PARTE 2: EL SECRETO QUE MI ESPOSA Y SUS AMIGAS HABÍAN OCULTADO DURANTE MESES
PARTE 2: EL SECRETO QUE MI ESPOSA Y SUS AMIGAS HABÍAN OCULTADO DURANTE MESES
Me quedé mirando a Natalie en medio del centro comercial.
—Repítelo —le pedí—. ¿Desde cuándo sabes que Sienna está con Derek?
Natalie apretó los labios y miró hacia las escaleras mecánicas, como si estuviera buscando una salida.
—Mason, no quiero meterme en problemas.
—Acabas de decirme que mi esposa lleva meses utilizándolas como coartada. No puedes soltar algo así y después fingir que no ha pasado nada.
Ella dejó las bolsas sobre un banco.
—Está bien. Pero no aquí.
Nos sentamos junto a una cafetería, lejos de la entrada principal. Natalie pidió un café que apenas tocó. Yo no podía dejar de mirar su rostro, esperando encontrar alguna señal de que todo aquello fuera un malentendido.
—La primera vez ocurrió hace unos seis meses —comenzó—. Sienna nos dijo que necesitaba pasar una tarde sola porque estaba teniendo problemas contigo.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Problemas conmigo?
—Eso dijo. Que te habías vuelto distante, que ya no la escuchabas y que necesitaba sentirse deseada otra vez.
Solté una risa amarga.
Durante aquellos meses yo había trabajado horas extras para terminar de pagar nuestra casa. También había cancelado dos viajes de trabajo para acompañarla a unas citas médicas y había empezado a cocinar más a menudo porque ella llegaba cansada del gimnasio.
No sabía que, mientras yo intentaba mejorar nuestro matrimonio, ella estaba preparando una versión de nuestra relación en la que yo era el culpable.
—¿Y qué pasó después? —pregunté.
Natalie bajó la mirada.
—Empezó a decirnos que iba a hacer planes con nosotras. A veces reservaba habitaciones, otras veces solo nos mandaba fotos de lugares donde supuestamente estábamos juntas. Al principio pensamos que era algo temporal.
—¿Y nadie creyó que debía decírmelo?
—No es tan sencillo.
—Para mí sí lo es.
Natalie levantó los ojos.
—Sienna es nuestra amiga. Y nos hizo creer que tú estabas al tanto de que necesitaba espacio.
—¿Espacio? ¿Con su entrenador personal?
Ella no respondió.
Entonces saqué el teléfono y le mostré una fotografía de Derek que había encontrado en las redes sociales de Sienna. Él aparecía detrás de mi esposa, con una mano apoyada en su hombro, mientras ambos sonreían frente a un espejo del gimnasio.
Natalie palideció.
—¿De dónde has sacado eso?
—De la cuenta de mi mujer.
Ella cerró los ojos.
—Mason, hay algo que no te he contado.
Me incliné hacia delante.
—Habla.
—La semana pasada, Sienna nos pidió que confirmáramos una historia si alguien preguntaba por ella. Dijo que iba a pasar el fin de semana en Harbor Point, pero que probablemente no respondería a los mensajes porque quería desconectar.
—¿Y qué hicieron?
—Aceptamos.
Sentí una presión en el pecho.
—¿Todas?
Natalie asintió lentamente.
—Todas sabíamos que estaba viendo a Derek. No todas conocíamos los detalles, pero sí sabíamos que no estaba siendo sincera contigo.
Me quedé en silencio.
Había algo especialmente cruel en descubrir que varias personas podían conocer la verdad sobre tu matrimonio mientras tú seguías preparando la cena, preguntando cómo había ido el día y creyendo que el silencio de tu pareja solo significaba cansancio.
—¿Cuándo pensaba volver? —pregunté.
—El domingo por la tarde.
Miré el reloj.
Todavía faltaban dos días.
Y de pronto comprendí que no tenía ninguna intención de pasar ese tiempo sentado en casa esperando a que mi esposa regresara con una historia preparada.
Me levanté.
Natalie me agarró de la muñeca.
—¿Adónde vas?
La miré fijamente.
—A averiguar cuánto de mi vida ha sido una mentira.
No fui directamente al gimnasio de Derek.
Por mucho que quisiera enfrentarme a él, sabía que presentarme allí enfurecido no me daría necesariamente respuestas. Podía provocar una discusión, permitir que ambos prepararan una nueva versión de los hechos y terminar siendo yo quien pareciera irracional.
En cambio, regresé a casa.
La casa estaba exactamente como Sienna la había dejado.
