Capítulo 2: La doctora que decidió no volver a sangrar por él
Capítulo 2: La doctora que decidió no volver a sangrar por él
Durante casi cinco minutos, permanecí sentada en el borde de la cama.
El teléfono seguía en mi mano.
La voz de Marcos seguía resonando en mi cabeza.
“Si no vienes, puede morir.”
Qué extraño.
Durante tres años, todos habían esperado que yo olvidara que también podía sufrir.
Que como médica debía ser fría.
Que como esposa debía perdonar.
Que como mujer debía aguantar.
Pero nadie me había preguntado una sola vez si yo estaba bien.
Ni siquiera Adrián.
Me levanté lentamente.
Caminé hasta el armario.
Mi bata blanca seguía colgada al fondo.
La había guardado tres años atrás.
La última vez que la usé fue la noche en que salvé la vida de Adrián Fuentes.
La noche en que todos me llamaron heroína.
La noche en que él me miró desde una cama de hospital con los ojos llenos de lágrimas y me dijo:
—Si alguna vez vuelvo a caminar, quiero que seas tú la persona que vea a mi lado.
En ese momento pensé que aquellas palabras eran una promesa.
Ahora entendía que solo eran palabras dichas por un hombre que estaba asustado de morir.
No necesariamente por un hombre que sabía amar.
Tomé la bata.
La observé durante unos segundos.
Luego la doblé cuidadosamente.
No porque quisiera ir a salvarlo.
Sino porque todavía era una doctora.
Y aunque Adrián había destruido mi corazón, mis manos seguían perteneciendo a mi profesión.
El Hospital Central estaba a veinte minutos de casa.
Pero esa noche el camino pareció mucho más largo.
Cada semáforo en rojo me daba tiempo para pensar.
Pensar en la bofetada.
En las palabras.
En la mirada de Valentina.
En todos los años que había pasado justificando su frialdad.
Cuando la gente preguntaba por qué Adrián nunca sonreía conmigo en público, yo decía:
“Es reservado.”
Cuando cancelaba una cena familiar para estar con Valentina y sus amigos, yo decía:
“Está bajo mucha presión.”
Cuando me despertaba sola después de una pesadilla causada por aquella explosión, yo decía:
“Él también sufrió.”
Siempre encontraba una explicación para él.
Nunca una para mí.
Al llegar al hospital, Marcos estaba esperándome en la entrada.
Su rostro estaba pálido.
—Doctora Serrano.
Asentí.
—¿Estado actual?
Volvió a ser el asistente profesional de siempre.
—El fragmento se desplazó aproximadamente cuatro milímetros. Está provocando presión en una zona crítica.
—¿Síntomas?
—Pérdida de conciencia, desorientación, convulsiones leves.
Respiré profundamente.
—¿El profesor Vidal?
Marcos bajó la mirada.
—Está dentro.
Caminamos hacia el área quirúrgica.
Pero antes de entrar, vi algo que hizo que me detuviera.
Valentina estaba sentada en la sala de espera.
Llevaba el mismo vestido elegante del evento.
El mismo maquillaje perfecto.
Pero ahora su rostro no tenía la seguridad de antes.
Cuando me vio, se levantó.
—¿Has venido?
No respondí.
Ella miró mi bata.
—Sabía que vendrías.
Esa frase me hizo detenerme.
—¿Perdón?
Valentina sonrió ligeramente.
—Porque tú siempre lo eliges a él.
La miré.
Y por primera vez en mucho tiempo, no sentí celos.
Sentí tristeza.
Porque entendí algo.
Ella no me conocía.
No conocía a la mujer que había pasado noches enteras estudiando sus informes médicos.
No conocía a la mujer que había rechazado ofertas internacionales para quedarse a su lado.
No conocía a la mujer que había aprendido a dormir con un ojo abierto por miedo a que una complicación neurológica acabara con su vida.
Ella solo conocía a la esposa que creía haber derrotado.
—No he venido por él —dije.
La sonrisa de Valentina desapareció.
—Entonces, ¿por qué?
Miré hacia la puerta del quirófano.
—Porque soy médica.
Y entré.
La sala estaba llena de especialistas.
El profesor Vidal levantó la vista cuando me vio.
—Clara.
No había sorpresa en su voz.
Solo alivio.
—Sabía que vendrías.
Me puse los guantes.
—No confundas mi profesión con perdón.
El profesor guardó silencio.
Luego asintió.
—Lo sé.
La pantalla mostraba las imágenes del cerebro de Adrián.
El fragmento metálico estaba exactamente donde recordaba.
Pequeño.
Casi invisible.
Pero mortal.
—La cirugía es extremadamente delicada —dijo Vidal—. Un error de un milímetro podría causar daños permanentes.
Miré la imagen.
Conocía ese cerebro mejor que nadie.
Lo había tocado cuando su vida dependía de mis manos.
Había visto sus heridas.
Había visto su miedo.
Y ahora también veía algo más.
La ironía.
El hombre que me destruyó estaba vivo gracias al conocimiento que yo había desarrollado mientras intentaba salvarlo.
—Empezamos en veinte minutos —dije.
Los médicos comenzaron a prepararse.
Pero justo antes de salir para lavarme las manos, Marcos apareció en la puerta.
—Doctora.
Lo miré.
—¿Qué pasa?
Dudó.
—Adrián despertó unos segundos.
Me quedé quieta.
—¿Y?
Marcos tragó saliva.
—Preguntó por usted.
No dije nada.
—Dijo su nombre.
Seguí caminando.
—Eso no cambia nada.
Pero cuando llegué al lavamanos, mis manos se detuvieron un segundo.
Porque una parte de mí recordó al hombre que me miraba como si yo fuera su milagro.
Y otra parte recordó al hombre que me golpeó delante de doscientas personas.
Ambas versiones eran reales.
Ese era el problema.
La cirugía comenzó a las 2:15 de la madrugada.
Durante las siguientes seis horas, no existió Adrián como esposo.
No existió el divorcio.
No existió Valentina.
Solo existía un paciente.
Un corazón latiendo.
Un cerebro vulnerable.
Una vida en mis manos.
Y eso era lo que más me enfurecía.
Porque incluso después de todo…
todavía era capaz de salvarlo.
A las 8:32 de la mañana, retiré finalmente el fragmento.
La operación había terminado.
Adrián viviría.
Pero cuando salí del quirófano, no encontré a Valentina llorando de felicidad.
No encontré a la familia Fuentes agradeciéndome.
Encontré a Marcos sosteniendo un sobre marrón.
—Doctora Serrano…
Lo miré cansada.
—¿Qué es eso?
Su expresión era seria.
—Lo encontramos en la oficina privada del señor Fuentes mientras buscábamos sus documentos médicos.
Tomé el sobre.
En la parte frontal había una fecha.
Tres años atrás.
El día de nuestra boda.
Abrí lentamente la carpeta.
Dentro había documentos que hicieron que mi respiración se detuviera.
Porque después de salvar la vida de Adrián…
descubrí que quizá nunca había sido él quien me había salvado a mí.
Y la verdad sobre nuestro matrimonio estaba a punto de salir a la luz.