CAPÍTULO 2 — Las llamadas que nunca contesté
CAPÍTULO 2 — Las llamadas que nunca contesté
Mi padre no dijo una sola palabra durante el trayecto.
Tampoco yo.
Sentía el cinturón de seguridad sobre las vendas y cada pequeño movimiento hacía que la piel de mi cuello ardiera.
Miré por la ventana.
Las luces de la ciudad pasaban lentamente.
Durante cuatro meses, aquel había sido el camino de regreso a una casa que ya no sentía como mi hogar.
Ahora ni siquiera sabía a dónde estaba regresando.
Mis padres vivían a casi una hora de distancia.
Cuando llegamos, mi madre estaba esperando en la puerta.
En cuanto me vio, corrió hacia mí.
—Rachel…
Intentó abrazarme, pero se detuvo al recordar mis heridas.
Entonces tomó mi mano.
—Ven adentro, cariño.
No preguntó por Daniel.
No esa noche.
Mi padre llevó mis cosas al dormitorio de invitados.
Mi madre preparó agua y organizó todos mis medicamentos sobre la mesa.
Todo era sencillo.
Normal.
Y precisamente por eso me dolió.
Porque durante meses había estado intentando conseguir de Daniel algo tan básico como aquello.
Atención.
Paciencia.
Un poco de ternura.
Y mis padres me lo estaban dando sin que yo tuviera que pedirlo.
Me senté en la cama.
Mi madre se quedó en la puerta.
—¿Quieres hablar?
Negué con la cabeza.
—Todavía no.
—Está bien.
Cerró parcialmente la puerta.
Antes de irse, añadió:
—Pero recuerda algo. No tienes que proteger a alguien que decidió abandonarte mientras estabas aprendiendo a vivir de nuevo.
Sus palabras se quedaron conmigo.
A las dos de la madrugada desperté.
Mi brazo izquierdo palpitaba.
Me levanté lentamente para tomar el medicamento.
Entonces escuché mi teléfono vibrar.
Era Daniel.
Me quedé mirando la pantalla.
Daniel: “¿Llegaste bien?”
No respondí.
Un minuto después llegó otro mensaje.
“No quería que termináramos así.”
Después otro.
“Necesito unos días para pensar.”
Cerré los ojos.
Unas horas antes había hecho una maleta frente a mí.
Me había dicho que llamara a mis padres.
Ahora quería que creyera que necesitaba tiempo para pensar.
Dejé el teléfono sobre la mesa.
Pero entonces apareció una cuarta notificación.
No era de Daniel.
Era un número desconocido.
“Rachel, no confíes en lo que Daniel te diga sobre el incendio.”
Me incorporé.
Leí el mensaje otra vez.
Mi corazón empezó a acelerarse.
El número volvió a escribir.
“Hay algo que nunca te contó.”
Mis dedos temblaron.
Respondí:
“¿Quién eres?”
La respuesta llegó inmediatamente.
“Alguien que lleva cuatro meses intentando hablar contigo.”
Me quedé mirando la pantalla.
—¿Quién es? —susurró mi madre desde la puerta.
No me había dado cuenta de que estaba allí.
Le mostré el teléfono.
Mi madre leyó el mensaje.
Su expresión cambió.
—¿Quieres que llame a tu padre?
Asentí.
A la mañana siguiente, mi padre llevó mi coche al taller.
Yo me quedé en casa con mi madre.
Intentaba desayunar cuando sonó el teléfono.
Era Daniel.
Esta vez contesté.
—¿Sí?
Su voz sonaba cansada.
—Rachel, ¿por qué no respondiste mis mensajes?
—Porque anoche dijiste que te ibas.
Silencio.
—Necesitaba espacio.
—Lo entiendo.
—¿Eso es todo?
Miré a mi madre.
Ella permaneció en silencio.
—¿Qué quieres que diga?
Daniel suspiró.
—No quiero que hagas una locura.
Fruncí el ceño.
—¿Qué locura?
—No vendas nada. No hables con abogados. No hagas nada hasta que vuelva.
Me quedé completamente quieta.
—¿Por qué iba a vender algo?
Otra pausa.
—Solo estoy diciendo que…
—Daniel.
—¿Qué?
—¿Qué estás escondiendo?
Su respiración cambió.
—Nada.
—Entonces, ¿por qué estás preocupado por abogados?
No respondió.
—Rachel, ahora mismo no estoy preparado para discutir.
—Yo tampoco.
Colgué.
Mi madre me miró.
—Eso no sonó como un hombre preocupado por su matrimonio.
—No.
Miré el teléfono.
—Sonó como un hombre preocupado por algo que yo todavía no sé.
A las once de la mañana recibí otra llamada.
Número desconocido.
Contesté.
—¿Rachel?
Era una mujer.
Su voz era baja.
—Sí.
—Mi nombre es Natalie.
—¿Nos conocemos?
—No personalmente.
—Entonces, ¿cómo tienes mi número?
La mujer guardó silencio unos segundos.
—Porque Daniel me lo dio.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Quién eres?
—Fui enfermera en el hospital donde estuviste ingresada después del incendio.
