PARTE 2: LOS TRES EMBRIONES Y EL DOCUMENTO QUE PODÍA DESTRUIR A MI MARIDO
PARTE 2: LOS TRES EMBRIONES Y EL DOCUMENTO QUE PODÍA DESTRUIR A MI MARIDO
El primer mensaje de Peter llegó a las 18:42.
«Nora, cariño, me han dicho que estás en el hospital. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no me avisaste?».
Lo leí tres veces sin responder.
Un minuto después llegó otro.
«Los bebés están bien, ¿verdad? No hagas nada que pueda poner en peligro el embarazo. Voy para allá».
Rachel tomó mi teléfono y lo puso boca abajo sobre la mesita.
—No le contestes todavía. Necesitamos saber exactamente qué hizo.
Me quedé mirando el techo de la habitación. Sentía que mi vida se había dividido en dos: la Nora que había entrado aquella mañana en el hotel creyendo que su marido la amaba y la mujer que ahora comprendía que quizá nunca había conocido al hombre con quien se había casado.
—Rachel, ¿y si es verdad? —susurré—. ¿Y si esos bebés no son míos?
Mi hermana apretó mi mano.
—Los estás llevando dentro de ti. Los has sentido moverse, has soportado cada tratamiento y has arriesgado tu salud por ellos. Nadie puede borrar eso.
Entonces mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez no era Peter.
Era un número desconocido.
«Señora Nora, mi nombre es doctora Elaine Foster. Fui responsable de supervisar parte de su tratamiento de fertilidad. Necesito hablar con usted urgentemente. No responda a su marido ni firme ningún documento hasta que nos reunamos».
Sentí que el corazón se me aceleraba.
Rachel leyó el mensaje por encima de mi hombro.
—¿Conoces a esa doctora?
—No. Mi médico siempre fue el doctor Harris.
Rachel tomó una fotografía de la pantalla.
—Entonces vamos a averiguar quién es.
A la mañana siguiente, cuando mis contracciones habían disminuido y los médicos confirmaron que los trillizos seguían estables, Rachel llamó a un abogado especializado en reproducción asistida.
Se llamaba Michael Grant.
Llegó al hospital con una carpeta negra y una expresión que no me gustó nada.
—Señora Nora, antes de hablar de su marido, necesito hacerle algunas preguntas sobre el tratamiento.
Le expliqué todo: las consultas, las inyecciones, las pruebas genéticas y los documentos que Peter me había pedido firmar.
Michael tomó notas.
—¿Recuerda haber firmado un consentimiento para recibir embriones de donantes?
—No. Peter me dijo que utilizaríamos nuestros propios embriones. Habíamos congelado varios después de la fecundación.
—¿Y le explicaron que podían utilizar material genético de otras personas?
Negué con la cabeza.
El abogado cerró lentamente su bolígrafo.
—Entonces tenemos un problema muy serio.
Rachel se inclinó hacia delante.
—¿Qué clase de problema?
Michael abrió su carpeta.
—Si lo que Nora escuchó es cierto, podría haber habido una manipulación de los documentos de consentimiento, una transferencia de embriones sin autorización válida y acuerdos privados con terceros que nunca fueron comunicados a la paciente.
Sentí un escalofrío.
—¿Acuerdos privados?
El abogado sacó una hoja impresa.
—Hemos encontrado referencias a tres contratos de gestación relacionados con su nombre. Uno está fechado ocho meses antes de que usted conociera a Peter.
Me llevé una mano a la boca.
—Eso es imposible. Ni siquiera sabía quién era él entonces.
Michael me miró con seriedad.
—Precisamente por eso necesitamos los documentos originales de la clínica.
A las once y veinte, Peter apareció en el hospital.
No llegó solo.
Lo acompañaba una mujer elegante, de unos cincuenta años, que llevaba un abrigo beige y un bolso de diseñador. Detrás de ellos caminaba un hombre con traje gris y un maletín.
Rachel se levantó inmediatamente.
