La Capitana que Regresó al Infierno — Parte 2
La Capitana que Regresó al Infierno — Parte 2

Tres años habían pasado desde aquella noche.
La historia de la capitana Lucía Barrera se había convertido en una leyenda dentro de su unidad, aunque ella nunca quiso que la llamaran heroína.
Había continuado sirviendo.
Había entrenado a nuevos oficiales.
Había participado en operaciones difíciles.
Y, aunque aquella reprimenda seguía apareciendo en su expediente, nunca volvió a cuestionar la decisión que había tomado para salvar a sus cuatro soldados.
Pero una mañana, mientras impartía una clase sobre liderazgo táctico, un oficial entró al salón.
—Capitana Barrera, la necesitan en el centro de mando.
Lucía levantó la mirada.
—¿Ahora?
—Sí, señora.
Algo en su expresión le indicó que no se trataba de una reunión ordinaria.
Lucía dejó el aula y caminó rápidamente hacia el centro de operaciones.
Cuando entró, encontró al mayor Ricardo Mendoza frente a una pantalla.
A su lado estaba el capitán Daniel Cruz.
Y sobre la mesa había una fotografía.
Lucía la tomó.
Su rostro cambió inmediatamente.
—¿Quién es?
Cruz respondió:
—Uno de los hombres que participó en la captura de tu equipo hace tres años.
Lucía observó la fotografía con atención.
—¿Dónde está?
—En México.
Lucía levantó la mirada.
—¿Cómo?
Mendoza intervino.
—Fue detenido durante una operación de inteligencia hace cuarenta y ocho horas.
Lucía volvió a mirar la imagen.
El hombre de la fotografía era el mismo comandante que había interrogado a los cinco soldados.
El mismo hombre que había ordenado su captura.
El mismo hombre que había estado a pocos metros de ella aquella noche.
—¿Qué quiere? —preguntó Lucía.
Cruz respondió:
—Información.
—¿Qué clase de información?
El capitán colocó otra fotografía sobre la mesa.
Esta vez mostraba un mapa.
—Una organización armada está preparando algo grande en la frontera. Creemos que planean atacar una instalación militar y capturar personal estadounidense y mexicano para utilizarlo como propaganda.
Lucía permaneció en silencio.
—¿Cuándo?
—No lo sabemos.
—¿Y él?
—Dice que puede decirnos dónde ocurrirá.
Lucía comprendió inmediatamente.
—Pero quiere algo a cambio.
Mendoza asintió.
—Quiere hablar contigo.
Lucía frunció el ceño.
—¿Conmigo?
—Dijo tu nombre.
El silencio llenó la habitación.
—Dijo que solo hablará con la capitana que entró sola en su campamento.
Lucía dejó la fotografía sobre la mesa.
—Entonces vamos.
La sala de interrogatorios era pequeña.
Una mesa.
Dos sillas.
Una cámara.
Nada más.
Lucía entró sola.
El hombre estaba sentado al otro lado.
Ya no llevaba uniforme ni armas.
Pero su mirada seguía siendo la misma.
Fría.
Calculadora.
—Capitana Barrera.
Lucía tomó asiento.
—Comandante.
El hombre sonrió.
—Me sorprende que hayas venido.
—A mí me sorprende que sigas hablando.
La sonrisa desapareció.
—Sigues siendo igual.
—Y tú sigues siendo un prisionero.
El hombre se inclinó hacia adelante.
—No estoy aquí para negociar mi libertad.
—Entonces habla.
—Quiero advertirte.
Lucía permaneció en silencio.
—Dentro de cinco días habrá un ataque.
—¿Dónde?
—No lo sé exactamente.
Lucía lo observó.
—Entonces no tienes nada.
—Sé quién lo dirigirá.
—¿Quién?
El hombre dudó.
—Alguien que conoces.
Lucía sintió una tensión inmediata.
—Dime el nombre.
—Primero debes entender algo. La gente que prepara este ataque no es como nosotros.
—Eso es difícil de creer.
—Son más organizados. Más pacientes. Y tienen información desde dentro.
Lucía se inclinó ligeramente.
—¿Un infiltrado?
—Sí.
—¿En el ejército?
El hombre asintió.
—Uno de ustedes está trabajando para ellos.
