PART 3: EL SECRETO DE SANGRE QUE PODÍA DESTRUIR SU MATRIMONIO
PART 3: EL SECRETO DE SANGRE QUE PODÍA DESTRUIR SU MATRIMONIO
El disparo había retumbado por toda la hacienda.
Lucía cayó de rodillas junto a Mercedes mientras Sebastián corría hacia la entrada del establo.
—¡Rómulo! ¡Llama al médico! ¡Y manda a dos hombres a cerrar todos los caminos! ¡Nadie sale de Los Cuervos!
La anciana respiraba con dificultad. Una mancha de sangre comenzaba a extenderse por su vestido.
—Mercedes, por favor, no cierre los ojos —suplicó Lucía, tomándole la mano—. Usted tiene que contarme la verdad. No puede dejarme así.
Mercedes hizo un esfuerzo por levantar la cabeza.
—La caja… busca la caja de tu padre… debajo del viejo molino.
—¿Qué caja?
—Allí está todo… incluso la verdad sobre tu nacimiento.
Sebastián se arrodilló junto a ellas.
—No se preocupe, Mercedes. Vamos a sacarla de aquí.
La anciana lo miró con lágrimas en los ojos.
—Perdóname, Sebastián. Tu padre intentó protegerlos a los dos. Pero yo tuve miedo y guardé silencio durante demasiados años.
Antes de que pudiera decir algo más, perdió el conocimiento.
Una hora después, el médico confirmó que Mercedes seguía con vida, aunque necesitaba atención urgente.
Lucía permanecía sentada en el corredor, con las manos temblorosas.
Sebastián se acercó y se arrodilló frente a ella.
—Mi amor, mírame.
—¿Y si todo lo que hemos construido está basado en una mentira?
—Nada de lo que sentimos es mentira.
—Sebastián, esa fotografía muestra a nuestros padres juntos con un bebé. ¿Por qué mi padre nunca me contó nada? ¿Por qué tu familia escondió esa historia?
Sebastián le acarició el rostro.
—No sé qué ocurrió hace treinta años, pero te prometo que voy a descubrirlo. Y pase lo que pase, no voy a abandonarte.
Lucía lo abrazó con fuerza.
Sin embargo, ambos sabían que necesitaban respuestas antes de que sus enemigos destruyeran lo poco que quedaba de tranquilidad.
Al caer la tarde, Mateo llegó con una noticia preocupante.
—Primo, encontramos la camioneta negra cerca del camino viejo. Pero el conductor consiguió escapar.
—¿Viste quién era?
—No. Sin embargo, encontramos esto en el asiento.
Mateo le entregó una tarjeta de presentación.
Sebastián la examinó y su rostro se endureció.
—Ramiro Valdés.
Lucía levantó la mirada.
—¿Quién es?
—El abogado que representa a la empresa que quiere quedarse con nuestras tierras. Trabajó durante años para el padre de Valeria.
Mateo añadió:
—Y hay algo más. El banco recibió una orden para revisar nuevamente los documentos de propiedad de ambas haciendas. Alguien está intentando demostrar que Lucía no tiene derecho sobre las tierras de su padre.
Lucía se puso de pie.
—Entonces iremos al viejo molino.
Sebastián intentó detenerla.
—Es peligroso. No sabemos quién está detrás de todo esto.
—Precisamente por eso tenemos que ir. No pienso quedarme esperando a que alguien decida nuestro futuro.
El viejo molino llevaba décadas abandonado.
Las paredes estaban cubiertas de enredaderas y el techo apenas resistía el paso del tiempo.
Mateo y Rómulo revisaron el exterior mientras Sebastián y Lucía entraban.
—Tu padre conocía muy bien este lugar —comentó Sebastián—. Cuando era niño, me traía aquí para enseñarme a reparar las herramientas del rancho.
Lucía examinó las paredes hasta encontrar una pequeña marca grabada en la madera.
Era el mismo símbolo que aparecía en el anillo que su padre le había dejado antes de morir.
