Parte2: Mi suegra se quedó inmóvil.
Mi suegra se quedó inmóvil.
Durante unos segundos nadie respiró.
Los dos guardias permanecían junto a la puerta mientras la enfermera supervisora terminaba de hablar por teléfono. Mi madre seguía llorando en silencio, con la cabeza inclinada, y yo apenas podía pensar más allá de una sola cosa.
Mi bebé.
—¿Puedo verlo? —pregunté.
La enfermera encargada asintió.
—Está aquí mismo.
La segunda enfermera había colocado a mi hijo sobre una pequeña mesa de observación junto a la cama. Lo estaban limpiando con una solución suave, retirando cuidadosamente los restos oscuros de su piel.
Me incliné todo lo que el dolor me permitió.
—¿Está respirando bien?
—Sí.
Cerré los ojos.
Una lágrima me recorrió la mejilla.
—Gracias a Dios.
Mi marido seguía de pie frente a su madre.
—Quiero que me expliques exactamente qué hiciste.
—Ya te lo dije. Quería demostrarte que el bebé…
—No vuelvas a hablar del aspecto de mi hijo.
Ella guardó silencio.
—¿Qué le pusiste?
—No sé qué era exactamente.
Mi marido se quedó mirándola.
—¿No sabes?
—Era algo que me dieron.
—¿Quién?
Ella abrió la boca, pero no respondió.
—Mamá.
Su voz bajó.
—¿Quién te dio esa sustancia?
—No importa.
—Importa muchísimo.
La enfermera supervisora se acercó.
—Señor, ya hemos informado al equipo de seguridad. También hemos solicitado que el médico pediatra evalúe al bebé y que quede registrado todo lo ocurrido.
Mi suegra levantó las manos.
—¡No hice nada malo! ¡Solo quería descubrir la verdad!
La enfermera la miró con absoluta seriedad.
—Aplicar una sustancia desconocida sobre un recién nacido sin autorización médica no es algo que pueda decidir un familiar.
Mi suegra empezó a llorar.
—Soy su abuela.
—Eso no le da derecho a hacerlo.
Mi marido respiró profundamente.
Entonces señaló la puerta.
—Sal de aquí.
Ella lo miró como si acabara de abofetearla.
—¿Me estás echando?
—Sí.
—Soy tu madre.
—Y ella es mi esposa.
Señaló hacia mí.
—La mujer que acabas de humillar, golpear indirectamente a través de tu plan y poner en peligro mientras acababa de dar a luz.
Mi suegra negó desesperadamente con la cabeza.
—Yo nunca quise hacerle daño al bebé.
—Pero lo hiciste.
—¡No!
La enfermera intervino.
—Señora, debe acompañarnos fuera de la habitación.
Uno de los guardias dio un paso adelante.
Mi suegra miró alrededor buscando apoyo.
Primero miró a mi madre.
Mi madre no levantó la cabeza.
Luego miró a los demás familiares.
Nadie habló.
Finalmente volvió los ojos hacia su hijo.
—Algún día me agradecerás haber descubierto esto.
Mi marido no respondió.
Los guardias la acompañaron fuera.
Cuando la puerta se cerró, la habitación quedó extrañamente silenciosa.
Entonces mi marido se acercó a mi madre.
Ella empezó a llorar con más fuerza.
—Lo siento.
Yo la miré.
La marca de su mano seguía ardiendo en mi mejilla.
—¿Por qué me golpeaste?
Mi madre se cubrió el rostro.
—Porque pensé que nos habías mentido.
—¿Sobre qué?
No respondió.
Mi marido se puso a mi lado.
—¿Qué te dijo mi madre?
Mi madre tardó varios segundos en contestar.
—Me llamó esta mañana.
—¿Y?
—Me dijo que había descubierto algo sobre el bebé.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Qué cosa?
Mi madre sacó el teléfono del bolsillo.
—Me envió fotografías.
—¿Fotografías de qué?
Me mostró la pantalla.
Era una imagen de una ecografía.
