Se burlaron de la abuela que vendía café en la calle – hasta que el millonario probó un sorbo – News

Se burlaron de la abuela que vendía café en la calle – hasta que el millonario probó un sorbo

Se burlaron de la abuela que vendía café en la calle – hasta que el millonario probó un sorbo

Se burlaron de la abuela que vendía café en la calle – hasta que el millonario probó un sorbo

El dueño probó el café en plena banqueta y se puso a llorar.

Así, sin más. Con el traje impecable, la corbata bien anudada, el jarro de barro entre las dos manos y los inversionistas a punto de llegar, el señor Ibarra dio un sorbo, cerró los ojos y las lágrimas le empezaron a correr por la cara frente a todo el mundo.

—Grábale la cara, Jime, que se le note —susurró el Pato, con el teléfono en alto—. Esto va a explotar.

Jimena no bajó el celular. Estaba grabando desde hacía minutos, desde que la seguridad de la torre quiso mover el carrito y doña Lupe se plantó detrás de su olla hirviendo y dijo que decidieran ellos quién se iba a quemar. Era el video perfecto: la abuelita terca, los guardias, el licenciado Quirino gritando órdenes y ahora, para rematar, el dueño llorando.

—Señor Ibarra, los inversionistas llegan en diez minutos —dijo Quirino, nervioso, mirando hacia la avenida—. ¿Ya retiramos el puesto?

Ibarra no le hizo caso. Seguía mirando el jarro como si tuviera enfrente un fantasma.

—Nadie toca ese carrito —dijo al fin, con la voz rota—. Nadie, Quirino, hasta que yo entienda qué pasa aquí.

Quirino palideció.

—Ya oyó al señor —murmuró Peralta, el guardia, sin poder esconder una sonrisa chiquita—. Nadie toca el carrito.

—Usted cállese, Peralta. Esto no es asunto suyo.

Doña Lupe, con sus setenta y cuatro años, su delantal bien amarrado y las manos marcadas por cuarenta años de cargar ollas, le estiró la mano al dueño.

—Si ya terminó de llorar, joven, devuélvame el jarro. Ese no se lo presto a cualquiera.

Ibarra giró el jarro despacito. Vio el asa. Estaba rota de abajo, amarrada con alambre de cobre, bien apretado, vuelta tras vuelta, como se amarraban antes los cántaros en el rancho para que siguieran sirviendo.

—Este jarro tenía el asa rota —dijo—. Alguien se la amarró con alambre.

—Mucha gente amarra cosas —respondió Lupe, desconfiada.

—Señora… ¿usted vendía en Cerro de las Campanas?

Lupe se quedó quieta. Esa pregunta no venía en ningún papel del edificio, ni en la orden de Quirino, ni en el video de Jimena.

—¿Y usted quién es para preguntarme eso?

Apenas era viernes por la mañana. Y para entender por qué un hombre que lo tenía todo lloraba por un café de quince pesos, había que regresar dos días, y también veinticinco años.

Doña Lupe llegaba antes que el gallo. Esa era la frase de Pilar y era verdad.

A las cuatro y media de la mañana, cuando la ciudad todavía estaba oscura y el frío se metía entre las cobijas, Lupe ya estaba despierta preparando su café de olla. Canela, piloncillo y hoja de naranjo. Nada más y nada menos. Ni una cucharada de más, ni una hoja vieja, ni piloncillo apurado, porque el piloncillo se quema si lo apuras y el café, como la gente, se amarga cuando lo tratas con prisa.

—Ya estás despierta, comadre —le decía Pilar, llegando con su canasta—. Te traje tamales para que vendas junto al café. Tú siempre llegas antes que el gallo.

—Huelen a gloria, Pilar. ¿De qué los hiciste hoy?

—Rojos de puerco y verdes de pollo. Como te gustan.

Pilar era su comadre, su vecina de puesto, su testigo de todo. Sabía que la hoja de naranjo era el secreto que nadie copiaba. Ni el café de las cadenas caras, con sus vasos de cartón y sus nombres en inglés, olía así. Era un olor a casa, a rancho, a cocina de leña, a madre despierta antes que todos para que a nadie le faltara algo caliente en el estómago.

Llevaban dos años en esa banqueta de los licenciados, frente a la torre de cristal. Ahí le compraban los guardias, las muchachas de limpieza, los mensajeros, los albañiles de las obras cercanas y, de vez en cuando, algún hombre de corbata que bajaba con prisa y ni la miraba al pagar.

—Ahí te tratan bien, ¿verdad, Lupe? —preguntaba Pilar.

—Me compran. Eso ya es bastante.

Pero Pilar conocía otro secreto, uno que Lupe no vendía. Envuelto en un trapo limpio, guardado en la parte baja del carrito, había un jarro que nunca sacaba.

—Y ese jarro que tienes envuelto, nunca lo sacas, Lupe.

—Ese es de alguien que se fue sin despedirse —decía ella, sin mirar—. Algún día volverá por su café.

—¿Y si no vuelve?

—Entonces me lo quedo yo, para acordarme.

No decía el nombre porque nunca lo supo. Para ella, aquel muchacho de veinticinco años atrás siempre había sido el licenciado sin corbata. Flaco, con sudadera gris, con ojeras de tecolote y con hambre. Pero eso era historia vieja. La de ahora era empujar el carrito hasta la esquina, acomodar el toldito amarillo, calentar la olla y esperar a que llegara la gente del turno de la noche.

Óscar, el guardia joven, le ayudaba a veces con la rueda.

—Déjeme ayudarle, doña Lupe.

—Gracias, mijo. Esa rueda chilla más que yo.

—¿Cómo le hace para subir esta olla tan pesada usted solita todos los días?

—Con maña, mijo. Llevo cuarenta años cargando ollas. La espalda ya se acostumbró.

El primero en llegar era siempre un guardia del turno de noche, con los ojos rojos de sueño.

—Ya huele desde la esquina, doña. Sírvame el de siempre. Bien cargado y con poquito piloncillo.

—Ahí te va.

—Es lo único que me despierta. El turno de noche aquí es eterno.

—Por eso lo hago fuerte. Los que trabajan de madrugada merecen algo caliente.

Pagaba sus quince pesos, a veces con cambio exacto y orgullo.

—Hoy sí traigo cambio exacto, doña.

—Ándale, guárdate cinco para tu camión, que hace frío.

