Ella fingió odiarlo durante tres años para mantenerlo con vida, y él lo descubrió la noche en que iba a divorciarse de ella. – News

Ella fingió odiarlo durante tres años para mantenerlo con vida, y él lo descubrió la noche en que iba a divorciarse de ella.

Ella fingió odiarlo durante tres años para mantenerlo con vida, y él lo descubrió la noche en que iba a divorciarse de ella.

Dante Cavali sostenía los papeles del divorcio entre sus manos pesadas, finalmente listo para terminar tres años miserables de un matrimonio completamente vacío de amor. Pero justo cuando se detuvo frente a las puertas del solarium, las palabras desesperadas que su esposa le dijo a su madre le helaron la sangre en las venas.

Serena no lo estaba engañando.

Serena estaba planeando salvarle la vida.

La lluvia golpeaba con fuerza los ventanales del ático en Chicago, reflejando el ánimo oscuro y turbulento que había envuelto a Dante durante los últimos seis meses. A sus treinta y dos años, Dante era el jefe indiscutido del sindicato Cavali, un hombre que dominaba el bajo mundo de la ciudad con una mezcla de eficiencia despiadada y silencio calculado. Políticos y jefes rivales por igual le temían. Y sin embargo, de pie en su propio estudio revestido de caoba, no sentía nada más que un vacío agotador, una derrota total.

Sobre el pesado escritorio de cuero, frente a él, descansaba un sobre de papel manila. Dentro, los papeles del divorcio ya notariados. Dante extendió sus dedos ásperos y recorrió el borde del sobre. Había construido un imperio, había aplastado a sus enemigos, había asegurado el legado de su familia, pero no había logrado cerrar la distancia de tres metros que lo separaba de su esposa.

Su matrimonio, formalizado tres años atrás, había sido una alianza estratégica. Los Cavali controlaban los puertos y los sindicatos. Los Romano, la familia de Serena, controlaban los circuitos de apuestas ilegales y tenían profundos vínculos políticos. La unión entre Dante y la hija mayor de los Romano debía traer una era de paz sin precedentes. En cambio, había traído un invierno helado a la casa de Dante, un frío que nunca se derritió.

Dante recordaba con claridad el día de su boda. Serena se había visto etérea, envuelta en encaje blanco importado, su cabello oscuro recogido en un peinado intrincado que la hacía parecer sacada de una pintura renacentista. Pero cuando Dante tomó su mano frente al altar, la piel de Serena estaba helada. Esa misma noche, cuando llegaron a la mansión, Serena se encerró en el baño de huéspedes y lloró tan bajito que pensó que Dante no podía escucharla. Dante la dejó sola, pensando que solo necesitaba tiempo. Tres años después, Serena seguía llorando detrás de puertas cerradas.

Serena era un fantasma en su propia casa. Casi no le hablaba, y cuando se veían obligados a asistir juntos a algún evento público, ella solo le daba respuestas cortas y educadas. Si Dante entraba a una habitación, Serena buscaba una excusa para salir. Si él la rozaba sin querer en el pasillo, ella se apartaba como si hubiera tocado un fósforo encendido. Para un hombre acostumbrado al respeto y la lealtad, ese rechazo silencioso y constante de su propia esposa era un insulto diario, una agonía.

Dante no era un monstruo con ella. Nunca le había levantado la voz. Nunca había exigido su sumisión, nunca la había forzado a compartir su cama. Le había dado una tarjeta negra sin límite, un ala completa del ático y libertad absoluta. Aún así, Serena lo miraba como si él fuera el mismísimo diablo.

—Estás haciendo lo correcto, jefe —le había dicho su consejero, Arthur Pandon, esa misma tarde, cuando le entregó los papeles. Arthur, un abogado mayor y astuto que había servido al padre de Dante, se ajustó los lentes—. La alianza con los Romano ya es lo bastante estable. Su padre, Vincent, no va a arriesgar una guerra por un divorcio, sobre todo porque le estás ofreciendo la propiedad en Aspen y un acuerdo de cincuenta millones de dólares. Es una salida honorable.

