Capítulo 3: El secreto que mi madre enterró hace veinte años
Capítulo 3: El secreto que mi madre enterró hace veinte años
Me quedé mirando el mensaje en el teléfono de mi tía.
«Sabemos que Lena está contigo. Necesitamos hablar antes de que ella descubra lo que su madre hizo hace veinte años».
Lo leí una vez. Después otra.
—¿Quién te envió esto? —pregunté.
—No lo sé.
—¿Y cómo sabe que estoy aquí?
Mi tía May guardó silencio.
Aquello me asustó más que cualquier respuesta.
—Tía, necesito que me digas la verdad. ¿Qué ocurrió hace veinte años? ¿Quién es el hombre de la fotografía?
May se sentó lentamente en el sofá y sostuvo la imagen entre sus dedos.
—Se llamaba Richard Morgan. Fue el primer socio de tu madre.
—¿Morgan? ¿Como el apellido que estoy usando ahora?
—Sí. Tu madre conservó ese apellido durante un tiempo después de separarse de él. No era un familiar, Lena. Era un hombre con quien había construido algo importante.
Miré nuevamente la fotografía.
Mi madre aparecía sonriente, con una carpeta bajo el brazo. Richard estaba a su lado, vestido con un traje oscuro. Parecían felices, incluso cómplices.
—¿Qué habían construido?
—Una empresa de inversiones. Al principio era pequeña. Tu madre tenía talento para los negocios y Richard aportaba el dinero. Juntos consiguieron contratos importantes y comenzaron a ganar mucho dinero.
—Nunca me habló de eso.
—Porque todo terminó muy mal.
May respiró profundamente antes de continuar.
Según ella, Richard había comenzado a utilizar las cuentas de la empresa para realizar operaciones que mi madre desconocía. Cuando ella descubrió movimientos sospechosos, quiso denunciarlo. Pero antes de que pudiera hacerlo, Richard presentó documentos que la señalaban como responsable de una enorme deuda.
Mi madre perdió la empresa, sus ahorros y prácticamente todo lo que había construido.
—¿Y por qué nunca lo denunció? —pregunté.
—Lo intentó. Pero él tenía contactos, abogados y documentos que parecían demostrar su versión. Tu madre estaba agotada y no tenía recursos para luchar contra él.
—¿Y ese hombre sigue buscándola?
May bajó la mirada.
—Richard murió hace cinco años.
Sentí una mezcla de alivio y confusión.
—Entonces, ¿por qué alguien me está buscando ahora?
Mi tía volvió a mirar la fotografía.
—Porque Richard dejó algo pendiente.
A la mañana siguiente, apenas abrí los ojos, encontré a May sentada en la cocina con una caja de madera sobre la mesa.
Tenía una cerradura pequeña y una etiqueta amarillenta con el nombre de mi madre.
—La encontré después de su funeral —explicó—. Tu madre me pidió que no la abriera hasta que tú fueras adulta y estuvieras preparada para conocer la verdad.
—¿Y por qué no me la diste antes?
—Porque me pidió que esperara. Y porque no sabía si lo que había dentro podía ponerte en peligro.
Me temblaban las manos cuando levanté la tapa.
Dentro había varios documentos, una memoria USB, un pequeño cuaderno negro y una carta cerrada con mi nombre.
Reconocí inmediatamente la letra de mi madre.
Abrí la carta.
«Mi querida Lena:
Si estás leyendo esto, significa que alguien ha vuelto a buscar lo que tu madre intentó proteger durante tantos años.
Quiero que sepas algo: nunca fui una mujer perfecta, pero jamás hice aquello de lo que me acusaron.
Richard me robó mucho más que una empresa. Me robó la tranquilidad y me obligó a guardar silencio para protegerte.
Hay documentos que demuestran la verdad. Los escondí porque sabía que algún día alguien intentaría recuperarlos.
No confíes en quien te ofrezca dinero para entregarlos.
Y, sobre todo, no firmes nada sin consultar primero con alguien independiente».
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
Mi madre había sabido que esto podía ocurrir.
—¿Qué documentos son estos? —pregunté.
May abrió el cuaderno.
En sus páginas había números de cuentas, nombres de empresas y fechas. Algunas anotaciones estaban subrayadas en rojo.
Pero una página llamó inmediatamente mi atención.
Tenía escrito un nombre:
Evelyn Carter.
Debajo aparecía una cifra: 18.750.000 dólares.
