PARTE 2 — EL SECRETO QUE CAMILLE NUNCA REVELÓ
PARTE 2 — EL SECRETO QUE CAMILLE NUNCA REVELÓ

La mañana después de la boda, el Château de Montferrand estaba completamente en silencio.
Las mesas todavía estaban cubiertas de copas vacías.
Algunas flores habían comenzado a marchitarse.
Y los restos del enorme pastel de siete pisos seguían en el centro del salón.
La fiesta que había sido considerada la boda del año había terminado convertida en el mayor escándalo que aquella familia había vivido en décadas.
Pero para Julien, el verdadero problema apenas comenzaba.
Se despertó en una pequeña habitación del castillo.
No había dormido casi nada.
Cada vez que cerraba los ojos, recordaba las palabras de Mathieu.
“Entonces ya no estoy solo.”
Julien se sentó al borde de la cama.
Durante diez años había pensado que Camille simplemente había desaparecido.
Ahora sabía que había existido un hijo.
Su hijo.
Y lo peor era que su propia madre había sido responsable de mantenerlos separados.
Julien salió de la habitación.
Encontró a Mathieu sentado junto a una ventana, todavía usando el traje negro de la noche anterior.
El niño miraba el jardín.
—Buenos días —dijo Julien.
Mathieu se giró.
—Buenos días, papá.
Julien se quedó inmóvil.
Era la primera vez que escuchaba esa palabra dirigida hacia él.
Papá.
No pudo evitar sonreír.
—¿Dormiste bien?
—Un poco.
Julien se sentó junto a él.
—¿Quieres desayunar?
Mathieu asintió.
Pero antes de levantarse, hizo una pregunta.
—¿Dónde voy a vivir ahora?
Julien sintió un golpe en el pecho.
—Conmigo.
—¿En tu casa?
—Sí.
—¿Para siempre?
Julien respiró profundamente.
—Si tú quieres.
Mathieu sonrió.
—Quiero.
Mientras tanto, en otra habitación del castillo, Madeleine Beaumont no había dormido.
Estaba sentada frente a una ventana.
Sobre la mesa había una pequeña caja de madera.
Dentro estaban las doce cartas de Camille.
Las había guardado durante años.
Nunca había imaginado que algún día Julien descubriría la verdad.
Pero había algo que nadie sabía.
Madeleine no había escondido solamente las cartas.
También había escondido un documento.
Un documento que podía cambiarlo todo.
Sacó lentamente una hoja amarillenta.
Era un certificado de nacimiento.
El nombre de la madre era Camille Laurent.
El nombre del padre aparecía parcialmente cubierto por una mancha de tinta.
Madeleine había intentado borrar algo.
Pero no había conseguido eliminarlo completamente.
Porque debajo de la tinta todavía podían leerse algunas letras.
No decía Julien.
Decía:
Thomas Beaumont.
Madeleine cerró los ojos.
—Dios mío…
Julien estaba desayunando con Mathieu cuando Élise apareció.
Llevaba una taza de café en la mano.
—Buenos días.
—Buenos días —respondió Julien.
Élise se sentó.
Miró a Mathieu.
—¿Listo para conocer tu nueva casa?
El niño asintió.
—Sí.
Julien sonrió.
Pero entonces su teléfono comenzó a sonar.
Era un número desconocido.
Contestó.
—¿Bueno?
No hubo respuesta durante unos segundos.
Después una voz femenina habló.
—Julien…
El rostro de Julien cambió.
Conocía esa voz.
—¿Quién eres?
—No puedes llevarte a Mathieu.
Julien se levantó inmediatamente.
—¿Quién habla?
—Alguien que conoce la verdad sobre Camille.
La llamada terminó.
Julien miró la pantalla.
—¿Qué pasó? —preguntó Élise.
Julien no respondió.
Mathieu lo observó preocupado.
—¿Es algo malo?
Julien guardó el teléfono.
—No.
