PARTE 2 — EL DINERO QUE NUNCA LLEGÓ A MI MADRE
PARTE 2 — EL DINERO QUE NUNCA LLEGÓ A MI MADRE
Aquella noche no regresé inmediatamente a mi casa.
Me quedé con mamá en casa de doña Rosalía, mientras ella preparaba un plato de sopa caliente. Mi madre comía despacio, como si temiera que alguien fuera a quitárselo.
Aquella imagen me rompió el corazón.
—Mamá, puedes comer todo lo que quieras. Nadie va a quitarte nada.
Ella dejó la cuchara sobre la mesa.
—Octavio decía que la comida era cara. Que tú ya no podías mantenerme. Que debía aprender a conformarme con lo que hubiera.
Apreté los puños.
—¿Y por qué no me llamaste?
Mi madre bajó la mirada.
—Porque él decía que trabajabas demasiado y que, si te molestaba con mis problemas, dejarías de enviarnos dinero. Yo no quería arruinar tu vida, hija.
Sentí una mezcla de rabia y tristeza.
Durante tres años había trabajado horas extras para que mi madre no tuviera que preocuparse por nada. Había renunciado a comprarme ropa, a salir con compañeras y hasta a visitar a mis amigas para ahorrar cada dólar.
¿Y todo ese esfuerzo había terminado en manos de Octavio?
Abrí mi computadora y comencé a revisar las transferencias.
Había enviado cantidades diferentes cada mes, pero nunca menos de 1.200 dólares. Además, durante los últimos seis meses había enviado dinero adicional para las medicinas y el tratamiento de las rodillas de mamá.
Sumé todo.
La cifra superaba los 48.000 dólares.
—Mamá, ¿dónde están tus medicinas?
Ella tardó en contestar.
—Octavio dijo que ya no podía comprarlas. Hace meses que no tomo las pastillas para la presión.
Me levanté tan rápido que la silla cayó hacia atrás.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace casi ocho meses.
Tuve que respirar profundamente para no ponerme a llorar delante de ella.
Entonces doña Rosalía intervino.
—Marisela, hay algo que debes saber. Yo he visto muchas cosas, pero no quería meterme en los asuntos de tu familia.
La miré.
—Dígame, por favor.
—Tu esposo recibe visitas casi todas las tardes. Esa muchacha que viste hoy no es la primera. Y cuando tu madre le pide dinero para comprar comida, él la insulta y la manda a buscar sobras.
Mi madre comenzó a llorar.
—No digas más, Rosalía.
Pero la vecina continuó:
—También he visto cómo la deja afuera de la casa durante horas. Una vez la encontré sentada bajo la lluvia.
Sentí que algo dentro de mí se rompía definitivamente.
Saqué mi teléfono y llamé a Octavio.
Contestó al segundo tono.
—¿Qué pasa, Marisela? Estoy ocupado.
Detrás de su voz escuché música y risas.
—¿Dónde está mamá?
Hubo un breve silencio.
—Está durmiendo. ¿Por qué preguntas?
—No está contigo. Está conmigo.
Su respiración cambió.
—¿Qué?
—Regresé, Octavio.
—¡Pero si habíamos quedado en que volverías el próximo mes!
Sonreí con amargura.
—¿Te molesta que haya regresado antes?
—No, cariño. Claro que no. Es solo que la casa está desordenada y…
—No te preocupes. Ya vi lo suficiente.
Colgó.
Unos segundos después comenzaron a llegarme mensajes.
Primero uno.
Después cinco.
Finalmente, una llamada tras otra.
No contesté.
En cambio, abrí las fotografías de las transferencias y guardé cada comprobante en una carpeta. También descargué los movimientos de mi cuenta bancaria.
Entonces apareció una notificación.
Era un mensaje de Natalia.
«Marisela, creo que deberías saber que Octavio me dijo que estabas divorciada desde hace dos años. Me aseguró que la casa era suya y que tu madre vivía con una pensión que él administraba».
Leí el mensaje tres veces.
No sabía si Natalia estaba diciendo la verdad o intentando protegerse.
Pero antes de poder responder, llegó otro mensaje suyo.
Era una fotografía.
En ella aparecía Octavio frente a una notaría, sosteniendo unos documentos.
Debajo había escrito:
«También me dijo que pronto vendería la casa. Creo que utilizó tu firma».
Sentí que la sangre se me helaba.
La casa estaba a mi nombre.
Yo había comprado aquella propiedad antes de marcharme a Canadá y había dejado a Octavio encargado de algunos trámites domésticos.
Pero jamás le había autorizado a venderla.
Amplié la fotografía.
En la última página reconocí mi nombre.
Y debajo había una firma que se parecía muchísimo a la mía.
Miré a mi madre.
—Mamá, mañana vamos a ir al médico y después a ver a un abogado.
Ella me tomó la mano.
—Hija, no quiero que te metas en problemas por mi culpa.
Me agaché frente a ella.
—Escúchame bien. Tú nunca has sido un problema. El problema es quien te hizo creer que no merecías comer en tu propia casa.
A la mañana siguiente, mientras acompañaba a mamá al hospital, recibí una llamada de un número desconocido.
Era un hombre que se presentó como el notario encargado de la posible venta de mi propiedad.
Su primera pregunta me dejó paralizada:
—Señora Marisela, necesito confirmar algo. ¿Usted autorizó a su esposo a vender la casa y retirar el dinero de la operación?
Apreté el teléfono.
—No. Nunca autoricé nada.
El hombre guardó silencio unos segundos.
Después pronunció una frase que me hizo comprender que aquello era mucho peor de lo que imaginaba:
—Entonces debe venir cuanto antes. Porque su esposo no solo presentó una autorización firmada. También entregó un documento que afirma que su madre falleció hace seis meses.
Miré a mi madre, que estaba sentada a mi lado, viva y sosteniendo mi mano.
Y comprendí que Octavio había llegado a un nivel de crueldad que jamás habría imaginado.
Pero él todavía no sabía que yo tenía todos los comprobantes de los últimos tres años… y que estaba a punto de descubrir quién había falsificado realmente aquellos documentos.
Continuará…