Dante solo había asentido, con la mirada clavada en las líneas donde debía firmar el fin de su matrimonio. No se trataba del dinero ni del territorio. Se trataba de piedad. Dante estaba cansado de llegar a casa y encontrar a una mujer que parecía caminar hacia su propia ejecución cada vez que se sentaban a cenar juntos. Y es que Dante la amaba. Esa era la verdad amarga y patética de todo esto. Se había enamorado de su gracia silenciosa, de esos destellos de inteligencia feroz que veía en ella cuando Serena creía que nadie la observaba. Pero su amor, evidentemente, era una prisión para ella.

Esa noche, Dante iba a liberarla.

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Tomó su pluma fuente de oro, el metal frío contra su piel, y firmó con su trazo grande y decidido en la línea del peticionario. Deslizó los documentos de vuelta en el sobre, lo tomó y salió del estudio. El ático estaba extrañamente silencioso, apenas interrumpido por el zumbido lejano de la ciudad allá abajo. Su equipo de seguridad sabía que debía volverse invisible cuando Dante estaba en el piso residencial.

Dante caminó por el largo corredor de mármol hacia el ala este, el santuario de Serena. Al acercarse al solarium de cristal, donde ella pasaba sus tardes leyendo, notó que las pesadas puertas de roble estaban entreabiertas, apenas una rendija. El aroma tenue del perfume de jazmín de Serena se filtraba hacia el pasillo, mezclado con el olor del té Earl Grey. Dante levantó los nudillos para tocar, entregarle el sobre y alejarse para siempre.

Pero antes de que su puño llegara a la madera, una voz aguda y muy conocida cortó el silencio.

—Estás siendo completamente histérica, Serena. Empaca tus maletas ahora mismo.

Dante se quedó paralizado. Era Patricia Romano, su suegra. Patricia era una mujer venenosa y calculadora que usaba su ropa de diseñador como una armadura. Casi nunca visitaba el ático; despreciaba a Dante y todo lo que representaba el apellido Cavali. ¿Por qué estaba ahí sin avisar?

—No voy a empacar nada, mamá —respondió la voz de Serena. No sonaba como el susurro frágil y tímido al que Dante estaba acostumbrado. Sonaba dura, desafiante—. Ya te dije que no voy a dejar esta casa.

—No tienes opción —siseó Patricia.

Se escuchó el sonido de una taza de porcelana golpeando el plato con fuerza.

—Tu padre ya dio la orden. Carlo Espósito y sus hombres se mueven esta noche sobre los muelles sur. A medianoche, las líneas de suministro de los Cavali serán cenizas. Y mañana por la mañana, Dante estará muerto. El golpe ya está apagado.

El aire se le atoró a Dante en la garganta. Su mano apretó el sobre de papel manila. El papel grueso crujió bajo su puño. Vincent Romano, su propio suegro, estaba orquestando un ataque masivo y coordinado junto a un cártel rival para eliminarlo. La alianza había sido una mentira desde el principio.

—No —la voz de Serena tembló, pero esta vez no era miedo; era una rabia feroz y contenida—. No, no voy a dejar que hagas esto. Voy a advertirle. Voy a llamar a su seguridad.

—No vas a hacer nada de eso, niña estúpida. —Los pasos de Patricia resonaron rápido sobre el piso de mármol—. ¿Crees que tu padre no pensó en eso? Los hombres que cuidan el vestíbulo ahí abajo ya no son de Dante, son nuestros. Vincent compró al capitán del turno nocturno hace dos semanas. Si levantas ese teléfono para advertirle a tu esposo, van a subir aquí y te van a meter una bala a ti también. Eres una Romano, actúa como tal. Toma tus joyas, ponte el abrigo y sal por esa puerta conmigo ahora.