Pero sabía que estaba mintiendo.
Una hora después, Julien, Élise y Mathieu abandonaron el castillo.
El chofer los esperaba afuera.
Antes de subir al automóvil, Julien vio a Madeleine salir del edificio.
—Mamá.
Ella se detuvo.
—¿Qué quieres?
—Tenemos que hablar.
Madeleine miró a Mathieu.
—No aquí.
—Entonces dime dónde.
—Esta noche.
—No.
Julien se acercó.
—Ahora.
Madeleine bajó la mirada.
—No puedo.
—¿Por qué?
La mujer levantó los ojos.
—Porque todavía hay cosas que no sabes.
Julien quedó en silencio.
—¿Qué cosas?
Madeleine miró a Mathieu.
—Pregúntale a Thomas.
Julien palideció.
—Thomas está en Canadá.
Madeleine negó lentamente con la cabeza.
—No.
Y entonces entró nuevamente al castillo.
Esa noche, Julien recibió otro mensaje.
Era una dirección.
Y debajo había una sola frase:
“Ven solo si quieres saber quién es realmente el padre de Mathieu.”
Julien miró el mensaje durante varios minutos.
No quería ir.
Pero necesitaba saber la verdad.
Dejó a Mathieu con Élise y salió.
La dirección lo llevó a una pequeña cafetería en las afueras de la ciudad.
Una mujer estaba sentada al fondo.
Cuando Julien se acercó, ella levantó la mirada.
Era una mujer de unos cincuenta años.
—¿Julien Beaumont?
—Sí.
—Siéntate.
Julien permaneció de pie.
—¿Quién eres?
La mujer respiró profundamente.
—Me llamo Sophie Laurent.
Julien sintió que el corazón se le detenía.
—¿Laurent?
—Soy la hermana de Camille.
Julien se sentó lentamente.
—¿Camille tenía una hermana?
—Sí.
—Nunca me habló de ti.
—Porque tu madre se aseguró de que no pudiera hacerlo.
Julien apretó los puños.
—¿Qué sabes?
Sophie sacó un sobre.
—Camille me entregó esto antes de morir.
Julien lo tomó.
—¿Por qué no me lo diste antes?
—Porque ella me pidió que esperara.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que Mathieu tuviera diez años.
Julien abrió el sobre.
Dentro había una fotografía.
Camille estaba embarazada.
Pero había algo extraño.
En la fotografía aparecía junto a un hombre.
Julien reconoció inmediatamente a ese hombre.
Era su hermano.
Thomas.
—¿Qué significa esto?
Sophie lo miró directamente.
—Camille no estaba segura de quién era el padre.
Julien se quedó sin palabras.
—¿Qué?
—Cuando Camille quedó embarazada, estaba contigo.
Julien asintió.
—Sí.
—Pero también tuvo una relación con Thomas.
Julien se levantó.
—Eso es imposible.
—No.
—¡Thomas era mi hermano!
—Lo sé.
—¡Camille jamás me habría hecho eso!
Sophie bajó la voz.
—Ella no sabía qué hacer.
Julien sintió que el mundo se derrumbaba.
—¿Mathieu es mi hijo?
Sophie respondió:
—Camille nunca pudo confirmarlo.
Julien miró la fotografía.
—Entonces, ¿por qué me escribió diciendo que yo era su padre?
Sophie guardó silencio.
—Porque quería que Mathieu tuviera una familia.
Julien se quedó inmóvil.
—¿Qué estás diciendo?
—Camille me dijo que no importaba quién fuera el padre biológico. Para ella, tú eras el hombre que debía criar a su hijo.
Julien cerró los ojos.
—No…
—Pero hay algo más.
Sophie sacó otro documento.
—Una prueba de ADN.
Julien levantó la cabeza.
—¿Ya existe?
—Camille la hizo antes de morir.
Julien tomó el documento con manos temblorosas.
Leyó la primera línea.
Después la segunda.
