Capítulo 2: El secreto oculto en mi bebida – News

Capítulo 2: El secreto oculto en mi bebida

Capítulo 2: El secreto oculto en mi bebida

Capítulo 2: El secreto oculto en mi bebida

El doctor Reeves permaneció en silencio durante varios segundos. Sus dedos sujetaban el informe con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

—Señora Bennett, necesito que me escuche con atención —dijo finalmente—. Los resultados muestran la presencia de una sustancia que no debería estar en una bebida destinada al consumo habitual.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Qué significa eso? ¿Me está diciendo que mi esposo me ha estado envenenando?

El médico respiró profundamente antes de responder.

—No puedo determinar quién añadió esa sustancia ni con qué intención. Sin embargo, algunos de los hallazgos podrían explicar el cansancio, las dificultades de concentración y los problemas de memoria que usted ha descrito. Necesitamos realizar pruebas adicionales para identificarla con precisión y evaluar sus posibles efectos.

Me llevé una mano a la boca.

Durante seis meses había aceptado cada taza que Daniel me entregaba. Había interpretado sus insistentes peticiones como una muestra de cariño. Incluso cuando me sentía demasiado agotada para mantener una conversación, él me acariciaba el cabello y me decía que debía descansar.

¿Y si todo aquello había sido parte de un plan?

—Doctor, ¿podría estar intentando hacerme daño? —pregunté con la voz quebrada.

Reeves no respondió inmediatamente.

—No quiero sacar conclusiones precipitadas. Pero, por su seguridad, le recomiendo que no vuelva a consumir esa bebida ni ninguna otra preparación que le genere dudas. Necesitamos que reciba una evaluación médica cuanto antes.

Después me miró directamente a los ojos.

—Y hay algo más. Si sospecha que su esposo podría estar administrándole una sustancia sin su consentimiento, no lo confronte a solas hasta que haya recibido orientación médica y tenga un plan para mantenerse segura.

Aquellas palabras me hicieron comprender que el hombre con quien compartía la cama podía ser alguien a quien nunca había conocido realmente.

Salí del consultorio con una copia del informe y las manos temblorosas.

En el estacionamiento, me senté dentro de mi automóvil sin encender el motor. Miré la fotografía de nuestra boda que llevaba en el bolso. Daniel aparecía sonriendo, con un brazo alrededor de mi cintura, mientras yo sostenía un ramo de rosas blancas.

Recordé lo que me había dicho aquel día.

—Margaret, nunca permitiré que te falte nada. Quiero cuidarte el resto de mi vida.

Entonces, aquellas palabras me habían parecido una promesa de amor.

Ahora sonaban como una advertencia.

Decidí que no podía regresar a casa y fingir que nada había ocurrido. Antes de hacer cualquier otra cosa, llamé a una antigua compañera de la escuela, Helen, una mujer discreta en quien siempre había confiado.

—Necesito hablar contigo —le dije—. Pero tienes que prometerme que no se lo contarás a nadie.

—Margaret, ¿qué sucede? Estás temblando.

Le conté lo que había descubierto, desde el frasco oscuro hasta los resultados del laboratorio. Helen permaneció callada, escuchándome con una expresión cada vez más preocupada.

Cuando terminé, me tomó de las manos.

—Esta noche no tienes que quedarte sola con él. Puedes venir a mi casa.

Por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien estaba de mi lado.

Sin embargo, todavía necesitaba comprender qué buscaba Daniel.

Esa tarde regresé a nuestra mansión, decidida a observarlo sin revelar mis sospechas. Guardé el informe en un lugar seguro y actué como si mi visita al laboratorio hubiera sido una simple consulta rutinaria.

Daniel llegó a las siete, llevando un ramo de lirios.

—¡Mi preciosa Margaret! —exclamó, besándome la frente—. ¿Cómo estuvo tu día?

Lo miré atentamente.

Su sonrisa era perfecta. Su voz, cálida. No había nada en su apariencia que revelara lo que yo temía.

—Tranquilo —respondí—. Aunque últimamente me siento un poco débil.

Su expresión cambió apenas un instante.

—¿Otra vez? Quizá necesitas dormir más. Esta noche te prepararé algo especial.

Noté cómo mi estómago se encogía.

—No hace falta, cariño. Creo que tomaré agua.

Daniel dejó las flores sobre la mesa.

—Pero ya sabes que tu bebida nocturna te ayuda a descansar.

—Hoy no me apetece.

Por primera vez desde nuestra boda, vi que su amabilidad desaparecía por completo.

—Margaret, debes terminarla —dijo con una firmeza que nunca antes había utilizado—. No puedes abandonar algo que te está ayudando.

—¿Y cómo sabes que me está ayudando si sigo sintiéndome cansada?

El silencio que siguió fue insoportable.

Finalmente, Daniel soltó una pequeña risa y me acarició el hombro.

—Estás nerviosa, eso es todo. Mañana te sentirás mejor.

Pero aquella noche no preparó la bebida frente a mí.

Esperó a que yo estuviera en el salón, viendo la televisión, y entró en la cocina. Desde el otro extremo del pasillo, observé cómo sacaba el mismo frasco oscuro del bolsillo.

Añadió unas gotas a la taza.

Después miró hacia la puerta, como si temiera que alguien lo estuviera vigilando.

Y entonces hizo algo que me heló la sangre.

Sacó su teléfono y fotografió la taza antes de colocarla en una bandeja.

Unos segundos después, su teléfono vibró.

Daniel leyó el mensaje y respondió rápidamente.

No pude ver todas las palabras, pero distinguí una frase en la pantalla:

«La dosis todavía no está funcionando como esperábamos».

Se me cortó la respiración.

No era una preocupación espontánea por mi salud. Alguien más estaba involucrado.

Me retiré antes de que pudiera descubrirme y esperé en el salón, fingiendo que no había visto nada.

Cuando Daniel apareció con la bandeja, llevaba nuevamente aquella sonrisa encantadora.

—Aquí tienes, amor. Tómala mientras está caliente.

Miré la taza y después lo miré a él.

—Daniel, ¿qué pasaría si dejara de tomarla definitivamente?

Su mano se detuvo en el aire.

Durante un segundo, su rostro perdió toda expresión.

Luego se inclinó hacia mí y susurró:

—No deberías hacer eso, Margaret. Podrías arrepentirte.

Aquella noche comprendí que mi matrimonio no solo escondía una mentira. También escondía una amenaza.

Y mientras Daniel se alejaba con la taza todavía intacta, tomé una decisión: al día siguiente buscaría ayuda para protegerme y averiguaría quién estaba al otro lado de aquellas llamadas.

Pero no imaginaba que, antes de que amaneciera, encontraría algo en su despacho que cambiaría por completo mi manera de entender aquellos seis meses de matrimonio.

Sobre su escritorio había una carpeta abierta.

En la primera página aparecía mi nombre completo.

Debajo, en letras grandes, leí una frase que me dejó sin aliento:

«Plan de transferencia patrimonial: Margaret Bennett».

Y junto a mi nombre había una fecha.

La fecha en la que Daniel esperaba que todo terminara.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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