Dante permaneció inmóvil entre las sombras del pasillo, una calma mortal y helada apoderándose de él. El instinto de sacar su arma y entrar de golpe era abrumador, pero se obligó a quedarse quieto. Necesitaba escuchar el resto. Necesitaba escuchar a su esposa aceptar irse y dejarlo morir. Eso haría que el divorcio, y la guerra que se avecinaba, fueran mucho más fáciles.

Pero lo que Serena dijo después destrozó todo lo que Dante creía saber.

—Dije que no.

El golpe seco de un libro pesado cayendo al piso resonó por todo el solarium. Dante espió por la rendija de la puerta. Serena estaba de pie detrás de un sillón de terciopelo, el pecho agitado, los ojos oscuros ardiendo con un fuego que Dante nunca antes había visto en ella. No se encogía frente a su madre. Estaba erguida, firme, como una protectora feroz defendiendo su territorio.

—¿Perdiste la cabeza? —se burló Patricia, tomando a Serena del brazo—. Lo odias. Has pasado tres años miserables en esta jaula de cristal, temblando cada vez que ese hombre te mira. Cierras tus puertas por la noche. Te has quejado de su frialdad, de sus negocios, de su vida entera. Te estoy ofreciendo tu libertad, Serena. Tu padre te está dando una salida. Mañana serás una viuda muy joven y muy rica. Ahora ven conmigo.

Serena se soltó del brazo de su madre de un tirón.

—No lo odio —dijo entre sollozos, la voz quebrándose por fin detrás de su máscara de desafío—. Dios mío, mamá, lo amo. Lo he amado desde el día en que lo conocí.

Del otro lado de la puerta, Dante sintió como si el suelo hubiera desaparecido bajo sus pies. Se sostuvo del marco de la puerta para no perder el equilibrio. Serena lo amaba. Entonces, ¿por qué?

—¿Por qué? —exigió Patricia, alzando las manos con exasperación—. ¿Por qué lo has tratado como a un extraño? ¿Por qué me rogaste el mes pasado que te ayudara a conseguir el divorcio?

—Porque sabía lo que planeaba papá —gritó Serena, las lágrimas ya cayendo libremente por sus mejillas pálidas—. Escuché a papá hablando con Carlo en el patio la noche antes de mi boda. Sabía que papá jamás iba a honrar el tratado. Sabía que solo me estaba usando como un caballo de Troya para entrar al círculo cercano de Dante, para encontrar sus debilidades, para mapear sus rutinas de seguridad.

Serena dio un paso hacia su madre, la voz bajando a un susurro desesperado y quebrado.

—Si yo hubiera actuado como la esposa amorosa, si hubiera dejado que Dante se acercara a mí, él habría confiado en mí, habría confiado en nuestra familia, habría bajado la guardia. Yo no podía permitir eso. Así que me convertí en un muro.

Dante cerró los ojos mientras una ola brutal de comprensión lo golpeaba de frente. Los sobresaltos, las puertas cerradas con llave, el silencio. No era porque Serena sintiera repulsión por él. Era una actuación calculada y agonizante para mantenerlo a distancia. Ella lo había hecho miserable a propósito para mantenerlo alerta, paranoico, desconfiado de los Romano. Serena había sacrificado su propia felicidad, su propio matrimonio, para servir de escudo humano por él.

—Niña ridícula e ingenua —se rió Patricia, una risa cruel y burlona—. Arruinaste tres años de tu vida por un hombre que dirige un imperio criminal. Un hombre que en este momento tiene a su abogado redactando los papeles del divorcio para echarte a la calle. ¿Crees que a él le importas?

—Si le importo —respondió Serena, secándose los ojos frenéticamente—. Se está divorciando de mí porque cree que soy infeliz. Lo hace para dejarme libre. Es mejor hombre de lo que papá jamás será. Y si crees que voy a salir por esa puerta y dejarlo aquí para que lo masacren los matones de papá, estás muy equivocada. Soy su esposa.

—No vas a sobrevivir esta noche, Serena —advirtió Patricia, su tono cambiando de la frustración maternal a una amenaza genuina—. Si te quedas en este ático, Vincent va a asumir que elegiste un bando, y él no deja cabos sueltos. Ni siquiera con su propia hija.

