PARTE 2: El collar que reveló una verdad mucho peor
PARTE 2: El collar que reveló una verdad mucho peor
Gregory soltó una pequeña carcajada mientras se aflojaba la corbata.
—¿Ah, sí? ¿Qué ha dicho nuestro pequeño?
Me senté junto a él en el sofá y fingí buscar algo en mi teléfono.
—Señaló a una mujer en la panadería y dijo que era la misma que viene a nuestra casa cuando estoy trabajando. Según él, juega en nuestro dormitorio.
Gregory dejó de sonreír.
Fue apenas un segundo.
Pero lo vi.
Sus dedos se quedaron inmóviles sobre la corbata y su mirada se desvió hacia las escaleras.
—Los niños tienen mucha imaginación —respondió finalmente.
—Eso mismo pensé.
—¿Cómo era esa mujer?
Levanté la mirada.
—Joven. Rubia. Llevaba un collar precioso.
Gregory tragó saliva.
—¿Un collar?
—Sí. Uno muy parecido al zafiro que me regalaste por nuestro aniversario.
Su rostro perdió ligeramente el color.
—¿De verdad?
—Sí. Aunque el mío sigue guardado en su caja.
Se produjo un silencio incómodo.
Después Gregory se levantó y caminó hacia la cocina.
—Voy a preparar algo de cenar. Ha sido un día largo.
Lo observé desaparecer por el pasillo.
No había confesado nada.
Pero tampoco me había preguntado si Toby estaba seguro de lo que había visto.
Y eso me preocupó más que cualquier otra cosa.
Aquella noche apenas dormí.
A las 2:17 de la madrugada, mientras Gregory respiraba profundamente a mi lado, me levanté y fui al dormitorio de Toby.
Mi hijo dormía abrazado a su dinosaurio de peluche.
Me senté junto a él y le acaricié suavemente el cabello.
—Cariño, ¿puedo preguntarte algo?
Abrió los ojos a medias.
—¿Qué pasa, mamá?
—La mujer que viste hoy… ¿la has visto muchas veces en casa?
Toby asintió.
—Sí.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Cuándo viene?
—Cuando tú vas al hospital.
—¿Y qué hace?
Mi hijo se frotó los ojos.
—Papá dice que es una amiga especial. A veces desayuna con él. Otras veces entra en tu habitación.
Tuve que respirar profundamente.
—¿Y tú has hablado con ella?
—Sí. Me dio chocolate una vez.
Hice una pausa.
—¿Cómo se llama?
Toby pensó durante unos segundos.
—Papá la llama Vanessa.
Vanessa.
Repetí aquel nombre mentalmente varias veces.
Después le di un beso en la frente y regresé a mi habitación.
Gregory seguía dormido.
Miré al hombre con quien había compartido diez años de matrimonio y comprendí que quizá nunca había conocido realmente a la persona que dormía a mi lado.
A la mañana siguiente tomé una decisión.
No iba a enfrentarlo sin pruebas.
Trabajaba en pediatría y estaba acostumbrada a mantener la calma incluso en situaciones difíciles. Sabía que las emociones podían nublar el juicio.
Así que empecé a observar.
Primero revisé la caja de seguridad donde guardaba mis joyas.
El collar original seguía allí.
Pero había algo extraño.
Debajo del terciopelo encontré un pequeño recibo doblado que no recordaba haber visto antes.
Era de una joyería de lujo.
La fecha correspondía a tres semanas atrás.
El concepto decía:
Reparación y duplicado de pieza personalizada.
Me quedé mirando aquellas palabras.
¿Duplicado?
¿Alguien había encargado una copia de mi collar?
Llamé discretamente a la joyería.
La empleada que atendió mi llamada me pidió algunos datos para localizar el pedido.
Cuando le describí la pieza, su tono cambió.
—Señora, ¿usted realizó el encargo personalmente?
—No. ¿Por qué?
—Porque tenemos registrada una solicitud reciente para reproducir un diseño idéntico. La persona que realizó el pedido presentó fotografías de la pieza original y afirmó que era un regalo para su prometida.
Sentí un escalofrío.
—¿Recuerda el nombre?
La empleada dudó.
—Por motivos de privacidad no puedo facilitarle todos los datos, pero puedo decirle que el pedido fue recogido por un hombre llamado Gregory.
Colgué lentamente.
Mi marido había encargado una copia de mi collar.
Y se la había entregado a otra mujer.
Pero todavía había algo que no encajaba.
¿Por qué había elegido precisamente esa joya?
Aquella tarde, cuando Gregory salió de casa para ir a trabajar, revisé el despacho que utilizaba como oficina.
No encontré nada al principio.
Solo facturas, documentos contables y carpetas perfectamente ordenadas.
Entonces vi un sobre blanco escondido detrás de unos archivadores.
En su interior había varias fotografías impresas.
La primera mostraba a Gregory abrazando a Vanessa frente a un restaurante.
La segunda los mostraba entrando en un hotel.
La tercera me hizo sentarme inmediatamente.
Vanessa aparecía sosteniendo una fotografía de Toby cuando era bebé.
