La médica que volvió del pasado — Parte 2 – News

La médica que volvió del pasado — Parte 2

La médica que volvió del pasado — Parte 2

La médica que volvió del pasado — Parte 2

La noche parecía tranquila en la base.

Demasiado tranquila.

María Santos estaba sentada en una pequeña habitación junto a la enfermería, revisando los informes de los tres rehenes rescatados. Los médicos habían confirmado que sobrevivirían. Dos necesitaban cirugía adicional y el tercero permanecería varios días en observación.

Para cualquier otra persona, la misión había terminado.

Para María, algo no encajaba.

Volvió a mirar las fotografías obtenidas durante la operación.

El complejo.

Los vehículos.

Los edificios.

Las rutas de entrada.

Había algo que no conseguía identificar.

Entonces alguien llamó a la puerta.

—Adelante.

Era el comandante Javier Morales.

Pero esta vez no estaba solo.

A su lado se encontraba la mayor Patricia Ramírez.

María cerró lentamente el expediente.

—¿Qué ocurrió?

Ramírez dejó una carpeta sobre la mesa.

—Encontramos esto en el edificio donde estaban los rehenes.

María abrió la carpeta.

Dentro había fotografías, mapas y varias páginas escritas a mano.

Una de las fotografías mostraba a los tres rehenes.

Pero detrás de ellos aparecía un hombre que María reconoció inmediatamente.

Era Mateo Vargas.

María levantó la mirada.

—Esto no puede ser.

Morales negó con la cabeza.

—La fotografía fue tomada hace seis semanas.

María sintió un escalofrío.

—Vargas estaba en nuestra unidad.

—Exactamente.

Ramírez señaló otra imagen.

En ella aparecía una lista de nombres.

Algunos estaban tachados.

Otros tenían fechas.

Uno permanecía marcado en rojo.

MARÍA SANTOS.

María dejó caer la fotografía sobre la mesa.

—¿Por qué tienen mi nombre?

La mayor no respondió inmediatamente.

—Porque creemos que la operación de Sonora no terminó hace cinco años.

El silencio llenó la habitación.

María sintió que el pasado que había intentado enterrar acababa de abrir una puerta.

—¿Qué significa eso?

Ramírez se inclinó hacia ella.

—Significa que alguien sabía quién era usted antes de que regresara a México.

Morales añadió:

—Y probablemente sabía que volvería.

El hombre que conocía demasiado

A la mañana siguiente, María fue llamada a la sala de inteligencia.

Vargas también estaba allí.

Todavía tenía un vendaje alrededor del abdomen, pero insistió en permanecer de pie.

—Siéntate —ordenó María.

—Estoy bien.

—No te pregunté.

Vargas obedeció.

Ramírez activó una pantalla.

Apareció una fotografía de un hombre de unos cincuenta años.

Cabello gris.

Barba corta.

Mirada fría.

—Se llama Esteban Rojas —explicó—. Durante años fue uno de los principales operadores de una red criminal que transportaba armas y personas por la frontera.

María observó la fotografía.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

Ramírez cambió la imagen.

Apareció una fotografía antigua.

La fecha era cinco años atrás.

María reconoció inmediatamente la zona.

Sonora.

—Rojas estaba allí la noche de la operación.

Vargas levantó la cabeza.

—¿Cómo sabemos eso?

—Porque encontramos comunicaciones interceptadas.

Ramírez mostró una transcripción.

Una frase estaba marcada.

“La médica sigue con ellos. No permitan que salga viva.”

María sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

—¿Ellos sabían que yo estaba allí?

—Sí.

—¿Cómo?

Nadie respondió.

Morales miró a Vargas.

Vargas bajó la mirada.

María comprendió.

—Alguien nos vendió.

Ramírez asintió.

—Creemos que hubo una filtración dentro de la operación.

María recordó aquella noche.

Las posiciones enemigas.

La emboscada.

El momento exacto en que los atacantes parecían conocer cada movimiento del equipo.