—Entonces moriré junto a mi esposo —dijo Serena, su voz asentándose en una calma escalofriante—. Sal de mi casa, madre, antes de que llame a Dante ahora mismo y le cuente todo.

—Los teléfonos están bloqueados, tonta —siseó Patricia, tomando su bolso de diseñador del sofá—. Acabas de firmar tu propia sentencia de muerte. No digas que no intenté salvarte.

Dante se alejó de la puerta, moviéndose rápido y en silencio por el corredor, retrocediendo hacia las sombras de la sala principal, justo cuando las pesadas puertas de roble del solarium se abrieron de golpe. Observó desde la oscuridad cómo Patricia marchaba furiosa hacia el elevador del ático, sus tacones golpeando agresivamente el mármol. Cuando las puertas del elevador se tragaron a su suegra, el ático volvió a quedar en un silencio absoluto.

Dante miró el sobre manila en su mano. Los papeles del divorcio, el símbolo de su rendición. Apretó el sobre grueso con ambas manos y lo rompió por la mitad, brutalmente, una y otra vez, hasta convertirlo en confeti inútil. Arrojó los pedazos al cesto de basura más cercano.

Su sangre zumbaba, corría por sus venas con una energía frenética y letal. La niebla agonizante de depresión que lo había hundido durante meses se evaporó en un segundo, reemplazada por una claridad afilada y aterradora. Su suegro estaba atacando sus muelles. El equipo de seguridad de abajo estaba comprometido. Un escuadrón venía en camino a matarlo a él esa misma noche, en su propia casa.

Normalmente, un jefe en esta situación ordenaría una retirada táctica, evacuaría por una ruta segura y reagruparía a sus hombres en una casa de seguridad. Pero Dante ya no era solo un jefe. Era un esposo cuya mujer acababa de pasar tres años caminando por el infierno con tal de mantenerlo con vida. Serena lo había elegido a él por encima de su propia sangre. Había enfrentado el cañón de un arma, dispuesta a morir en ese ático, con tal de que él no muriera solo.

Dante metió la mano dentro de su chaqueta a medida y sintió el acero frío y reconfortante de su Glock 19. Sacó su teléfono satelital encriptado, el único aparato inmune a los bloqueadores de señal, el que solo usaba en emergencias extremas. Marcó un número privado. Sonó una vez.

—Jefe. —Era la voz áspera de Leo Rossi, su ejecutor más letal, quien dirigía los equipos tácticos fuera de la ciudad.

—Leo —la voz de Dante sonaba peligrosamente calmada, el rugido bajo de un volcán dormido que por fin despertaba—. Vincent Romano acaba de romper el tratado. Va a atacar los muelles sur con Carlo Espósito esta noche, y compró a la seguridad del vestíbulo de mi edificio.

Hubo una fracción de segundo de silencio en la línea, seguida por el clic metálico de un rifle siendo cargado.

—Órdenes, jefe.

—Envía al equipo de asalto Alfa a los muelles sur. Diles que no dejen prisioneros, que quemen a la gente de Espósito hasta las cenizas. Y si ven a hombres de Vincent Romano, que los hagan sufrir.

—Considéralo hecho. —Una pausa—. ¿Y usted? Si el vestíbulo está comprometido…

—Manda al equipo Bravo al ático —ordenó Dante, sus ojos fijos en el pasillo que llevaba al cuarto de su esposa—. Que aseguren el perímetro del edificio. Nadie entra, nadie sale. Cualquiera que lleve un pin de Romano o esté parado en el mostrador de seguridad, recibe una bala entre los ojos. Pero a mí, déjenme el trabajo pesado.

—Jefe, están en desventaja numérica en ese edificio.

—Están encerrados en un edificio conmigo, Leo —lo corrigió Dante con suavidad—. Quiero esto terminado antes de medianoche. Esta noche, la familia Romano deja de existir en Chicago.

