“LA FRANCOTIRADORA QUE SOBREVIVIÓ A LOS FANTASMAS — PERO DESCUBRIÓ QUE ELLA ERA EL VERDADERO OBJETIVO | PARTE 2”
“LA FRANCOTIRADORA QUE SOBREVIVIÓ A LOS FANTASMAS — PERO DESCUBRIÓ QUE ELLA ERA EL VERDADERO OBJETIVO | PARTE 2”

La noche había caído sobre el valle cuando el helicóptero desapareció entre las montañas.
Durante varios minutos, Hannah Reed permaneció sentada dentro del Black Hawk, con la espalda apoyada contra el fuselaje y el rifle asegurado entre las piernas. El ruido de los rotores era ensordecedor, pero ella apenas lo escuchaba.
Había aprendido a escuchar otras cosas.
La respiración de sus compañeros.
El sonido irregular del monitor médico.
El leve gemido de Carter mientras los paramédicos intentaban mantenerlo con vida.
Y, sobre todo, el silencio que quedaba después de una misión.
Miller estaba sentado frente a ella.
Por primera vez desde que habían quedado atrapados en aquella fábrica, el líder del equipo parecía haber envejecido diez años.
Tenía el rostro cubierto de polvo y sangre seca.
Miró a Reed durante varios segundos.
—¿Sabías que lo lograríamos?
Hannah levantó los ojos.
—No.
Miller frunció el ceño.
—Entonces, ¿por qué te moviste?
Reed observó su rifle.
—Porque quedarnos quietos significaba morir.
Miller dejó escapar una pequeña risa cansada.
—Eso no responde mi pregunta.
Hannah guardó silencio.
Porque la verdadera respuesta era mucho más complicada.
Ella no se había movido porque creyera que era invencible.
Se había movido porque había comprendido algo que los demás todavía no habían visto.
Los francotiradores enemigos habían construido una jaula perfecta.
Pero toda jaula tenía una puerta.
Y ella había encontrado la suya.
Cuatro horas después, el equipo aterrizó en una base avanzada.
Carter fue trasladado inmediatamente a la enfermería.
Los médicos trabajaron durante casi una hora.
Finalmente, uno de ellos salió de la sala.
Miller se levantó.
—¿Está vivo?
El médico asintió.
—Sí.
Miller cerró los ojos.
Por primera vez en tres días, respiró profundamente.
—¿Va a sobrevivir?
El médico tardó unos segundos en responder.
—Si pasa las próximas doce horas, probablemente sí.
Miller bajó la cabeza.
—Gracias.
Reed estaba detrás de él.
No dijo nada.
El médico la miró.
—¿Tú eres Reed?
—Sí.
—El cirujano quiere hablar contigo.
Hannah asintió.
Pero antes de entrar, escuchó una voz detrás de ella.
—Reed.
Era Hayes.
Caminaba con dificultad debido a las heridas en sus piernas.
—Buen disparo.
Hannah lo miró.
—Fueron tres.
Hayes sonrió.
—Por eso dije disparo. No dije disparos.
Ella casi sonrió.
Casi.
Entonces apareció un oficial.
—Reed, comandante quiere verte.
El ambiente cambió inmediatamente.
La sala de inteligencia estaba iluminada por una sola pantalla.
En ella aparecía una fotografía del hotel abandonado.
Tres círculos rojos marcaban las posiciones donde habían estado los francotiradores.
Hannah permaneció de pie.
El comandante entró acompañado por dos oficiales de inteligencia.
—Siéntate.
Reed obedeció.
El comandante colocó una carpeta sobre la mesa.
—Los hombres que atacaron a tu equipo no eran insurgentes comunes.
—Ya lo sé.
—No. No sabes ni la mitad.
El oficial abrió la carpeta.
Había fotografías.
Mapas.
Informes.
Nombres tachados.
—Los identificamos como parte de una unidad extranjera conocida informalmente como Los Fantasmas.
Hannah observó las imágenes.
—¿Cuántos?
—No estamos seguros.
—¿Y los tres del hotel?
El comandante negó con la cabeza.
—Eran solo un elemento de observación.
Hannah levantó lentamente la mirada.
—¿Solo observación?
—Sí.
El silencio llenó la habitación.
Hannah volvió a mirar la fotografía.
Tres hombres habían mantenido inmovilizado a un equipo entero durante setenta y dos horas.
