Capítulo 4: La noche en que todos mintieron
Capítulo 4: La noche en que todos mintieron
Durante varios segundos, fui incapaz de apartar la mirada del documento.
El nombre de Colin aparecía claramente escrito en aquella declaración. Debajo, una frase subrayada con tinta roja parecía burlarse de todo lo que yo había creído durante los últimos dos años.
«Yo, Daniel, declaro que Colin estuvo presente la noche del accidente y que conoce las circunstancias que condujeron a mi muerte».
Levanté lentamente la cabeza.
—Dime que esto es mentira.
Colin tenía los labios entreabiertos, pero no conseguía pronunciar una palabra. Su silencio fue suficiente para que sintiera cómo mi corazón se partía en dos.
—¡Dímelo! —grité—. ¡Mírame a los ojos y dime que nunca estuviste con Daniel aquella noche!
Colin cerró los ojos.
—Estuve allí.
La habitación pareció quedarse sin aire.
—¿Qué?
—Estuve allí, Paige. Pero no lo maté. Te lo juro por mi vida, no tuve nada que ver con su muerte.
Me llevé una mano a la boca. Durante siete años había vivido con la idea de que Daniel había muerto en un accidente de carretera cuando regresaba de una reunión de trabajo. Había llorado junto a su tumba, había explicado su ausencia a nuestra hija y había aprendido a seguir adelante con un dolor que nunca desaparecía del todo.
Y ahora el hombre con el que estaba a punto de casarme me confesaba que había estado allí aquella noche.
—¿Cómo conocías a mi marido? —pregunté, con la voz rota—. Cuando nos conocimos, me dijiste que nunca habías oído hablar de él.
—Porque no sabía cómo explicártelo.
—¡Llevamos dos años juntos, Colin! ¡Dos años! ¿Y nunca encontraste el momento de decirme que conocías al padre de mi hija?
—Daniel y yo nos conocimos por motivos de trabajo. Mi madre tenía una inversión en la empresa donde él trabajaba. Yo apenas había hablado con él un par de veces antes de aquella noche.
Margaret intervino con una calma que me resultó aterradora.
—Deja de fingir que eres una víctima, Colin. Si vas a contarle la historia, cuéntasela completa.
Él se volvió hacia su madre.
—¡Tú me dijiste que nunca volverías a sacar este asunto!
—Y tú me prometiste que no te casarías con esta mujer sin resolverlo primero.
—¡No voy a permitir que sigas utilizando a Daniel para controlar nuestras vidas!
Aquella frase me hizo comprender algo: aquello no era una discusión improvisada. Era una guerra que llevaba años desarrollándose a mis espaldas.
Y yo acababa de descubrir que mi propia boda era el campo de batalla.
—Quiero escuchar la verdad —dije—. Desde el principio. Sin amenazas, sin medias verdades y sin que ninguno de los dos decida qué tengo derecho a saber.
Colin respiró profundamente.
—La noche del accidente, Daniel llamó a mi madre. Quería hablar con ella sobre una transferencia de dinero que había descubierto. Según él, alguien estaba utilizando documentos falsificados para desviar fondos de una cuenta vinculada a la empresa.
Margaret palideció apenas un instante.
Fue suficiente para que yo lo notara.
—¿Qué clase de documentos? —pregunté.
—No lo sé con certeza —respondió Colin—. Daniel tenía pruebas, pero antes de entregárselas a las autoridades quería hablar con la persona responsable.
—¿Y esa persona era tu madre?
—Daniel creía que ella sabía quién estaba detrás de todo.
Margaret golpeó la carpeta contra la mesa.
—¡Eso es absurdo! Daniel estaba confundido. Tenía problemas financieros y buscaba a alguien a quien culpar.
—Entonces, ¿por qué guardaste su declaración durante siete años? —le pregunté.
No respondió.
Colin continuó, con la voz cada vez más baja.
—Mi madre me pidió que la acompañara a aquella reunión. Cuando llegamos, Daniel ya estaba allí. Los dos discutieron. Él estaba furioso porque creía que alguien había utilizado su firma para autorizar movimientos de dinero que nunca había aprobado.
—¿Y qué ocurrió después?
Colin se pasó una mano por el cabello.
—Me pidió que esperara fuera. Quería hablar a solas con mi madre. Unos veinte minutos después, ella salió de la habitación y me dijo que debíamos marcharnos. Parecía asustada. No me explicó nada más.
—¿Y Daniel?
—Seguía dentro.
Sentí un escalofrío.
—¿Lo dejaste allí?
—Sí. Pero cuando llegué a casa, recibí una llamada de mi madre. Me dijo que Daniel había tenido un accidente y que no debía hablar de nuestra reunión con nadie. Aseguró que, si la policía descubría que estábamos allí, podría arruinarse la vida de muchas personas.
—¿Y tú obedeciste?
Colin bajó la cabeza.
—Tenía veintiséis años. Era un cobarde y tuve miedo. No sabía qué había pasado realmente. Me convencí de que guardar silencio era lo correcto.
Lo miré con una mezcla de rabia y repulsión.
—Mientras yo lloraba a mi marido, tú sabías que había pasado sus últimas horas con tu madre. Mientras yo le decía a June que su padre había muerto en un accidente, tú guardabas ese secreto. Y después apareciste en mi vida, me enamoraste y me pediste que me casara contigo.