—No tienen permiso para entrar.
Peter levantó las manos.
—Nora, por favor. Tenemos que hablar. Todo esto es un malentendido.
—¿Un malentendido? —pregunté.
Su rostro cambió ligeramente.
—Escuchaste una conversación fuera de contexto.
—¿Tres mujeres diferentes? ¿Tres familias? ¿Que solamente soy útil para gestar a sus hijos?
Peter miró hacia la puerta. La mujer del abrigo beige permaneció en silencio.
—Estás alterada por las hormonas y el estrés del embarazo. No deberías sacar conclusiones precipitadas.
Aquellas palabras me dolieron más que cualquier insulto.
Seguía intentando hacerme creer que el problema era mi percepción, no sus acciones.
—Quiero saber quiénes son los padres biológicos de mis hijos.
La mujer dio un paso adelante.
—Soy Victoria Hale. Uno de los embriones que usted lleva fue creado con material genético de mi esposo y mío.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—¿Qué?
Victoria sacó un pañuelo de su bolso.
—Mi esposo murió hace dos años. Siempre quiso tener un hijo. Peter nos aseguró que usted conocía el acuerdo y que había aceptado ayudarnos.
—¡Yo nunca acepté nada!
La mujer se quedó inmóvil.
Por primera vez, vi auténtico desconcierto en su rostro.
—Pero Peter nos enseñó un documento con su firma.
Rachel se interpuso entre ambos.
—¿Qué documento?
Victoria miró a su acompañante. El hombre del traje gris abrió su maletín y sacó una copia.
Cuando vi mi nombre al final de la página, sentí que iba a desmayarme.
La firma parecía exactamente la mía.
Sin embargo, había algo que no encajaba.
La fecha.
Era de cuatro meses antes de que Peter y yo nos conociéramos.
—Esto es una falsificación —dije.
Peter dio un paso hacia mi cama.
—Nora, escúchame…
—¡No te acerques!
Rachel llamó inmediatamente a seguridad.
Pero antes de que alguien pudiera intervenir, Victoria pronunció unas palabras que hicieron que Peter palideciera.
—Peter, dijiste que ella ya lo sabía. También dijiste que los tres embriones serían transferidos a otras madres después de su nacimiento.
El silencio fue absoluto.
Miré a mi marido.
—¿Transferidos?
Peter no respondió.
Michael Grant, que había permanecido junto a la ventana, intervino:
—Creo que todos deberían dejar de hablar hasta que podamos revisar esos contratos con sus respectivos abogados.
Victoria comenzó a llorar.
—¿Qué has hecho, Peter? Nos dijiste que todo era legal.
Él apretó la mandíbula.
—No es el momento.
Y entonces comprendí algo todavía peor: no era la única persona a la que Peter había engañado.
Esa misma tarde, la doctora Elaine Foster llegó al hospital.
Era una mujer de unos sesenta años, con el cabello plateado recogido y una pequeña carpeta azul entre las manos.
Cuando entró en mi habitación, miró primero a Rachel y después a Michael.
—Necesito que sepan que no todos los documentos que aparecen en el expediente de Nora fueron emitidos por nuestra clínica.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
La doctora respiró profundamente.
—Significa que alguien utilizó nuestra identidad para generar documentos que nunca fueron aprobados por el equipo médico.
Michael se levantó.
—¿Está diciendo que hubo una falsificación interna?
—Todavía no puedo afirmarlo. Pero hay registros de modificaciones realizadas después de la transferencia embrionaria. Y esas modificaciones se hicieron utilizando credenciales de acceso que pertenecían a un antiguo administrador.
—¿Quién? —preguntó Rachel.
La doctora abrió la carpeta azul.
Leyó un nombre.
Peter Whitmore.
Mi marido.
Sentí que las lágrimas me llenaban los ojos.
—¿Cómo pudo tener acceso a esos expedientes?
La doctora me miró con tristeza.
—Porque trabajó como consultor externo para una empresa que prestaba servicios administrativos a nuestra clínica. Su contrato terminó hace más de un año.
