Capítulo 2: El hombre que salió corriendo detrás de mí
Capítulo 2: El hombre que salió corriendo detrás de mí
Me detuve justo antes de cruzar las puertas de cristal.
Me giré lentamente, todavía sosteniendo las margaritas que mi oncólogo me había regalado.
Era el doctor Michael Bennett, mi oncólogo. Venía caminando rápidamente por el pasillo, con una carpeta azul bajo el brazo.
—Nora, espera un momento. Necesito hablar contigo.
Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano.
—¿Ha ocurrido algo, doctor? ¿Hay algún problema con los resultados?
Él negó inmediatamente con la cabeza.
—No, cariño. Tus resultados siguen siendo excelentes. No hay ninguna señal de que la enfermedad haya regresado.
Solté el aire que estaba conteniendo.
—Entonces, ¿qué sucede?
El doctor miró las flores y después me miró a los ojos.
—No deberías irte a casa sola hoy.
Aquellas palabras me hicieron sonreír tristemente.
—No se preocupe. Estoy acostumbrada.
Su expresión cambió.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Se acercó un poco más y bajó la voz.
—Durante catorce meses has venido a este hospital prácticamente sin compañía. Has recibido tratamientos, has soportado procedimientos dolorosos y has escuchado noticias que nadie debería tener que afrontar a tu edad. Y hoy, cuando finalmente has vencido la enfermedad, tu familia no ha encontrado tiempo para estar contigo.
No supe qué responder.
—No quiero que pienses que tu victoria vale menos porque ellos no hayan venido —continuó—. Y tampoco quiero que creas que tienes que fingir que no te duele.
Aquellas palabras me hicieron llorar otra vez.
El doctor Bennett me ofreció un pañuelo.
—Ven conmigo. Hay algo que quiero enseñarte.
Me llevó a una pequeña sala de reuniones situada junto a la unidad de oncología.
Cuando abrió la puerta, me quedé completamente inmóvil.
Había seis personas esperándome.
La enfermera Laura, que me había sostenido la mano durante mis primeras sesiones de quimioterapia. El enfermero James, que siempre conseguía hacerme reír incluso cuando tenía náuseas. La doctora Patel, que había revisado mis análisis durante meses. También estaban dos auxiliares y una trabajadora social.
Sobre la mesa había una tarta pequeña con una inscripción:
«Nora, lo lograste. ¡Hoy comienza tu nueva vida!»
Me llevé una mano a la boca.
—¿Qué es esto?
Laura se acercó y me abrazó.
—No queríamos que terminaras este día pensando que nadie estaba orgulloso de ti.
El doctor Bennett dejó la carpeta azul sobre la mesa.
—Durante estos meses hemos visto cuánto has luchado. Y también hemos visto algo más: cuántas veces has tenido que ser fuerte cuando lo único que necesitabas era que alguien te acompañara.
Me senté lentamente.
Por primera vez en mucho tiempo, no sentía que tuviera que disculparme por llorar.
James me sirvió un poco de agua.
—Además, tenemos una sorpresa.
El doctor abrió la carpeta.
—Nora, ¿recuerdas cuando nos contaste que antes de enfermarte querías estudiar enfermería?
Asentí.
Había sido un sueño que abandoné años atrás porque necesitaba trabajar y ayudar económicamente a mi familia.
—También recuerdo que dijiste que, si algún día conseguías superar el cáncer, querías hacer algo para ayudar a otros pacientes.
—Sí, pero eso era solo una idea.
El doctor sonrió.
—Pues hemos estado hablando con el departamento de apoyo a pacientes. Hay un programa de voluntariado para antiguos pacientes que desean acompañar a personas que están pasando por tratamientos similares. No tienes que empezar inmediatamente ni hacer nada que no quieras.
Miré los documentos.
No podía creerlo.
—¿Me están ofreciendo un trabajo?
—No exactamente. Es una oportunidad para que, cuando estés preparada, puedas compartir tu experiencia y ayudar a otros. Y también hemos encontrado información sobre becas para adultos que desean retomar sus estudios de enfermería.
Sentí un nudo en la garganta.