En la parte posterior había una frase escrita a mano:
«Pronto podremos dejar de fingir».
Sentí que el estómago se me cerraba.
Seguí revisando el sobre.
Había extractos bancarios, transferencias y una copia de un contrato de alquiler.
Gregory había estado enviando dinero a una cuenta que yo no conocía.
Pero lo más inquietante estaba en la última hoja.
Era una factura de una clínica privada.
El nombre del paciente no era Gregory.
Tampoco era Vanessa.
Era el de mi hijo.
Toby.
La fecha correspondía a dos meses atrás.
Leí el documento una vez.
Después otra.
Y una tercera.
No entendía por qué mi marido había llevado a nuestro hijo a una clínica privada sin decírmelo.
Entonces encontré una nota adjunta.
Decía:
«Confirmar resultados antes de hablar con Emma. No puede enterarse todavía».
Me temblaron las manos.
En ese momento escuché el sonido de un vehículo entrando en el garaje.
Gregory había regresado.
Guardé rápidamente los documentos, dejé todo exactamente como estaba y bajé a la cocina.
Entró unos segundos después.
—Hola, cariño. ¿Qué haces?
—Preparando la cena.
Me besó en la mejilla.
—Perfecto. Por cierto, el sábado tengo que salir unas horas. Una reunión de trabajo.
Lo miré mientras abría el refrigerador.
—¿Otra reunión?
—Sí. Es importante.
Asentí.
—Por supuesto.
Aquella noche esperé hasta que Toby se durmió.
Después volví al despacho y fotografié todos los documentos.
Al día siguiente llamé a la clínica.
La recepcionista me explicó que, por tratarse de información médica de un menor, necesitaba verificar mi identidad y mi condición de madre autorizada.
Le proporcioné los datos necesarios.
Después de unos minutos, una empleada me pidió que esperara.
Finalmente, una doctora se puso al teléfono.
—Señora, antes de hablar sobre los resultados de su hijo, necesito hacerle una pregunta.
Mi corazón comenzó a latir más deprisa.
—¿Cuál?
—¿Su esposo le ha explicado por qué solicitó las pruebas?
—No. Ni siquiera sabía que Toby había venido aquí.
Hubo un silencio.
La doctora respiró profundamente.
—Entiendo. Entonces creo que debería acudir personalmente. Hay información importante que debe conocer y preferiría explicársela en consulta.
Sentí que las piernas me fallaban.
—¿Está enfermo mi hijo?
—No puedo sacar conclusiones por teléfono. Pero hay algo que debemos revisar con usted.
Colgué y permanecí inmóvil durante varios minutos.
Durante diez años había creído que mi mayor problema era descubrir si Gregory me estaba siendo infiel.
Ahora tenía algo mucho más importante que resolver.
La salud de mi hijo.
Aquella misma tarde acudí a la clínica.
La doctora me recibió en su despacho y colocó una carpeta sobre la mesa.
—Señora, su esposo vino aquí hace dos meses acompañado de una mujer llamada Vanessa.
La miré fijamente.
—¿Vanessa?
Asintió.
—Nos explicó que era una familiar cercana y que estaba ayudando con algunos antecedentes médicos de Toby.
Abrí la carpeta.
Había resultados de pruebas, formularios y una solicitud de evaluación genética.
Entonces vi el documento que me dejó sin palabras.
Gregory había solicitado una prueba de paternidad.
No para demostrar que Toby era su hijo.
Sino para comprobar algo relacionado con Vanessa.
La doctora señaló una línea del informe.
—Hay una cuestión familiar que su marido parecía estar intentando investigar. Sin embargo, antes de explicarle cualquier conclusión, necesitamos revisar el historial completo y confirmar algunos datos.
Me quedé mirando el papel.
Vanessa no era simplemente una mujer que visitaba mi casa.
Gregory la había llevado a una clínica para investigar un asunto relacionado con nuestro hijo.
Y, por alguna razón, había decidido ocultármelo.
Cuando salí de la consulta, tenía varias llamadas perdidas de Gregory.
También había recibido un mensaje suyo.
«Cariño, necesito que esta noche hablemos de algo importante. No te asustes. Tiene que ver con Toby y con una persona de nuestro pasado».
Leí el mensaje varias veces.
Después llegó otro.
«Y, por favor, no contactes con Vanessa. Ella todavía no sabe que tú has descubierto todo».
Me detuve en mitad del estacionamiento.
¿Cómo sabía Gregory que había descubierto algo?
Entonces mi teléfono volvió a vibrar.
Era un mensaje de un número desconocido.
Solo contenía una fotografía.
En ella aparecía Vanessa sosteniendo a un bebé recién nacido.
Debajo había seis palabras:
«Emma, tienes derecho a conocer a tu hija».
Sentí que el mundo entero se detenía.
Porque yo solo había tenido un hijo.
O, al menos, eso era lo que siempre me habían contado.
Y la fecha de nacimiento que aparecía en la fotografía coincidía exactamente con el día en que Toby había nacido.
Por primera vez, comprendí que la infidelidad de Gregory quizá no era el verdadero secreto de nuestro matrimonio.