Capítulo 2: El heredero que nunca pudo existir
Capítulo 2: El heredero que nunca pudo existir
No dormí aquella noche.
No porque estuviera triste.
Tampoco porque quisiera llorar por el hombre que acababa de destruir nuestro matrimonio.
Estaba despierta porque, por primera vez en seis años, todas las piezas comenzaban a encajar.
Grant había dicho que necesitaba un hijo.
Vivian había dicho que nuestra familia necesitaba un nieto.
Celeste había aparecido en el hospital con una mano sobre su vientre y una sonrisa de victoria.
Y ahora yo tenía frente a mí un documento médico que decía algo muy diferente.
Grant se había sometido a una vasectomía permanente catorce meses antes.
Yo recordaba perfectamente aquella época.
Habíamos discutido durante semanas sobre tener otro hijo.
Grant insistía en que no quería más embarazos.
Decía que nuestra vida profesional era demasiado complicada.
Decía que un segundo hijo arruinaría sus planes de expansión.
Finalmente, me dijo que había tomado una decisión.
Se haría una vasectomía.
Yo no estuve de acuerdo al principio, pero él insistió en que era lo mejor.
Después de la operación, incluso me enseñó los documentos de la clínica.
Nunca imaginé que aquel simple papel terminaría convirtiéndose en la pieza más importante de mi divorcio.
A la mañana siguiente, llamé a Daniel.
—Necesito que averigües algo —le dije.
—¿Qué cosa?
—La clínica donde Grant se hizo la vasectomía.
Hubo un breve silencio.
—¿Por qué?
—Porque Celeste dice que está embarazada de doce semanas.
Daniel entendió inmediatamente.
—Claire…
—No quiero conclusiones. Quiero documentos.
—Los conseguiré.
—Y Daniel…
—¿Sí?
—No le digas nada a Grant.
Su voz cambió.
—Ni una palabra.
Tres horas después, Daniel estaba sentado frente a mí con una carpeta.
Lily dormía en una pequeña cuna junto a la ventana.
Abrí la carpeta.
Había copias de los informes médicos, la fecha del procedimiento, el consentimiento firmado por Grant y los resultados posteriores.
Todo estaba allí.
Pero había algo más.
Una prueba de seguimiento realizada ocho semanas después de la operación.
El resultado indicaba que el procedimiento había sido exitoso.
La cantidad de espermatozoides era prácticamente inexistente.
Daniel me miró.
—Claire, esto no demuestra todavía que el bebé de Celeste no pueda ser suyo. Pero hace que su historia sea extremadamente improbable.
Asentí.
—Entonces necesitamos saber de quién es.
Daniel cerró la carpeta.
—Eso será asunto del tribunal.
—No.
Lo miré directamente.
—Será asunto de Grant.
Aquella tarde, Grant me llamó.
No contesté.
Volvió a llamar.
Tampoco.
Después llegó un mensaje.
“Espero que podamos manejar esto como adultos. No quiero una guerra.”
Sonreí al leerlo.
Una guerra.
Él había lanzado los papeles del divorcio a mi cara mientras yo sostenía a nuestra hija recién nacida.
Había llamado inútil a su propia hija.
Había anunciado públicamente su compromiso con otra mujer tres días después.
Y ahora tenía miedo de una guerra.
Le respondí por primera vez.
“Yo tampoco quiero una guerra, Grant. Solo quiero la verdad.”
Su respuesta llegó casi inmediatamente.
“La verdad es que nuestro matrimonio terminó.”
No respondí.
Entonces llegó otro mensaje.
“Celeste está esperando a mi hijo. Tienes que aceptarlo.”
Guardé una captura de pantalla.
Después otra.
Y otra.
Daniel me había enseñado algo importante durante los últimos días.
Nunca discutas con alguien cuando puedes dejar que sus propias palabras hablen por ti.
Dos semanas después, Grant y Celeste organizaron una fiesta para revelar el sexo del bebé.
Vivian publicó fotografías de la celebración.
Globos azules.
Pastel azul.
Un enorme cartel que decía:
“El pequeño heredero Mercer.”
Me quedé mirando la pantalla durante unos segundos.
Luego cerré la aplicación.
No iba a ir.
Todavía no.
Porque había algo que necesitaba descubrir primero.
Daniel comenzó a revisar los documentos financieros de Grant.