Y finalmente llegó al resultado.
Su rostro perdió todo color.
La probabilidad de paternidad de Julien Beaumont: 0%.
Julien dejó caer el documento.
—No…
Sophie no dijo nada.
—Entonces…
Julien respiró con dificultad.
—¿Thomas es el padre?
Sophie negó con la cabeza.
—No.
Julien levantó los ojos.
—¿Entonces quién?
Sophie lo miró con tristeza.
—Eso es lo que Camille nunca pudo descubrir.
Julien regresó al castillo cerca de la medianoche.
Élise estaba despierta.
—¿Dónde estabas?
Julien no respondió.
Ella se acercó.
—Julien, ¿qué pasó?
Él sacó el documento.
Se lo entregó.
Élise lo leyó.
Su rostro cambió.
—No…
—No soy su padre.
—¿Entonces quién?
Julien negó con la cabeza.
—No lo sé.
En ese momento, Mathieu apareció en la puerta.
—¿Papá?
Julien se giró.
El niño sonrió.
—Te estaba esperando.
Julien sintió que las lágrimas llenaban sus ojos.
Mathieu corrió hacia él.
—¿Encontraste algo?
Julien se agachó.
Lo abrazó con fuerza.
—Sí.
—¿Qué?
Julien cerró los ojos.
—Encontré algo que todavía no entiendo.
Mathieu lo abrazó.
—¿Vas a dejarme?
Julien comenzó a llorar.
—Nunca.
—¿Aunque no sea tu hijo?
Julien se quedó congelado.
Mathieu había escuchado todo.
—¿Quién te dijo eso?
—Nadie.
El niño señaló el documento.
—Lo vi.
Julien lo abrazó más fuerte.
—Escúchame.
Mathieu levantó la mirada.
—No importa quién te haya dado la vida.
Julien puso una mano sobre su cabeza.
—Yo te elegí.
Mathieu comenzó a llorar.
—¿De verdad?
—De verdad.
Élise se acercó y abrazó a ambos.
Pero entonces escucharon un golpe en la puerta.
Todos se quedaron inmóviles.
Julien caminó lentamente hacia ella.
—¿Quién es?
No hubo respuesta.
Abrió.
No había nadie.
Solo un sobre negro colocado en el suelo.
Julien lo recogió.
Dentro había una fotografía.
La fotografía mostraba a Camille sosteniendo a Mathieu cuando era bebé.
Detrás de ellos había un hombre.
El rostro estaba parcialmente oculto.
Pero Julien reconoció la chaqueta.
Y el reloj.
Era alguien que había estado en la boda.
Alguien que había permanecido sentado entre los invitados toda la noche.
Julien miró nuevamente la fotografía.
Y entonces comprendió.
El hombre no era Thomas.
No era un desconocido.
Era alguien mucho más cercano.
Alguien que conocía a Camille.
Alguien que conocía a Mathieu.
Y alguien que había asistido a la boda.
En la parte posterior de la fotografía había una frase:
“Tu hijo no llegó a tu boda por casualidad. Alguien quería que lo encontraras.”
Julien levantó lentamente la mirada.
Élise preguntó:
—¿Quién es?
Julien no respondió.
Porque acababa de reconocer al hombre de la fotografía.
Era el padrino de su boda.
Su mejor amigo desde la infancia.
Gabriel Morel.
Y Gabriel había desaparecido del castillo apenas unos minutos después de que Mathieu revelara su identidad.
La historia que Julien creía conocer acababa de convertirse en algo mucho más oscuro.
Porque ahora ya no se trataba solamente de descubrir quién era el padre de Mathieu.
Se trataba de descubrir quién había organizado todo para que la verdad saliera a la luz aquella misma noche de la boda.
Y, mientras Julien miraba la fotografía, su teléfono volvió a sonar.
Esta vez, el mensaje solo decía:
“Si quieres conocer toda la verdad sobre Camille, no confíes en nadie.”