Así era Lupe. Cobraba, sí, porque de eso vivía, pero nunca le pesaba la mano con el que traía justo lo del pasaje. Había aprendido, en cuarenta años de calle, a distinguir entre el que no quería pagar y el que de veras no traía. Al segundo nunca lo avergonzaba. Se lo decía bajito, para que nadie oyera, y le servía igual.

Esa mañana, Óscar se quedó un rato más de lo normal junto al carrito.

—¿Usted sabía que este edificio es del dueño de toda la empresa? —preguntó.

—Nunca lo he visto.

—Ni yo. Los ricos entran por abajo, por el estacionamiento. A la banqueta no bajan.

Luego bajó la voz.

—El licenciado Pardo, bueno, Quirino, anda raro, doña. Tenga cuidado esta semana.

—Llevo dos años aquí. No estorbo a nadie. ¿Qué cuidado voy a tener? Ya viene la gente del turno de ocho.

—Pues que vengan —dijo Lupe, acomodando sus vasos—. Hay café para todos.

No sabía que esa frase, tan suya, iba a convertirse en su bandera antes de que terminara la semana.

Jimena llegó a las ocho con el teléfono en la mano y el Pato detrás, cargando su mochila y su risa floja.

Trabajaban en el área de contenidos de la empresa. Su trabajo, en teoría, era mostrar el lado humano del grupo. En la práctica, su jefa solo miraba números: vistas, compartidos, seguidores, métricas. Y Jimena quería un ascenso más que nada en el mundo, porque el ascenso significaba, por fin, dejar de ser la muchacha que venía del mercado.

—Buenos días, mis amores —dijo frente a la cámara, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Hoy probamos el café gourmet de la banqueta, con agua de la llave y servicio de cinco estrellas, ¿verdad, abuelita?

—Acércate más, Pato, que se vea la olla negra —susurró—. Esa olla tiene más años que mi abuelo.

Lupe los miró por encima de los lentes que no usaba, con esa calma de quien ha oído de todo.

—Si quieren café, son quince pesos. Si no, háganse a un lado.

—Uy, la señora tiene carácter. Eso vende, Pato.

—Va, dame uno. Pero lo pago con tarjeta.

—Aquí no más se aceptan monedas —respondió Lupe—. Aquí se paga con monedas y con respeto. De lo segundo te veo corta.

Jimena probó un sorbo con cara de asco exagerada, solo para la cámara.

—Huele a casa de rancho. ¿Esto lo lavan o no más le soplan?

—Lo lavo con agua hervida, igual que tu mamá lavaba tus mamilas.

Las risas estallaron. Hasta el Pato se dobló.

—Uy, ¿escuchaste, Jime? Te mandó con tu mamá.

—Mi mamá no tiene nada que ver. Cállate.

—Te contestó feo, Jime. Súbelo así, sin editar. Lo subo. Así se ve más real.

Lupe, sin saber que estaba siendo grabada para burla, todavía les ofreció lo único que sabía ofrecer.

—Muchacha, cuando quieras un café de verdad, aquí estoy temprano. Sin cámara te sabe mejor.

—No, gracias, abuelita. Yo ya tengo lo que necesitaba de usted.

Jimena se fue contenta. En dos minutos, el video ya tenía doscientas reproducciones. En la oficina lo tituló sin pensarlo dos veces: “La abuelita del café sucio”. Pensó que con eso ya la había hecho.

—Ya hay comentarios —dijo el Pato—. Unos dicen que te pasaste, Jime.

—Esos no cuentan. Los que cuentan son los compartidos.

—¿Y si la señora lo ve? Dicen que esos videos llegan a todos lados.

—Una señora de la banqueta no tiene ni internet, Pato. No va a pasar nada.

Pero sí pasó. Pasó esa misma tarde.

Primero fue un muchacho que llegó preguntando si ella era la del café sucio. Luego, dos oficinistas que antes le pedían su café diario pasaron de largo sin decir ni buenos días. Don Chuy, cliente de años, mandó decir que su señora ya no lo dejaba comprarle porque había visto el video en la noche. La misma señora a la que Lupe le había comprado atole, años atrás, cuando don Chuy estaba en el hospital. Qué rápido se olvida la gente, pensó Lupe, mirando su olla.

—Mira cómo se paran a grabar, mijo —le dijo a Óscar—. Antes se paraban a comprar.

—No les haga caso, doña. Mañana se les olvida y buscan a otro.

Pero a las nueve de la mañana la olla seguía llena. Eso no le había pasado en años. Ni a la mitad llegaron las ventas. Lupe guardó su dinero, poco ese día, acomodó sus vasos y dijo, más para sí misma que para Óscar:

—Bueno, mañana será otro día. El café no tiene la culpa.

Arriba, en la oficina, Jimena celebraba otra cosa.

—Medio millón de vistas, Jime. Eres la reina del mes.

—Todavía no —respondió ella, mirando la pantalla—. La jefa quiere el millón para el viernes.

—Entonces hay que sacarle más. Mañana vamos otra vez con la abuelita del café.

—Sí, pero que se enoje más. Lo que da vistas es que ella pelee.

El teléfono le sonó en ese momento. En la pantalla decía “Mamá”. Jimena lo miró, apretó los labios y no contestó.

—¿Te está marcando tu mamá, Jime? ¿No le vas a contestar o qué?

—Luego le hablo. Siempre llama para lo mismo, para que vaya al mercado.

—¿Al mercado? ¿Qué hace tu mamá en el mercado?

—Compras. Ya sabes, señoras. Le gusta ir los martes.

—¿Tu mamá vende algo, ¿no? Nunca nos has contado nada.

—Trabaja en una oficina. Ya ponte a trabajar.

Mentir le salió automático, como le salía sonreír para la cámara. Su mamá no trabajaba en ninguna oficina. Vendía gorditas en el mercado de la Cruz, en un banquito chiquito, con las manos en la masa desde antes del amanecer, igual que doña Lupe con su café. Pero eso Jimena no lo decía en la torre. Ni a sus compañeros, ni a su jefa, ni a nadie. Lo escondía como se esconde una mancha en la blusa el día de la foto.

Esa misma mañana le llegó a Lupe la otra noticia, la de verdad, la que no venía en un teléfono.

Peralta se acercó con un sobre amarillo en la mano. No la miraba a los ojos.

—Me dieron esto para usted, doña. Dicen que tiene hasta el viernes.

