Capítulo 4 — El testigo que todos creían desaparecido
Capítulo 4 — El testigo que todos creían desaparecido
Me quedé paralizada frente a la ventana.
No podía apartar los ojos de aquella persona.
Era imposible.
Yo misma había hablado con él meses atrás.
Había escuchado a mi hermano decir que se había marchado de la ciudad y que no pensaba regresar.
Pero allí estaba.
De pie junto al automóvil negro.
Vivo.
Y, por la forma en que miraba hacia mi casa, parecía saber exactamente lo que estaba ocurriendo.
Retrocedí de la ventana.
Daniel seguía llamando a la puerta.
—Abre, por favor —dijo—. Tenemos que hablar.
No respondí.
Entonces mi teléfono vibró.
Era Caleb.
Contesté sin abrir la puerta.
—¿Qué está pasando? —susurré.
—Señora, escúcheme con atención. No confíe en Daniel. Y no salga de su casa.
—¿Quién es el hombre que está con él?
Caleb guardó silencio durante unos segundos.
—Se llama Marcus.
Ese nombre me resultaba familiar.
Lo había escuchado alguna vez en una conversación de mi hermano.
—¿Quién es?
—El hombre que Jeremy estaba investigando.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué mi hijo lo investigaba?
—Porque descubrió que Marcus y su tío llevaban meses utilizando cuentas de otras personas para mover dinero.
Me quedé sin palabras.
—¿Y por qué Jeremy estaba involucrado?
—Porque descubrió que una de esas cuentas era la suya.
Miré la computadora.
Las transferencias.
Los documentos.
La memoria USB.
Todo comenzaba a encajar.
—¿Qué ocurrió el viernes? —pregunté.
Caleb respiró profundamente.
—Jeremy quería entregar las pruebas a la policía.
—Entonces, ¿por qué no lo hizo?
—Porque alguien nos descubrió.
Mi voz se quebró.
—¿Quién?
Caleb respondió:
—Daniel.
Sentí que las piernas me fallaban.
—Pero ¿qué pasó después?
—Jeremy me pidió que escondiera algunas pruebas. Me dijo que, si algo le ocurría, tenía que asegurarme de que usted las encontrara.
—¿Y tú?
—Intenté convencerlo de que no regresara a casa esa noche.
Hubo una pausa.
—Pero Jeremy dijo que no podía dejarla sola.
Las lágrimas comenzaron a caerme.
Mi hijo.
Incluso en sus últimos momentos había pensado en mí.
Entonces escuché un golpe fuerte en la puerta.
Daniel gritó:
—¡Abre!
Caleb susurró:
—Señora, hay una salida trasera. Salga por allí y vaya al lugar que le voy a decir.
—No puedo irme sin saber qué pasó.
—Lo sabrá. Pero primero tiene que estar a salvo.
Miré hacia la puerta.
Otro golpe.
Más fuerte.
Entonces escuché la voz de Marcus.
—Ella tiene la memoria. Si entra la policía, estamos acabados.
Me quedé congelada.
Daniel respondió:
—Todavía podemos recuperarla.
Saqué el teléfono de Jeremy y comencé a grabar.
No sabía cuánto tiempo tendría.
Fui hasta la cocina y salí por la puerta trasera.
Corrí hasta mi automóvil.
Caleb me indicó que fuera a una pequeña cafetería situada a varios kilómetros de allí.
Cuando llegué, él ya estaba esperando.
Tenía los ojos rojos y llevaba una mochila.
Se levantó al verme.
—Lo siento —dijo.
—Necesito toda la verdad.
Caleb bajó la cabeza.
—Jeremy descubrió que Daniel había estado utilizando sus datos y los de otras personas para mover dinero. Al principio solo quería reunir pruebas. Pero luego descubrió algo peor.
—¿Qué?
Caleb abrió la mochila.
Sacó una carpeta.
Dentro había fotografías, capturas de pantalla y copias de documentos.
En una de ellas aparecía Daniel junto a Marcus.
En otra aparecía el automóvil negro estacionado cerca de la carretera.
Y entonces vi algo que me hizo contener la respiración.
Había una fotografía tomada minutos antes del accidente.
Jeremy estaba parado junto a su bicicleta.
Daniel estaba frente a él.