—Sebastián, ven a ver esto.
Retiraron unas tablas sueltas y descubrieron un compartimento oculto.
Dentro había una caja metálica.
Sebastián la abrió con cuidado.
Encontraron escrituras antiguas, fotografías, dos certificados de nacimiento y varias cartas.
Lucía tomó uno de los documentos.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No puede ser…
—¿Qué ocurre?
—Mi padre no era el único dueño de mi rancho. Según este documento, mi madre también tenía derechos sobre Los Cuervos.
Sebastián tomó el certificado.
—Aquí dice que tu madre se llamaba Isabel Montalvo.
Lucía sintió que le faltaba el aire.
—¿Montalvo? Pero mi madre murió cuando yo era pequeña. Nunca me hablaron de su familia.
Sebastián siguió leyendo.
Entonces encontró una carta escrita por su padre.
La abrió lentamente.
«Querido hijo:
Si algún día descubres esta carta, significa que no conseguí proteger a las personas que más amaba.
Isabel era mi hermana menor. Se enamoró de un hombre humilde, trabajador y honrado: Julián Mendoza, tu futuro suegro.
Su familia nunca aceptó aquella relación. Por eso Isabel y Julián decidieron marcharse y comenzar una nueva vida lejos de nosotros.
Cuando nació Lucía, hice una promesa: protegería su herencia y evitaría que los enemigos de nuestra familia pudieran utilizarla para destruirla.
Pero alguien descubrió el secreto.
Y si ese hombre vuelve a aparecer, no confíes en nadie que lleve el apellido Valdés».
Lucía dejó caer la carta.
—Entonces… ¿tu padre era mi tío?
Sebastián asintió lentamente.
—Y eso significa que nuestros padres eran hermanos y que nuestras familias compartían la misma sangre.
Los dos se quedaron en silencio.
No había ningún impedimento entre ellos: la carta revelaba que sus padres habían sido hermanos, pero Sebastián era hijo del hermano de Isabel y Lucía era hija de ella. La verdad explicaba por qué sus familias habían mantenido una relación tan estrecha.
Pero también revelaba algo mucho más oscuro.
Alguien había intentado borrar a Isabel de la historia para apoderarse de su herencia.
En ese momento, Mateo entró corriendo.
—¡Sebastián! ¡Tenemos compañía!
Un grupo de hombres acababa de llegar al molino.
Al frente caminaba una mujer con gafas oscuras y un elegante abrigo blanco.
Lucía reconoció inmediatamente su voz.
—Vaya, vaya. Así que finalmente encontraron la cajita de los secretos.
Sebastián salió del molino.
—Valeria.
Ella se quitó las gafas y sonrió.
—Hola, Sebastián. Veo que tu esposa está disfrutando de las historias de familia.
—¿Qué haces aquí?
—Vengo a ofrecerte una última oportunidad.
—No quiero nada de ti.
Valeria miró a Lucía de arriba abajo.
—Qué lástima. Porque tu querida esposa está a punto de descubrir que su padre no fue el hombre honrado que siempre creyó.
Lucía dio un paso adelante.
—No vuelvas a hablar de mi padre.
Valeria soltó una carcajada.
—Pregúntale a tu marido quién encontró los documentos originales de la herencia hace años y por qué nunca te los entregó.
Lucía giró lentamente hacia Sebastián.
—¿Es verdad?
Sebastián se quedó inmóvil.
—Lucía, puedo explicártelo.
—¿Sabías que mi madre era tu tía?
—No. Lo descubrí hace apenas unos días.
Valeria aprovechó el silencio.
—¡Qué bonito! Un matrimonio construido sobre secretos y mentiras.
Sebastián avanzó hacia ella.
—Vete antes de que pierda la paciencia.
Valeria sonrió y sacó una última hoja de su bolso.
—No tan rápido. Mañana habrá una audiencia. Y tengo un testigo que demostrará que Julián Mendoza falsificó la firma de su esposa para quedarse con estas tierras.
Lucía palideció.
—¡Eso es mentira!
