La Noche Que Cambió Mi Vida: El Secreto Que Sebastian Ward Ocultó Durante 29 Años
La Noche Que Cambió Mi Vida: El Secreto Que Sebastian Ward Ocultó Durante 29 Años

Sebastian colgó el teléfono sin despedirse.
Durante varios segundos permaneció frente a la ventana, completamente inmóvil.
Yo podía ver el reflejo de su rostro en el cristal.
Ya no parecía confundido.
Ya no parecía preocupado.
Parecía peligroso.
—Sebastian…
No respondió.
—¿Quién sabe que estoy aquí?
Él cerró los ojos por un instante.
Después guardó el teléfono en el bolsillo de su pantalón y caminó hacia mí.
—Necesito que hagas exactamente lo que te diga.
Su tono hizo que se me secara la garganta.
—Eso no responde mi pregunta.
—Lo sé.
—Entonces respóndeme.
Sebastian se detuvo frente a la cama.
—Alguien filtró tu nombre.
Sentí un escalofrío.
—¿A quién?
—Todavía no lo sé.
—¿Y qué quieren de mí?
Su silencio fue suficiente para asustarme.
—Sebastian.
Finalmente se sentó frente a mí.
—No creo que te estén buscando por algo que hayas hecho.
—Entonces, ¿por qué?
Me miró directamente a los ojos.
—Por quién eres.
Fruncí el ceño.
—No entiendo.
Sebastian tomó aire lentamente.
—Hay cosas sobre tu familia que nunca te contaron.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Qué sabes de mi familia?
Él no respondió inmediatamente.
Eso me preocupó todavía más.
—Sebastian, ¿qué sabes?
—Sé que tu padre no murió en el accidente que te contaron.
Me quedé paralizada.
Por un momento pensé que había escuchado mal.
—¿Qué acabas de decir?
—Tu padre no murió aquella noche.
Negué con la cabeza.
—No.
—Valerie…
—No.
Mi voz salió más fuerte.
—Yo tenía ocho años. Mi madre me dijo que él murió. La policía dijo que había muerto. Vi su fotografía en el funeral.
Sebastian se acercó un poco.
—El hombre que enterraron no era tu padre.
Sentí que el mundo se inclinaba debajo de mis pies.
—Eso es imposible.
—Ojalá lo fuera.
Me levanté de la cama.
—¿Cómo puedes saber algo así?
—Porque mi familia estuvo involucrada.
Aquellas palabras me dejaron sin aire.
—¿Tu familia?
Sebastian asintió.
—Hace veintinueve años, tu padre trabajaba con mi padre.
Lo miré sin poder hablar.
—¿En qué?
—En algo que oficialmente nunca existió.
La habitación quedó en silencio.
Afuera, un trueno hizo vibrar los ventanales.
—¿Qué era?
Sebastian bajó la mirada.
—Una red financiera clandestina que movía dinero entre políticos, empresarios y organizaciones criminales.
—¿Y mi padre?
—Tu padre descubrió que alguien estaba robando millones.
—¿Y por eso lo mataron?
Sebastian levantó la mirada.
—No.
La palabra salió tan fría que me recorrió un escalofrío.
—Lo mantuvieron vivo.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—Entonces, ¿cómo sabes que está vivo?
Sebastian sacó su teléfono.
Abrió una fotografía y me la mostró.
La imagen era vieja y estaba ligeramente borrosa.
Pero reconocí el rostro inmediatamente.
Sentí que mis piernas perdían fuerza.
Era mi padre.
Más viejo.
Con el cabello completamente canoso.
Pero era él.
—No…
Mis dedos comenzaron a temblar.
—¿Cuándo fue tomada?
—Hace seis meses.
Lo miré.
—¿Dónde?
Sebastian bloqueó la pantalla.
—Eso es precisamente lo que necesitamos descubrir.
—¿Necesitamos?
—Sí.
—¿Por qué te importa tanto?
Él guardó silencio.
—Porque tu padre dejó algo antes de desaparecer.