Lucía sintió que la habitación se volvía más fría.
—¿Quién?
El hombre sonrió.
—Ese es el precio.
—¿Cuál?
—Quiero hablar con el gobierno.
—Ya estás hablando con el gobierno.
—No. Quiero un acuerdo.
Lucía se levantó.
—Entonces no tenemos nada que discutir.
—Espera.
El hombre sacó lentamente una pequeña hoja doblada.
—Aquí está el primer nombre.
Lucía la tomó.
La abrió.
Y se quedó inmóvil.
Era el nombre de un oficial que ella conocía personalmente.
Uno que tenía acceso a información sensible.
Uno que había participado en varias de sus operaciones.
Uno en quien había confiado.
—Esto podría ser falso.
—Por supuesto.
—¿Por qué debería creerte?
El hombre la miró.
—Porque dentro de cinco días descubrirás que tengo razón.
Lucía salió de la sala.
Mendoza esperaba afuera.
—¿Qué dijo?
Lucía le entregó el papel.
Mendoza lo leyó.
Su rostro cambió.
—No puede ser.
—Eso mismo pensé.
Cruz tomó el documento.
—Este oficial tiene acceso a los sistemas de planificación.
Lucía respondió:
—Y conoce los movimientos de nuestras unidades.
Mendoza negó con la cabeza.
—Necesitamos verificarlo.
—Sin alertarlo.
Los tres se miraron.
Habían encontrado un enemigo invisible.
Y ahora no podían confiar en nadie.
Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, Lucía observó en silencio.
No confrontaron al sospechoso.
No lo arrestaron.
No cambiaron inmediatamente sus protocolos.
Lo dejaron actuar.
Y entonces ocurrió algo.
Una información clasificada apareció en un canal enemigo.
Una ruta de patrulla que solamente cinco oficiales conocían.
Mendoza golpeó la mesa.
—Tenemos una filtración.
Cruz asintió.
—Y el sospechoso tenía acceso a esa información.
Lucía observó el mapa.
—¿Qué quieren atacar?
—Todavía no lo sabemos.
—Entonces debemos descubrirlo antes que ellos.
Durante horas analizaron movimientos, comunicaciones y fotografías.
Finalmente, Lucía encontró una conexión.
—Aquí.
Todos se acercaron.
Había una instalación logística cerca de la frontera.
No era la más importante.
Pero tenía algo especial.
Cada semana transportaba personal y suministros hacia diferentes bases.
—Si atacan este punto —dijo Lucía—, pueden capturar a varios soldados de una sola vez.
Mendoza asintió.
—Y obtener vehículos, armas y documentos.
Cruz miró el calendario.
—El próximo convoy sale en cuatro días.
Lucía levantó la mirada.
—Entonces ya sabemos cuándo.
Pero había un problema.
No podían cancelar el convoy.
Si lo hacían, los enemigos sabrían que habían descubierto el plan.
Mendoza tomó una decisión.
—Vamos a dejar que crean que todo sigue igual.
Lucía comprendió.
—Una operación encubierta.
—Exactamente.
—¿Y el infiltrado?
—No sabrá que conocemos su identidad.
Lucía miró nuevamente el mapa.
—Entonces debemos utilizarlo.
Cruz levantó una ceja.
—¿Cómo?
—Dándole información falsa.
Durante las siguientes horas crearon un plan.
El infiltrado recibiría información cuidadosamente diseñada.
Creería que el convoy saldría por una determinada ruta.
Pero en realidad sería una trampa.
Lucía sería responsable de dirigir la operación.
Mendoza la miró.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Esta vez no irás sola.
Lucía sonrió.
—Aprendí la lección.
Cuatro días después, el convoy comenzó su movimiento.
Tres vehículos.
Personal militar.
Equipos de comunicación.
Todo parecía normal.
Pero detrás de las colinas, varias unidades permanecían ocultas.
Esperando.
Observando.
El convoy avanzó exactamente por la ruta que el infiltrado creía correcta.
Durante casi una hora no ocurrió nada.
Entonces Lucía escuchó por radio:
—Movimiento al frente.
Ella levantó los binoculares.
Vehículos enemigos aparecieron en la distancia.
—Esperen.
Los enemigos se acercaron.
Más.
Más.