—¿Quién dice?

—La empresa, doña. El licenciado Quirino.

—¿La banqueta tiene dueño?

—Él no baja, doña. Él manda a otros.

Lupe sostuvo el sobre como si pesara más que su olla.

—Pues dígale que venga él mismo. Yo tampoco subo. Aquí lo espero, mijo.

Peralta caminó de regreso a la torre con el paso pesado. En el elevador se cruzó con Quirino, que ya estaba redactando el siguiente paso.

—Un puesto ambulante sin permiso vigente, insalubre, con un video viral que daña la imagen del grupo —dijo Quirino frente a Ibarra más tarde, en la oficina grande, cuidando cada palabra—. Que se haga conforme a la ley y con respeto. No quiero escándalos el viernes. Los inversionistas llegan ese día.

—Los inversionistas entran por enfrente el viernes, señor —aclaró alguien.

—Entonces yo también entro por enfrente —dijo Ibarra, distraído, firmando papeles sin leerlos, como firmaba todo lo que Quirino le ponía enfrente—. Necesito su firma para autorizar al personal de seguridad.

—Firmado. Y que la entrada se vea impecable.

—Gracias, señor. Seguridad se encarga el viernes temprano. Todo limpio y sin escándalo. Con respeto, señor. Si alguien graba algo feo, el responsable va a ser usted, Quirino.

Ibarra levantó la vista un segundo.

—Oiga, Quirino, ¿qué venden, por cierto, en ese puesto?

—Tacos, tamales, café, señor. Café de olla en vaso de unicel. Nada que usted tomaría.

Ibarra volvió a sus papeles. No imaginaba que ese café que “nada que él tomaría” ya lo había tomado cientos de veces, y que le había salvado más de un examen, más de una madrugada y, sin exagerar, la vida entera.

El martes llegó la inspectora.

No era una visita de cortesía. Traía su carpeta, su gafete y esa forma de hablar de quien puede cerrar un puesto con una firma.

—Necesito revisar su documentación de venta y su certificado sanitario —le dijo a Lupe.

—Aquí está mi documentación. Siempre he cumplido con los requisitos de este puesto.

—Es la inspectora, Lupe —susurró Pilar—. Dale el papel y no le contestes.

—Ya se lo di, comadre. Déjala que lo lea.

La inspectora revisó fecha por fecha, sello por sello, hasta que se detuvo en uno.

—Venció hace tres semanas, señora. Eso es una falta.

Lupe se quedó callada un instante. No era mentira. Se le había pasado.

—Se me pasó. Tengo setenta y cuatro, no soy reloj.

—Ándele, licenciada —intervino Pilar—. ¿Qué falta va a hacer? Si aquí nadie se ha enfermado nunca.

—Yo no vengo a probar el café, señora. Vengo a revisar papeles, nada más. Tiene setenta y dos horas para renovarlo y tomar el curso de manejo higiénico.

—Hoy mismo voy —dijo Lupe—. Pero dígame una cosa: ¿el edificio me puede quitar de aquí?

—¿El edificio? ¿Quién le dijo eso, señora?

—Me mandaron un sobre. Dicen que hasta el viernes.

—Eso lo hablamos en la ventanilla. Vaya mañana temprano, señora.

Antes de irse, Lupe le ofreció un café. La inspectora dudó, porque estaba en servicio, y lo rechazó con educación.

—No puedo aceptar nada estando en servicio. Gracias, señora. Mañana la espero temprano.

Cuando se fue, Óscar se acercó con información que había escuchado donde no debía, en el estacionamiento, entre coches de lujo y conversaciones a media voz.

—Hoy oí al licenciado en el estacionamiento, doña. Ya firmó con una cafetería de franquicia para poner un café aquí, en su lugar. Por eso tanta prisa.

—¿Y cuánto le pagan a ese señor por correrme?

—No sé, doña, pero dijo “comisión” tres veces.

—Le pagan por meterla —dijo Pilar, indignada.

—Yo no le dije nada, doña —se apuró Óscar, porque ya veía venir el regaño.

—No me dijiste nada —respondió Lupe, guardando el dato como se guarda una cuchara buena—. Y yo no lo olvido. Ahora ya sé contra quién peleo, y no es el edificio.

Óscar se fue preocupado. Si lo veían mucho rato junto al carrito, lo cambiaban de turno.

Esa noche, en su casa chiquita, Lupe no durmió de corrido. Pilar le preguntaba qué iba a hacer si el viernes le quitaban todo.

—El carrito es lo único que tienes, comadre.

—Entonces que me lo quiten con papeles en la mano. Mañana voy a la ventanilla sola.

—¿Sola? Con esa rodilla.

—Acompáñame, pues. Pero yo hablo. Es mi permiso.

Luego, cuando Pilar ya se había ido, Lupe se levantó en la oscuridad y buscó algo que no sacaba desde hacía años. Rebuscó en un cajón, entre libretas viejas y trapos doblados, hasta encontrar una libreta flaca, amarillenta, llena de palitos marcados a lápiz. Grupo por grupo. Página por página.

—Si me van a correr, que me vean completa —murmuró.

Al día siguiente sacaría también el jarro envuelto. El del muchacho que se fue.

—¿Nunca me contaste su nombre, comadre? —le había preguntado Pilar alguna vez.

—Nunca lo supe, Pilar. Yo le decía licenciado sin corbata, y él no más se reía.

El miércoles Lupe madrugó todavía más. El curso de manejo higiénico era a las diez y duraba cuatro horas.

—Vienes temprano, señora —le dijo la inspectora al verla llegar con todo doblado desde la noche anterior, para no olvidar nada: credencial, comprobante de domicilio y el permiso vencido.

—Me quedo las cuatro horas. Nada más dígame dónde me siento y dónde firmo.

—Cuatro horas sentada, con tu rodilla —le dijo Pilar, que la acompañó con un tamal envuelto—. Tráeme… bueno, te traigo un tamal, pero no te me vayas.

—No me voy, Pilar.

Lupe se sentó en primera fila, con la rodilla doliente y la espalda recta, y tomó el curso completo. Escuchó lo de las temperaturas, lo del lavado de manos, lo de la contaminación cruzada y lo de guardar bien los alimentos, como si no llevara cuarenta años haciéndolo sin enfermar a nadie. No protestó. No dijo “yo ya sé”. Al contrario: firmó donde había que firmar y preguntó lo que tenía que preguntar.

