“La hija de tres años de la criada imitó la expresión de furia aterradora de su empleador… y lo que hizo a continuación dejó a todos sin palabras.”
PARTE 2
El aire dentro de la oficina parecía haberse vuelto sólido.
—Evelyn, baja el portarretratos con cuidado y siéntate —me dijo Arturo, con una voz tan suave que me dolió más que si me hubiera gritado.
Mis piernas apenas me sostenían. Me dejé caer en una de las sillas de piel frente a su escritorio, apretando el marco contra mi pecho como si fuera un chaleco salvavidas. La imagen de Julián sonriendo junto a él me quemaba las manos.
—Tú… ¿lo conocías? —logré articular, con un nudo en la garganta que me ahogaba—. Julián nunca me habló de ningún socio o jefe llamado Arturo. Él trabajaba como ingeniero residente en obras grandes, pero… pero murió en un “accidente” en la zona industrial de Tlalnepantla. Eso fue lo que me dijeron las autoridades. Un derrumbe.
Arturo suspiró profundamente. Se pasó una mano por el rostro, quitándose por un instante esa máscara de hombre intocable que siempre llevaba puesta. Sus ojos oscuros reflejaban un cansancio de años.
—No fue un accidente, Evelyn —dijo finalmente, rompiendo el silencio que más temía—. O al menos, no uno fortuito.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
—¿De qué hablas? —exclamé, sintiendo la rabia y el miedo mezclarse en mi interior—. A mi esposo lo enterré hace dos años. Me dejaron sola con una bebé de un año, sin un centavo, con una pensión miserable que apenas me alcanza para malvivir en Ecatepec, ¡mientras tú vives en este palacio! ¡Dime la verdad de una vez!
Arturo no se enojó. No levantó la voz. Se inclinó hacia adelante apoyando los codos en la madera de caoba y me miró fijamente a los ojos.
—Julián y yo éramos socios en una constructora cuando éramos más jóvenes. Éramos hermanos del alma, Evelyn. Él era el cerebro técnico, el hombre más honesto que he conocido en este país. Demasiado honesto para su propio bien.
—¿A qué te refieres?
—Descubrimos un esquema millonario de corrupción y desvío de recursos en las licitaciones públicas del gobierno de la ciudad —continuó Arturo con la mandíbula tensa—. Yo quería denunciarlos de inmediato, pero Julián me detuvo. Quiso recopilar pruebas sólidas, firmas, transferencias ocultas, para asegurarnos de que los peces gordos cayeran tras las rejas sin escapatoria. Cometimos el error de confiar en la persona equívocada… alguien muy cercano a nosotros dentro de la empresa.
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
—¿Fue un atentado? —pregunté apenas en un susurro, con las lágrimas rodando por mis mejillas.
—Fue un mensaje —respondió Arturo con amargura—. Quisieron intimidarnos. El “colapso” en la obra fue provocado. Cuando me enteré, ya era demasiado tarde para salvarlo. A mí también intentaron silenciarme. Me amenazaron con destruir lo poco que tenía, con ir tras mi familia. Tuve que desaparecer del mapa un tiempo, reinventarme, endurecerme y construir este imperio desde cero para protegerme y, sobre todo, para encontrar el momento exacto de cobrar venganza.
Miré el portarretratos. El rostro de Julián parecía mirarme con la misma ternura de siempre, recordándome al hombre amoroso que construía cunitas de madera en sus ratos libres.
—Si sabías todo esto… ¿por qué no hiciste nada? ¿Por qué mi hija y yo pasamos tanta hambre y penurias? —le reclamé, con la voz quebrada por el dolor.
Arturo se puso de pie lentamente, caminó hacia la ventana y miró hacia los jardines donde Nora jugaba tranquilamente con su peluche, vigilada de cerca por uno de los guardias.
—Porque no podía acercarme a ustedes, Evelyn. Si los hombres que mataron a Julián hubieran sabido que yo tenía algún tipo de vínculo con su viuda y su hija, las habrían eliminado sin pensarlo dos dos veces. Te mantuve vigilada desde la sombra, asegurándome anónimamente de que tuvieras lo básico, aunque sé que nunca fue suficiente. Cuando viniste a pedir empleo aquí hace ocho meses reconociéndote por tu apellido de casada… casi se me para el corazón. Quise correrte por tu propia seguridad. Pero al verte luchar todos los días por esa niña… supe que tenías el mismo temple de Julián.
En ese momento, la puerta de la oficina se abrió de golpe.
Richard entró casi corriendo a la oficina, con la tablet en la mano y el rostro pálido como el papel.
—Señor Vance… tenemos un problema grave. Acaban de hackear los servidores de seguridad del perímetro sur. Y… hay tres camionetas sin placas estacionadas en la entrada principal. Vienen armados. Preguntan por la empleada doméstica y su hija.
Arturo volteó a verme. En su mirada ya no había miedo, sino una fría y absoluta determinación. Su expresión volvió a ser la de aquel temido jefe, pero esta vez, no era contra mí.
—Evelyn —dijo con voz firme, abriendo un cajón secreto de su escritorio de donde sacó un juego de llaves especiales—. Toma a Nora, ve al pasadizo secreto detrás de la biblioteca. Richard las guiará al sótano blindado.
—¿Y tú? —le pregunté aterrada.
Arturo esbozó una sonrisa ladeada, la misma que le había copiado mi pequeña Nora unas semanas atrás.
—Llevo dos años esperando a que vengan por mí. Es hora de terminar lo que empezaron.
¿Qué te pareció este giro? Si quieres saber cómo termina este enfrentamiento y si lograrán salir con vida, dime y escribimos el desenlace.