—Mañana lo veremos, querida. Y cuando termine la audiencia, Los Cuervos y tu pequeño rancho serán míos.
Valeria volvió a ponerse las gafas y se marchó con sus hombres.
Aquella noche, Lucía no pudo dormir.
Estaba sentada junto a la ventana cuando Sebastián entró en la habitación.
—¿Todavía estás despierta?
—Necesito preguntarte algo.
—Lo que quieras.
—Si mañana descubriéramos que nuestros padres cometieron errores terribles, ¿seguirías defendiendo a mi familia?
Sebastián se sentó a su lado.
—No puedo responder por los errores de los muertos. Pero sí puedo responder por mis decisiones. Y mi decisión es estar contigo.
Lucía apoyó la cabeza en su hombro.
—Tengo miedo de perderlo todo.
—Entonces lucharemos juntos.
Él le besó la frente.
Pero justo cuando estaban a punto de acostarse, el teléfono de Sebastián comenzó a sonar.
Era Rómulo.
—¡Patrón! ¡Tiene que venir inmediatamente al hospital!
Sebastián se incorporó.
—¿Qué ocurrió?
—Mercedes despertó. Está pidiendo hablar con usted y con Lucía. Dice que hay algo que no les contó.
Cuando llegaron al hospital, encontraron a Mercedes rodeada de médicos.
La anciana tenía los ojos abiertos y sostenía un pequeño sobre entre sus manos.
—Acérquense —susurró.
Lucía tomó su mano.
—Estamos aquí, Mercedes.
La anciana le entregó el sobre.
—Esto pertenecía a tu madre. Me pidió que te lo entregara cuando fueras lo suficientemente mayor para conocer la verdad.
Lucía abrió el sobre.
Dentro había una fotografía de una mujer joven sosteniendo a una niña.
Detrás aparecía una fecha y una frase escrita a mano:
«Mi pequeña Lucía, algún día sabrás por qué tuve que dejarte al cuidado de tu padre».
Lucía comenzó a llorar.
—¿Qué significa esto? Mi madre murió cuando yo era pequeña.
Mercedes negó lentamente.
—No, hija. Tu madre no murió cuando tú eras pequeña.
Lucía dejó de respirar por un instante.
—¿Qué está diciendo?
La anciana miró a Sebastián y después volvió los ojos hacia Lucía.
—Isabel estaba viva cuando abandonó la hacienda. La obligaron a marcharse para protegerte. Durante años intentó regresar, pero alguien se lo impidió.
—¿Quién?
Mercedes apretó su mano.
—El hombre que ordenó dispararme esta mañana no es Ernesto ni Valeria.
Hizo una pausa y pronunció un nombre que dejó a Sebastián completamente helado.
—Fue tu tío Ramiro… el hermano mayor de tu madre.
Sebastián retrocedió.
—Eso es imposible. Mi padre siempre dijo que Ramiro había muerto hacía veinte años.
Mercedes comenzó a llorar.
—Porque todos creyeron esa historia. Pero Ramiro sigue vivo. Y mañana estará en el tribunal para reclamar las tierras.
Lucía miró la fotografía de su madre.
Por primera vez en treinta años, tenía una razón para creer que Isabel podía seguir viva.
Y entonces Mercedes pronunció sus últimas palabras antes de quedarse dormida:
—Lucía… tu madre sabe que estás aquí. Y lleva muchos años esperando el momento de volver a verte.
Pero lo que ninguno de ellos sabía era que, al otro lado de la ciudad, una mujer acababa de recibir una llamada.
—Señora Isabel, su hija encontró la carta.
La mujer dejó caer lentamente la taza de café.
—¿Lucía está viva?
—Sí, señora. Y está casada con Sebastián Montalvo.
La mujer comenzó a llorar.
—Entonces ha llegado el momento de regresar a casa.
Pero detrás de ella, un hombre cerró silenciosamente la puerta.
—No irás a ninguna parte, Isabel.
Era Ramiro.
Y llevaba treinta años esperando aquel momento.