Al final, la inspectora le entregó su constancia.

—Ahora necesito su credencial, su comprobante y el permiso vencido.

—Aquí está todo en orden.

—Pregúntale lo del edificio, comadre —susurró Pilar.

—Ándale, ya voy, Pilar. Déjame hacerlo a mi modo.

Lupe respiró hondo.

—¿Y por qué tanta prisa? —le preguntó la empleada de la ventanilla.

—Porque mañana me quieren quitar. Dígame: ¿una empresa puede retirar a alguien con permiso de la banqueta pública?

—La banqueta es vía pública, señora. Solo el municipio puede retirarla, y usted ya está en regla.

Pilar casi grita.

—¿Oíste, Lupe? Nadie te puede correr de ahí.

—Silencio, señora, por favor. Esto es una oficina —dijo la empleada, pero hasta ella sonrió un poquito.

La inspectora le entregó el permiso renovado por un año y le señaló el reverso de su tarjeta.

—Si la quieren mover, me llaman a mí. Ahí tiene mi número. Guarde bien ese gafete.

—Lo traigo puesto, inspectora —dijo Lupe, acomodándoselo en el pecho con un orgullo que no le cabía—. Que lo vean todos los que me grabaron riéndose.

Y entonces la inspectora dijo algo que Lupe no esperaba.

—Yo le compraba café cuando estudiaba, ¿sabe? En Cerro de las Campanas.

Lupe la miró de pies a cabeza, tratando de reconocer en aquella mujer de gafete a alguna de las muchachas flacas de la parada de las cinco de la mañana.

—Entonces sabe que no vendo cochinadas.

—Lo sé, señora. Lo sé muy bien.

Lupe salió de la oficina con sus papeles como quien sale con un escudo. No era un papel bonito, ni grande. Era un permiso renovado y una constancia de curso. Pero era suyo, ganado sentada cuatro horas, con su rodilla mala y sin pedirle favores a nadie.

Esa tarde, Jimena fue a ver a su mamá. O más bien, su mamá la fue a ver a ella, con un video en el teléfono que le había mandado su tía.

Estaban en la casa, levantando sillas, guardando cosas, cuando la señora le mostró la pantalla.

—Esa eres tú —le dijo—. Riéndote de una señora como yo.

Jimena sintió que la sangre le bajaba a los pies.

—Es para el trabajo, ma. Es contenido, no es personal. Así funciona.

—¿Y la señora sabe qué es contenido?

—Tiene millones de vistas, ma. Ni se entera.

—A mí también me grababan, ¿sabes? Cuando vendía. Y con eso te pagué la universidad.

—No es lo mismo, ma. Tú no eres ella.

—¿Por qué no?

—Porque ella es vieja y pobre.

La frase le salió antes de poder detenerla. Fea, honesta, podrida por dentro.

—Porque yo no soy así. Tú me conoces.

Su mamá la miró con una tristeza que Jimena no le había visto nunca, ni siquiera cuando su papá se fue, ni cuando contaban monedas para la luz.

—Soy exactamente ella —le dijo—. Nada más que tú nunca le cuentas a nadie que vendo gorditas.

Jimena no supo qué decir. O sí supo, pero todo lo que se le ocurría sonaba a excusa de oficina.

—Mañana es el viernes, ma —dijo al fin, chiquito—. Es la visita de los inversionistas. Si borro el video, pierdo el ascenso. Un día más, nada más. Mañana sale la transmisión, me dan el ascenso y luego lo borro, te lo juro.

Su mamá no le contestó. Siguió levantando sillas, con el teléfono ya guardado, como quien guarda también una decepción para revisarla después, a solas.

Jimena se fue con un nudo en la garganta que no se le quitó con nada. Ni con el mensaje de su jefa confirmándole que, si llegaba al millón, el ascenso era casi suyo. Ni con el Pato preguntándole a qué hora era la transmisión del viernes. Ni con la idea, repetida mil veces, de que era solo un video, solo una señora, solo un trabajo.

Porque por primera vez se había oído a sí misma decir “vieja y pobre” y había entendido que así, exactamente así, la vería su jefa a su mamá si un día la grababa en su banquito del mercado.

El viernes amaneció frío y claro, como amanecen los días en que va a pasar algo importante.

Lupe llegó a las cuatro y media, como siempre, pero ese día hizo algo distinto. Sacó el jarro envuelto, lo limpió con cuidado y lo puso junto a la olla, a la vista de todos.

—Hoy vienen por usted, doña —le dijo Óscar, a quien habían puesto con el equipo de seguridad para el desalojo—. Me pusieron con ellos.

—Haz tu trabajo, Óscar.

—¿Y ese jarro, doña? Nunca lo había traído.

—Hoy es día de sacar lo bueno, mijo.

A las siete y media bajó Quirino, acompañado de Peralta y de otros dos guardias. Traía el sobre en la mano y la cara de quien ya se imaginaba la foto limpia, sin carrito, sin abuelita, sin olla negra, lista para los inversionistas.

—Señora, es su último día —dijo—. Por las buenas, recoja ya su carrito.

Lupe no se movió. Se acomodó el gafete nuevo donde se le viera bien y sacó sus papeles.

—Tengo permiso renovado. Esta banqueta es pública. Si me quiere quitar, llame al municipio. Y tenga su sobre. Ni lo abrí.

Quirino apretó la mandíbula.

—Licenciado, esto no es asunto de papeles, señora. Es de imagen.

—Ya —dijo Lupe—. Pues con imagen y todo, aquí estoy en regla.

—Llévenselo a la esquina —ordenó Quirino a los guardias—. No la toquen. Nada más el carrito.

Peralta dio un paso y se detuvo. La olla estaba hirviendo. El café, recién hecho, humeaba con su olor a canela y hoja de naranjo.

—Si lo mueven, se tira el café hirviendo —advirtió Lupe—. Ustedes deciden quién se quema.

—Peralta, agarre la otra manija. Para eso le pago, no para mirar.

—Licenciado, el café está hirviendo. Si se voltea, alguien sale lastimado.

En ese momento apareció Jimena con el Pato, teléfono en mano, transmisión en vivo.

—En vivo, mis amores. Hoy por fin se va la abuelita. Dile adiós a la cámara, doña.

Lupe la miró directo, sin miedo y sin odio, que es la forma más dura de mirar.

