Capítulo 3: La firma que podía destruirlo todo – News

Capítulo 3: La firma que podía destruirlo todo

Capítulo 3: La firma que podía destruirlo todo

Capítulo 3: La firma que podía destruirlo todo

Durante varios segundos, nadie habló.

Miré la pantalla una y otra vez. Allí estaba mi nombre, escrito al final de una autorización que supuestamente permitía utilizar mi apartamento como garantía de una operación financiera.

Y justo debajo aparecía la firma de mi padre.

—Yo nunca firmé esto —dije.

Mi padre se acercó a la pantalla.

—Esa tampoco es mi firma.

Su voz era tranquila, pero conocía lo suficiente a Charles Brooks para saber cuándo estaba realmente enfadado.

Margaret guardó una copia del correo electrónico y descargó todos los documentos adjuntos.

—No vamos a sacar conclusiones precipitadas —explicó—. Primero debemos conservar las pruebas y averiguar quién preparó esta autorización, quién la presentó y si alguien ha intentado utilizarla para obtener dinero.

—¿Puede hacerlo sin mi consentimiento? —pregunté.

—No. Su apartamento está registrado a su nombre. Una firma falsa no convierte ese documento en una autorización válida.

Mi padre se volvió hacia mí.

—Mañana quiero que te concentres en recuperarte. Nosotros nos ocuparemos de proteger tus derechos.

Pero yo ya no quería permanecer al margen.

—Papá, llevo meses dejando que Dominic decida por mí. No quiero volver a hacerlo.

Él asintió lentamente.

—Entonces mañana estaremos juntos, pero serás tú quien hable.

A las ocho de la mañana, Margaret recibió una llamada de los representantes de la empresa de inversiones.

Querían reunirse con nosotros.

Dominic les había presentado una propuesta para obtener una importante financiación destinada a un supuesto proyecto inmobiliario. Para respaldarla, había incluido mi apartamento como garantía y había afirmado que contaba con el apoyo de mi padre.

La reunión se celebró en las oficinas de la empresa.

Yo llegué acompañada de Margaret y de mi padre. Todavía caminaba despacio y llevaba una faja abdominal debajo de la ropa. Leo estaba en casa, bajo el cuidado de una enfermera y una persona de confianza.

Al entrar en la sala, reconocí inmediatamente a Dominic.

Estaba sentado junto a Victoria y dos hombres que parecían ser sus socios.

Cuando me vio, se quedó inmóvil.

—¿Audrey? ¿Qué haces aquí?

—Vengo a aclarar algo que has presentado utilizando mi nombre.

Victoria se levantó.

—¡Esto es una reunión de negocios! No tienes por qué traer tus problemas matrimoniales aquí.

Mi padre se quitó el abrigo y tomó asiento.

Dominic lo reconoció, pero su expresión fue de absoluta indiferencia.

—Señor Brooks, no sabía que también vendría.

—Parece que hay documentos con mi firma —respondió mi padre—. Me pareció conveniente comprobarlos personalmente.

Uno de los inversores, el señor Reynolds, abrió una carpeta.

—Señor Hayes, antes de continuar necesitamos una explicación. Hemos recibido una comunicación de la abogada de la señora Brooks indicando que ella no autorizó el uso de su apartamento como garantía.

Dominic soltó una risa forzada.

—Es un simple malentendido entre marido y mujer. Audrey está pasando por un momento complicado después del parto.

Me quedé mirándolo.

—Mi recuperación no tiene nada que ver con que hayas utilizado mi propiedad sin mi autorización.

—Cariño, podemos hablar de esto en casa.

—No me llames cariño. No estamos aquí para hablar de nuestro matrimonio. Estamos aquí para hablar de los documentos.

El señor Reynolds levantó una mano.

—Señor Hayes, ¿puede demostrar que la señora Brooks autorizó esta operación?

Dominic miró a Victoria.

Ella intervino inmediatamente.

—Mi hijo y Audrey están casados. Es normal que él gestione ciertos asuntos familiares.

Margaret abrió su carpeta.

—El matrimonio no convierte automáticamente a uno de los cónyuges en propietario de los bienes registrados exclusivamente a nombre del otro. Además, la autorización presentada contiene firmas cuya autenticidad está siendo cuestionada.

Dominic se puso rígido.

—¿Qué significa eso?

Mi padre lo miró directamente.

—Significa que alguien ha utilizado mi nombre sin mi consentimiento.

Por primera vez, Dominic pareció comprender que la situación era mucho más grave de lo que había imaginado.

La reunión terminó sin que la empresa aprobara la financiación.

Los representantes decidieron suspender cualquier negociación hasta que se verificaran los documentos y las garantías ofrecidas.

Dominic salió detrás de mí.

—¡Audrey, espera!

Me detuve, pero no me acerqué.

—¿Qué quieres?

—¿De verdad vas a hacerme esto delante de todo el mundo?

—¿Hacerte qué? ¿Impedir que utilices mi apartamento como si fuera tuyo?

—¡Estábamos construyendo un futuro juntos!

—¿Un futuro en el que yo no sabía que estabas utilizando mi patrimonio?

Dominic apretó la mandíbula.