Dante colgó el teléfono y lo guardó en su bolsillo. Respiró hondo. Se ajustó los puños de la camisa, transformándose del hombre derrotado que había salido de su estudio al depredador supremo del bajo mundo de Chicago. Se dio la vuelta y caminó de regreso por el pasillo, directo hacia el solarium. Era hora, por fin, de conocer a su esposa de verdad.

Las pesadas puertas de roble del solarium seguían entreabiertas. Dante las empujó por completo. El chirrido suave de las bisagras rompió el silencio pesado del lugar. Serena estaba de pie cerca del sillón de terciopelo, la espalda rígida. Se había limpiado la cara apresuradamente, tratando de armar de nuevo la máscara de indiferencia fría que había usado durante tres años agonizantes. Cuando se dio vuelta para mirarlo, sus ojos cayeron de inmediato hacia las manos de Dante, esperando ver el sobre manila. Al verlas vacías, un destello de confusión cruzó por su rostro delicado.

—Dante —susurró ella, su voz tensa, todavía con el filo crudo de sus lágrimas recientes—. ¿Dónde están los papeles? Sé que Arthur los trajo.

Dante no se detuvo en la puerta. Cruzó la habitación con pasos deliberados y firmes, cerrando la distancia física que había definido su matrimonio. Se detuvo a apenas unos centímetros de ella. De cerca podía ver el temblor leve en sus manos, el pulso acelerado latiendo en la base de su garganta.

—Los rompí —dijo Dante, su voz un murmullo bajo y grave que dominaba el espacio entre ellos.

Serena contuvo el aliento. Sus ojos oscuros subieron a encontrarse con los de él, buscando una trampa.

—¿Por qué? Habíamos acordado que esto se terminaba.

—Te escuché, Serena —dijo Dante simplemente, observando cómo el color desaparecía por completo del rostro de su esposa—. Escuché a Patricia. Y sobre todo, te escuché a ti.

El pánico brilló en los ojos de Serena. Retrocedió un paso, chocando con el borde del sillón.

—No, no debiste escuchar eso. Dante, tienes que irte ahora mismo. No entiendes lo que mi padre…

—Entiendo todo —la interrumpió Dante, extendiendo la mano para sujetarla suavemente por los hombros. Era la primera vez en meses que él iniciaba contacto físico, y esta vez ella no se apartó; solo se quedó mirándolo, aterrada—. Entiendo que mi esposa ha estado viviendo una pesadilla despierta con tal de mantenerme con vida. Entiendo que la frialdad nunca fue asco. Era protección.

—Vienen a matarte. —Una lágrima por fin se derramó por sus pestañas, resbalando por su mejilla pálida—. Los guardias del vestíbulo son hombres de mi padre. Si te quedas aquí, Dante, te van a acorralar.

Dante movió la mano y, con el pulgar áspero, limpió con suavidad la lágrima de su piel.

—Que vengan. Esta es mi ciudad. Esta es mi casa. Y tú… —su mano se cerró un poco más, anclándola en medio de la tormenta—. Eres mi esposa. Nadie toca lo que es mío. Los Romano creen que están tendiendo una trampa, pero acaban de encerrarse en una jaula con un monstruo.

Un timbre electrónico agudo resonó por todo el ático. Era el elevador privado saltándose el bloqueo de seguridad biométrico. Serena jadeó, sus dedos aferrándose instintivamente a las solapas del traje de Dante.

—Ya están aquí.

—Ponte detrás del escritorio de caoba en el estudio —ordenó Dante, su tono cambiando al instante de esposo tierno a comandante de guerra—. La madera tiene un núcleo de acero reforzado. No te muevas hasta que diga tu nombre.

No esperó a que ella discutiera. La empujó hacia el estudio contiguo mientras sacaba su Glock 19 de la funda del hombro en un solo movimiento fluido. Mientras Serena se apresuraba a esconderse detrás del enorme escritorio, Dante cerró parcialmente la puerta del estudio, protegiéndola del pasillo principal, y se fundió con las sombras profundas junto a una columna de mármol.