—Grábame bien, muchacha. Que se vea quién empuja a quién.

—Uy, ya escucharon. La abuelita tambiénda órdenes.

Peralta, entonces, hizo lo que ningún papel le ordenaba hacer. Soltó la manija.

—Licenciado, ella tiene papeles. Yo no voy a empujar a una señora.

—Entonces entregue el uniforme, Peralta. Hoy mismo está despedido.

Peralta se quitó la gorra despacio. Tenía años en esa empresa, un sueldo que le hacía falta, una familia que mantener. Y aun así, no empujó.

Fue justo entonces cuando se escuchó la voz desde la entrada principal.

—¿Qué pasa aquí, Quirino?

Todos voltearon. Era Ibarra. Pero no venía del estacionamiento, como siempre. Venía por enfrente, como había dicho que vendría el día de los inversionistas, con su traje oscuro y su paso de dueño.

—¿Por qué viene por enfrente? —murmuró alguien—. Él siempre entra por abajo.

—Hoy llegan los inversionistas, licenciado —se apuró Quirino—. Usted mismo pidió la entrada impecable. Es un puesto irregular, señor. Usted firmó la retirada el martes. Ya lo estamos resolviendo.

Lupe lo interrumpió, con su permiso en la mano.

—No es irregular, y usted no sabe lo que firmó, joven. Se le ve en la cara.

Ibarra miró el papel, miró a Lupe, miró el carrito.

—Yo firmé esto… Señora, ¿usted tiene permiso?

—Renovado ayer, joven. Cuatro horas de curso sentada.

Hubo un silencio raro. Ibarra no estaba enojado con ella. Estaba confundido, como si un olor conocido lo hubiera jalado de golpe a otro lugar.

—Pruebe antes de correrme —le dijo Lupe, sirviéndole en el jarro del asa amarrada, sin saber todavía a quién se lo estaba sirviendo en realidad—. Si sabe sucio, me voy sola y sin hacer escándalo.

Ibarra tomó el jarro. Dio un sorbo. Y el mundo se le movió.

—Hoja de naranjo —dijo, casi en un susurro—. ¿Quién le enseñó esto?

—Mi madre. ¿Por qué llora, joven?

El Pato, que seguía grabando, soltó una risa nerviosa.

—No manches, el dueño está llorando. Esto es oro, Jime.

Pero Jimena ya no sonreía. Algo estaba pasando de verdad, algo que no cabía en un título chistoso.

—Jime, creo que ya bájale —dijo el Pato, bajito—. Algo está pasando.

Ibarra no escuchaba a nadie. Solo veía a Lupe.

—Señora, usted vendía en Cerro de las Campanas.

—¿Y usted quién es para preguntarme eso? —repitió ella, pero ya sin coraje, con el corazón latiéndole en la garganta.

—Usted me fió café dos años en la parada de Cerro de las Campanas, a las cinco de la mañana.

—Le fíe a muchos muchachos con hambre. ¿Usted cuál era de todos ellos?

—Un muchacho flaco, de sudadera gris, que nunca traía dinero.

Lupe soltó una risa corta, incrédula.

—Todos eran flacos y ninguno traía, joven.

—El que le rompió esta asa, señora. El muchacho dormido de la parada de las cinco.

El silencio se hizo pesado. Hasta Quirino dejó de hablar.

—Muchos vieron ese jarro en dos años. Eso no prueba nada, joven.

—Se me cayó porque me quedé dormido de pie. Usted lo amarró con alambre de cobre.

—¿Y de qué lado se rompió? Dígamelo sin mirarlo.

—Del lado de abajo, señora. Cayó de canto en la banqueta.

Lupe sintió que las piernas le temblaban, pero no se sentó.

—Eso se lo pudo contar cualquiera de los muchachos de esa parada.

—Nadie más lo sabía. Usted me lo decía bajito, para que no me diera vergüenza. ¿Quiere que le diga qué me decía cuando no traía ni un peso?

Ibarra respiró hondo. Las palabras le salieron como le salen a un hombre las cosas que repitió en silencio durante veinticinco años.

—“Lo que se rompe se amarra y sigue sirviendo. Tómatelo caliente, que el sueño no espera.”

Lupe se llevó una mano a la boca.

—Esa frase era no más para usted, muchacho flaco —dijo, ya con la voz quebrada—. La repito cada vez que algo se me rompe.

Ahora ya no había duda. Ni papeles, ni video, ni inversionistas. Solo dos personas que se habían buscado sin saberlo durante un cuarto de siglo, paradas en una banqueta, con un jarro amarrado entre las manos.

—Licenciado, usted se fue sin despedirse de mí.

—Me dieron una beca en Monterrey. Me fui de noche.

—Una beca —repitió Lupe, entre risa y llanto—. Y yo creyendo que se lo había llevado el hambre, licenciado.

—Me fui con hambre, pero con su café en el estómago. Ese último no lo pagué.

—Lo esperé con el café servido una semana entera. Luego guardé el jarro.

—Volví a los cinco años. Ya no estaba la parada, ni usted. Nadie sabía su nombre.

Lupe le pidió el jarro para verlo otra vez, como él se lo estaba pidiendo a ella con los ojos.

—Déjeme verlo otra vez. Hace años que no lo miraba así.

—Usted lo amarró esa madrugada. Yo vi cómo lo hacía.

Y entonces, como pasa con los recuerdos que de veras importan, la banqueta desapareció. Ya no había torre, ni guardias, ni cámaras. Solo una parada oscura, a las cinco de la mañana, veinticinco años atrás, y un muchacho que se dormía de pie.

“Hoy tampoco traigo, señora. Le pago el viernes. Se lo juro por mi madre”, decía el muchacho, flaco, con la mochila rota y un libro de cálculo bajo el brazo.

“No jures en vano, licenciado. Tómatelo caliente, que el sueño no espera”, respondía Lupe, más joven, con las manos rápidas y el corazón igualito.

“Otra vez sin dormir, licenciado. Traes ojos de tecolote.”

“Estudié toda la noche. Hoy tengo examen de cálculo.”

Y luego, el accidente tonto que se vuelve destino: el muchacho, dormido de pie, cabecea, el jarro se le resbala y cae de canto en la banqueta. El asa se rompe. No el jarro, el asa.

“Perdón, ya le rompí su jarro, señora.”

“Se rompió el asa, no el jarro. Dámelo.”

