PARTE 4 — El secreto de Noah
—…lleva años buscando a tu hijo.
No entendí sus palabras.
O quizá no quería entenderlas.
Miré a Elena.
—¿Noah?
Ella asintió.
—No sé por qué.
—¿Cómo que no sabes por qué?
—Porque Daniel nunca me contó toda la verdad.
Elena bajó la voz.
—Pero escuché conversaciones.
—¿Qué conversaciones?
—Sobre tu hijo.
Sentí un escalofrío.
—Noah tenía dos años cuando desapareciste.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué alguien lo estaría buscando desde entonces?
Elena me apretó la mano.
—Porque hay algo que Daniel no te contó sobre el nacimiento de Noah.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué cosa?
Elena miró hacia la puerta.
—Antes de que te diga nada, necesito saber una cosa.
—¿Qué?
—¿Conservas los documentos originales del nacimiento de Noah?
Fruncí el ceño.
—Sí. Creo.
—¿Su certificado?
—Está en casa.
Elena negó lentamente con la cabeza.
—No busques el que tienes.
—¿Por qué?
—Porque el original desapareció.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—Eso no es posible.
—Sí lo es.
—Yo misma lo guardé.
—¿Cuándo fue la última vez que lo viste?
Intenté recordar.
Habían pasado años.
Entonces algo apareció en mi memoria.
—Cuando Noah cumplió un año.
Elena asintió.
—¿Y después?
—Daniel dijo que necesitaba actualizar unos documentos.
Elena cerró los ojos.
—Ahí está.
—¿Qué?
—Ese fue el momento.
No entendía nada.
—Elena, dime qué está pasando.
Mi hermana respiró profundamente.
—Cuando desaparecí, Daniel vino a verme.
—¿A ti?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque había descubierto algo.
—¿Qué?
Elena me miró directamente.
—Que Noah no era quien Daniel decía que era.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—Noah es mi hijo.
—Lo sé.
—Entonces no vuelvas a decir algo así.
—No estoy diciendo que no sea tu hijo.
Hizo una pausa.
—Estoy diciendo que alguien cambió parte de sus documentos.
Me quedé sin palabras.
Elena continuó.
—Encontré una copia antigua del registro del hospital.
—¿Y?
—El número de identificación del recién nacido no coincidía con el que aparecía en los documentos que Daniel guardaba.
Sentí que las piernas me fallaban.
—¿Qué significa eso?
—No lo sé todavía.
—¿Y Daniel?
—Él sí lo sabía.
En ese instante, la puerta se abrió.
Un detective entró.
—Necesitamos hablar con ustedes.
Elena se puso rígida.
—¿Qué ocurrió?
El detective miró hacia mí.
—Encontramos algo en la propiedad de Daniel.
—¿Qué?
Sacó una bolsa de evidencia.
Dentro había una pequeña caja metálica.
La reconocí inmediatamente.
—Esa caja estaba en nuestro despacho.
El detective asintió.
—La encontramos escondida detrás de un panel.
—¿Qué hay dentro?
—Documentos.
Elena palideció.
—¿Los abrió?
—Sí.
El detective sacó una fotografía.
La miré.
Era Noah.
Pero no era una fotografía reciente.
Era una imagen tomada en el hospital.
El día en que nació.
Sentí que se me cortaba la respiración.
—¿Quién tomó esto?
—No lo sabemos.
El detective sacó otra fotografía.
Esta mostraba a Daniel hablando con un hombre que yo no reconocía.
Elena tomó la fotografía.
Sus manos comenzaron a temblar.
—Él.
—¿Lo conoce? —preguntó el detective.
Elena asintió.
—Sí.
—¿Quién es?
Ella tardó varios segundos en responder.
—El médico que atendió el parto.
Miré nuevamente la fotografía.
—¿Mi médico?
—Sí.
Elena señaló la imagen.
—Y él fue quien me dijo que dejara de hacer preguntas.
El silencio llenó la habitación.
El detective guardó las fotografías.
—Hay algo más.
—¿Qué?
Sacó una hoja doblada.
—Encontramos una transferencia bancaria realizada pocos días después del nacimiento de Noah.
Mi corazón volvió a acelerarse.
—¿A quién?
El detective miró el documento.
—A una cuenta que pertenece al médico.
Elena cerró los ojos.
—Entonces era verdad.
—¿Qué era verdad? —pregunté.
Mi hermana me miró.
—Daniel no estaba intentando ocultarte un secreto sobre tu matrimonio.
—¿Entonces?
—Estaba intentando ocultarte algo sobre el nacimiento de Noah.
No pude responder.
El detective recibió una llamada.
Escuchó durante unos segundos.
Su expresión cambió.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Colgó.
—Daniel acaba de hablar.
—¿Qué dijo?
El detective nos miró seriamente.
—Pidió hablar contigo.
—¿Conmigo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Dijo que solo te contará toda la verdad si estás presente.
Elena negó inmediatamente con la cabeza.
—No vayas.
—Tengo que saberlo.
—No sabes lo que puede hacer.
Miré hacia la habitación donde Noah seguía dormido.
—Precisamente por eso necesito saberlo.
Una hora después, entré en la sala de interrogatorios.
Daniel estaba sentado al otro lado de la mesa.
Tenía las manos esposadas.
Cuando me vio, bajó la mirada.
Por primera vez desde aquella noche, no parecía desafiante.
Parecía derrotado.
Me senté.
—Habla.
Daniel levantó los ojos.
—Antes de empezar, necesito que me prometas algo.
—No voy a prometerte nada.
—Escúchame.
—Habla.
Daniel respiró profundamente.
—Noah está en peligro.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—¿Quién lo quiere?
Daniel miró hacia el cristal de observación.
Después volvió a mirarme.
—La persona que lleva seis años buscando a tu hijo.
—¿Quién?
Daniel tragó saliva.
—El hombre que pagó al médico.
—¿Quién es?
Daniel cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, dijo cuatro palabras que cambiaron mi vida para siempre:
—Es el padre biológico de Noah.
Me quedé completamente inmóvil.
—Eso es imposible.
Daniel negó con la cabeza.
—No.
—Yo estaba allí cuando nació.
—Lo sé.
—Es mi hijo.
—También lo sé.
—Entonces, ¿qué estás diciendo?
Daniel se inclinó hacia mí.
—Estoy diciendo que alguien manipuló los registros del hospital porque quería ocultar de quién era realmente Noah.
Sentí que no podía respirar.
—¿Y tú lo sabías?
Daniel bajó la mirada.
—Desde el principio.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Su respuesta fue apenas un susurro.
—Porque si descubrías la verdad, él también sabría dónde encontrarte.
—¿Quién?
Daniel me miró directamente.
—El hombre que acaba de enterarse de que Noah sigue vivo.
En ese momento, la puerta de la sala se abrió de golpe.
El detective entró.
Su rostro estaba pálido.
—Tenemos un problema.
Me levanté.
—¿Qué pasó?
El detective miró hacia Daniel.
Después hacia mí.
—El hospital acaba de informar que alguien intentó entrar en la habitación de Noah.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Quién?
El detective negó lentamente con la cabeza.
—No lo sabemos.
Hizo una pausa.
—Pero dejó una nota sobre la almohada.
Daniel cerró los ojos.
Yo apenas pude pronunciar:
—¿Qué decía?
El detective sacó una fotografía de la nota.
Solo había una frase.
«Noah no pertenece a ustedes. Y esta vez, voy a recuperarlo».