Las puertas del elevador se abrieron con un suave timbre. Cuatro hombres salieron al vestíbulo lujoso. Vestían los trajes negros estándar del equipo de seguridad del edificio, pero se movían con la agresividad tosca y pesada de sicarios de cártel. Llevaban subfusiles con silenciador, barriendo la sala con una precisión silenciosa y mortal.

—Revisen el ala este —susurró con dureza el que iba al frente—. Vincent quiere esto rápido y limpio. Encuentren a Cavali.

No sabían que Dante ya estaba detrás de ellos.

Dante salió de las sombras de la columna de mármol. No dio ninguna advertencia, no hizo ningún alarde; simplemente levantó su arma y apretó el gatillo. El golpe sordo y silenciado de su propia arma resonó dos veces. El sicario al frente cayó de inmediato, dos disparos agrupados perfectamente en la base del cráneo. Antes de que el cuerpo tocara la alfombra persa importada, Dante giró y disparó tres tiros rápidos al pecho del segundo hombre. Los dos sicarios restantes giraron, el pánico reemplazando su calma calculada, mientras disparaban a ciegas hacia la sala oscura. Las balas destrozaron un candelabro de cristal y perforaron los costosos sofás de cuero, pero Dante ya se estaba moviendo. Se deslizó detrás de una isla de cocina reforzada en granito, dejando que la lluvia de balas astillara la piedra sobre su cabeza. Con todos los disparos… conocía la capacidad de los cargadores de esas armas. Veintiocho, veintinueve, treinta. El clic inconfundible de un cargador vacío resonó desde la izquierda.

Dante saltó por encima de la isla, cerrando la distancia en tres zancadas enormes. Estrelló la culata de su pistola contra la mandíbula del sicario que intentaba recargar, destrozándole el hueso, antes de disparar un solo tiro al pecho del último hombre, que trataba desesperadamente de sacar un arma de repuesto.

En cuarenta y cinco segundos, el vestíbulo volvió a quedar en absoluto silencio, apenas interrumpido por el tintineo del cristal caído del candelabro destrozado. Dante se quedó de pie sobre los cuerpos, la respiración firme, los ojos fríos y vacíos. Pateó rápidamente las armas fuera de su alcance, asegurándose de que no hubiera sorpresas de último momento. La amenaza dentro del ático había sido neutralizada, pero la guerra apenas comenzaba.

Su teléfono satelital vibró con fuerza contra sus costillas. Lo sacó y contestó sin mirar la pantalla.

—Reporte —ordenó Dante.

—Los muelles sur están asegurados, jefe —ladró la voz áspera de Leo Rossi, con el crepitar de las llamas de fondo—. La gente de Espósito ni siquiera supo qué los golpeó. Convertimos sus camiones en hogueras. Carlo está respirando sus últimos suspiros en el pavimento.

—¿Y mi suegro? —preguntó Dante, sus ojos desviándose hacia el estudio donde Serena estaba escondida.

—Vincent Romano intentó huir de su propiedad en cuanto se enteró de que los muelles se apagaron. —Leo soltó una risa oscura y amenazante—. El equipo Bravo interceptó su convoy en la autopista. Lo tenemos de rodillas junto al riel de contención. Está gritando algo de un tratado. ¿Cuáles son sus órdenes?

Dante caminó despacio sobre el vidrio roto de su sala, su mente calculando el golpe final de esta obra maestra sangrienta. Vincent Romano había vendido a su propia hija a una pesadilla solo para trazar una traición. La había obligado a vivir en terror, convencida de que si alguna vez mostraba su verdadero corazón, estaría firmando la sentencia de muerte de su esposo.

—Pónganlo al teléfono —dijo Dante.

Unos segundos de forcejeo y maldiciones ahogadas después, la respiración agitada y aterrorizada de Vincent llenó la línea.

—Dante, escúchame. Esto es un malentendido. Fue Espósito. Él me obligó.

