CAPÍTULO 2: EL PAQUETE QUE REVELÓ EL SECRETO DE MI VECINA – News

CAPÍTULO 2: EL PAQUETE QUE REVELÓ EL SECRETO DE MI VECINA

CAPÍTULO 2: EL PAQUETE QUE REVELÓ EL SECRETO DE MI VECINA

CAPÍTULO 2: EL PAQUETE QUE REVELÓ EL SECRETO DE MI VECINA

A mis ochenta años, jamás imaginé que una simple caja de Amazon me llevaría a descubrir algo tan inquietante sobre la mujer que vivía al lado.

Todo comenzó un jueves por la tarde.

Estaba sentada en mi sillón favorito, tomando una taza de té, cuando recibí la notificación que llevaba horas esperando.

«Su paquete ha sido entregado».

Sonreí. Dentro de aquella caja había un pequeño dispositivo electrónico que había comprado para mi nieto Michael. Era un regalo de cumpleaños y quería asegurarme de que llegara a tiempo.

Me levanté con cuidado y fui hasta la puerta principal.

No había nada.

Revisé el porche, miré junto a las macetas y hasta comprobé detrás de la columna donde los repartidores a veces dejaban los paquetes para protegerlos de la lluvia.

Nada.

Volví a entrar y revisé la notificación.

Mi dirección estaba escrita correctamente.

Entonces miré hacia la casa de Linda.

Mi vecina llevaba varias semanas haciendo exactamente lo mismo: mis paquetes desaparecían y, uno o dos días después, ella aparecía en mi puerta con una caja entre las manos.

Siempre tenía una excusa.

Siempre parecía inocente.

Y siempre esperaba que yo le diera las gracias por devolverme algo que nunca debió llevarse.

Pero aquella vez decidí no esperar.

Abrí la aplicación de la cámara de mi timbre y revisé las grabaciones.

Al principio, solo vi a un repartidor dejar la caja en mi porche. Después apareció Linda.

Miró hacia la calle.

Giró la cabeza hacia las ventanas de mi casa.

Y entonces hizo algo que me dejó sin palabras.

Subió los escalones, recogió mi paquete y caminó directamente hacia su propia vivienda.

No había confusión alguna.

No había un error de entrega.

Linda sabía perfectamente que el paquete era mío y aun así se lo llevó.

Me quedé mirando la pantalla, sintiendo cómo la indignación me recorría el cuerpo.

Durante semanas había intentado convencerme de que quizá estaba siendo demasiado desconfiada. Me decía que los repartidores podían equivocarse, que Linda parecía una mujer amable y que no valía la pena discutir por unas cuantas compras.

Pero ahora tenía pruebas.

Y no pensaba seguir fingiendo que no veía lo que estaba ocurriendo.

Llamé a Michael.

—Abuela, ¿qué sucede? —preguntó al contestar.

—Necesito que vengas a casa. Hay algo que quiero enseñarte.

Mi nieto llegó veinte minutos después. Le mostré las grabaciones, una por una.

Su expresión cambió rápidamente.

—Abuela, esto es un robo. Tienes que denunciarla.

—Lo sé, cariño. Pero quiero estar segura de que no podrá inventar otra excusa.

Michael frunció el ceño.

—¿Qué tienes pensado hacer?

Lo miré y sonreí ligeramente.

—Voy a darle una última oportunidad para demostrarme quién es realmente.

Esa misma noche hice un pedido especial.

Dentro de una caja de regalo corriente coloqué un pequeño dispositivo de rastreo electrónico. Lo activé, comprobé que funcionaba y preparé el paquete como cualquier otro envío.

En la etiqueta escribí mi dirección.

Después esperé.

El jueves siguiente, a las cuatro y doce de la tarde, recibí la notificación de entrega.

Me acerqué a la ventana y observé el porche.

El paquete estaba allí.

Durante cuatro minutos no ocurrió nada.

Entonces vi a Linda salir de su casa.