“No tengo con qué pagárselo, señora. Ni el café de hoy, ni el jarro.”

“Nada de llorar. Detenme el asa mientras busco el alambre en el cajón.”

Y ahí, con el frío de la madrugada y el camión a punto de pasar, Lupe amarró el asa con alambre de cobre, vuelta tras vuelta, enseñándole sin querer la lección que aquel muchacho se llevaría para toda la vida.

“Lo que se rompe se amarra y sigue sirviendo. Igualito que tú, licenciado sin corbata.”

“¿Por qué me dice licenciado? Ni siquiera sé si voy a terminar.”

“¿Dónde aprendió a amarrar así el barro?”

“Mi papá amarraba cántaros. En el rancho nada se tira. Porque vas a terminar, y vas a traer corbata. Y ese día me pagas todos los cafés.”

“Gracias, señora. Algún día voy a regresar con corbata, aunque sea prestada.”

“Esto no es cuenta para cobrar”, le dijo ella otro día, marcando un palito más en su libreta. “Es para acordarme de cuántas veces no te rendiste.”

“Entonces póngale muchos palitos, señora. Todavía me faltan tres semestres.”

“Ándale, que se te va el camión. Mañana te espero.”

“Aquí estaré a las cinco, señora. Guárdeme mi jarro.”

Y lo guardó. Seiscientos doce cafés. Seiscientos doce palitos en la libreta. Seiscientos doce madrugadas en las que aquel muchacho no se rindió porque alguien, sin obligación alguna, le tuvo su café caliente y su jarro listo.

La cuenta terminaba un martes, el día que él se fue sin despedirse.

De regreso en la banqueta, frente a la torre, Ibarra abrió la libreta que Lupe había traído y pasó los dedos por los palitos, uno por uno, como quien pasa las cuentas de un rosario.

—Seiscientos doce cafés —dijo—. Aquí terminan un martes, el día que usted se fue… el día que me fui.

—Déjeme pagarlos ahora. Lo que usted diga, el precio que sea. Todos estos palitos son míos, doña Lupe. Todos. Uno por cada madrugada que usted no se rindió.

Lupe negó con la cabeza, con una dignidad que ningún traje caro puede comprar.

—Págueme como pagan los que se fueron, licenciado. No olvide de dónde viene.

—No lo olvidé nunca —dijo él, por fin, mirando a su alrededor: la torre, los guardias, la entrada impecable—. Pero sí olvidé mirar quién estaba en mi propia banqueta.

Jimena, con el teléfono ya bajo, escuchó al Pato decirle que siguiera grabando, que eso era todavía mejor que lo de antes.

—Ya cállate, Pato —dijo ella, cortando la transmisión—. Corta tú también. Esto no es contenido.

—¿Y ahora qué? ¿Lo borras o lo dejas?

—No sé, Pato. Nada más no me hables ahorita.

Lo que siguió fue rápido y fue justo, que no siempre van de la mano.

Ibarra se volvió hacia Quirino con una calma que daba más miedo que un grito.

—Me dijo que no tenía permiso y que era insalubre. Ella tiene permiso, Quirino.

—Estaba vencido el martes, señor. Yo actué con la información que tenía.

—Peralta está resentido, señor —dijo Quirino, tratando de salvarse—. Hoy mismo lo despedí por insubordinado.

—Me despidió por no empujar a una señora, licenciado —dijo Peralta, dando un paso al frente, ya sin gorra y sin miedo.

Y Óscar, que ya no aguantó más, soltó lo del estacionamiento.

—El licenciado firmó con una franquicia para poner un kiosco aquí. Lo oí en el estacionamiento.

—Eso es una propuesta comercial normal —se defendió Quirino—. Iba a presentársela después de la visita. Era para mejorar la imagen, señor. Los inversionistas esperan algo moderno en la entrada.

—Una propuesta que usted cobra por fuera —dijo Ibarra, despacio— y que yo firmé sin leer.

Quirino abrió la boca y ya no encontró palabras que le sirvieran.

—Entregue su radio —le ordenó Ibarra.

—Señor, son veinte años en esta empresa. No puede hacerme esto delante de todos.

—Esto se lo va a explicar mi abogado, señor. Explíqueselo a Jurídico. Retírese de mi entrada, por favor.

Quirino se fue entre miradas, sin su radio, sin su kiosco y sin su comisión. El contrato de la franquicia quedó anulado ese mismo día.

Peralta recuperó su turno en ese momento, frente a todos.

—Peralta, su turno sigue siendo suyo y nadie le descuenta el día de hoy.

—Gracias, señor.

Luego Ibarra se volvió hacia Lupe, y ahora sí, con todo el mundo mirando, intentó hacer lo que creyó que era lo correcto. Le ofreció sueldo fijo, seguro médico, un lugar bajo techo dentro de la torre, sin frío, sin empujar el carrito de madrugada, sin que nadie volviera a moverla de ahí.

—Acéptelo, doña. Ya no tendría que empujar el carrito de madrugada.

—Comadre —le susurró Pilar—, ya no estás para madrugar con esa rodilla. Piénsalo tantito. Ándale, con techo, sin frío y sin que nadie te vuelva a correr de aquí.

—¿Y mi carrito? —preguntó Lupe.

—Ese también entra a su torre. Lo guardamos en el estacionamiento.

Lupe miró su carrito, su olla, su toldito amarillo, su banqueta. Miró a Pilar, a Óscar, a Peralta, a la fila de curiosos que ya se había formado. Y negó con la cabeza.

—No, licenciado. Gracias, pero yo no trabajo para nadie desde hace cuarenta años. Ni para usted.

Ibarra se quedó callado.

—Me quiere salvar delante de todos para sentirse mejor —continuó Lupe, sin crueldad, pero sin suavizar nada—. Yo me salvé ayer en la ventanilla.

—Tiene razón —dijo él, bajando la cabeza—. Dígame qué quiere, y no lo que yo necesito darle. Ponga sus condiciones. Esta vez leo antes de firmar.

Lupe sonrió por primera vez en todo el día.

—Ya era hora, licenciado. Saque su pluma, que son varias.

Y las puso, una por una, claras como sus precios.

—No quiero sueldo. Quiero un contrato a mi nombre, como proveedora, con mi precio de la calle.

—Concesión a su nombre —anotó Ibarra.

—El café, para el de corbata y para el albañil, a quince pesos. También en el edificio.