Durante catorce meses había pensado que mi vida se había reducido a hospitales, medicamentos y análisis.
Pero aquellas personas estaban recordándome que todavía podía tener sueños.
—No sé qué decir —murmuré.
Laura me tomó la mano.
—No tienes que decir nada. Hoy solo tienes que celebrar.
Aquella tarde regresé a casa con las margaritas sobre el asiento del copiloto.
Cuando entré, mi teléfono tenía siete llamadas perdidas.
Tres eran de mamá.
Dos de Paige.
Una de Dean.
La última era de un número desconocido.
Primero abrí los mensajes de mi familia.
Mamá había escrito:
«No quiero que te enfades por lo de hoy. Sabes que todos tenemos nuestras responsabilidades».
Paige había enviado una fotografía de sus hijos jugando en el jardín.
«Mira qué día tan bonito hemos pasado. La próxima vez celebraremos juntas».
Dean simplemente había escrito:
«¿Ya estás en casa?».
Me quedé mirando la pantalla.
No había una sola pregunta sobre cómo me había sentido al tocar la campana.
Ni una felicitación sincera.
Ni siquiera una disculpa.
Entonces abrí el mensaje del número desconocido.
Era una fotografía.
En ella aparecía mi madre sentada en un restaurante junto a Paige y Dean. Los tres estaban brindando con copas de champán.
La fotografía tenía una hora marcada: 11:52 de la mañana.
Exactamente cuando yo estaba esperando junto a la campana.
Debajo había un mensaje:
«Nora, creo que deberías saber que tu familia no tenía ningún compromiso de última hora. Estaban celebrando algo. Y me parece que tienes derecho a conocer la verdad».
Sentí que se me helaban las manos.
Miré nuevamente la fotografía.
Al fondo aparecía un enorme cartel decorado con globos dorados.
No era un cumpleaños.
No era una reunión improvisada.
Era una celebración organizada.
Y cuando amplié la imagen, reconocí el nombre que aparecía en el cartel.
Era el nombre de mi hermana, Paige.
Pero lo que más me sorprendió fue la fecha escrita debajo:
«Celebración de la nueva casa. ¡Por fin lo conseguimos!»
Me quedé mirando la fotografía durante varios minutos.
Entonces recordé algo.
Tres meses antes, Paige me había llamado para pedirme 15.000 dólares. Me había dicho que necesitaba cubrir unos gastos urgentes porque estaba a punto de perder la oportunidad de comprar una casa.
Yo acababa de terminar una sesión de quimioterapia.
Apenas podía mantener los ojos abiertos.
Pero aun así, le transferí el dinero.
Le había dicho que no se preocupara por devolvérmelo inmediatamente.
Porque era mi hermana.
Porque creía que mi familia estaba pasando por dificultades.
Y porque todavía esperaba que, cuando llegara el día de mi victoria, estuvieran a mi lado.
De repente, el teléfono volvió a sonar.
Era mamá.
Contesté.
—Nora, ¿por qué no respondes? —preguntó con tono molesto—. Paige está preocupada porque no le has felicitado por su nueva casa.
Apreté el teléfono.
—¿La casa que compró con los quince mil dólares que le presté?
Hubo un silencio.
Después escuché a Paige hablar al fondo.
Mamá respondió:
—No empieces con eso. Tu hermana necesitaba ayuda y tú estabas en condiciones de dársela.
Miré las margaritas sobre la mesa.
—Mamá, hoy vencí el cáncer.
—Y nos alegramos muchísimo, cariño.
—Entonces, ¿por qué no viniste?
No respondió.
Y en ese silencio comprendí que todavía había algo que no me habían contado.
Porque unos segundos después, mamá dijo una frase que hizo que mi corazón volviera a acelerarse:
—Nora, hay algo que debes entender. No fuimos porque Paige nos pidió que no estuviéramos allí. Dijo que tenía una razón importante para hacerlo.
Me quedé paralizada.
—¿Qué razón?
Mamá respiró profundamente.
—Porque la nueva casa que acabas de ayudar a comprar… está a tu nombre.
Continuará en el capítulo 3…