Me quedé inmóvil.
—¿Por qué me llamas ahora?
—Porque intenté hablar contigo antes de tu última operación.
—¿Sobre qué?
—Sobre Daniel.
Mi madre levantó la mirada.
—¿Qué pasa con él?
Natalie respiró profundamente.
—El día que te ingresaron, Daniel dijo algo que no coincidía con el informe del incendio.
—¿Qué dijo?
—Dijo que tú habías salido de la casa antes que él.
—Eso es cierto.
—No exactamente.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando llegaron los bomberos, Daniel ya estaba fuera.
Mi corazón se detuvo.
—Eso es imposible.
—Eso fue lo que me sorprendió.
—Yo entré por él.
—Lo sé.
—Lo arrastré hasta la calle.
—También lo sé.
Mi voz comenzó a temblar.
—Entonces, ¿qué estás diciendo?
Natalie respondió:
—Estoy diciendo que Daniel pudo haber salido de la casa antes de que tú volvieras a entrar.
Sentí un frío recorrerme el cuerpo.
Recordé aquella madrugada.
El humo.
El calor.
La oscuridad.
Mi desesperación.
La voz de los vecinos gritándome que no entrara.
Y a Daniel inconsciente en el suelo.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque uno de los bomberos encontró algo.
—¿Qué?
—Las puertas traseras estaban abiertas.
Me quedé callada.
—Y había huellas de zapatos fuera de la casa.
—¿De Daniel?
—No lo sabemos.
Natalie bajó la voz.
—Pero hay algo que sí sabemos.
—¿Qué?
—El incendio comenzó en la habitación donde estaba el cuadro eléctrico.
—Sí.
—Pero el informe final nunca explicó por qué el interruptor principal había sido desconectado antes de que comenzara el fuego.
Mi respiración se detuvo.
—¿Desconectado?
—Sí.
—¿Quién lo hizo?
—Eso es lo que nadie investigó.
Esa tarde, mi padre regresó.
En cuanto entró, supo que algo había cambiado.
—¿Qué ocurrió?
Le conté todo.
Cuando terminé, mi padre se quedó pensativo.
—¿Tienes el informe del incendio?
—Daniel lo guardaba.
Mi padre me miró.
—¿No tienes una copia?
Negué con la cabeza.
—No.
Entonces recordé algo.
—Espera.
Me levanté lentamente.
Fui hasta mi antigua bolsa de trabajo.
Entre documentos médicos y fotografías encontré una tarjeta pequeña.
Era de la compañía de seguros.
En el reverso había un número de expediente.
Mi padre lo fotografió.
—Voy a pedir una copia.
—¿Crees que encontraremos algo?
—No lo sé.
Pero dos horas después, mi padre recibió el correo electrónico.
Abrió el informe.
Las primeras páginas hablaban del incendio.
Causa probable: fallo eléctrico.
Daños estructurales.
Pérdidas materiales.
Lesiones.
Todo parecía normal.
Hasta que llegamos a la última página.
Había una fotografía.
Una imagen tomada por los investigadores aquella madrugada.
Mi padre hizo zoom.
Yo miré la pantalla.
Y reconocí algo.
Una pequeña caja metálica estaba junto al cuadro eléctrico.
No pertenecía a la casa.
Mi padre abrió el archivo adjunto.
Dentro había una nota del investigador original.
“Objeto retirado antes de la inspección final. Entregado a la persona identificada como D. Morgan.”
Me quedé helada.
—¿D. Morgan?
Mi padre buscó el nombre en internet.
Encontró una antigua ficha de la compañía de seguros.
Daniel Morgan.
Mi marido.
Lo miré sin poder hablar.
Entonces mi teléfono vibró.
Era otro mensaje del número desconocido.
Esta vez no había texto.
Solo una fotografía.
La caja metálica.
Y debajo, una frase:
“Daniel te dijo que te salvó la vida.”
Un segundo mensaje apareció.
“La verdad es que tú le salvaste la vida a él.”
Y después llegó el tercero.
“Pero él no estaba inconsciente cuando entraste.”
Dejé caer el teléfono sobre la mesa.
Mi padre lo recogió.
Mi madre se llevó una mano a la boca.
Yo apenas podía respirar.
Durante cuatro meses había vivido creyendo que había vuelto a entrar en aquel incendio para salvar a un marido indefenso.
Ahora alguien estaba diciendo que Daniel estaba consciente.
Que había salido.
Que había dejado algo atrás.
Y que después había esperado a que yo volviera a entrar.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Un último mensaje.
“Si quieres saber por qué Daniel necesitaba que tú entraras en aquella casa, pregunta quién era la mujer que lo llamó 17 veces la noche del incendio.”
Miré a mi madre.
—¿Diecisiete llamadas?
Mi padre abrió los ojos.
—¿Qué mujer?
No tenía respuesta.
Pero, por primera vez desde aquella madrugada, sentí que quizá el incendio no había sido un accidente.
Y que el hombre al que yo había arrastrado entre las llamas…
podía haber sabido exactamente lo que estaba haciendo.