—Los de arriba van a llorar —murmuró alguien.

—Que lloren con café caliente —dijo Lupe—. Llorar no cuesta extra.

Risas. Hasta Ibarra se rio, con los ojos todavía rojos.

—Y la puerta de la cafetería abierta a la banqueta —siguió Lupe—, para que entre cualquiera, no solo los de gafete.

—Abrimos la puerta lateral del lobby —aceptó Ibarra—. Queda directo a la banqueta, junto a su naranjo. Y el carrito se queda fuera, estacionado, que todos vean de dónde viene el café.

—Pilar vende sus tamales conmigo. Y a los vendedores de esta calle nadie los vuelve a correr.

—Ay, comadre —dijo Pilar, llevándose la mano al pecho—. Ni me lo pediste a mí y ya me diste trabajo.

—Pilar y los demás vendedores, anotado —dijo Ibarra—. ¿Algo más, doña Lupe?

—Una más. La más importante para mí, licenciado. Óscar, Peralta, regresa a su turno hoy mismo.

—Ya lo recuperó, doña.

—Entonces la otra: que quede claro que nadie, nunca, vuelve a empujar a una señora por una foto limpia.

—Anotado también.

—Yo no lo hago por ti, mijo —le dijo Lupe a Peralta, que no sabía dónde meterse—. Lo hago porque no quisiste empujarme.

—Entonces, ¿tenemos trato, doña Lupe?

—Mañana le llevo el contrato para que lo lea usted primero —dijo Ibarra, tendiéndole la mano.

—Que le vaya bien, licenciado. Cuídese mucho.

Lupe le estrechó la mano como se estrecha entre iguales, porque eso, al final, era lo único que había pedido desde el principio.

Todavía faltaba una conversación, la de Jimena.

La llamaron a la oficina esa misma tarde. Ibarra la recibió de pie, sin gritos.

—Supongo que vine porque también me toca a mí —dijo ella.

—Siéntese, Jimena. Esto no es un regaño, son consecuencias.

—Prefiero estar de pie, señor. Me lo merezco así.

—Dos semanas de suspensión sin sueldo y el ascenso se cancela. Amonestación por escrito.

—Es justo. Yo grabé, yo me reí y yo le puse el título.

—¿Y doña Lupe sabe que usted me está suspendiendo? —preguntó él.

—Sí. Dijo que no quiere castigos en su nombre.

Jimena bajó la mirada.

—Yo firmé sin leer —dijo Ibarra—. Por eso también voy a disculparme. Usted no se rio de ella, señor. Yo sí.

Al salir, el Pato la estaba esperando con la amonestación en la mano, tratando de hacerla sentir menos sola.

—Me dieron la amonestación por escrito. Dicen que si lo repito, me corren.

—Entonces no lo repitas, Pato. Y borra los comentarios que dejaste.

Jimena ya había tomado su decisión antes de llegar a su casa.

Borré el video, dijo frente a su propio teléfono, sin filtro, sin maquillaje, sin la sonrisa de “mis amores”. Me burlé de una señora que trabaja igual que mi mamá. Me equivoqué, y lo digo con mi cara.

—¿Lo subiste con tu cara? —le preguntó el Pato, incrédulo.

—Con mi cara, Pato. Ya era hora de dar la cara.

Al día siguiente, a las cuatro y media de la mañana, alguien tocó la parte baja del carrito, con timidez.

Era Jimena. Sin teléfono, sin Pato, sin cámara.

—No vengo a grabar nada —dijo—. Vengo a ayudarle, si me deja, sin que me pague.

Lupe la miró de arriba abajo, midiendo menos su arrepentimiento que sus manos. El arrepentimiento se dice fácil. Las manos, a esa hora, dicen la verdad.

—Llegas tarde —le dijo—. Aquí se empieza a las cuatro y media. Agarra la cuchara.

Jimena agarró la cuchara de la olla como si fuera un objeto sagrado y peligroso al mismo tiempo.

—Así se mueve —le enseñó Lupe—. Siempre para el mismo lado. Siempre para el mismo lado, como las manecillas. No la marees.

—Más despacio —la corrigió Pilar, que ya había llegado con los tamales—. El piloncillo se quema si lo apuras.

—Ahora la hoja de naranjo —dijo Lupe—. Una sola, recién cortada del árbol de aquí al lado.

—Del naranjo del edificio —murmuró Jimena—. Pasé junto a él dos años y nunca lo vi.

—Tu mamá cocina, mija —dijo Lupe de pronto, sin voltear—. ¿A qué se dedica tu familia?

Jimena se quedó con la hoja en la mano.

—Vende gorditas en el mercado de la Cruz —dijo, en voz baja, y luego, como si se quitara un peso que le dolía en el pecho desde hacía años, lo repitió más claro—. Mi mamá vende gorditas en el mercado de la Cruz. Nunca se lo había dicho a nadie del trabajo.

—¿Y por qué nunca lo dijiste? ¿Te daba vergüenza?

—Sí, doña. Me daba vergüenza mi propia mamá.

Lupe no la regañó. No le dijo “qué fea eres” ni “así no se trata a una madre”. Solo siguió moviendo su café y, al cabo de un rato, le dio el consejo que solo puede dar alguien que ha vivido exactamente lo mismo, del otro lado del puesto.

—Llévale uno de estos el domingo y te sientas en su banquito, aunque te vean.

—Se lo llevo —dijo Jimena, con lágrimas contenidas—, y me siento todo el tiempo que ella quiera.

—¿A qué hora llega el primer cliente, doña Lupe?

—A las cinco y diez. Hoy le sirves tú.

El primer cliente llegó puntual. Luego el segundo. Luego se formó la fila que Lupe había soñado sin saber que la soñaba: corbatas y cascos juntos, guardias y licenciadas, la señora de los elotes y el señor de la obra, todos pagando lo mismo, todos esperando su turno, todos con su vaso caliente entre las manos.

—Mira la fila, Lupe —dijo Pilar, feliz—. Corbatas y cascos juntos, como tú querías.

—Y todos pagan lo mismo. Eso es lo único que pedí.

—¿Ya cobraste los tamales de la señora del casco?

—Cobrados y con salsa extra, comadre. No me regañes.

A media mañana entró la inspectora, pero ya no con carpeta de inspectora, sino con su moneda en la mano.

—Uno de olla, doña Lupe. Hoy vengo de clienta.