—Ahórrate el aliento, Vincent —lo interrumpió Dante, su voz bajando a un susurro aterrador—. Tu esposa vino a mi casa esta noche. Intentó forzar a Serena a irse antes de que llegara tu escuadrón de asalto. Mi esposa eligió quedarse y morir conmigo antes que traicionarme por un cobarde como tú.

—Dante, por favor. Somos familia.

—Nunca fuimos familia —lo corrigió Dante, frío—. Usaste a tu propia sangre como peón. Rompiste el tratado, y bajo las reglas de nuestro mundo, la sanción por un tratado roto es la erradicación total. Quiero que sepas, en tus últimos momentos, que tu hija está a salvo. Es mía. Y el apellido Romano muere contigo esta noche.

—¡Espera, no! ¡Dante!

Dante alejó el teléfono de su oído y presionó un botón para volver con Leo.

—Ejecútalo. Quemen la propiedad. Manden a Patricia Romano en un vuelo sin retorno a Europa, con nada más que la ropa que lleva puesta. Si alguna vez vuelve a pisar Chicago, mátenla también.

—Con gusto, jefe.

Dante terminó la llamada. El silencio en el ático se sentía distinto. La tensión asfixiante que había atormentado el aire durante tres años había desaparecido, reemplazada por el olor metálico y penetrante de la pólvora y por la sensación absoluta de la victoria.

Guardó su arma en la funda y caminó despacio hacia el estudio. Empujó la puerta pesada por completo. Serena estaba acurrucada detrás del escritorio, las rodillas contra el pecho, las manos cubriéndole los oídos. Levantó la mirada cuando Dante entró, el aliento atorándosele en la garganta al verlo ileso, de pie entre los restos destrozados de su propio hogar.

Dante se arrodilló frente a ella, sin importarle que sus pantalones a medida se rasgaran contra la madera astillada del piso. Extendió las manos, tomando con suavidad el rostro tembloroso de Serena entre ellas.

—Se acabó —susurró Dante, sus pulgares recorriendo los pómulos de ella—. Carlo está muerto. Los hombres que vinieron aquí están muertos. El sindicato de tu padre ya no existe.

Los ojos de Serena se abrieron enormes, una tormenta compleja de dolor, conmoción y un alivio profundo recorriéndola por completo. El tirano que había orquestado su vida miserable ya no estaba. La carga imposible que había cargado en secreto por fin se había levantado de sus hombros.

—De verdad se fue —dijo ella entre sollozos, sus manos subiendo para aferrarse a las muñecas de Dante, buscando un ancla.

—Nunca más te va a hacer daño. Nadie va a volver a hacerte daño jamás —prometió Dante, su voz vibrando con una certeza absoluta—. Ya no tienes que fingir, Serena. Ya no tienes que cerrar tus puertas con llave. Ya no tienes que esconderte de mí.

Un sollozo se le escapó del pecho a Serena, no de tristeza, sino de un alivio puro y desbordante. Lanzó los brazos alrededor del cuello de Dante, hundiendo el rostro en la curva de su hombro, sosteniéndolo con una fuerza desesperada que reflejaba todo el amor que había sido obligada a esconder durante tanto tiempo. Dante envolvió los brazos alrededor de su cintura, atrayéndola contra su pecho, hundiendo el rostro en su cabello oscuro, respirando el aroma a jazmín entre el humo de la pólvora. En medio de los escombros del ático destrozado a balazos, rodeados de los restos de una vida vieja que ya no existía, un matrimonio verdadero, por fin, comenzaba.

La reina de hielo del sindicato de Chicago había desaparecido, reemplazada por la reina feroz y devota que había arriesgado todo para salvar a su rey. El bajo mundo de Chicago despertaría al día siguiente ante una nueva realidad. El imperio Romano era polvo, barrido en una sola noche brutal. El sindicato Cavali era ahora absoluto, indiscutido y aterradoramente supremo. Y en el centro de todo estaba Dante Cavali, un hombre que había caminado al borde de perderlo todo, solo para descubrir que la mujer que amaba había estado luchando por él en la oscuridad todo este tiempo.

Fin

 

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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