Y ahora le estaban diciendo que aquellos tres no eran la fuerza principal.
—Entonces, ¿por qué estaban allí?
El comandante deslizó otra fotografía sobre la mesa.
Era una imagen tomada desde gran altura.
Mostraba una carretera que atravesaba el valle.
En la carretera había varios vehículos militares.
—Querían que encontráramos a esos tres.
Hannah frunció el ceño.
—¿Una distracción?
—Exactamente.
El comandante señaló una pequeña marca en el mapa.
—Mientras ustedes estaban atrapados en la fábrica, otro grupo se infiltró aquí.
La marca estaba a pocos kilómetros de la base.
—¿Qué buscaban?
El oficial de inteligencia respondió:
—Un convoy.
Hannah sintió un escalofrío.
—¿Qué transportaba?
El comandante la miró directamente.
—Algo que no podemos permitir que caiga en sus manos.
A las 03:17 de la madrugada, sonó la alarma.
Hannah apenas había dormido cuarenta minutos.
Se levantó de inmediato.
En el pasillo, soldados corrían hacia la sala de operaciones.
Miller estaba allí.
Todavía llevaba el uniforme manchado de sangre.
—¿Carter?
—Vivo.
Hannah asintió.
Eso era suficiente.
El comandante apareció frente al grupo.
—Tenemos una situación.
Una pantalla mostró imágenes térmicas.
Tres vehículos avanzaban lentamente por una carretera secundaria.
—Nuestro convoy de transporte perdió comunicación hace seis minutos.
Hayes preguntó:
—¿Emboscada?
—Probablemente.
Miller miró a Reed.
—¿Los Fantasmas?
El comandante no respondió.
No necesitaba hacerlo.
Todos entendieron.
—¿Cuál es la misión? —preguntó Miller.
—Encontrarlos.
—¿Rescate?
—Rescate y recuperación.
Hannah observó el mapa.
—¿Dónde está el último contacto?
Un punto rojo apareció en la pantalla.
Ella estudió las montañas.
Después estudió la carretera.
Luego señaló un desfiladero.
—No están allí.
Todos la miraron.
—¿Qué?
—El último contacto no significa que el convoy estuviera allí cuando dejaron de transmitir.
Hannah acercó el mapa.
—Si yo fuera ellos, cortaría las comunicaciones antes de entrar en el desfiladero.
Miller cruzó los brazos.
—¿Por qué?
—Porque es demasiado obvio.
Señaló una ruta secundaria.
—Aquí.
El comandante se acercó.
—¿Qué ves?
—Una zona elevada con vista directa sobre la carretera.
—¿Y?
—Si alguien quisiera detener un convoy sin destruirlo, necesitaría controlar este punto.
Miller la miró.
—¿Crees que siguen vivos?
Hannah tardó un segundo.
—Creo que quieren que pensemos que están muertos.
El equipo salió veinte minutos después.
No había luna.
Solo oscuridad.
Los vehículos avanzaron lentamente por una carretera de tierra.
Hannah iba en el segundo vehículo.
Tenía el rifle asegurado y los ojos fijos en las montañas.
No hablaba.
Miller tampoco.
Todos sabían que aquella misión era diferente.
En la fábrica habían luchado por sobrevivir.
Esta vez estaban entrando voluntariamente en territorio enemigo.
A seis kilómetros del último punto de contacto, el conductor redujo la velocidad.
—Movimiento adelante.
Miller levantó el puño.
Todos se detuvieron.
Silencio.
Hannah miró por sus binoculares.
Una camioneta estaba atravesada en la carretera.
Parecía abandonada.
Pero algo estaba mal.
—No se acerquen.
Miller tomó el radio.
—¿Por qué?
—Demasiado limpia.
—¿Qué significa eso?
—No hay sangre.
Miller miró la camioneta.
—Podría ser una trampa.
—Es una trampa.
Antes de que pudiera terminar la frase, una luz roja apareció brevemente en la montaña.
Hannah se agachó.
—¡CONTACTO!
El primer disparo golpeó el vehículo delantero.
El segundo destrozó una ventana.
El tercero levantó polvo detrás del convoy.
Miller gritó:
—¡Cobertura!
Los soldados saltaron de los vehículos.
Hannah se arrastró hacia una posición protegida.
No buscó al enemigo inmediatamente.
