CAPÍTULO 3 — Las diecisiete llamadas
CAPÍTULO 3 — Las diecisiete llamadas
Aquella noche no dormí.
Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver las llamas.
Volvía a sentir el calor sobre mi rostro.
Volvía a escuchar los gritos de los vecinos.
Y, por primera vez, aparecía una pregunta que me aterraba más que el recuerdo del incendio:
¿Por qué Daniel estaba dentro de aquella casa si ya había conseguido salir?
A las seis de la mañana, mi padre entró en la cocina con una taza de café.
—He encontrado algo.
Levanté la mirada.
—¿Qué?
Puso su teléfono sobre la mesa.
—La compañía telefónica conserva el registro de las llamadas de aquella noche.
Mi corazón empezó a acelerarse.
—¿Las diecisiete?
Asintió.
—Las diecisiete.
—¿Quién llamó?
Mi padre deslizó la pantalla.
El número no estaba guardado con ningún nombre.
Pero había diecisiete llamadas entre las 2:11 y las 3:03 de la madrugada.
Todas dirigidas al teléfono de Daniel.
—¿Averiguaste de quién es?
—Sí.
Mi padre hizo una pausa.
—Rachel… el número pertenece a una mujer llamada Vanessa Cole.
El nombre no me decía nada.
—¿Quién es?
—Eso es lo extraño.
Me mostró otra pantalla.
Vanessa Cole había trabajado durante años para la misma agencia que Daniel.
Como directora financiera.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Trabajaba con él?
—Sí.
—¿Y por qué lo llamaría diecisiete veces en una noche?
Mi padre negó con la cabeza.
—No lo sé.
Entonces recordé algo.
—Daniel me dijo que esa noche había cenado con amigos.
Mi madre apareció en la cocina.
—¿Y?
—Nunca mencionó a Vanessa.
A las nueve de la mañana, Natalie volvió a llamarme.
—¿Encontraste el nombre?
—Sí. Vanessa Cole.
Hubo un silencio al otro lado.
—Entonces ya lo sabes.
—¿Qué?
—Ella fue quien llegó al hospital aquella madrugada.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué estás diciendo?
—Yo estaba de turno. Vanessa apareció poco después de que llegara Daniel.
—¿Para verlo?
—Eso dijo.
—¿Y qué pasó?
Natalie bajó la voz.
—Daniel le pidió que no hablara contigo.
Sentí un escalofrío.
—¿Sobre qué?
—Sobre la caja.
Miré a mi padre.
—¿Qué caja?
—La caja metálica que encontraron junto al cuadro eléctrico.
Mi padre se acercó.
—¿Qué había dentro?
Natalie respiró profundamente.
—No lo sé. Pero Daniel estaba aterrorizado de que alguien la encontrara.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque lo escuché discutir con Vanessa en un pasillo.
—¿Qué dijeron?
Natalie tardó unos segundos.
—Vanessa le dijo: “No puedes seguir ocultándolo. Ella casi muere”.
Sentí que el cuerpo se me quedaba frío.
—¿Y Daniel?
—Le respondió: “Ella tenía que volver”.
Cerré los ojos.
Aquellas cuatro palabras me atravesaron.
Ella tenía que volver.
Yo.
Yo era “ella”.
Yo era la persona que había regresado a aquella casa.
—Natalie, ¿por qué nunca me dijiste esto?
—Lo intenté.
—¿Cuándo?
—Antes de tu operación.
—¿Y por qué no pude hablar contigo?
—Porque Daniel me dijo que no estabas en condiciones.
Mi padre golpeó la mesa.
—¡Ese hombre te estaba aislando!
Natalie guardó silencio.
—Hay algo más —dijo finalmente.
—¿Qué?
—Vanessa dejó algo en recepción.
—¿Qué cosa?
—Un sobre.
—¿Para mí?
—Sí.
—¿Dónde está?
—Lo tengo.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Puedes enviármelo?
—No.
—¿Por qué?
—Porque ella me pidió que solo te lo entregara personalmente.
Dos horas después, Natalie llegó a casa.
Era una mujer de unos cuarenta años, de rostro cansado y mirada seria.
Traía un sobre marrón.
Me lo entregó.
—Vanessa me pidió que esperara hasta que estuvieras lejos de Daniel.
Miré el sobre.
—¿Dónde está ella?
Natalie negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Desapareció?
—Hace tres meses.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Tres meses?
Natalie asintió.
—Dejó el trabajo, vendió su casa y desapareció.
Abrí el sobre.
Dentro había fotografías.
La primera mostraba a Daniel entrando en un edificio.
La segunda mostraba a Vanessa siguiéndolo.
La tercera…
me dejó sin palabras.
Era una fotografía tomada dentro de nuestra casa.
Daniel estaba junto al cuadro eléctrico.