—¿Quién es Evelyn Carter? —pregunté.
May negó lentamente con la cabeza.
—No lo sé. Nunca había visto ese nombre.
Aquella tarde decidí ir al restaurante.
No quería preocupar más a mi tía y necesitaba pensar. Martha me recibió con una sonrisa, pero apenas me vio la cara, dejó de ordenar las facturas.
—¿Todo bien, Lena?
—Sí. Solo dormí mal.
Ella no insistió.
Estaba sirviendo café a una pareja cuando entró un hombre de unos cincuenta años. Llevaba un abrigo gris, zapatos elegantes y un reloj que parecía demasiado caro para aquel pequeño pueblo.
Miró alrededor del restaurante y se acercó directamente a la barra.
—¿Está Lena Morgan?
Sentí que se me helaban las manos.
Martha levantó la vista.
—¿Quién pregunta?
El hombre sacó una tarjeta de su bolsillo.
—Daniel Reeves. Soy abogado. Necesito hablar con ella sobre una cuestión relacionada con su madre.
Martha no tomó la tarjeta.
—Si tiene algo que decirle, puede dejar su información.
El hombre sonrió ligeramente.
—No creo que entienda la importancia de este asunto.
Entonces me vio.
Nuestros ojos se encontraron.
—Lena —dijo con tranquilidad—. Por fin te encuentro.
No respondí.
Me acerqué lentamente a la barra.
—No sé quién es usted.
—Es comprensible que no me recuerdes. Pero conocí a tu madre.
Sacó una fotografía y la colocó sobre el mostrador.
Era la misma imagen que había encontrado en la caja de madera. Mi madre y Richard Morgan aparecían juntos.
—¿Qué quiere de mí?
Daniel bajó la voz.
—Quiero evitar que cometas el mismo error que ella.
—¿Qué error?
—Creer que esos documentos te pertenecen.
Sentí un escalofrío.
Él sabía lo de la caja.
—No sé de qué está hablando.
Daniel recogió la fotografía y me entregó una tarjeta.
—Cuando estés lista para conocer la historia completa, llámame. Hay personas que llevan veinte años esperando que esos documentos salgan a la luz.
Después se marchó.
Martha cerró la puerta detrás de él y volvió hacia mí.
—Lena, creo que deberías llamar a tu tía.
No tuve que hacerlo.
Cuando regresé a casa, May ya me esperaba en el porche. Tenía el teléfono en una mano y el rostro completamente desencajado.
—Alguien ha entrado en la casa —dijo.
Corrí hacia el interior.
La caja de madera seguía sobre la mesa, pero estaba abierta. Los documentos estaban esparcidos por el suelo y la memoria USB había desaparecido.
El cuaderno negro permanecía allí.
Sin embargo, alguien había arrancado varias páginas.
—¿Llamaste a la policía? —pregunté.
—Sí. Están de camino.
Entonces vi algo que no había notado antes.
Debajo de la caja había una fotografía pequeña que no estaba allí esa mañana.
La levanté.
Era una imagen de mi madre sosteniendo a una niña recién nacida.
En la parte posterior había una frase escrita con tinta azul:
«Lena no fue la única hija que Richard Morgan dejó atrás».
Me quedé sin respiración.
—Tía May… ¿qué significa esto?
Ella comenzó a llorar.
—Hay algo más que tu madre nunca quiso contarte.
La miré, esperando que continuara.
May apretó mis manos y pronunció unas palabras que cambiaron todo lo que creía saber sobre mi familia:
—Richard no era solamente el socio de tu madre. Era tu padre biológico.
Me aparté lentamente.
—Eso es imposible. Mi padre murió cuando yo tenía seis años.
—El hombre que te crió fue tu padre de corazón, Lena. Pero Richard era tu padre biológico.
No podía procesarlo.
Entonces May añadió:
—Y esa bebé de la fotografía… era tu hermana. Se llamaba Evelyn. Desapareció poco después de que nacieras.
En ese momento, mi teléfono vibró.
Un mensaje de un número desconocido apareció en la pantalla:
«Si quieres saber qué le ocurrió a tu hermana, deja de confiar en tu tía. Ella sabe dónde está».
Levanté lentamente la mirada hacia May.
Por primera vez desde que había llegado a aquel pueblo, no estaba segura de poder confiar ni siquiera en la persona que me había abierto la puerta de su casa.