Capítulo 4: El secreto detrás del SUV de setenta mil dólares
Capítulo 4: El secreto detrás del SUV de setenta mil dólares
Me quedé mirando aquellos documentos durante varios minutos.
El nombre del director de la escuela de Oliver aparecía en una lista de contratos relacionados con la empresa del esposo de Vanessa. No sabía qué significaba, pero sí comprendía que debía tener cuidado antes de sacar conclusiones.
Emily se acercó a la mesa.
—Papá, ¿crees que esa mujer está utilizando a su esposo para intimidar a todo el mundo?
—No lo sé, cariño. Pero vamos a descubrir la verdad sin hacer nada imprudente.
Guardé los documentos y llamé a Daniel Brooks, el abogado que había venido a nuestra casa. Su teléfono estaba apagado. Le envié un mensaje pidiéndole que se comunicara conmigo cuando pudiera hacerlo de forma segura.
Al día siguiente, llevé a Oliver a la escuela como siempre. Esta vez, el director, el señor Harris, me esperaba junto a la entrada.
—Necesito hablar con usted unos minutos —dijo.
Entramos en su despacho. Cerró la puerta y se sentó frente a mí.
—Me han informado de que ha recibido amenazas. Quiero que sepa que la escuela se toma esto muy en serio.
Le mostré una fotografía de la nota que habían dejado en mi casa.
Su expresión cambió inmediatamente.
—Esto es inaceptable. Voy a conservar los registros de los incidentes y cooperaré con las autoridades si los solicitan.
Entonces saqué una copia de la página donde aparecía su nombre.
—También quisiera preguntarle por esto. ¿Por qué aparece usted en un documento relacionado con la empresa del esposo de Vanessa?
El director observó la hoja con atención.
—Esa empresa presentó una propuesta para renovar parte de las instalaciones escolares. Pero nunca he autorizado ningún trato irregular. Los contratos se revisan mediante los procedimientos establecidos por el distrito escolar.
—¿Y Vanessa tiene alguna relación con esos contratos?
Harris suspiró.
—No lo sé con certeza. Pero hace unas semanas vino a la escuela y exigió que le permitiéramos estacionar en una zona reservada para el personal. Cuando se lo negué, dijo que su esposo podría conseguir que me arrepintiera.
Ahora empezaba a entender por qué aquella mujer se comportaba como si las reglas no fueran para ella.
Sin embargo, todavía no teníamos pruebas de que el esposo estuviera detrás de las amenazas.
—No quiero acusar a nadie sin pruebas —le dije—. Solo quiero que dejen de intimidar a mi familia.
—Y tiene todo el derecho a exigirlo.
Cuando salí del despacho, vi a Vanessa apoyada contra su SUV, hablando por teléfono. En cuanto me reconoció, terminó la llamada y caminó hacia mí.
—Veo que ahora estás intentando poner al director en mi contra.
—No necesito poner a nadie en tu contra. Tus propias acciones hablan por ti.
Ella soltó una risa fría.
—¿De verdad crees que unas fotografías y una nota van a cambiar algo? Mi esposo tiene amigos en lugares donde tú ni siquiera podrías entrar.
—Entonces no debería preocuparse por una investigación justa, ¿verdad?
Por primera vez, su sonrisa vaciló.
—Escúchame bien, viejo. Si sigues molestándome, haré que tu hija se arrepienta de haberte dejado vivir con ella.
Sentí que la sangre me hervía, pero no levanté la voz.
—No vuelvas a mencionar a mi hija.
Vanessa se acercó un poco más.
—Deberías haber aceptado mi advertencia.
En ese momento, una voz masculina interrumpió la conversación.
—Vanessa, ¿qué estás haciendo?
Un hombre alto, vestido con un traje gris, acababa de salir de un automóvil estacionado cerca de la entrada. Ella se volvió hacia él y, de repente, su actitud cambió. Su rostro adoptó una sonrisa artificial.
—Cariño, nada. Solo estoy resolviendo un pequeño malentendido.
El hombre me miró.
—¿Usted es el abuelo del niño?
—Sí.