Su taza favorita seguía junto al fregadero. Había una manta doblada sobre el sofá y una lista de compras pegada a la nevera.
En la encimera encontré una nota escrita con su letra.
«No olvides regar las plantas. Te quiero. Nos vemos el domingo».
Me quedé observándola durante un largo rato.
Después abrí el cajón donde guardábamos los documentos del hogar.
No buscaba pruebas de una aventura. Ya tenía motivos suficientes para sospecharla.
Quería saber si había algo más que debiera proteger.
Nuestra casa estaba a nombre de ambos. Compartíamos gastos, cuentas y algunos ahorros que habíamos reunido durante siete años de matrimonio. Yo nunca había considerado necesario revisar cada movimiento de Sienna porque creía que la confianza era una parte esencial de una relación.
Sin embargo, recordé que, dos meses atrás, me había pedido que transfiriera una cantidad considerable a una cuenta vinculada a sus gastos personales.
Me había explicado que necesitaba cubrir unos pagos relacionados con su entrenamiento y un proyecto de bienestar que quería desarrollar.
Acepté.
Ahora no sabía si ese dinero había terminado donde ella me dijo.
Abrí la aplicación bancaria y revisé los movimientos que podía consultar.
Había varias transferencias a una empresa llamada DW Performance Consulting.
DW.
Derek Walsh.
Las cantidades no eran enormes por separado, pero juntas sumaban varios miles de dólares.
Me senté lentamente.
¿Había estado pagando sesiones privadas?
¿Había invertido en el negocio de Derek?
¿O existía otra explicación?
No quería acusarla sin conocer los hechos.
Descargué los extractos disponibles y guardé las capturas de las transacciones. Después cambié la contraseña de mi correo personal y activé la verificación en dos pasos.
No intenté acceder a las cuentas privadas de Sienna ni a sus mensajes. Si necesitaba conocer información adicional sobre las cuentas compartidas, lo haría por los medios adecuados.
Por primera vez en años, empecé a protegerme sin pedir permiso.
A las seis y veinte de la tarde, recibí un mensaje de mi esposa.
Sienna: ¿Cómo va todo por casa? Espero que no estés trabajando demasiado. Las chicas y yo estamos disfrutando muchísimo.
Me quedé mirando aquellas palabras.
Luego respondí:
Yo: Me alegro. ¿Qué habéis hecho hoy?
Su respuesta llegó enseguida.
Sienna: Spa por la mañana y una cena estupenda. Te habría encantado el restaurante.
Miré las transferencias bancarias que acababa de guardar.
Después escribí:
Yo: Qué bien. Mándame una foto de todas juntas. Hace tiempo que no las veo a todas.
Esta vez tardó en contestar.
Pasaron cinco minutos.
Después diez.
Finalmente llegó una fotografía.
Sienna aparecía sentada en una terraza junto a Natalie y otras dos amigas.
Sonreía.
Pero, en el reflejo de una ventana detrás de ellas, distinguí una figura masculina con una camiseta negra.
No podía identificarlo con certeza.
Sin embargo, el reloj deportivo que llevaba en la muñeca se parecía al que Derek mostraba constantemente en sus fotografías.
Amplié la imagen.
Entonces recibí otro mensaje.
Sienna: Te echo de menos, cariño. El domingo te compensaré por estar tanto tiempo fuera.
Dejé el teléfono sobre la mesa.
No respondí.
Porque aquella noche comprendí que ya no podía confiar en sus palabras.
Solo podía confiar en lo que consiguiera comprobar.
A la mañana siguiente, llamé a un abogado para pedir orientación sobre nuestras finanzas compartidas y mis opciones si el matrimonio terminaba en separación.
No quería tomar decisiones precipitadas ni hacer nada que pudiera perjudicarme legalmente.
Le expliqué las transferencias, la supuesta escapada y lo que Natalie me había contado.
—Lo primero es distinguir los hechos de las sospechas —me aconsejó—. Una relación extramatrimonial y unas transferencias bancarias pueden estar relacionadas, pero no demuestran por sí solas un fraude. Conserva los registros a los que tengas acceso legítimo y no firmes nada que no comprendas.
Seguí su consejo.
Después llamé a mi amigo Ethan, que conocía a Derek porque había entrenado en su estudio durante algunos meses.
—Necesito preguntarte algo —le dije—. ¿Sabes si Derek tiene algún negocio con Sienna?
Ethan tardó en contestar.
—¿Por qué lo preguntas?
Le conté lo sucedido.
Su tono cambió inmediatamente.
—Mason, no quería meterme en asuntos personales, pero hace unas semanas Derek me preguntó si conocía a alguien que quisiera invertir en un proyecto de entrenamiento privado. Dijo que una mujer casada estaba ayudándolo a conseguir financiación.
