PARTE 2 — Lo que escondía aquella escayola era una confesión grabada
PARTE 2 — Lo que escondía aquella escayola
Durante tres segundos, nadie se movió.
Clara se llevó ambas manos a la boca.
Marcus retrocedió hasta chocar contra el carro de emergencias.
Y yo…
Yo me quedé mirando el suelo.
Lo que había caído de aquella escayola no eran trozos de algodón ni restos de piel muerta.
Eran pequeñas larvas blancas.
Docenas de ellas.
Se retorcían entre los fragmentos de acolchado empapado, mientras un líquido oscuro y espeso se extendía lentamente sobre las baldosas.
—Dios mío… —susurró Clara.
Martha soltó un grito.
—¡No miren eso! ¡Es normal! ¡Es parte del tratamiento!
Me giré hacia ella.
—¿Normal?
Mi voz salió tan fría que incluso Marcus dejó de moverse.
—Señora Harris, su hijo tiene una infección gravísima. ¿Quién le colocó esta escayola?
—Su médico.
—¿Qué médico?
Martha apartó la mirada.
—No recuerdo el nombre.
—¿No recuerda el nombre del médico que le colocó una escayola a su hijo hace un mes?
—¡Ya le he dicho que fue un especialista!
No tenía tiempo para discutir.
El brazo del niño estaba prácticamente irreconocible.
La piel alrededor de la muñeca presentaba zonas negruzcas, algunas abiertas y otras cubiertas por tejido muerto. Una herida profunda recorría el antebrazo, oculta hasta entonces por el acolchado.
El olor se volvió todavía más intenso.
—Necesitamos cirugía pediátrica inmediatamente —ordené—. Analítica completa, hemocultivos, antibióticos intravenosos de amplio espectro y protocolo de sepsis. Preparad el quirófano.
Marcus ya estaba trabajando.
Clara se inclinó sobre el niño.
—Cariño, ¿puedes escucharme?
El pequeño movió ligeramente los labios.
—Me duele…
Me acerqué a su rostro.
—Lo sé, campeón. Vamos a ayudarte. ¿Cómo te llamas?
—Ethan…
—Hola, Ethan. Soy la doctora Sarah. Necesito que sigas conmigo, ¿de acuerdo?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Mamá está enfadada?
Sentí una presión en el pecho.
Miré brevemente hacia Martha.
Seguía forcejeando con los guardias.
—No tienes que preocuparte por eso ahora —le respondí—. Tú solo concéntrate en respirar.
Entonces Ethan levantó lentamente la mano izquierda.
Señaló hacia su madre.
—Ella dijo que no podía contarle a nadie.
Me incliné más.
—¿Contarle qué, cariño?
Sus labios temblaron.
—Que había bichitos dentro.
La habitación quedó en silencio.
Clara cerró los ojos durante un instante.
Yo sentí que el estómago se me contraía.
—¿Desde cuándo, Ethan?
El niño intentó responder, pero comenzó a toser.
La saturación descendió.
—¡Necesitamos movernos! —grité.
El equipo rodeó la camilla.
Mientras administrábamos el tratamiento y preparábamos el traslado, escuché a Martha detrás de mí.
—¡Él se lo hizo jugando! ¡Siempre se mete en problemas!
No me giré.
—Seguridad, manténgala separada del paciente.
—¡Soy su madre!
—Y ahora mismo su hijo necesita atención médica urgente.
Las puertas de traumatología se abrieron.
Empujamos la camilla hacia el quirófano.
Pero antes de cruzar el pasillo, Ethan volvió a abrir los ojos.
Me buscó con la mirada.
—Doctora…
Me acerqué.
—Estoy aquí.
—Por favor… no deje que me ponga otra vez la cosa blanca.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Qué cosa blanca, Ethan?
—La venda…
Sus ojos comenzaron a cerrarse.
—Mamá decía que tenía que llevarla para que nadie viera…
No terminó la frase.
El monitor empezó a emitir una alarma.
—¡Ethan, mírame!
Marcus aumentó la velocidad de la camilla.
Y yo comprendí que aquel caso acababa de dejar de ser una emergencia médica ordinaria.
Alguien había ocultado deliberadamente las lesiones de aquel niño.
Y necesitábamos descubrir quién.
Dos horas después, el quirófano seguía ocupado.
Yo estaba en la sala de descanso, lavándome las manos por tercera vez, cuando el detective Robert Miller apareció acompañado por una trabajadora social.
—Doctora Jenkins, necesitamos hablar con usted.
Me sequé las manos.
—¿Cómo está Ethan?
El detective intercambió una mirada con la trabajadora social.
—Sigue vivo. Pero su situación es delicada.
Respiré profundamente.
—¿Han identificado al médico que colocó la escayola?
El detective abrió una carpeta.
—Eso es precisamente lo extraño. No existe ningún registro de que Ethan haya sido atendido por un traumatólogo durante el último mes.
Lo miré fijamente.
—¿Qué quiere decir?