Parecía estar discutiendo con mi hijo.
—¿Quién tomó esta foto? —pregunté.
Caleb respondió:
—Jeremy.
—¿Por qué?
—Porque sabía que algo podía ocurrir.
Abrí otra fotografía.
Esta vez pude ver claramente a Daniel agarrando el brazo de Jeremy.
La siguiente imagen mostraba a Jeremy alejándose.
Después aparecía el automóvil negro.
Y luego una última fotografía.
La carretera estaba vacía.
Jeremy ya no aparecía.
—¿Qué pasó después? —pregunté.
Caleb apretó los labios.
—Jeremy me llamó.
—¿Qué dijo?
—Solo dijo: «Si no llego a casa, dile a mi madre que la quiero».
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
—¿Por qué no me llamaste?
Caleb comenzó a llorar.
—Porque Daniel me amenazó.
—¿Con qué?
—Dijo que si hablaba, haría que pareciera que yo había causado el accidente.
Me quedé en silencio.
Entonces Caleb sacó su teléfono.
—Pero guardé una cosa.
Me mostró una grabación.
Era una llamada telefónica.
La voz de Daniel se escuchaba claramente.
—Jeremy no puede hablar con nadie.
Otra voz preguntó:
—¿Y si ya le contó todo a su madre?
Daniel respondió:
—Entonces tendremos que asegurarnos de que nadie le crea.
Sentí un frío recorrerme el cuerpo.
Pero había algo todavía más importante.
La llamada tenía fecha.
El día anterior al accidente.
—Esto demuestra que sabía que Jeremy iba a hablar —dije.
Caleb asintió.
—Y hay algo más.
Sacó otro teléfono de la mochila.
—Este era de Jeremy.
Lo miré sorprendida.
—¿Otro teléfono?
—Sí.
Jeremy tenía uno viejo que usaba para guardar las pruebas.
Lo encendimos.
Había un solo archivo de video.
Lo abrí.
La grabación mostraba a Jeremy hablando directamente a la cámara.
Parecía asustado.
—Mamá, si estás viendo esto, significa que Caleb logró darte el teléfono.
Se quedó callado durante unos segundos.
—Hay algo que nunca te conté.
Mi corazón se aceleró.
Jeremy continuó:
—Daniel no empezó a robarte dinero recientemente.
Miró hacia un lado.
—Lo hizo años atrás.
Sentí que no podía respirar.
—Y yo sé exactamente por qué lo hizo.
El video terminó.
—¿Por qué? —pregunté desesperada.
Caleb negó con la cabeza.
—No lo sabemos. El archivo siguiente está protegido con una contraseña.
Miré la pantalla.
Había una pregunta:
«¿Cuál fue el día en que mamá dejó de confiar en papá?»
Me quedé completamente inmóvil.
Mi padre había muerto muchos años atrás.
Y solo tres personas conocían la historia de aquel día.
Mi madre.
Daniel.
Y yo.
Entonces entendí.
Jeremy había descubierto un secreto familiar que se remontaba a antes de su nacimiento.
Pero antes de que pudiéramos intentar abrir el archivo, el teléfono de Caleb comenzó a sonar.
Era un número desconocido.
Contestó.
No dijo una palabra.
Solo escuchó.
Su rostro perdió el color.
—¿Quién era? —pregunté.
Caleb levantó lentamente la mirada.
—Marcus.
—¿Qué quería?
Caleb tragó saliva.
—Dijo que sabe dónde estamos.
En ese instante, escuchamos el sonido de un automóvil frenando frente a la cafetería.
Miramos por la ventana.
El automóvil negro estaba estacionado justo delante de nosotros.
Y esta vez no estaba solo.
Había dos vehículos más.
Caleb agarró la mochila.
—Tenemos que irnos.
Pero yo ya había tomado una decisión.
—No.
Lo miré fijamente.
—Esta vez no voy a huir.
Saqué mi teléfono y llamé a la policía.
Mientras esperaba que respondieran, el automóvil negro comenzó a acercarse lentamente a la entrada de la cafetería.
Y justo antes de que la puerta se abriera, mi teléfono recibió un último mensaje.
Era de Daniel.
Solo decía:
«Si quieres saber por qué Jeremy murió, pregúntale a tu madre qué ocurrió la noche en que murió tu padre».