Capítulo 2: La casa de la playa
Capítulo 2: La casa de la playa
Hice las maletas en veinte minutos.
No metí vestidos bonitos ni ropa de foto familiar. Metí bañadores, toallas y la rabia de once años doblada con cuidado, como se doblan las camisas de un marido que se va de vacaciones sin ti.
Sophie subió al coche en silencio. Antes de cerrar la puerta, volvió a entrar en casa y salió con algo en la mano, envuelto en una bolsa de plástico para que no se le llenara de polvo.
La palita rosa.
La había guardado once años en el fondo de su armario, esperando el verano en que su padre cumpliera su promesa.
Caleb se sentó en el asiento de atrás, con las manos en los bolsillos, como siempre. No preguntó adónde íbamos. Había dejado de preguntar años atrás, y eso me dolió más que cualquier mentira de Nathan.
Tres horas después, aparcamos delante de la casa de la playa.
Linda abrió la puerta antes de que llamáramos.
—Llegaron —dijo, sin sorpresa, como si llevara once años esperando esa frase.
Dentro, toda la familia se quedó en silencio. Los padres de Nathan. Sus hermanos y hermanas. Sus esposos y esposas. Los primos. Los niños. Todos con sus camisas azules a juego, de pie bajo el toldo, igual que en la foto que había visto esa misma mañana.
Y sobre la mesa del comedor, dobladas con cuidado, había tres camisas azules más.
Una de mi talla. Una de la talla de Sophie. Una de la talla de Caleb.
—Las pido cada año —dijo Linda, siguiéndome la mirada—. Por si venían.
Nathan salió del porche con una cerveza en la mano. Al vernos, la cerveza se le resbaló de los dedos y se rompió contra el suelo.
—¿Qué hacéis aquí? —dijo.
—Lo que debimos hacer hace once años —respondí.
Delante de todos, sin gritar, conté las dos versiones. La que Nathan me había contado a mí: que era tradición, que no estábamos invitados, que su familia no nos quería allí. Y la que Linda me había contado por teléfono: que nunca nos excluyeron, que preguntaban cada año, que Nathan les decía que yo prefería quedarme en casa y que había que respetar mis límites.
Linda asintió, despacio, delante de su hijo.
—Preguntábamos cada verano, Nathan. Cada verano decías lo mismo: que Claire no quería venir.
Nathan miró a su madre. Después a sus hermanos. Después a Sophie, que sostenía la palita rosa con las dos manos, como si fuera la prueba de un juicio.
—Quería estar solo —dijo al fin, con la voz rota—. Dos semanas al año sin ser marido ni padre. Sin que nadie me necesitara. Sin desayunos, sin deberes, sin preguntas. Era más fácil mentir que decirlo en voz alta.
Sophie dio un paso hacia él y le enseñó la palita.
—Te esperé once años, papá —dijo—. Once años durmiendo con esto porque me dijiste que el año que viene sí.
Caleb sacó las manos de los bolsillos por primera vez en todo el viaje.
—Yo dejé de preguntar —dijo— porque pensé que no nos querías allí.
Nathan se dejó caer en una silla del porche, con la cabeza entre las manos. Su padre le puso una mano en el hombro, pero no lo defendió. Su hermana le acercó un vaso de agua, pero no le dijo que no pasaba nada. Porque sí pasaba. Había pasado once años.
—Lo siento —dijo Nathan, mirándonos a los tres—. Lo siento. No sé qué más decir.
Linda se acercó entonces a mí, me tomó del brazo y me apartó hacia la cocina, lejos de los demás. Bajó la voz hasta convertirla en un susurro.
—Claire —dijo—. Eso no es todo. Pregúntale a Nathan por qué de verdad no quería que vinierais. No era solo por estar solo.
Hizo una pausa. Miró por la ventana, hacia la playa donde los niños jugaban con las camisas azules.
—Pregúntale por su hermano.