Sentí que el estómago se me encogía.
—¿Te dijo su nombre?
—No. Pero comentó que ella tenía acceso a capital y que su marido no necesitaba saberlo hasta que el proyecto estuviera funcionando.
Me quedé inmóvil.
—¿Estás seguro de que dijo eso?
—Sí. En aquel momento no le di importancia. Pensé que hablaba de una inversión legítima y que tenían sus propios acuerdos.
Le agradecí la información y colgué.
No tenía pruebas de que Sienna hubiera utilizado nuestro dinero para financiar el proyecto de Derek. Pero ahora tenía motivos concretos para investigar las transferencias y averiguar qué servicios o acuerdos las justificaban.
Y todavía faltaba una persona a la que debía escuchar.
Natalie.
La llamé.
—Necesito que me digas todo lo que sabes sobre el proyecto de Derek.
Ella suspiró.
—Mason, te juro que no conozco todos los detalles.
—No te estoy pidiendo todos los detalles. Te estoy preguntando si sabías que Sienna estaba dándole dinero.
Hubo un silencio.
—Sí —admitió finalmente—. Sabía que estaba ayudándolo con algunos gastos. Pero Sienna dijo que era una inversión y que tú estabas de acuerdo.
Cerré los ojos.
—Nunca estuve de acuerdo.
—Lo sé ahora.
—¿Y qué más?
Natalie respiró profundamente.
—Hace tres semanas, Sienna nos dijo que estaba pensando en dejarte. Dijo que esperaría hasta después de las fiestas porque no quería arruinarte la vida de golpe.
Aquella frase me dolió de una manera inesperada.
No porque mi esposa hubiera considerado separarse.
Tenía derecho a no querer continuar en un matrimonio.
Lo que me destrozaba era que hubiera utilizado a sus amigas para sostener una mentira durante meses mientras yo seguía creyendo que estábamos construyendo un futuro juntos.
—¿Y tú qué le dijiste? —pregunté.
—Que debía hablar contigo.
—¿Y te hizo caso?
—No.
Natalie comenzó a llorar.
—Mason, lo siento. De verdad. Pensé que terminaría contándotelo. No imaginé que seguiría así tanto tiempo.
Me quedé callado.
Quería creer que se arrepentía.
Pero su arrepentimiento no podía devolverme los meses que había pasado confiando en una mentira.
—Hay algo más —añadió.
Me tensé.
—¿Qué?
—Sienna no está pasando el fin de semana en Harbor Point. Eso ya lo sabes. Pero tampoco creo que esté simplemente de vacaciones con Derek.
—¿Por qué?
—Porque el martes me pidió que la acompañara a una reunión con un asesor financiero. Dijo que necesitaba organizar algunos asuntos antes de tomar una decisión importante.
—¿Qué decisión?
—No lo sé. Cuando le pregunté, me dijo que era algo relacionado con el futuro.
La palabra quedó suspendida entre nosotros.
El futuro.
Nuestro futuro, que yo había imaginado tantas veces como una casa tranquila, quizá hijos algún día y domingos caminando junto al lago.
Ahora parecía estar siendo negociado en una habitación a la que yo nunca había sido invitado.
El sábado por la tarde, Sienna volvió a escribirme.
Sienna: Las chicas quieren quedarse una noche más. ¿Te importa si regreso el lunes por la mañana?
Me quedé mirando el mensaje.
El lunes.
Primero había dicho domingo.
Ahora lunes.
No contesté inmediatamente.
En cambio, le escribí:
Yo: Necesitamos hablar cuando regreses.
La respuesta fue casi instantánea.
Sienna: ¿Ha pasado algo?
Por primera vez, estuve tentado de decirle exactamente lo que sabía.
Quería escribirle que había hablado con Natalie. Que había visto las transferencias. Que sabía que Derek podía estar relacionado con el dinero.
Pero recordé el consejo del abogado.
No necesitaba una discusión por mensajes.
Necesitaba una conversación en la que pudiera escuchar lo que ella tenía que decir y decidir mis próximos pasos con claridad.
Yo: Sí. Es importante.
Pasaron varios minutos.
Sienna: Mason, por favor, no empieces otra vez con tus sospechas. Estoy intentando descansar.
Leí la frase dos veces.
No había preguntado qué ocurría.
No había mostrado preocupación por mi tono.
Había asumido que, como siempre, acabaría disculpándome por hacer preguntas.
Entonces respondí:
Yo: No voy a discutir contigo por teléfono. Hablaremos cuando vuelvas.