Llevaba guantes.
Y sostenía la misma caja metálica que aparecía en el informe.
En el reverso había una fecha.
Tres días antes del incendio.
Mi madre se llevó una mano a la boca.
—Dios mío…
Seguí mirando.
Había otra fotografía.
Daniel estaba hablando con Vanessa.
Y una tercera.
Daniel entregándole la caja.
Entonces encontré una nota.
La letra era de Vanessa.
“Rachel, no sé si seguiré viva cuando leas esto. Daniel me dijo que el incendio era la única manera de destruir los documentos. Yo intenté detenerlo.”
Dejé de respirar.
Mi padre tomó la hoja.
—Continúa.
Seguí leyendo.
“Pero cometí un error. Guardé una copia.”
Había una dirección debajo.
Y una última frase:
“Busca la habitación 314 del Hotel Westbridge.”
Miré a mi padre.
—¿Qué hay allí?
Natalie negó con la cabeza.
—No lo sé.
Mi teléfono comenzó a sonar.
Era Daniel.
No contesté.
Volvió a llamar.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Después llegó un mensaje.
“Rachel, tenemos que hablar.”
Otro.
“Sé que Vanessa te contactó.”
Sentí un escalofrío.
Mi padre miró la pantalla.
—¿Cómo sabe que habló contigo?
No tenía respuesta.
Entonces llegó el tercer mensaje.
“No vayas al Westbridge.”
Mi corazón se detuvo.
Mi padre y yo nos miramos.
Porque Daniel acababa de confirmar que conocía la existencia del lugar.
Y eso significaba que Vanessa no había mentido.
Había algo en la habitación 314.
Algo que Daniel llevaba meses intentando encontrar.
Fuimos al hotel esa misma tarde.
Miller se negó a que fuéramos solos.
—Si Daniel está implicado, podría saber que van allí —dijo.
La habitación 314 estaba vacía.
El hotel confirmó que Vanessa había alquilado la habitación durante dos semanas, tres meses atrás.
Miller abrió la puerta.
No había muebles.
Solo una cama.
Una mesa.
Y un pequeño espejo.
Revisamos cada rincón.
Nada.
Hasta que Emma, que había venido con mi madre, señaló el espejo.
—Mamá.
Me acerqué.
—¿Qué pasa?
—La abuela tenía uno así.
Miré el marco.
Era grueso.
Miller lo retiró de la pared.
Detrás había un compartimento.
Dentro encontramos una memoria USB.
Miller la sostuvo.
—Esto podría ser lo que estamos buscando.
La conectamos a un ordenador portátil.
Había una única carpeta.
“INCENDIO — 03:00”
Dentro había un archivo de vídeo.
Miller pulsó reproducir.
La imagen era oscura.
Se veía la casa.
La cámara estaba colocada frente a la entrada.
Apareció Daniel.
Miró directamente hacia la cámara.
Después miró su reloj.
Las 2:47.
Entonces Vanessa apareció detrás de él.
—Todavía puedes detenerlo —dijo ella.
Daniel respondió:
—Ya es demasiado tarde.
—Rachel está en la habitación.
—Lo sé.
—¿Y si muere?
Daniel guardó silencio.
—No tiene por qué morir.
Vanessa lo miró horrorizada.
—¿Entonces qué quieres?
Daniel respondió:
—Quiero que parezca que yo fui la víctima.
Sentí que las lágrimas comenzaban a caer.
Miller detuvo el vídeo.
—Hay más.
Volvió a reproducirlo.
En la última escena, Daniel salía de la casa.
Estaba perfectamente consciente.
Miró hacia atrás.
Y dijo:
—Cuando vuelva por mí, nadie dudará de que intentó salvarme.
La pantalla quedó en negro.
No podía moverme.
No podía hablar.
Durante cuatro meses había vivido creyendo que había arriesgado mi vida para salvar al hombre que amaba.
Pero él había calculado que yo regresaría.
Había confiado en mi amor.
En mi miedo.
En mi instinto de salvarlo.
Entonces Miller recibió una llamada.
Contestó.
Su rostro cambió.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Colgó lentamente.
—Encontraron a Vanessa.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Dónde?
Miller me miró.
—En un hospital.
—¿Está viva?
—Sí.
Sentí alivio.
Pero Miller añadió:
—Y acaba de decir que tiene pruebas de quién ordenó el incendio.
Miré la pantalla apagada.
—¿Quién?
Miller respiró profundamente.
—No fue Daniel quien tomó la decisión.
Sentí un escalofrío.
—Entonces, ¿quién?
El detective respondió:
—Vanessa dice que Daniel recibió las órdenes de alguien que conoces muy bien.
Mi corazón se hundió.
—¿Quién?
Miller me miró directamente.
—Tus propios padres.