—¿Qué cosa?
Sebastian me miró de una manera diferente.
—Un libro.
—¿Un libro?
—Un registro con nombres, cuentas, fechas y pagos.
Mi estómago se revolvió.
—¿Y dónde está?
—Durante veintinueve años nadie pudo encontrarlo.
—¿Y ahora?
Sebastian se acercó a la mesa de noche.
Tomó mi bolso.
—Ahora alguien cree que tú sabes dónde está.
—Pero yo no sé nada.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué me buscan?
Sebastian abrió mi bolso y sacó una pequeña caja metálica que yo ni siquiera recordaba haber llevado conmigo.
La dejó sobre la cama.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Qué es eso?
—Lo encontré dentro de tu bolso esta mañana.
—Yo nunca había visto esa caja.
Sebastian la giró.
En la parte inferior había una pequeña inscripción.
Una sola letra.
“W”.
La miré durante varios segundos.
—¿W?
Sebastian asintió.
—Ward.
Sentí un frío profundo.
—¿Es de tu familia?
—Eso pensé al principio.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que es una advertencia.
Sebastian sacó una llave de su bolsillo.
La colocó sobre la caja.
—¿Qué vas a hacer?
—Abrirla.
—¿Y si no debemos?
Sebastian me miró.
—Entonces ya es demasiado tarde.
Introdujo la llave.
La cerradura hizo clic.
La tapa se abrió lentamente.
Dentro había un pequeño sobre blanco.
Mi nombre estaba escrito a mano.
“VALERIE.”
Mi respiración se detuvo.
Sebastian no tocó el sobre.
—Ábrelo tú.
—¿Por qué?
—Porque es para ti.
Tomé el sobre con manos temblorosas.
Lo abrí.
Dentro había una sola hoja de papel.
Solo contenía una frase.
“Si Sebastian Ward está contigo, no confíes en él.”
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
Levanté lentamente la mirada.
Sebastian estaba frente a mí.
No dijo nada.
Pero entonces su teléfono volvió a vibrar.
Esta vez no era Mara.
Era un número desconocido.
Sebastian contestó.
—Habla.
Una voz masculina respondió al otro lado.
Aunque estaba lejos, pude escuchar claramente las palabras.
—Sebastian Ward, tienes diez minutos para entregarnos a Valerie.
Sebastian se quedó completamente quieto.
—¿Y si me niego?
La voz soltó una pequeña risa.
—Entonces no tendrás que preocuparte por protegerla.
Sebastian apretó la mandíbula.
—¿Quién eres?
—Alguien que conoce la verdad sobre tu padre.
La llamada terminó.
Sebastian bajó lentamente el teléfono.
Lo miré.
—¿Qué quiso decir?
Él no respondió.
—Sebastian.
Finalmente levantó la mirada.
—Mi padre no murió de causas naturales.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué?
—Lo asesinaron hace quince años.
Me quedé completamente inmóvil.
—¿Quién?
Sebastian miró nuevamente la puerta de la habitación.
—La misma persona que acaba de descubrir que tú estás aquí.
Entonces escuchamos tres golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
Sebastian levantó inmediatamente la cabeza.
Su mano fue hacia el arma escondida bajo su chaqueta.
Yo retrocedí.
—¿Quién es?
Nadie respondió.
Tres golpes más.
Toc.
Toc.
Toc.
Sebastian se colocó delante de mí.
—No te muevas.
La puerta comenzó a abrirse lentamente.
Y justo antes de que apareciera la persona del otro lado, Sebastian tomó mi mano y susurró:
—Pase lo que pase, Valerie… no le digas dónde está el libro.
Pero yo ya sabía algo que él todavía ignoraba.
Yo sabía dónde estaba.
Porque la noche anterior, antes de llegar a su penthouse…
Mi madre me había entregado una vieja fotografía.
Y detrás de aquella fotografía había escrito una dirección.
La misma dirección que aparecía ahora en la pantalla del teléfono de Sebastian.