—Hoy te lo cobro, inspectora. Quince pesos.

—Lo sé —dijo la inspectora, pagando—. ¿Sabe que todavía me acuerdo del sabor de la parada? Es exactamente el mismo.

—Porque la receta no se renueva cada año, inspectora. Esa no tiene vencimiento.

Ese día entró también el señor de los elotes a tomarse uno, y nadie lo sacó, porque esa puerta lateral del lobby, la que Ibarra había mandado abrir, no se cerraba mientras Lupe estuviera detrás de su mostrador. Era una puerta chiquita, en realidad, pero para la gente de la calle era enorme: significaba que ya no tenían que pedir permiso para existir frente a la torre.

—Y el licenciado dijo que hoy venía temprano —comentó Pilar.

—Ya vendrá —dijo Lupe—. Hoy se forma como cualquiera.

Óscar, mientras tanto, traía noticias del mercado.

—Mi mamá le manda gorditas para el sábado, doña —le dijo a Jimena—. Dice que las cambia por café.

—Dile que trato hecho —respondió Jimena, riéndose por primera vez sin cámara—. Entre vendedoras no se cobra el primero.

El domingo, Jimena cumplió. Llevó el café a la Cruz, se sentó en el banquito de su mamá toda la tarde y le ayudó con la masa. La vieron sus compañeros. Que la vieran.

—Ayer me senté en su banquito toda la tarde —le contó a Lupe el lunes, orgullosa y todavía un poco nerviosa—. Me dejó ayudarle con la masa. Y me vieron mis compañeros.

—Que te vean, mija. Así se cura la vergüenza.

A eso de las nueve, por fin, apareció Ibarra. No por el estacionamiento, no rodeado de asistentes, no con Quirino pegado a su sombra. Venía solo, con su traje, su corbata y, en la fila, su lugar como cualquier otro.

Lupe le sirvió en el jarro del asa amarrada.

—En el jarro del asa amarrada, si se puede —pidió él—. Ese es solo para usted, licenciado. Pero hoy se forma y paga como todos.

—Lo sé. ¿Cuánto es, doña Lupe? Traigo el cambio exacto.

—Quince pesos, licenciado. Igual que el señor de los elotes.

Ibarra sacó las monedas despacio, una por una, y se las puso en la mano. Eran solo quince pesos. También eran seiscientos doce cafés, veinticinco años de espera, una beca en Monterrey, una parada desaparecida y una frase repetida en cada madrugada difícil de su vida.

—Este sí se cobra, licenciado —le dijo Lupe, sirviéndole con cuidado—, y se toma caliente.

—Por fin, doña Lupe —dijo él, con el jarro entre las manos y una sonrisa que por fin no traía lágrimas—. Por fin le pago uno.

Lupe se limpió las manos en el delantal, miró su fila, su carrito estacionado donde todos pudieran ver de dónde venía el café, su puerta abierta a la banqueta, a Pilar vendiendo tamales sin miedo, a Peralta en su turno, a Jimena con la cuchara en la mano y a su licenciado sin corbata, ahora con corbata, formado como cualquiera.

Cuarenta años en la calle le habían enseñado una sola cosa, y esa mañana, con el sol pegando en el toldito amarillo y el olor a canela, piloncillo y hoja de naranjo saliendo de su olla, volvió a decirla en voz alta, para quien quisiera escucharla:

—Lo que se rompe, se amarra y sigue sirviendo.

Esa noche, ya en su casa, Lupe guardó el contrato firmado en el mismo cajón donde había guardado durante años la libreta de los palitos. Ibarra había cumplido: lo llevó al día siguiente, lo leyó con ella en voz alta, palabra por palabra, y no le pidió que firmara nada que no entendiera. Donde decía proveedora, decía su nombre completo. Donde decía precio, decía quince pesos. Donde decía puerta lateral, decía abierta al público en general, sin gafete y sin distinción. Pilar, que estaba presente con sus tamales todavía calientes, lloró un poquito al ver su propio nombre escrito como vendedora autorizada, porque en cuarenta años de vender en la calle nadie le había puesto nombre a su trabajo en un papel que no fuera una multa o una orden de retiro.

—¿Viste, comadre? —dijo—. Ahora somos proveedoras.

—No, Pilar —le corrigió Lupe, cerrando el cajón con llave—. Siempre lo fuimos. Ahora no más lo pusieron en un papel.

Guardó también, junto al contrato, la amonestación de Jimena que la muchacha le había enseñado sin que nadie se lo pidiera, no como un trofeo, sino como prueba de que la gente sí puede cambiar cuando da la cara. Y guardó el sobre amarillo que Quirino le había mandado el martes, ese que nunca abrió. No lo guardó por rencor. Lo guardó para acordarse de que estuvo a punto de perderlo todo por una firma sin leer y por un video sin corazón, y de que se salvó haciendo lo de siempre: madrugando, cumpliendo sus papeles, sentándose cuatro horas en un curso con la rodilla mala y diciendo la verdad en voz alta, frente a todos, sin empujar a nadie y sin dejarse empujar.

Antes de dormirse, lavó el jarro del asa amarrada con agua caliente, lo secó con un trapo limpio y lo dejó sobre la mesa, ya no envuelto y escondido en la parte baja del carrito, sino a la vista, junto a la libreta. Ya no era el jarro de alguien que se fue. Era el jarro de alguien que volvió, que se formó en la fila y que pagó quince pesos con cambio exacto, como pagan los que no olvidan de dónde vienen.

Afuera, en la calle oscura, el naranjo del edificio seguía ahí, con sus hojas verdes esperando la madrugada. Lupe sabía que a las cuatro y media volvería a estar de pie, que le dolería la rodilla, que la rueda del carrito seguiría chillando y que habría gente con sueño, con hambre y sin cambio. También sabía, por primera vez en dos años en esa banqueta, que nadie vendría a decirle que se fuera antes del viernes, ni a grabarla para burlarse, ni a ofrecerle un techo a cambio de dejar de ser ella misma. Su café seguiría costando lo mismo para el licenciado y para el albañil. Su puerta seguiría abierta. Y si algún día otro muchacho flaco, dormido de pie, rompía algo sin tener con qué pagarlo, ella volvería a buscar su alambre de cobre en el cajón, amarraría lo roto vuelta tras vuelta y le diría, bajito, para que no le diera vergüenza frente a nadie, la frase que la había traído hasta ahí.

FIN

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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