Extendió la mano, pero no se la estreché inmediatamente.
—Soy Richard Cole, el esposo de Vanessa. Me han contado que ha habido algunas diferencias en el aparcamiento.
—No son diferencias, señor Cole. Su esposa ocupa dos plazas diariamente y se niega a respetar las normas. Después de que se lo señalé, mi familia recibió amenazas.
Richard frunció el ceño y miró a Vanessa.
—¿Amenazas?
—¡Está exagerando! —respondió ella rápidamente—. Solo está intentando perjudicarme porque le dije que su coche viejo era una vergüenza.
Richard cerró los ojos un instante, como si estuviera cansado de escucharla.
—Vanessa, entra en el coche. Tenemos que hablar.
—¡Pero…!
—Ahora.
Ella se alejó refunfuñando.
Richard permaneció allí unos segundos más.
—No voy a pedirle que olvide lo sucedido —me dijo—. Si alguien ha amenazado a su familia, debe denunciarlo. Yo mismo quiero saber qué está pasando.
No supe si creerle. Su tono parecía sincero, pero ya había aprendido que las apariencias podían engañar.
—Entonces, espero que coopere con las autoridades.
Richard asintió y se marchó.
Aquella tarde, cuando regresé a casa, encontré un mensaje de Daniel Brooks.
«Necesito hablar con usted. He conseguido documentos que podrían demostrar que se utilizaron presiones indebidas para favorecer a la empresa de Richard Cole. No los publique ni los entregue a nadie sin verificar su autenticidad. Mañana le explicaré lo que he descubierto».
Sentí un escalofrío.
¿Era posible que las amenazas de Vanessa estuvieran relacionadas con algo mucho más grande?
A la mañana siguiente, Daniel llegó a nuestra casa con una carpeta y una expresión grave.
—He revisado los documentos disponibles —comenzó—. Hay indicios de que la empresa de Richard recibió un trato preferencial en algunos procesos de contratación. Pero todavía necesitamos que las autoridades y los auditores verifiquen los hechos.
—¿Y qué tiene que ver Vanessa con todo esto?
Daniel abrió la carpeta.
Dentro había copias de correos electrónicos en los que Vanessa presumía de que podía conseguir que ciertos responsables cambiaran de opinión si alguien se interponía en los planes de su esposo.
Uno de esos mensajes mencionaba expresamente al director Harris.
—Esto no demuestra por sí solo que Richard haya cometido un delito —advirtió Daniel—. Pero sí justifica que se investiguen las posibles presiones y que se proteja a quienes puedan aportar información.
Emily, que había estado escuchando desde la cocina, se sentó lentamente.
—¿Y si se vengan de Oliver?
Daniel la miró con seriedad.
—Por eso debemos actuar por los canales adecuados. La escuela puede reforzar sus medidas de seguridad y cualquier amenaza debe comunicarse de inmediato a las autoridades.
En ese momento, mi teléfono comenzó a sonar.
Era el señor Harris.
—Necesito que venga a la escuela cuanto antes —dijo con voz tensa—. Vanessa acaba de presentar una queja formal contra usted. Afirma que la ha acosado y que está difundiendo información falsa sobre su familia.
Me quedé en silencio unos segundos.
La mujer que llevaba semanas ocupando dos plazas de aparcamiento ahora intentaba presentarse como la víctima.
Pero antes de que pudiera responder, el director añadió algo que me dejó helado:
—Y hay otra cosa. Alguien ha solicitado que Oliver sea retirado de la escuela por una supuesta cuestión de seguridad. La solicitud lleva una firma que no reconocemos.
Miré a Emily.
Su rostro había perdido todo el color.
—¿Quién firmó esa solicitud? —pregunté.
El señor Harris hizo una pausa.
—Ese es precisamente el problema. La firma pertenece a alguien que afirma tener autoridad sobre Oliver.
Y cuando el director pronunció el nombre que aparecía en el documento, comprendí que el conflicto acababa de cruzar una línea que jamás habría imaginado.
Alguien había intentado utilizar el nombre del padre fallecido de Oliver para sacarlo de su escuela.