Al principio, no encontramos nada extraño.
Después apareció una transferencia.
Una cantidad considerable de dinero había salido de una de las cuentas de la empresa y había sido enviada a una clínica privada.
El pago se había realizado aproximadamente diez semanas antes de que Celeste anunciara su embarazo.
—¿Qué es esto? —pregunté.
Daniel amplió el documento.
—No lo sé.
—¿Puedes averiguarlo?
—Sí.
Dos días después recibí su llamada.
—Claire, encontré la clínica.
—¿Y?
—No es una clínica obstétrica.
Sentí que mi estómago se tensaba.
—¿Entonces qué es?
Daniel tardó unos segundos en responder.
—Un centro de fertilidad.
Miré a Lily.
Ella dormía tranquilamente, ajena a todo.
—¿Grant fue allí?
—Su nombre no aparece directamente.
—¿Entonces?
—La factura está a nombre de una empresa.
—¿Cuál?
Daniel me dio el nombre.
Sentí un escalofrío.
Era una empresa que Grant había creado seis meses antes.
Una empresa que, según él, solo utilizaba para “consultoría internacional”.
—¿Qué compró? —pregunté.
Daniel suspiró.
—Todavía no lo sé.
Aquella misma noche, alguien llamó a la puerta de la casa de huéspedes.
Me asusté.
Daniel había insistido en que no abriera a desconocidos.
Miré por la cámara de seguridad.
Era una mujer.
Una mujer que no reconocía.
Abrió las manos frente a la cámara.
—Claire Mercer —dijo—. Sé que estás ahí.
No respondí.
—No vengo a hacerte daño.
Permanecí inmóvil.
Entonces dijo algo que me hizo abrir la puerta.
—Sé que Grant no puede tener hijos.
Abrí lentamente.
La mujer estaba pálida y llevaba una carpeta contra el pecho.
—¿Quién eres?
—Me llamo Rebecca.
—¿Qué quieres?
Miró hacia la calle antes de entrar.
—Trabajé en el centro de fertilidad donde Grant hizo aquella visita.
Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.
—¿Qué visita?
Rebecca abrió la carpeta.
—Grant no fue allí para tratar de tener un hijo con Celeste.
Sacó una fotografía.
—Fue allí para comprar algo.
Miré la imagen.
Era una copia de un formulario.
Y en la parte inferior aparecía la firma de Grant.
Daniel tenía razón.
Aquello no era simplemente una infidelidad.
Era algo mucho más grande.
—¿Qué compró? —pregunté.
Rebecca tragó saliva.
—Un embrión.
Me quedé sin palabras.
—Eso es imposible —susurré—. Grant y yo solo teníamos un embrión congelado.
Rebecca negó lentamente con la cabeza.
—No.
Entonces sacó otro documento.
—Tenían dos.
Mi respiración se detuvo.
—¿Dos?
—Sí.
Miré el documento.
El segundo embrión había sido transferido meses atrás.
Pero no a mí.
Ni siquiera a Celeste.
El nombre de la mujer que había recibido el embrión estaba cubierto con tinta negra.
Excepto por una pequeña parte de la identificación.
C. Mercer.
Levanté la mirada.
—¿Quién es ella?
Rebecca no respondió inmediatamente.
En cambio, colocó una última fotografía sobre la mesa.
Era una imagen tomada dentro de la clínica.
Grant estaba allí.
Celeste también.
Y detrás de ellos estaba Vivian.
Pero había una cuarta persona.
Una mujer mayor que reconocí inmediatamente.
Era la antigua administradora del fideicomiso de mi madre.
La misma mujer que había desaparecido de nuestras vidas cinco años atrás.
Rebecca susurró:
—Ellos no estaban intentando darle un hijo a Grant.
Me miró directamente a los ojos.
—Estaban intentando crear un heredero que pudiera reclamar algo que legalmente pertenece a tu hija.
Miré a Lily dormida.
Por primera vez desde que Grant había arrojado aquellos papeles de divorcio sobre mi cama del hospital, sentí verdadero miedo.
Pero debajo del miedo apareció algo más.
Determinación.
Porque si Grant había pensado que podía reemplazar a mi hija con un heredero fabricado…
Había cometido un error.
Había dejado demasiadas pruebas.
Y ahora yo iba a encontrar cada una de ellas.