Primero buscó el patrón.
Un disparo.
Pausa.
Dos disparos.
Pausa.
Otro disparo.
—No están intentando matarnos.
Miller la escuchó por radio.
—¿Qué?
—Nos están empujando.
—¿Hacia dónde?
Hannah miró la carretera.
Su rostro cambió.
—Hacia el desfiladero.
Miller comprendió demasiado tarde.
—¡Retrocedan!
Pero ya era tarde.
Una explosión sacudió la carretera.
El vehículo trasero quedó inutilizado.
El convoy estaba atrapado.
Hannah observó la montaña.
Los enemigos estaban usando exactamente la misma lógica que los francotiradores de la fábrica.
No querían destruirlos.
Querían controlar sus movimientos.
Pero esta vez había una diferencia.
Hannah conocía el juego.
—Miller.
—Te escucho.
—No respondas al fuego.
—¿Qué?
—Eso es lo que quieren.
—Nos están disparando.
—Sí. Y saben que dispararemos de vuelta.
Hannah levantó los binoculares.
—Busca dónde no están disparando.
Miller comprendió.
Comenzó a observar.
El lado izquierdo de la montaña recibía fuego.
El derecho estaba completamente silencioso.
—Dios…
—Exacto.
Hannah señaló la oscuridad.
—Ese es su corredor.
—¿Y por qué dejarían una salida?
—Porque no es una salida.
Ella hizo una pausa.
—Es el lugar donde quieren que vayamos.
Hannah tomó una decisión.
—Necesito cinco minutos.
—¿Para qué?
—Para cambiar el tablero.
Antes de que Miller pudiera responder, ella comenzó a subir.
No por la carretera.
Por la pendiente.
Avanzó entre piedras y arbustos, manteniéndose fuera de las zonas iluminadas.
Cada metro la acercaba a la posible posición enemiga.
Pero entonces vio algo.
Una cuerda.
Un pequeño cable metálico.
Hannah se detuvo.
No lo tocó.
Miró alrededor.
Había más.
Era una línea de detonación.
—Miller.
—¿Sí?
—No muevan los vehículos.
—¿Por qué?
—Hay explosivos.
Miller maldijo.
Hannah continuó avanzando.
Llegó a una roca elevada.
Desde allí pudo observar el valle.
Y entonces los vio.
No eran tres.
No eran cuatro.
Había al menos ocho hombres.
Distribuidos alrededor del convoy.
Pero había algo más.
En el centro de la formación había un hombre vestido completamente de negro.
No llevaba rifle.
Solo observaba.
Hannah sintió que algo no encajaba.
Los francotiradores de la fábrica habían sido profesionales.
Pero aquel hombre era diferente.
Era el comandante.
El cerebro.
Y estaba mirando directamente hacia la posición de Hannah.
Por un instante, ambos quedaron inmóviles.
A cuatrocientos metros de distancia.
Hannah bajó lentamente los binoculares.
—Nos encontró.
Miller preguntó:
—¿Quién?
Hannah respondió en voz baja:
—El hombre que estaba detrás de los tres francotiradores.
El comandante enemigo levantó una mano.
Todos sus hombres se detuvieron.
Luego señaló la montaña.
Hannah entendió.
Había sido descubierta.
Pero entonces vio algo que cambió completamente la situación.
El hombre de negro sacó una fotografía.
La miró.
Después levantó la vista hacia ella.
Hannah no podía ver el rostro con claridad.
Pero pudo distinguir una cosa.
La fotografía mostraba a una mujer.
A ella.
Miller escuchó su respiración por radio.
—Reed.
Silencio.
—Reed, ¿qué pasa?
Hannah no respondió inmediatamente.
Porque acababa de comprender que aquella misión no había comenzado aquella noche.
Había comenzado mucho antes.
Los enemigos no habían elegido la fábrica al azar.
No habían atacado al convoy por casualidad.
Y aquellos tres francotiradores no habían estado intentando simplemente eliminar a Bravo Team.
Habían estado estudiándola.
Midiéndola.
Esperando que revelara sus capacidades.
Y ahora el verdadero enemigo finalmente había salido de las sombras.
Hannah acomodó lentamente el rifle.
Miró al hombre de negro a través de la óptica.
Y murmuró:
—Ahora sé por qué me dejaron vivir.
FIN DE LA PARTE 2