Hasta que estuvieron exactamente donde Lucía los quería.
—Ahora.
Las unidades mexicanas salieron de sus posiciones.
El enfrentamiento fue breve.
Los atacantes quedaron rodeados y se rindieron.
Pero el comandante no estaba entre ellos.
Lucía lo supo inmediatamente.
—¿Dónde está el líder?
Nadie respondió.
Uno de los detenidos comenzó a sonreír.
—Llegaron tarde.
Lucía se acercó.
—¿Dónde está?
—Ya está dentro.
Lucía sintió un escalofrío.
—¿Dentro de dónde?
El hombre levantó la mirada.
—De su base.
Lucía recibió una transmisión urgente.
—Capitana, tenemos una emergencia.
—Habla.
—La instalación principal perdió comunicaciones hace cinco minutos.
Lucía se quedó inmóvil.
—¿Cuántos efectivos hay?
—Cincuenta y dos.
—¿Y civiles?
—Personal técnico y familias.
Lucía miró a Mendoza.
El plan había sido una trampa.
Pero ellos también habían preparado una segunda trampa.
Mientras todos miraban el convoy, el verdadero grupo enemigo había entrado por otra ruta.
Y ahora estaba dentro de la instalación.
Lucía tomó su equipo.
—Vamos.
Mendoza negó con la cabeza.
—No puedes volver a hacer esto.
Lucía sonrió.
—No voy sola.
Esta vez, detrás de ella había un equipo completo.
Pero el peligro era mucho mayor.
Porque el enemigo ya estaba dentro.
Cuando llegaron a la instalación, las luces estaban apagadas.
No había comunicaciones.
No había vehículos.
Solo silencio.
Lucía levantó una mano.
Todos se detuvieron.
—Algo no está bien.
Cruz observó la entrada.
—¿Qué hacemos?
Lucía respondió:
—Esperamos.
Pasaron treinta segundos.
Entonces una figura apareció en una ventana.
Un soldado.
Hizo una señal.
Lucía comprendió.
Había supervivientes dentro.
Entraron rápidamente.
Encontraron varios soldados escondidos en una sala.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Lucía.
Uno de ellos respondió:
—El infiltrado abrió las puertas desde dentro.
—¿Dónde está?
El soldado señaló el pasillo.
—Se llevó a seis personas.
Lucía sintió que el tiempo se detenía.
—¿A quiénes?
—Dos oficiales, tres técnicos y…
El soldado dudó.
—La hija del comandante de la base.
Lucía cerró los ojos durante un segundo.
Otra situación de rehenes.
Otra cuenta regresiva.
Otra persona que podía morir.
Pero esta vez no estaba sola.
Lucía miró a su equipo.
—Vamos a traerlos de vuelta.
La persecución comenzó.
El enemigo había escapado hacia una zona montañosa.
Lucía encontró huellas recientes.
—Por aquí.
Cruz la siguió.
—¿Sabes a dónde van?
Lucía observó el terreno.
—Sí.
—¿Cómo?
—Porque yo habría elegido el mismo camino.
Horas después llegaron a una antigua construcción abandonada.
La puerta estaba abierta.
Dentro encontraron una radio.
Y un mensaje.
—Capitana Barrera.
La voz del antiguo comandante apareció en el dispositivo.
—Sabía que vendrías.
Lucía permaneció inmóvil.
—Esta vez no tienes cuatro soldados.
Silencio.
—Tienes seis personas.
Una pausa.
—Y tienes menos de seis horas.
La transmisión terminó.
Lucía miró a Cruz.
—Quiere que lo sigamos.
—Es una trampa.
—Sí.
—Entonces no iremos.
Lucía negó lentamente.
—No.
Cruz la miró.
—¿Qué?
—Vamos a hacer que crea que estamos cayendo en ella.
Lucía tomó la radio.
—Comienza la operación.
Esta vez, la capitana que había entrado sola en territorio enemigo tres años atrás no estaba buscando sobrevivir.
Estaba preparando la operación más peligrosa de toda su carrera.
Porque detrás de aquella puerta había seis rehenes.
Y entre ellos estaba una niña.
Lucía había hecho una promesa una vez.
Ahora estaba a punto de hacerla nuevamente.
Los iba a traer a casa.