—Me enamoré de ti de verdad, Paige.
—¡Eso no borra lo que hiciste!
—Lo sé.
Por primera vez, Colin no intentó defenderse.
Y, aunque una parte de mí quiso creer que estaba arrepentido, otra no podía dejar de preguntarse cuántas mentiras más se escondían detrás de sus lágrimas.
Entonces Margaret tomó la palabra.
—Hay algo más que debes saber.
La miré con una furia que ya no me molesté en disimular.
—Si vuelves a amenazar a mi hija, te juro que…
—No voy a amenazarla. Voy a mostrarte algo que Daniel dejó escrito.
Sacó el sobre sellado de su bolso y lo colocó frente a mí.
En el anverso aparecía mi nombre completo.
Debajo, con la letra inconfundible de Daniel, había una frase:
«Para Paige, solamente si algún día conoce a Colin».
Me temblaron las manos.
—¿Por qué tenías esto?
—Porque Daniel me lo entregó aquella noche —contestó Margaret—. Me pidió que te lo hiciera llegar si algo le sucedía.
—¿Y lo guardaste durante siete años?
—Tenía mis razones.
—¡No! —grité—. No tienes derecho a llamarlas razones. Le robaste a mi hija la posibilidad de conocer la verdad sobre su padre. Y me robaste a mí siete años en los que podría haber descubierto qué ocurrió realmente.
Margaret me sostuvo la mirada.
—Si abres ese sobre, tu vida cambiará. Y quizá descubras que el hombre al que tanto lloraste tampoco te contó toda la verdad.
Aquellas palabras me golpearon con más fuerza de la que esperaba.
Durante un instante, volví a ver a Daniel sentado en nuestra cocina, sonriendo mientras June le enseñaba sus dibujos. Recordé sus promesas, nuestras discusiones, la última vez que nos despedimos antes de su viaje de trabajo.
¿Había algo que nunca me contó?
¿Y qué tenía que ver Colin con ello?
Rompí el sello.
Dentro había una carta escrita a mano y una pequeña fotografía. La imagen mostraba a Daniel frente a un edificio, acompañado de una mujer cuyo rostro estaba parcialmente oculto por la sombra.
En el reverso, Daniel había escrito una fecha y cuatro palabras:
«Ella sabe quién robó el dinero».
Abrí la carta con dedos temblorosos.
«Paige:
Si estás leyendo esto, significa que no he conseguido resolver el problema antes de que sea demasiado tarde.
Hay algo que debí contarte hace mucho tiempo. No lo hice porque quería protegerte y porque creía que todavía podía arreglarlo sin involucrarte.
Los documentos que encontré demuestran que alguien de mi entorno utilizó mi identidad para cometer un fraude. Cuando descubrí quién estaba implicado, comprendí que no se trataba solamente de dinero. Esa persona sabía que, si yo hablaba, perdería todo lo que había construido.
No confíes en las apariencias. Ni siquiera en las de las personas que parecen estar ayudándote.
Y, sobre todo, protege a June.
Ella no tiene ninguna culpa de lo que los adultos hemos hecho».
La carta terminaba abruptamente.
No había firma, explicación ni una última palabra de despedida.
Solo una línea añadida al margen:
«Si algún día conoces a Colin, pregúntale qué vio antes de abandonar aquella casa».
Levanté lentamente la cabeza.
—¿Qué viste, Colin?
Él miró la carta y después la fotografía. Su rostro perdió el poco color que le quedaba.
—No puede ser…
—¡Contéstame!
Colin se acercó a la mesa y señaló la mujer de la fotografía.
—Esa mujer no es mi madre.
Miré de nuevo la imagen.
Tenía razón. La silueta era distinta, el cabello más oscuro y la figura más delgada. La fotografía era antigua, pero no tanto como para confundirlas.
—Entonces, ¿quién es? —pregunté.
Colin tragó saliva.
—Es Elena. La antigua contable de la empresa de mi familia. Desapareció poco después de la muerte de Daniel.
Margaret cerró los ojos.
Y aquel gesto me confirmó que sabía mucho más de lo que había contado.
—¿Dónde está ahora? —pregunté.
Nadie respondió.
En ese momento, mi teléfono vibró otra vez.
Era un mensaje de un número desconocido.
«Paige, no creas todo lo que te han dicho. Tengo pruebas de lo que ocurrió aquella noche. Si quieres saber quién provocó realmente la muerte de Daniel, ven al antiguo almacén de la empresa antes de las seis. Ven sola. Y no le digas a Colin que estoy viva».
Debajo aparecía una fotografía reciente.
Una mujer de cabello oscuro miraba directamente a la cámara, sosteniendo un periódico con la fecha del día.
Era Elena.
Estaba viva.
Y, en el mensaje siguiente, escribió algo que hizo que se me helara la sangre:
«Daniel no murió por accidente. Y el hombre con el que vas a casarte sabe quién fue la última persona que lo vio con vida».
Miré a Colin.
Él ya estaba observando mi teléfono.
—¿Quién te ha escrito? —preguntó.
Cerré la mano alrededor del dispositivo.
Por primera vez desde que lo conocía, sentí miedo de decirle la verdad.
Porque, si Elena no mentía, mi prometido no solo había ocultado el pasado.
Quizá también sabía quién había destruido mi familia.
Y el reloj de la boda seguía avanzando.
Faltaban veinticinco minutos para la ceremonia.