PARTE 2: EL HEREDERO se disfrazó de jornalero para elegir esposa… y solo la más pobre lo trató Bien
Las jornadas que siguieron se convirtieron en un calvario meticulosamente calculado para doblegar el espíritu del recién llegado. Martín y su mano derecha, el cruel capataz Diego, aprovechaban el desorden para saquear la hacienda desde las entrañas, sacando costales de las cosechas a escondidas y justificando las mermas como estragos de las plagas. Cuando el nuevo patrón revisara los inventarios, tenían planeado echarle toda la culpa al viejo don Jacinto. Para mantener su disfraz intacto, Sebastián no tuvo más remedio que tragar su orgullo y soportar los maltratos de Diego, quien parecía ensañarse con él, obligándolo a realizar las tareas más extenuantes bajo el sol abrasador.
—A trabajar callados, forastero —le espetó Diego una tarde, arrojándole el polvo del camino en la cara—. Mueve tú solo esa barda de piedra antes de las cinco o duermes afuera.
Sebastián, con la dignidad intacta bajo la costra de sudor y tierra, respondió con firmeza que en esa tierra el trabajo honrado no asustaba a ningún hombre. A lo lejos, Camila observaba la flagrante injusticia con el pecho encogido. Sin dudarlo un segundo, abandonó sus quehaceres en la casa grande y se acercó a él con un cántaro de agua fresca y un paño limpio. Se arrodilló a su lado y tomó una de las pesadas rocas.
—Deme la mitad del trabajo, Camila —le rogó él, sorprendido. —Mientras yo tenga brazos, usted no carga solo este castigo —sentenció ella, ayudándole a levantar la piedra.
Para Sebastián, el cansancio desapareció de golpe. El pecho se le oprimió de una emoción que hacía años no experimentaba; era la segunda vez que esa mujer le aliviaba la carga de la vida sin pedir absolutamente nada a cambio.
La tensión en la hacienda llegó a su punto de quiebre cuando el canal principal de riego dejó de fluir misteriosamente, amenazando con marchitar la siembra entera de maíz. Diego, preso del pánico y de su propia ignorancia, daba gritos desaforados a los peones, incapaz de encontrar una solución. Sebastián, recordando los intrincados mecanismos que su abuelo había mandado instalar cuando él era apenas un niño, no lo pensó dos veces: se lanzó al foso lleno de lodo y, en menos de cinco minutos, destrabó el seguro oculto. El torrente de agua se liberó con fuerza, salvando la cosecha en un abrir y cerrar de ojos. Los peones murmuraron asombrados al ver que ese forastero sabía más de las entrañas de San Gabriel en un solo día que el capataz en tres años. Diego, con el orgullo pisoteado, explotó en rabia, advirtiendo a gritos que un golpe de suerte no convertía a un peón sucio en patrón.
Consciente de que había levantado sospechas y temiendo por la seguridad del tesoro más valioso que portaba, Sebastián buscó a Camila a escondidas detrás de los graneros. Con las manos aún manchadas de tierra, sacó el anillo de plata de su madre, envuelto cuidadosamente en un pañuelo de algodón, y se lo tendió.
—Guárdeme este anillo, Camila —le pidió con una vulnerabilidad que desarmó por completo a la muchacha—. En mis bolsillos rotos corre peligro, y en sus manos no. —Con el corazón limpio, le prometo devolvérselo intacto —juró ella, tomándolo con reverencia, consciente del inmenso peso de aquella confianza.
Pero la envidia no tardó en envenenar el aire. Lorena y doña Beatriz, irritadas por las sonrisas que Camila le dedicaba al jornalero, buscaban cualquier excusa para aplastarlos. La oportunidad perfecta llegó cuando Sebastián fue sorprendido merodeando las bodegas del norte, el lugar exacto donde Diego y Martín escondían el trigo robado. Diego, furioso, ordenó su despido inmediato. Camila intercedió con valentía, recordando que el peón había sido contratado directamente por el licenciado Mendoza, el notario, y que nadie podía correrlo. En represalia, doña Beatriz exigió que mandaran a la muchacha a limpiar los corrales más inmundos de la propiedad.
Mientras Camila restregaba el lodo de los chiqueros, recordando en voz alta la memoria del viejo don Gabriel para darse fuerzas, Lorena pasó por ahí con una sonrisa perversa y le arrojó fango intencionalmente al delantal blanco. —Apúrate, que el domingo yo seré tu patrona —se burló. Camila, levantando el rostro sin derramar una sola lágrima de humillación, le contestó con un aplomo de hierro: —En esta tierra nadie es dueño antes de firmar, señorita. Y el lodo mancha más a quien lo tira.
Con el domingo respirándoles en la nuca, los verdaderos ladrones de San Gabriel cometieron un error fatal. Fidel, uno de los peones más asustadizos, dejó caer accidentalmente una libreta negra cerca de los lavaderos. Sebastián la recogió y sus ojos se abrieron de par en par: allí estaban anotados cien costales de trigo fino vendidos por fuera a nombre de Martín. Decidido a entregar las pruebas al notario, le pidió a Camila que se vieran en la huerta vieja.
Sin embargo, Martín notó la desaparición de la libreta. Acorralado como un animal salvaje, orquestó un complot despiadado. Sabiendo que debían desacreditar al jornalero y a la sirvienta, irrumpió con violencia en el cuarto de Camila y rebuscó entre sus humildes cosas hasta dar con el pañuelo que ocultaba el anillo de plata.
—¡Qué asco de gente! —exclamó Lorena, arrebatando la joya con los ojos inyectados de codicia—. Esta joya es de la futura dueña, y tú te vas corrida por ladrona.
Camila lloró de impotencia, jurando por su vida que jamás había robado nada, mientras don Jacinto intentaba en vano meter las manos al fuego por ella. Martín, saboreando su retorcido triunfo, ordenó encerrar a Sebastián bajo candado en el cuarto de herramientas hasta el anochecer, momento en el que sería expulsado a patadas de la hacienda para siempre. Lorena se deslizó el anillo robado en el dedo, sonriendo con malicia; ahora estaba segura de que el domingo, el heredero la vería como la mujer ideal.
Desde la oscuridad de su encierro, Sebastián no sentía miedo, sino una furia implacable. Apretando los puños contra la madera, lanzó una promesa al viento que heló la sangre del capataz: cada candado que pusieran ese día, les costaría su lugar en San Gabriel. El domingo a las doce del día, frente a frente, la verdad se cobraría cada lágrima derramada.