Peter había tenido acceso a información que nunca debería haber podido utilizar.
Pero todavía faltaba algo.
La doctora colocó sobre mi cama una segunda hoja.
—Nora, hay una anotación en su expediente que me preocupa especialmente. Según este registro, usted habría autorizado una transferencia de los derechos parentales sobre los tres niños a tres familias diferentes inmediatamente después del nacimiento.
Me quedé mirando el papel.
—Yo jamás firmé eso.
—Lo sé. Por eso contacté con usted.
Michael tomó el documento y comenzó a examinarlo.
De pronto, se detuvo en una pequeña línea situada al final de la página.
—Doctora, ¿qué significa este código?
Elaine se acercó.
Su expresión cambió por completo.
—Eso no debería estar ahí.
—¿Qué es? —pregunté.
La doctora tardó unos segundos en contestar.
—Es una referencia a un cuarto expediente.
Rachel frunció el ceño.
—Pero estamos hablando de tres embriones.
Elaine asintió lentamente.
—Exactamente. Y ese cuarto expediente contiene información sobre el origen de los tres embriones.
Michael se quedó muy serio.
—¿Puede conseguirlo?
—Sí. Pero hay algo que deben saber antes de abrirlo.
La doctora me miró directamente a los ojos.
—Nora, uno de los embriones no aparece registrado como un embrión de donante. Aparece vinculado a un ciclo de fecundación que lleva su nombre y el de su marido.
Me quedé helada.
—¿Entonces ese bebé sí es nuestro?
Elaine negó lentamente con la cabeza.
—No puedo confirmarlo todavía. Pero el registro contiene una segunda identidad genética que no corresponde a ninguna de las personas que figuran en su expediente matrimonial.
Sentí que el mundo volvía a derrumbarse.
¿Quién era aquella persona?
¿Y por qué Peter había ocultado su identidad?
Aquella noche, mientras Rachel dormía en el sillón junto a mi cama, recibí un último mensaje de Peter.
No era una disculpa.
Tampoco una explicación.
Era una fotografía.
En ella aparecía una mujer joven sosteniendo una ecografía. Debajo había una frase:
«Si sigues investigando, descubrirás que nuestros tres bebés no son el único secreto que he mantenido. Y hay alguien que lleva mucho tiempo esperando que nazcan».
Amplié la fotografía.
En la esquina inferior aparecía una fecha.
Era de hacía apenas dos semanas.
Entonces observé el rostro de la mujer.
La reconocí inmediatamente.
Era mi mejor amiga, Caroline.
La misma mujer que había llorado conmigo durante años por mis problemas de fertilidad. La misma que me había acompañado a algunas consultas y que había prometido ser la madrina de nuestros hijos.
Miré a Rachel, despertándola de golpe.
—Tengo que enseñarte algo.
Ella tomó mi teléfono y observó la fotografía.
Su rostro perdió todo el color.
—Nora… hay algo que nunca te conté sobre Caroline.
—¿Qué cosa?
Rachel tragó saliva.
—La semana pasada vino a verme. Me pidió que, pasara lo que pasara, no permitiera que Peter se quedara a solas contigo después del nacimiento de los bebés.
—¿Por qué?
Mi hermana comenzó a llorar.
—Porque Caroline me confesó que Peter había estado preparando todo esto mucho antes de que tú quedaras embarazada.
Hizo una pausa y añadió:
—Y me dijo que uno de los tres niños podría estar en peligro si llegaba a descubrirse quién es realmente su padre.
En ese instante, los tres monitores cardíacos emitieron sus sonidos regulares.
Tres pequeños corazones.
Tres vidas inocentes.
Y tres secretos que mi marido había enterrado dentro de mi propio cuerpo.
Pero todavía no sabía que, al día siguiente, la policía encontraría en la casa de Peter una caja con cuatro certificados de nacimiento preparados… y que ninguno llevaba el apellido que yo esperaba.