CAPÍTULO 2: LA NOVIA QUE DEJÓ DE CALLAR – News

CAPÍTULO 2: LA NOVIA QUE DEJÓ DE CALLAR

CAPÍTULO 2: LA NOVIA QUE DEJÓ DE CALLAR

CAPÍTULO 2: LA NOVIA QUE DEJÓ DE CALLAR

Abrí la puerta de un empujón.

El golpe contra la pared hizo que Seth y Heather se giraran al mismo tiempo. Mi prometido tenía una taza de café en la mano y una sonrisa despreocupada en el rostro. Su hermana estaba sentada junto a la mesa, revisando algo en su teléfono.

Los dos se quedaron inmóviles al verme.

—¿Desde cuándo? —pregunté.

Seth parpadeó.

—¿Desde cuándo qué, cariño?

Miré la taza que sostenía, después sus ojos y, finalmente, a Heather.

—¿Desde cuándo decidiste que iba a abandonar mi trabajo para cuidar de tus sobrinos?

La sonrisa de Seth desapareció poco a poco.

—Natalie, espera. No es lo que parece.

Solté una risa breve, sin alegría.

—¿Ah, no? Porque acabo de escuchar cómo le asegurabas a tu hermana que el lunes estaría en su casa a las siete y media de la mañana. También escuché que ya habías decidido que yo dejaría mi trabajo. Y, por si fuera poco, que todo esto estaba acordado desde hacía semanas.

Heather se levantó de golpe.

—Natalie, yo… Pensé que Seth ya lo había hablado contigo.

—Pues pensaste mal.

Mi voz resonó en aquella pequeña sala.

Heather bajó la mirada y empezó a retorcerse las manos. Por primera vez, parecía comprender que había algo terriblemente equivocado en aquella conversación.

Pero Seth no parecía avergonzado.

Parecía molesto.

—¿Podemos hablar de esto en privado? —preguntó, acercándose a mí—. Nos casamos dentro de diez minutos. No necesitamos montar una escena.

Lo miré como si acabara de convertirse en un desconocido.

—¿Una escena? ¿De verdad crees que el problema es que te haya escuchado?

—El problema es que estás sacando conclusiones antes de conocer todos los detalles.

—Entonces explícame los detalles.

Seth dejó la taza sobre la mesa y se pasó una mano por el cabello.

—Heather está pasando por un momento difícil. La guardería cuesta una fortuna, su exmarido apenas le pasa dinero y los niños necesitan estabilidad. Tú tienes experiencia con ellos y te encantan. Pensé que sería una buena solución para todos.

—¿Una solución para todos? —repetí—. ¿Incluyéndome a mí?

—Por supuesto.

—¿En qué momento me preguntaste si quería hacerlo?

No respondió inmediatamente.

Y aquel silencio me dio una respuesta mucho más clara que cualquier explicación.

—Mira, Natalie —dijo al fin—, cuando uno se casa, deja de pensar solamente en sí mismo. Ahora somos una familia. A veces hay que hacer sacrificios.

—Estoy de acuerdo. Pero los sacrificios se hablan, Seth. No se imponen.

Él suspiró como si yo fuera una niña difícil de convencer.

—No tienes hijos propios. Tu trabajo es bastante flexible y, sinceramente, no ganas tanto dinero como para que merezca la pena sacrificar lo que podemos construir juntos.

Sentí un nudo en el estómago.

No por el dinero.

Sino porque acababa de escuchar, de boca del hombre con quien iba a compartir mi vida, que mis años de esfuerzo no valían lo suficiente para ser respetados.

—El doctor Bennett me ofreció el puesto de gerente —le recordé—. Voy a ganar más dinero y tendré mayores responsabilidades. Tú estuviste conmigo cuando recibí la noticia. Me abrazaste y dijiste que estabas orgulloso de mí.

—Y lo estoy.

—Entonces, ¿por qué decidiste que iba a renunciar?

Seth se encogió de hombros.

—Porque alguien tiene que cuidar de los niños. Y tú eres la persona más indicada.

—¿Más indicada que una guardería? ¿Más indicada que buscar una niñera? ¿Más indicada que su propia madre?

Heather levantó la cabeza, visiblemente herida.

—No estoy intentando aprovecharme de ti, Natalie. Te lo juro. Seth me dijo que tú habías aceptado. Incluso me dijo que estabas emocionada por pasar más tiempo con los niños.

Me volví hacia ella.

—¿Cuándo te dije eso?

Sus labios se entreabrieron, pero no salió ninguna palabra.

—Nunca, ¿verdad? —continué—. Porque nunca lo dije.

Heather miró a su hermano.

Y por primera vez, la duda apareció en su rostro.

—Seth, me dijiste que ella estaba de acuerdo.

Él apretó la mandíbula.

—Lo estará. Solo necesita tiempo para acostumbrarse a la idea.

Aquella frase me heló la sangre.

No había entendido absolutamente nada.

Para Seth, mi negativa no era una decisión que debía respetar. Era un obstáculo temporal. Algo que podría superar cuando estuviéramos casados, cuando yo llevara su apellido y cuando todos esperaran de mí que cumpliera con mis nuevas obligaciones familiares.

Me había imaginado una vida en la que ambos tomaríamos decisiones juntos.

Él ya había diseñado una en la que yo obedecía.

—¿Y si no quiero? —pregunté.

