CAPÍTULO 3: LA MUJER QUE REGRESÓ DE ENTRE LOS MUERTOS
CAPÍTULO 3: LA MUJER QUE REGRESÓ DE ENTRE LOS MUERTOS
Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, el mundo creyó que yo estaba muerta.
Grant apareció en todas las noticias locales, interpretando al esposo devastado que había perdido a su mujer embarazada en un terrible accidente. Brooke permanecía a su lado, vestida de negro, fingiendo compartir su dolor.
Pero yo conocía la verdad.
Desde mi habitación privada, observaba cada movimiento de ambos mientras Richard Hayes y un equipo de abogados de confianza investigaban las cuentas de Northstar Air Rescue.
Lo que encontraron fue mucho peor de lo que imaginábamos.
—Grant llevaba casi dos años desviando dinero de la empresa —me explicó Richard, colocando varios extractos bancarios sobre la mesa—. Creó compañías ficticias, autorizó transferencias y utilizó firmas falsificadas para preparar la venta de tus acciones.
Sentí un escalofrío.
—¿Y Brooke?
—Ella coordinaba las operaciones financieras. No era simplemente su amante. Era su cómplice.
Apreté los puños.
Mi madre había construido aquella empresa desde cero. Había trabajado noches enteras para conseguir helicópteros, contratar pilotos y salvar vidas en lugares donde nadie más podía llegar.
Y Grant había convertido todo aquello en su botín personal.
—Quiero que paguen por cada cosa que hicieron —dije.
Richard asintió.
—Lo harán. Pero primero necesitamos que cometan un error.
Esa misma tarde, recibí una llamada de un número desconocido. Richard me indicó que activara el altavoz.
Era Grant.
—Cariño, si de alguna manera puedes escucharme, quiero que sepas que te amé hasta el último segundo —dijo con una voz quebrada que me revolvió el estómago—. Nunca olvidaré nuestra vida juntos.
Tuve que taparme la boca para no gritar.
El hombre que me había encadenado dentro de una cabaña en llamas ahora utilizaba mi recuerdo para ganarse la simpatía de todos.
Cuando terminó la llamada, Richard me mostró un mensaje que acababa de recibir de uno de sus contactos.
Grant había convocado una reunión extraordinaria de la junta directiva para vender una parte importante de Northstar. La operación se realizaría en tres días y él esperaba obtener el control absoluto de la compañía.
Si lo conseguía, desaparecerían millones de dólares y las pruebas de sus delitos.
—No podemos esperar —dije.
Richard guardó silencio unos segundos.
—Existe una forma de detenerlo. Tu madre dejó un fideicomiso que protege tus acciones mientras tú sigas viva. Si demostramos que Grant intentó asesinarte, podemos bloquear la operación. Pero necesitamos pruebas irrefutables.
Miré a mi hijo, que dormía tranquilamente.
—Entonces conseguiremos esas pruebas.
Esa noche, un investigador logró recuperar imágenes de una cámara de seguridad situada cerca de la cabaña. En la grabación se veía el vehículo de Grant alejándose del lugar antes de que llegaran los bomberos.
Pero había algo más.
En otra secuencia, Brooke aparecía entregándole un sobre a un hombre desconocido apenas unas horas antes del incendio.
Richard amplió la imagen.
El hombre llevaba una insignia de seguridad de Northstar.
Lo reconocí de inmediato.
Era Michael Turner, el jefe de seguridad de la empresa, el hombre que había acompañado a Grant durante años y que tenía acceso a todos los registros internos.
—Si él participó en esto, sabe cómo Grant planeó el incendio —dije.
Richard asintió lentamente.
—Y probablemente sabe quién falsificó los documentos.
A la mañana siguiente, recibimos una noticia inesperada: Michael había desaparecido.
Grant aseguraba que se había marchado de vacaciones. Sin embargo, su esposa había denunciado que llevaba dos días sin responder al teléfono.
Aquello solo podía significar una cosa.
Alguien estaba eliminando los cabos sueltos.
Y yo podía ser la siguiente.
Richard organizó mi traslado a una residencia segura mientras los abogados preparaban las acciones legales. Antes de salir, recibí una notificación en el teléfono: Grant había publicado una fotografía frente a la sede de Northstar.
Debajo había escrito:
«Hoy comienza una nueva etapa. Por ella y por nuestro hijo, protegeré el legado de nuestra familia».
Leí aquellas palabras una y otra vez.
Después abrí la cámara y grabé un breve mensaje.
—Grant, sé que estás escuchando. Disfruta de estos últimos días como dueño de mi vida. Porque pronto descubrirás que cometiste un error.
No publiqué el vídeo. Todavía no.
Debíamos esperar al momento adecuado.
Tres días después, la junta directiva se reunió en el gran salón de Northstar. Había abogados, accionistas y periodistas. Grant ocupaba la cabecera de la mesa, convencido de que estaba a punto de ganar.
—Antes de proceder con la votación —anunció—, quisiera dedicar unas palabras a mi esposa, cuya pérdida nos ha unido en estos momentos difíciles.
Varias personas bajaron la cabeza.
Grant fingió secarse una lágrima.
Entonces las puertas del salón se abrieron.
Richard entró primero, acompañado por dos abogados. Detrás de ellos aparecí yo, vestida de negro, con el cabello recogido y una carpeta bajo el brazo.
El silencio fue absoluto.
Grant se quedó inmóvil. La copa que sostenía resbaló de sus dedos y se hizo añicos contra el suelo.
Brooke se levantó tan bruscamente que su silla cayó hacia atrás.
—No… —murmuró—. Eso es imposible.
Caminé hasta el extremo de la mesa y miré directamente a mi esposo.
—Buenos días, Grant.
Él retrocedió, con el rostro completamente blanco.
—Tú… tú estás muerta.
Sonreí sin apartar los ojos de los suyos.
—Eso era lo que querías que todos creyeran.
Dejé la carpeta sobre la mesa.
—Pero antes de que votes para vender mi empresa, creo que todos deberían escuchar lo que dijiste mientras me dejabas morir en aquella cabaña.
Richard conectó una memoria al sistema de sonido.
Grant miró hacia la puerta, buscando una salida.
Y cuando los altavoces reprodujeron su propia voz diciendo que no habría una investigación si mi hijo y yo moríamos juntos, comprendió que su mundo acababa de derrumbarse.
Pero todavía no sabía lo peor.
Porque en la última página de la carpeta había un documento que vinculaba a Grant con la muerte de mi madre.