CAPÍTULO 3: EL SECRETO QUE LINDA ESCONDÍA EN SU PATIO TRASERO
CAPÍTULO 3: EL SECRETO QUE LINDA ESCONDÍA EN SU PATIO TRASERO
Michael y yo salimos a toda prisa por la puerta de mi casa. A mis ochenta años, mis rodillas ya no eran lo que habían sido, pero aquella tarde corrí como si tuviera veinte.
La señal del rastreador seguía avanzando.
—Abuela, espera —susurró Michael, sujetándome del brazo—. No podemos entrar en su propiedad sin permiso. Primero, veamos qué está haciendo.
Nos agachamos detrás de los arbustos que separaban nuestros jardines.
Al otro lado de la cerca, Linda apareció cargando mi paquete con ambas manos. Miró a su alrededor, se aseguró de que nadie la estuviera observando y caminó hacia una pequeña caseta de madera situada en la esquina más alejada de su patio.
Pero había algo extraño.
Linda no abrió la puerta de la caseta.
En lugar de eso, se arrodilló junto a unas tablas sueltas del suelo, las levantó con cuidado y deslizó mi paquete dentro de un hueco oscuro.
Después volvió a colocar las tablas y se sacudió las manos, satisfecha.
—¿Has visto eso? —murmuré.
Michael asintió lentamente.
—No está guardando el paquete en su casa. Está escondiéndolo.
Linda regresó al interior de su vivienda como si no hubiera ocurrido absolutamente nada.
Esperamos cinco minutos.
Luego otros cinco.
Cuando estuvimos seguros de que no volvería a salir, Michael sacó su teléfono y volvió a comprobar la señal.
El rastreador seguía inmóvil debajo de aquellas tablas.
—¿Qué hacemos ahora? —pregunté.
Mi nieto apretó los labios.
—Voy a llamar a la policía. Tenemos la grabación de la cámara, las notificaciones de entrega y ahora sabemos dónde está el paquete.
Pero antes de que pudiera marcar, escuchamos un ruido.
La puerta trasera de Linda se abrió de golpe.
Ella salió con una linterna en la mano.
Nos quedamos inmóviles detrás de los arbustos.
Linda caminó directamente hacia la caseta, se agachó y levantó las tablas. Sacó mi paquete y lo sostuvo frente a la luz de la linterna.
Entonces hizo algo que me dejó helada.
Sacó unas tijeras del bolsillo de su chaqueta y abrió la caja por un lateral.
—¿Qué demonios está haciendo? —susurró Michael.
Linda examinó el interior, apartó el papel de regalo y encontró el pequeño dispositivo electrónico.
Su rostro cambió de inmediato.
—¡Maldita sea! —exclamó.
Miró el rastreador, luego la caja y finalmente las ventanas de mi casa.
Por primera vez desde que se había mudado a mi lado, parecía verdaderamente asustada.
—¡Alguien está intentando atraparme! —murmuró.
Metió el dispositivo en el bolsillo y se llevó el paquete al interior de su casa.
Michael me miró con los ojos muy abiertos.
—Abuela, acaba de llevarse la prueba.
Yo negué lentamente con la cabeza.
—No, cariño. La prueba sigue ahí.
Señalé mi teléfono.
La cámara del timbre había grabado todo: desde que Linda había cruzado mi jardín hasta el momento en que abrió el paquete y descubrió el rastreador.
Y había algo más.
La grabación continuaba mostrando el patio trasero de Linda a través de la cámara exterior que yo había instalado semanas antes.
En la imagen, ella había dejado las tablas levantadas.
Debajo había algo que no parecía una simple caja de almacenamiento.
Parecía una pequeña entrada subterránea.
Michael amplió la imagen.
—Abuela… ¿qué es eso?
No supe qué responder.
Hasta donde yo sabía, Linda vivía sola. Nunca había visto entrar a familiares, amigos ni siquiera a un repartidor que no fuera de Amazon.
Sin embargo, aquella abertura parecía demasiado grande para guardar unas cuantas cajas.
En ese instante, la puerta trasera volvió a abrirse.
Linda salió otra vez, esta vez arrastrando una bolsa negra de gran tamaño. Se acercó al hueco, la dejó dentro y cubrió todo cuidadosamente.
Después levantó la cabeza.
Miró directamente hacia los arbustos donde estábamos escondidos.
Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.
—Michael… creo que nos ha visto.
Mi nieto me agarró de la mano y retrocedimos lentamente hasta mi jardín.