—La madre presentó una fotografía de una supuesta receta médica. El nombre del especialista no coincide con ningún médico registrado en nuestra investigación.
Me quedé inmóvil.
—Entonces, ¿quién le puso la escayola?
—Estamos intentando averiguarlo.
La trabajadora social intervino.
—Doctora, necesitamos saber exactamente qué dijo el niño antes de perder el conocimiento.
Les conté sus palabras.
Cuando mencioné que Martha había dicho que Ethan tenía que llevar la venda para que nadie pudiera ver, el detective dejó de escribir.
—¿Dijo eso?
—Sí.
Él cerró lentamente la carpeta.
—Entonces tenemos que investigar también el entorno doméstico.
En ese momento, Clara apareció en la puerta.
Llevaba una pequeña bolsa transparente entre las manos.
—Sarah, encontramos esto dentro del acolchado.
La colocó sobre la mesa.
Dentro había un pequeño papel doblado, protegido por una capa de plástico.
Tenía manchas oscuras en las esquinas.
—¿Estaba dentro de la escayola? —pregunté.
Clara asintió.
—Debajo del algodón, cerca de la muñeca.
El detective se puso unos guantes y abrió cuidadosamente la bolsa.
Desdobló el papel.
Era una nota escrita con letras infantiles.
Solo contenía una frase:
«Si alguien encuentra esto, por favor, díganle a mi papá que yo no me caí del árbol».
Me quedé sin palabras.
Clara empezó a llorar.
—Dios mío…
Miré al detective.
—¿El padre está vivo?
Consultó rápidamente la información de la carpeta.
—Según los registros, está separado de la madre. Vive en otro estado.
—¿Cuándo fue la última vez que vio a Ethan?
El detective revisó una página.
—Hace aproximadamente seis meses.
Entonces, desde el pasillo, escuchamos una voz alterada.
—¡Quiero saber qué le hicieron a mi hijo!
Un hombre acababa de entrar en urgencias.
Llevaba una chaqueta de trabajo, tenía el rostro pálido y sostenía un teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
La trabajadora social se acercó.
—Señor Harris, ¿usted es el padre de Ethan?
El hombre asintió.
—Me llamo David Harris. Me acaban de llamar diciendo que mi hijo está en este hospital.
Miró al detective.
—¿Dónde está mi niño?
Nadie respondió inmediatamente.
David volvió a preguntar, esta vez con la voz quebrada.
—¿Está vivo?
Me acerqué.
—Sí. Está recibiendo tratamiento. Estamos haciendo todo lo posible por salvar su brazo.
El hombre se llevó ambas manos a la cabeza.
—Yo sabía que algo iba mal.
Lo miré.
—¿Qué quiere decir?
Sacó su teléfono y abrió una conversación.
—Hace tres semanas, Ethan me envió un mensaje desde el teléfono de su madre. Solo decía que le dolía mucho el brazo y que no podía dormir.
Me mostró la pantalla.
Debajo había otro mensaje, enviado pocos minutos después.
«No le contestes. Está castigado y no puede hablar contigo».
David comenzó a llorar.
—Intenté llamarlo. Fui a su casa. Pero Martha nunca me dejó entrar.
El detective tomó nota.
—¿Tiene alguna explicación de por qué su hijo llevaba una escayola?
David negó lentamente.
—Porque nunca se rompió el brazo.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Cómo lo sabe?
David levantó la mirada.
—Porque Ethan me llamó la noche en que ocurrió todo.
Hizo una pausa.
—Me dijo que su madre lo había encerrado en el baño porque había descubierto algo.
—¿Qué había descubierto?
David me mostró otro mensaje.
Era una fotografía borrosa.
En ella aparecía Ethan, sentado en el suelo, con el brazo cubierto por una venda blanca.
Debajo, unas palabras escritas con dificultad:
«Papá, mamá dice que si enseño esto, tú también tendrás problemas».
Miré la imagen.
Después miré al detective.
Y justo cuando iba a preguntarle qué significaba todo aquello, mi teléfono comenzó a sonar.
Era Marcus.
Contesté inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
Su voz sonaba agitada.
—Doctora Jenkins, necesito que vuelva al quirófano.
—¿Qué ha pasado?
—Ethan ha recuperado brevemente la conciencia.
Me levanté de golpe.
—¿Y?
Marcus guardó silencio durante un segundo.
—Ha pedido hablar con su padre.
Miré a David.
El hombre ya estaba de pie.
Pero entonces Marcus añadió algo más.
—Y hay otra cosa, doctora. Durante la intervención encontramos algo que no debería haber estado dentro de esa escayola.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué encontraron?
La respuesta llegó en voz baja.
—Un pequeño dispositivo de grabación.
Miré al detective.
David dejó de respirar.
Porque si aquel dispositivo había estado escondido dentro de la escayola durante semanas…
Alguien había querido registrar lo que le ocurría a Ethan.
Y todavía no sabíamos quién había estado escuchando.