Durante cinco años había pensado que los errores de aquella misión habían sido responsabilidad del mando.

Ahora descubría que quizá alguien había entregado sus vidas.

—¿Quién?

Ramírez apagó la pantalla.

—No lo sabemos.

—Pero tienen sospechosos.

—Sí.

—¿Y uno de ellos está vivo?

Ramírez la miró directamente.

—Uno de ellos podría estar en esta misma base.

La sombra dentro de la unidad

Durante las siguientes horas, María intentó continuar con su trabajo.

Pero ahora observaba a todos.

Los médicos.

Los soldados.

Los operadores.

Cada conversación parecía tener un significado diferente.

A media tarde, Vargas apareció en la enfermería.

—No deberías estar trabajando.

—Y tú no deberías estar caminando.

—Entonces estamos empatados.

María sonrió ligeramente.

Era la primera vez que lo hacía desde que había regresado.

Vargas se apoyó contra una mesa.

—Hay algo que nunca te conté.

María dejó el informe que estaba leyendo.

—¿Qué?

—Después de Sonora, alguien intentó localizarte.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Mateo.

—Recibí mensajes durante meses. Amenazas indirectas. Preguntas sobre dónde estabas destinada.

María sintió un nudo en el estómago.

—¿Y nunca me lo dijiste?

—Porque pensé que si sabías que te buscaban, intentarías desaparecer otra vez.

—Lo hice de todos modos.

—Sí.

Vargas bajó la mirada.

—Pero nunca estuviste realmente fuera de peligro.

María recordó los últimos cinco años.

Los traslados.

Las llamadas extrañas.

Las ocasiones en que creyó que alguien la observaba.

Siempre había pensado que era paranoia.

Quizá no lo era.

El mensaje

Esa noche, a las 02:17, las alarmas de la base comenzaron a sonar.

María se levantó inmediatamente.

Corrió hacia el centro de operaciones.

Morales ya estaba allí.

—¿Qué pasó?

—Tenemos una intrusión en la red.

Un operador señaló una pantalla.

—Alguien está accediendo a archivos antiguos.

María se acercó.

—¿Qué archivos?

El operador tragó saliva.

—Los de la operación de Sonora.

María sintió que su corazón aceleraba.

—¿Desde dónde?

—No podemos localizarlo.

Entonces apareció un mensaje en la pantalla.

Una sola línea.

“Santos, debiste quedarte fuera.”

Nadie habló.

Un segundo mensaje apareció.

“La próxima vez no habrá nadie para salvarte.”

Morales tomó su radio.

—Cierren todas las salidas.

Ramírez negó.

—No.

—¿Qué?

—Si alguien dentro de la base está ayudando al intruso, cerrar las salidas puede alertarlo.

María miró la pantalla.

—Entonces déjenlo entrar.

Todos la observaron.

—¿Qué estás pensando? —preguntó Morales.

—Que si lleva cinco años buscándome, no está interesado en matarme inmediatamente.

—¿Por qué?

María señaló el mensaje.

—Porque quiere que yo sepa que está aquí.

Ramírez entendió.

—Está intentando asustarte.

—No.

María miró nuevamente la pantalla.

—Está intentando obligarme a hacer algo.

La segunda operación

A las 05:40 llegó nueva información.

Uno de los vehículos utilizados por la red criminal había sido encontrado abandonado a veinte kilómetros de la base.

Dentro había una mochila.

Y una fotografía.

María apareció en ella.

No de ahora.

De cinco años atrás.

Estaba junto a los soldados que habían sobrevivido a Sonora.

En el reverso había una frase.

“Uno de ellos nunca debió regresar.”

Vargas observó la fotografía.

—¿Quién?

María negó.

—No lo sé.

Entonces Ramírez entró.

—Nos llegó una transmisión.

Activó el audio.

Una voz masculina comenzó a hablar.

—Santos.

María se quedó completamente inmóvil.