No corrimos. No queríamos llamar su atención.
Una vez dentro de casa, Michael cerró la puerta con llave y llamó a la policía.
Mientras esperábamos, le mostré todas las grabaciones que había guardado. Los paquetes desaparecidos, las visitas de Linda, sus excusas y, finalmente, aquella extraña actividad en el patio trasero.
El agente que atendió la llamada nos pidió que no confrontáramos a Linda ni intentáramos entrar en su propiedad.
—Conserve las pruebas —nos indicó—. Enviaremos a alguien para investigar.
Colgué y me senté en el sofá.
Por primera vez en semanas, no estaba pensando en mis vitaminas, mis zapatillas ni el regalo de mi nieta.
Estaba pensando en algo mucho más inquietante.
¿Por qué una mujer que supuestamente solo robaba paquetes de Amazon necesitaba esconderlos bajo unas tablas?
Y ¿por qué parecía tan aterrorizada al descubrir que uno de ellos llevaba un rastreador?
Veinte minutos después, dos agentes llegaron a mi casa. Michael les enseñó las grabaciones y explicó lo que habíamos visto.
Uno de ellos, una mujer de cabello oscuro llamada agente Carter, observó varias veces el vídeo del patio trasero.
—¿Ha visto entrar a otras personas en esa propiedad? —preguntó.
—No, nunca. Pero he oído ruidos por la noche. Pensé que estaría arreglando la casa.
La agente intercambió una mirada con su compañero.
—¿Desde cuándo ocurren esos ruidos?
Me quedé pensando.
—Desde hace aproximadamente tres semanas. A veces escucho golpes, como si alguien moviera muebles. Y dos noches oí un motor encenderse cerca de las dos de la madrugada.
La agente anotó algo en su libreta.
—Eso es importante.
En ese momento, el teléfono de Michael vibró.
Era una notificación del rastreador.
La señal había vuelto a moverse.
Pero esta vez no estaba en la casa de Linda ni en el patio trasero.
¡El dispositivo se desplazaba rápidamente por la calle!
Michael levantó la pantalla.
—Agente, creo que alguien se está llevando el rastreador.
La agente Carter observó el mapa y se puso de pie.
—¿Puede mostrarnos la ubicación en tiempo real?
Michael asintió.
Los tres se acercaron a la pantalla mientras el punto azul avanzaba hacia las afueras del vecindario.
Entonces, el dispositivo se detuvo.
La ubicación señalaba un pequeño almacén situado a unos quince minutos de nuestra casa.
Un lugar que yo conocía muy bien.
Porque aquel edificio llevaba años abandonado.
La agente Carter pidió apoyo por radio y nos ordenó permanecer en casa. Sin embargo, antes de marcharse, se volvió hacia mí.
—Señora, necesito que me responda con sinceridad. ¿Está completamente segura de que Linda solo ha robado sus paquetes?
La pregunta me dejó sin palabras.
—¿Qué quiere decir?
La agente respiró hondo.
—Hace dos días recibimos una denuncia por varios paquetes desaparecidos en otro sector de la ciudad. El sospechoso conducía un vehículo que coincide con el que hemos visto estacionado frente a la casa de su vecina.
Sentí un escalofrío.
—¿Está diciendo que Linda roba a más personas?
—Es una posibilidad. Pero todavía no sabemos hasta dónde llega esto.
Cuando los agentes se marcharon, Michael me abrazó.
—Abuela, hiciste bien en instalar esa cámara.
Yo miré por la ventana hacia la casa de Linda.
Todas las luces estaban apagadas.
La casa parecía vacía.
Entonces, mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
Solo contenía una fotografía.
En ella aparecía mi paquete abierto, el rastreador sobre una mesa y, detrás, una pared cubierta de cajas de Amazon.
Debajo de la imagen había una frase escrita en letras mayúsculas:
«DEJE DE INVESTIGAR A LINDA SI QUIERE SEGUIR VIVIENDO EN SU CASA».
Se me heló la sangre.
Michael leyó el mensaje por encima de mi hombro y perdió el color del rostro.
—Abuela… esto ya no es solo un robo.
Y justo cuando iba a llamar de nuevo a la policía, llegó otro mensaje.
Esta vez no había ninguna fotografía.
Solo una frase que hizo que mis manos comenzaran a temblar:
«PREGÚNTELE A SU VECINO DE LA CASA NÚMERO 14 QUÉ LE PASÓ A LA ÚLTIMA PERSONA QUE INTENTÓ DETENERNOS».