculada a mi familia?
Su sonrisa desapareció.
Garrett giró bruscamente hacia ella.
—¿De qué está hablando?
—De los 155 000 dólares —respondí—. De la transferencia que aparece en los documentos que dejaste en mi habitación.
Kendra palideció.
—Me dijiste que ese dinero era una compensación por servicios profesionales —susurró.
Garrett la miró con furia.
—Cállate.
—También me dijiste que tu esposa había aceptado el divorcio y que todo estaba arreglado.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Mi padre apareció en la puerta acompañado por una abogada de traje gris. Detrás de ellos venía un hombre que reconocí inmediatamente: Thomas Reed, el director financiero de Pacific Harbor Freight.
Garrett se quedó inmóvil.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, mirando a Walter.
Mi padre no levantó la voz.
—He venido a conocer a mis nietos. Y a averiguar por qué mi vicepresidente está utilizando documentos de mi empresa para mover dinero sin autorización.
Garrett soltó una risa nerviosa.
—Esto es un asunto personal. No tienes derecho a intervenir.
La abogada dejó una carpeta sobre la mesa.
—En realidad, señor Hale, hay varias cuestiones que debemos aclarar. Entre ellas, el uso de credenciales electrónicas de otra persona, las transferencias a Beacon Communications y los documentos que intentó obtener de su esposa mientras estaba ingresada en el hospital.
Garrett miró la carpeta y después me miró a mí.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía tener miedo.
Pero lo que ocurrió después fue todavía peor.
Thomas Reed abrió la carpeta y sacó una copia de una transferencia bancaria.
—Hay algo más —dijo—. Los 155 000 dólares no fueron el único pago. Encontramos otra operación, mucho más reciente, realizada desde la misma cuenta.
Mi padre tomó el documento.
Su expresión cambió al leer el nombre del destinatario.
Yo también lo vi.
No era Beacon Communications.
No era Kendra.
Era una cuenta a nombre de una persona que Garrett había jurado que no volvería a formar parte de nuestras vidas.
Mi suegra.
Y debajo de la transferencia aparecía una descripción que me hizo sentir que el suelo desaparecía bajo mis pies:
«Pago final por el acuerdo de custodia».
Garrett intentó arrebatarle el documento a Thomas.
—¡Eso no significa lo que creen!
Pero Kendra ya estaba retrocediendo hacia la puerta.
Y entonces pronunció una frase que destruyó la última mentira que Garrett todavía intentaba sostener:
—Me dijiste que Brooke nunca descubriría que el primer acuerdo ya estaba firmado.
Miré a mi marido.
—¿Qué primer acuerdo?
Nadie respondió.
Hasta que mi abogada abrió una segunda carpeta y colocó frente a mí una copia de un documento fechado tres meses antes de que nacieran mis hijos.
En la última página aparecía mi nombre.
Y una firma que parecía exactamente la mía.
Pero yo jamás había firmado aquel documento.
Garrett no solo había planeado abandonarnos. Había preparado nuestra desaparición mucho antes de que yo supiera que esperaba gemelos.