Conocía aquella voz.

No podía ser.

—Han pasado cinco años —continuó la voz—. Pensé que habías aprendido.

María miró a Morales.

—¿Quién es?

Ella no respondió.

La voz continuó:

—Pero volviste.

La transmisión terminó.

Vargas se levantó de golpe.

—María.

Ella seguía mirando la pantalla.

—Conozco esa voz.

—¿Quién es?

María finalmente respondió.

—El hombre que estaba al mando de la emboscada en Sonora.

Ramírez abrió los ojos.

—Eso es imposible.

—Lo vi morir.

Silencio.

—Entonces —dijo Morales lentamente— tenemos un problema mucho más grande de lo que pensábamos.

El hombre que debía estar muerto

Horas después, los analistas confirmaron algo imposible.

La voz correspondía a Esteban Rojas.

El mismo hombre que los informes oficiales daban por muerto desde hacía cuatro años.

María sintió que una pieza del pasado finalmente encajaba.

—Nunca murió —dijo.

Ramírez negó.

—Parece que fingió su muerte.

—¿Por qué?

—Para desaparecer.

Morales miró el mapa.

—Y ahora volvió porque María regresó a operaciones.

María comprendió.

—No regresó por mí.

Todos la miraron.

—Regresó porque yo descubrí algo durante la operación de Sonora.

Vargas frunció el ceño.

—¿Qué descubriste?

María cerró los ojos.

Había un recuerdo que nunca había contado.

Ni siquiera en su evaluación psicológica.

La noche de la emboscada, antes de que comenzaran los disparos, María había encontrado un pequeño dispositivo dentro de una mochila abandonada.

Era un teléfono.

En él había fotografías.

Nombres.

Fechas.

Y transferencias de dinero.

Pero, sobre todo, había una lista.

Una lista de personas dentro de las fuerzas de seguridad que recibían pagos.

María había entregado el dispositivo a sus superiores.

Después de la operación, le dijeron que había sido destruido.

Pero ahora entendía que nunca había sido así.

—La información sobrevivió —dijo.

Ramírez preguntó:

—¿Dónde está?

María la miró.

—No lo sé.

Morales intervino.

—¿Estás segura?

—Sí.

Pero entonces Vargas habló.

—Yo sé dónde está.

Todos se giraron hacia él.

—¿Qué?

Vargas respiró profundamente.

—Aquella noche, antes de la evacuación, tú me entregaste el dispositivo.

María abrió los ojos.

—¿Qué?

—Me dijiste que si no salíamos, tenía que entregárselo a alguien en quien confiaras.

—Yo no recuerdo eso.

—Estabas herida.

Vargas metió la mano en el bolsillo de su chaqueta.

Sacó una pequeña tarjeta de memoria.

La colocó sobre la mesa.

—La conservé durante cinco años.

María miró el dispositivo.

Todo su pasado acababa de regresar.

Pero esta vez tenía una oportunidad de terminarlo.

Morales tomó la tarjeta.

—Entonces ya sabemos qué quiere Rojas.

Ramírez negó lentamente.

—No.

Señaló la tarjeta.

—Ahora sabemos por qué estaba dispuesto a esperar cinco años.

María levantó la mirada.

—¿Por qué?

Ramírez respondió:

—Porque esta información no solo puede destruir a su organización.

Puede destruir a personas mucho más poderosas.

Y alguien dentro del gobierno está dispuesto a matar para recuperarla.

María comprendió que la verdadera misión apenas comenzaba.

Afuera, el cielo comenzaba a iluminarse.

La base despertaba.

Los helicópteros volvían a despegar.

Los soldados comenzaban otro día.

Pero para María Santos, aquella mañana marcaba el comienzo de una guerra diferente.

Una guerra donde el enemigo no estaba solamente en las montañas.

También podía estar detrás de los mismos uniformes que ella había aprendido a confiar.

Y esta vez, María no pensaba huir.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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