Apagué la pantalla.
Aquella noche dormí poco.
No sabía si nuestro matrimonio tenía arreglo. Tampoco sabía qué descubriría cuando revisara las transferencias con ayuda profesional.
Pero sí sabía que no volvería a fingir que nada ocurría solo para mantener la paz.
El domingo, a las nueve y diecisiete de la noche, recibí una llamada de un número desconocido.
—¿Mason? —preguntó una voz masculina.
—¿Quién habla?
—Me llamo Derek Walsh.
Me levanté de la silla.
Durante unos segundos no pude decir nada.
Él continuó:
—Sé que has estado haciendo preguntas sobre mí y sobre Sienna.
Sentí que la sangre me hervía, pero mantuve la voz firme.
—Entonces imagino que sabes por qué.
—Sí.
Su respuesta me sorprendió.
No intentó negarlo.
No dijo que hubiera un malentendido.
Simplemente reconoció que sabía lo que estaba ocurriendo.
—¿Dónde está mi esposa? —pregunté.
—Está conmigo.
Cerré los ojos.
—¿Y desde cuándo?
Hubo una pausa.
—Eso deberías preguntárselo a ella.
—Te lo estoy preguntando a ti.
Derek suspiró.
—Mason, no voy a fingir que no ha pasado nada. Pero hay algo que no sabes sobre tu matrimonio.
Me quedé inmóvil.
—Habla.
—Sienna me dijo que llevabais meses viviendo prácticamente como desconocidos. Me dijo que estabais hablando de separaros y que tú sabías que ella estaba considerando empezar una nueva vida.
Apreté el teléfono.
—Eso es mentira.
—Ahora lo sé.
Su tono había cambiado.
Ya no parecía desafiante.
Parecía preocupado.
—¿Qué quieres decir con que ahora lo sabes?
Derek tardó en responder.
—Porque esta mañana le pregunté directamente si habías aceptado la separación. Me dijo que no era asunto mío.
Sentí una punzada de rabia.
—¿Y eso te hizo cambiar de opinión?
—No. Lo que me hizo cambiar de opinión fue otra cosa.
Se escuchó una puerta cerrándose al otro lado.
Después, Derek bajó la voz.
—Mason, necesito que revises las transferencias que has hecho durante los últimos meses. No solo las que están relacionadas con mi estudio.
El corazón comenzó a golpearme el pecho.
—¿Por qué?
—Porque Sienna me dijo que una parte de ese dinero era suyo. Pero hace unos días descubrí que podría haber salido de una cuenta que tú también utilizas.
Me quedé sin aire.
—¿Me estás diciendo que no sabías de dónde venía el dinero?
—No todo. Pensé que era una inversión que ella tenía derecho a hacer. No sabía que tú no estabas al tanto.
Me pasé una mano por la cara.
—¿Por qué me llamas ahora?
La respuesta llegó en voz baja.
—Porque esta tarde encontré un documento en mi oficina. Y creo que alguien utilizó mi nombre para justificar una operación financiera que yo nunca autoricé.
El silencio que siguió pareció durar una eternidad.
—¿Qué documento? —pregunté.
—No quiero explicarlo por teléfono. Si lo que sospecho es cierto, esto ya no es solo una cuestión entre tu esposa y yo.
Miré por la ventana hacia la calle oscura.
Todo lo que había creído saber sobre mi matrimonio estaba desmoronándose.
Pero una cosa era descubrir una infidelidad.
Otra muy distinta era descubrir que quizá alguien había utilizado mi confianza para algo que yo nunca había consentido.
—Derek —dije finalmente—, si tienes pruebas, quiero verlas.
—Lo entiendo. Te enviaré un mensaje mañana para que podamos hablar.
La llamada terminó.
Me quedé de pie en mitad de la sala, con el teléfono en la mano.
Por primera vez, el entrenador de mi esposa no parecía ser simplemente el hombre con el que ella me había engañado.
Podía ser también alguien que no conocía toda la historia.
O alguien que estaba intentando salvarse antes de que yo descubriera algo peor.
No tenía motivos para confiar en él.
Pero tampoco podía ignorar lo que acababa de decirme.
A la mañana siguiente, Sienna regresaría a casa.
Y yo tendría que decidir qué preguntar primero.
¿Qué creen que descubrirá Mason en el documento de Derek: una inversión oculta, una operación financiera que nunca autorizó o una mentira todavía más grande?
Y si Derek también fue engañado por Sienna, ¿merece Mason escuchar su versión de los hechos o debería mantenerlo completamente al margen y dejar que las pruebas hablen por sí solas?