Mi ecografía.
Pero había algo escrito encima.
“El bebé no es de él.”
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—Eso es mentira.
—Lo sé ahora —susurró mi madre—. Pero ella me dijo que había hablado con alguien del hospital. Me aseguró que había una discrepancia en tus pruebas.
Mi marido tomó el teléfono.
—¿Quién te dijo eso?
Mi madre negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Mi madre?
—Sí.
—¿Y tú le creíste?
Mi madre rompió a llorar.
—Me dijo que había una prueba de ADN.
Mi marido levantó la mirada.
—Nunca hubo una prueba de ADN.
Mi madre se quedó paralizada.
—¿Qué?
Él sacó su propio teléfono.
—Porque yo la pedí.
Yo lo miré.
—¿Qué estás diciendo?
Se acercó a mi cama.
—La semana pasada pedí una prueba prenatal de paternidad. No te lo conté porque quería darte una sorpresa después del nacimiento.
Sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.
—¿Y?
—Los resultados llegaron esta mañana.
Mi marido me tomó la mano.
—El bebé es mío.
Mi madre comenzó a llorar otra vez.
—Entonces ella…
—Sí —respondió él—. Mi madre mintió.
Pero la enfermera supervisora, que había permanecido en silencio, levantó una mano.
—Hay algo más.
Todos la miramos.
Tenía una pequeña bolsa transparente en la mano.
Dentro había un frasco diminuto con restos de aquella sustancia negra.
—Encontramos esto en la basura de la habitación.
Mi marido frunció el ceño.
—¿Dónde estaba?
—Detrás de la papelera.
La enfermera señaló una etiqueta parcialmente desprendida.
—Y tiene un nombre.
Me acerqué cuanto pude.
La etiqueta estaba arrugada, pero todavía podía leerse una parte.
No era un producto cosmético.
No era maquillaje.
Era un compuesto utilizado habitualmente para marcar materiales durante determinados procedimientos industriales.
Mi marido palideció.
—¿Cómo consiguió mi madre esto?
La enfermera negó con la cabeza.
—Eso tendrá que determinarlo la investigación.
En ese momento, alguien llamó suavemente a la puerta.
Era un médico.
Entró con una carpeta en la mano.
—Necesito hablar con ustedes sobre el bebé.
Mi marido se puso inmediatamente de pie.
—¿Está bien?
El médico asintió.
—Por ahora, sus signos vitales son normales. No encontramos lesiones graves.
Sentí que podía volver a respirar.
Pero el médico no sonrió.
—Sin embargo, hay algo que nos preocupa.
—¿Qué? —pregunté.
Miró la carpeta.
—La sustancia no solo estaba sobre la piel.
Mi marido se tensó.
—¿Qué significa eso?
—Encontramos pequeñas cantidades alrededor de la boca y dentro de uno de los pliegues de la nariz.
Me llevé una mano al pecho.
—Dios mío…
—Por eso vamos a mantenerlo bajo observación.
El médico hizo una pausa.
—Y necesitamos saber exactamente cuánto tiempo estuvo expuesto.
Mi marido miró hacia la puerta por donde se habían llevado a su madre.
Entonces el teléfono de la enfermera supervisora comenzó a sonar.
Ella contestó.
Su expresión cambió casi inmediatamente.
—¿Qué ocurre? —preguntó mi marido.
La mujer apartó lentamente el teléfono de su oído.
—La policía acaba de revisar las cámaras del pasillo.
Mi marido frunció el ceño.
—¿Y?
La enfermera nos miró a los dos.
—Su madre no entró sola en esta habitación.
Sentí un frío recorrerme todo el cuerpo.
—¿Quién estaba con ella?
La enfermera tragó saliva.
—Un hombre.
Mi marido palideció.
—¿Qué hombre?
La enfermera bajó la voz.
—El mismo que aparece en las cámaras entrando al hospital esta mañana.
Hizo una pausa.
—Y parece que llevaba el mismo frasco que encontramos en la basura.