—No entiendes cómo funcionan los negocios. Necesitaba presentar garantías para conseguir financiación. Cuando el proyecto saliera adelante, todos nos beneficiaríamos.

—¿Y por qué falsificaste mi firma?

Su rostro cambió.

—Yo no falsifiqué nada.

—Entonces tendrás la oportunidad de demostrarlo.

Me di la vuelta.

Pero antes de que pudiera marcharme, Victoria se acercó.

—Audrey, escucha bien. Mi hijo ha trabajado muchísimo para llegar hasta donde está. No puedes destruir su reputación por una discusión doméstica.

La miré con incredulidad.

—Su reputación no es mi responsabilidad. Y mi recuperación después de una cesárea tampoco era algo que pudiera utilizar para castigarme.

Victoria abrió la boca, pero no encontró respuesta.

Aquella tarde regresé a la residencia donde estaba alojada con Leo.

Mi padre me esperaba en el salón. Sobre la mesa había una carpeta que Margaret había enviado después de consultar los registros disponibles.

—Hemos encontrado algo más —dijo.

Me senté con cuidado.

—¿Qué ocurre?

Mi padre abrió la carpeta.

Había varias fotografías de documentos, correos electrónicos y registros de acceso relacionados con el apartamento.

—Dominic no empezó a preparar esta operación ayer. Llevaba meses reuniendo información sobre tus propiedades y tus cuentas.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Desde cuándo?

—Todavía no lo sabemos con exactitud. Pero hay movimientos que debemos investigar.

Margaret, que acababa de llegar, añadió:

—También hemos descubierto que Dominic presentó a varias personas una descripción de su familia. En ella afirmaba que su suegro tenía contactos importantes en el Gobierno y que podía facilitar determinadas gestiones.

Mi padre frunció el ceño.

—Nunca le ofrecí semejante ayuda.

—Lo sabemos —respondió Margaret—. Por eso estamos reuniendo pruebas.

Miré a mi padre.

—¿Crees que se casó conmigo por lo que podía conseguir de nuestra familia?

Él tardó en responder.

—No puedo saber qué había en su corazón cuando te conoció. Pero sí podemos juzgar lo que ha hecho desde entonces.

Me quedé mirando las fotografías.

De repente, recordé algo.

Meses atrás, Dominic me había pedido que le enviara una copia de mi identificación y algunos documentos del apartamento. Dijo que eran necesarios para actualizar un seguro familiar.

Yo se los había enviado sin hacer preguntas.

—Papá… creo que sé cómo consiguió algunos de mis documentos.

Margaret anotó inmediatamente la información.

—Necesito que me cuente exactamente qué le envió y cuándo.

Le expliqué todo lo que recordaba.

Entonces, la abogada recibió una notificación en su teléfono.

La leyó dos veces antes de hablar.

—Audrey, hay una nueva solicitud presentada esta mañana.

—¿De qué se trata?

—Alguien ha intentado modificar los datos de contacto asociados a una cuenta vinculada a sus bienes.

—¿Quién?

Margaret me mostró el nombre.

Era Victoria Hayes.

Me quedé helada.

—¿Mi suegra también está involucrada?

—Todavía no podemos afirmarlo. Pero su nombre aparece en la solicitud.

Mi padre se levantó.

—Esto ya no es una simple disputa matrimonial.

Margaret asintió.

—Y hay algo todavía más preocupante. La solicitud incluye un número de teléfono que no pertenece ni a Audrey ni a Dominic.

—¿A quién pertenece? —pregunté.

La abogada respiró profundamente.

—Estamos verificándolo. Pero el número aparece también en los documentos que Dominic presentó a los inversores.

En ese momento, mi teléfono comenzó a sonar.

Era Dominic.

Esta vez contesté y puse el altavoz.

—Audrey, tenemos que hablar —dijo con una voz extrañamente tranquila.

—Te escucho.

—Quiero que retires a tu abogada de este asunto. Podemos arreglarlo entre nosotros.

—No hay nada que arreglar hasta que expliques los documentos.

Hubo una pausa.

Entonces dijo algo que me dejó completamente paralizada:

—Si sigues investigando, vas a descubrir cosas sobre tu propio padre que quizá no quieras conocer.

Miré a Charles Brooks.

Mi padre no apartó los ojos de mí.

—¿Qué cosas? —pregunté.

Dominic soltó una pequeña risa.

—Pregúntale por qué tu familia compró aquel apartamento. Pregúntale quién pagó realmente por él y qué condiciones había detrás de ese regalo.

La llamada terminó.

Me quedé inmóvil.

Hasta aquel momento, había creído que el apartamento era un regalo sencillo de mi padre, una propiedad que me había entregado para que comenzara mi vida matrimonial con seguridad.

Pero la expresión de Charles Brooks acababa de cambiar.

—Papá… —susurré—. ¿Qué está insinuando Dominic?

Él se sentó lentamente frente a mí.

Después abrió una carpeta que había mantenido cerrada desde que llegamos.

—Audrey, hay algo que debí explicarte hace mucho tiempo.

Sacó un documento antiguo y lo colocó sobre la mesa.

En la primera página aparecía el nombre de una empresa que yo jamás había escuchado.

Y en la última página, junto a una cláusula de propiedad, estaba la firma de Dominic.

Continuará en el capítulo 4…

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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