Llevaba una chaqueta gris y unas gafas de sol. Caminó despacio, como si simplemente estuviera dando un paseo por el jardín.

Pero antes de llegar a mi porche, se detuvo.

Miró hacia la calle.

Después examinó las ventanas de mi casa.

Y finalmente recogió la caja.

No llamó a mi puerta.

No comprobó la etiqueta.

Ni siquiera fingió que pudiera tratarse de una entrega equivocada.

Simplemente se llevó el paquete a su casa.

Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.

—Te tengo —susurré.

Llamé inmediatamente a Michael.

—Ya lo ha hecho.

—¿Estás segura, abuela?

—La vi con mis propios ojos. Ven ahora.

Cuando llegó, abrimos la aplicación del rastreador.

El dispositivo seguía transmitiendo su ubicación.

Estaba dentro de la casa de Linda.

Michael cruzó los brazos.

—Ahora sí tenemos una prueba difícil de discutir.

Pero entonces ocurrió algo inesperado.

La señal comenzó a moverse.

Primero avanzó unos metros dentro de la vivienda.

Después se detuvo.

Y, de repente, empezó a desplazarse hacia la parte trasera de la propiedad.

Michael amplió el mapa.

—Abuela, no se está acercando a la puerta principal.

Me levanté del sofá.

—¿Adónde va entonces?

Mi nieto observó la pantalla durante varios segundos.

—Al patio trasero.

Nos miramos.

Algo no encajaba.

Si Linda solo quería quedarse con mis compras, ¿por qué estaba llevando el paquete al jardín?

Salimos de casa con cuidado y nos acercamos a la cerca que separaba nuestras propiedades. Desde allí podíamos observar una parte del patio de Linda sin entrar en su terreno.

Entonces la vimos.

Estaba arrodillada junto a una pequeña caseta de madera. Miró a ambos lados antes de levantar unas tablas sueltas que había en el suelo.

Después tomó mi paquete y lo introdujo en un hueco oscuro.

Volvió a colocar las tablas encima y se puso de pie.

Pero no regresó inmediatamente a su casa.

Se quedó mirando el lugar durante unos segundos, como si estuviera comprobando que nadie hubiera descubierto su escondite.

Michael me agarró del brazo.

—Abuela, ¿por qué escondería un paquete ahí?

No supe qué responder.

En ese momento, Linda giró la cabeza.

Por un instante, pensé que nos había visto.

Nos agachamos detrás de los arbustos y esperamos en silencio hasta que volvió a entrar en su vivienda.

Michael sacó el teléfono.

—Voy a llamar a la policía.

Pero antes de que pudiera hacerlo, la señal del rastreador volvió a moverse.

Esta vez avanzaba con rapidez.

El punto apareció al otro lado del patio y después desapareció durante unos segundos.

Cuando regresó, ya no estaba en el lugar donde Linda había escondido la caja.

Michael palideció.

—Abuela… alguien acaba de recoger el paquete.

Miré hacia la casa de mi vecina.

La puerta trasera permanecía cerrada.

El patio estaba vacío.

Y, de pronto, escuchamos un golpe procedente de la caseta de madera.

Después otro.

Y un tercero.

No parecían ruidos producidos por el viento.

Parecía que alguien estaba golpeando desde dentro.

Me quedé inmóvil.

—Michael —susurré—, ¿qué demonios está pasando en esa casa?

Mi nieto me tomó de la mano y retrocedimos lentamente.

Entonces mi teléfono vibró.

Había llegado un mensaje de un número desconocido.

Lo abrí con dedos temblorosos.

Solo contenía una frase:

«Deje de seguir el paquete si quiere saber qué le ocurrió a su vecino».

Sentí que la sangre se me helaba.

Porque el mensaje no se refería a Linda.

Se refería al señor Harris, el anciano que vivía tres casas más abajo y al que nadie había visto desde hacía semanas.

Y, de repente, comprendí que aquellos paquetes desaparecidos podían esconder un secreto mucho más peligroso de lo que jamás habría imaginado.

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Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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