Seth me miró con una mezcla de incredulidad e impaciencia.

—No empieces, Natalie.

—Te he hecho una pregunta. ¿Qué pasa si no quiero dejar mi trabajo ni convertirme en la cuidadora de tus sobrinos?

—Entonces tendremos un problema.

—¿Un problema?

—Sí. Porque mi hermana necesita ayuda y yo no pienso abandonar a mi familia.

Asentí lentamente.

—Qué curioso. Yo tampoco pienso abandonar a mi familia.

Su expresión se suavizó, como si finalmente creyera que estaba entrando en razón.

—Bien. Entonces vamos a calmarnos, vamos a casarnos y esta noche lo hablamos tranquilamente. Mañana todo te parecerá menos complicado.

Me aparté cuando intentó tomarme de la mano.

—No vuelvas a decidir por mí.

Seth me observó durante unos segundos. Después, miró su reloj.

—Tenemos invitados esperando. Tu madre está ahí fuera llorando de emoción. Mi padre ha venido desde Indiana. Hay setenta personas en esa iglesia. No vas a cancelar una boda por una discusión sobre horarios.

Una discusión sobre horarios.

Había convertido mi futuro profesional, mi autonomía y el derecho a decidir sobre mi propia vida en una simple disputa doméstica.

Y todavía esperaba que yo caminara hacia el altar sonriendo.

Entonces escuché unos pasos apresurados en el pasillo.

Paige apareció en la puerta con el imperdible que había ido a buscar. Al ver mi rostro, dejó de sonreír.

—¿Qué ha pasado?

No contesté de inmediato.

Miré a Seth.

Durante tres años había confiado en él. Había creído que conocía su carácter, sus valores y la clase de marido que sería. Habíamos superado discusiones, dificultades económicas y momentos en los que el trabajo nos dejaba agotados.

Pensaba que esas experiencias nos habían preparado para el matrimonio.

Ahora comprendía que quizá solo me habían enseñado a justificar cosas que no quería ver.

—Paige —dije finalmente—, necesito que me ayudes con algo.

Ella dejó el imperdible sobre la mesa.

—Lo que sea.

Respiré hondo.

—Necesito que me ayudes a quitarme este vestido.

El rostro de Seth cambió por completo.

—Natalie, no seas ridícula.

Paige se colocó a mi lado.

—¿Quieres explicarme qué está pasando?

—Mi prometido acaba de informarme de que, a partir del lunes, voy a dejar mi trabajo para cuidar de los tres hijos de su hermana. Según él, ya lo habíamos acordado.

Paige lo miró fijamente.

—¿Has hecho qué?

—No es asunto tuyo —respondió Seth.

—Se convierte en asunto mío cuando mi mejor amiga está a punto de casarse con un hombre que cree que puede decidir su futuro sin consultarla.

—Esto es un asunto familiar.

—Todavía no es tu esposa —replicó Paige—. Y ni siquiera así tendrías derecho a imponerle algo semejante.

Seth dio un paso hacia ella.

—No necesito que nadie me dé lecciones sobre mi relación.

—Entonces deja de comportarte como si Natalie fuera una propiedad que acabas de comprar.

—¡Basta! —gritó él.

Su voz hizo eco en la sala.

Por un instante, nadie se movió.

Después, Seth volvió a mirarme y bajó el tono.

—Natalie, por favor. No hagas esto. Nos amamos. Tenemos una vida por delante. No puedes tirar tres años a la basura por un malentendido.

Lo observé en silencio.

Había esperado una disculpa.

Había esperado que reconociera su error, que admitiera que había cruzado una línea y que me prometiera que jamás volvería a tomar una decisión semejante sin hablar conmigo.

Pero seguía llamándolo un malentendido.

—No son tres años lo que estoy tirando a la basura, Seth —respondí—. Estoy intentando averiguar si alguna vez conocí realmente al hombre con el que iba a casarme.

Por primera vez, pareció asustado.

No porque comprendiera lo que me había hecho.

Sino porque empezaba a sospechar que yo podía marcharme.

Y entonces su teléfono vibró sobre la mesa.

En la pantalla apareció un mensaje de Heather.

Seth lo leyó y su rostro se endureció.

—¿Qué pasa? —preguntó su hermana.

Él no respondió.

Tomó el teléfono, escribió rápidamente y se lo guardó en el bolsillo.

Pero yo había alcanzado a ver la primera línea del mensaje.

«¿Le has contado ya lo del dinero que nos prometiste que Natalie aportaría para los niños?»

Levanté la mirada.

—¿Qué dinero?

Seth se quedó inmóvil.

Heather cerró los ojos.

Y, de repente, comprendí que la guardería no era el único asunto que habían organizado a mis espaldas.

—Seth —dije, sintiendo que el corazón me golpeaba con fuerza—. ¿Qué dinero le prometiste a tu hermana usando mi nombre?

Él abrió la boca.

Pero antes de que pudiera responder, alguien llamó a la puerta.

Era mi madre.

Su sonrisa desapareció al vernos.

—Natalie, cariño, ¿qué haces aquí? Todos están esperando. Es hora de caminar hacia el altar.

La miré, después miré a Seth y finalmente volví los ojos hacia el vestido blanco que llevaba puesto.

Tenía menos de diez minutos para tomar una decisión.

Y, por primera vez en mi vida, no iba a tomarla para complacer a nadie.

Continuará en el capítulo 3…

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Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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