CAPÍTULO 4: EL VECINO QUE DESAPARECIÓ SIN DEJAR RASTRO
CAPÍTULO 4: EL VECINO QUE DESAPARECIÓ SIN DEJAR RASTRO
—¿La casa número 14? —pregunté, mirando a Michael.
Mi nieto sacó su teléfono y abrió el mapa del vecindario.
—Abuela, la casa número 14 pertenece al señor Harris. Vive aquí desde hace más de treinta años, ¿verdad?
Asentí lentamente.
El señor Harris era un hombre de setenta y tantos años, reservado y educado. Siempre recogía las hojas de su jardín antes de que el viento las llevara a la calle y saludaba a todos los vecinos durante sus paseos matutinos.
Pero había algo que no sabía.
Hacía casi un mes que no lo veía.
—Michael, tienes que llamar a la policía otra vez. Si ese mensaje es cierto, quizá el señor Harris esté en peligro.
Mi nieto no discutió. Llamó a la agente Carter y le explicó lo que acabábamos de recibir. Ella nos pidió que no respondiéramos al número desconocido y prometió enviar a una patrulla para comprobar la situación del señor Harris.
Mientras esperábamos, yo no podía dejar de mirar hacia la casa de Linda.
Las cortinas seguían cerradas.
Ni una luz.
Ni un solo movimiento.
Sin embargo, tenía la inquietante sensación de que alguien nos observaba desde el otro lado de aquellas ventanas.
—Abuela, aléjate de la ventana —me dijo Michael.
—Tengo ochenta años, cariño. No voy a esconderme en mi propia casa porque una ladrona quiera asustarme.
Michael suspiró.
—No es una ladrona cualquiera. Alguien acaba de amenazarte.
—Y precisamente por eso no voy a dejar que gane.
A los pocos minutos, la agente Carter llamó a mi puerta acompañada por otro policía.
—Hemos comprobado la casa del señor Harris —dijo—. No hay señales de entrada forzada, pero tampoco hemos conseguido localizarlo.
—¿Y su familia?
—Estamos intentando contactar con ellos.
La agente hizo una pausa antes de continuar.
—También hemos descubierto que el señor Harris presentó una denuncia hace tres semanas. Informó de que varios paquetes habían desaparecido de su porche y acusó a una vecina de llevárselos.
Sentí que el estómago se me encogía.
—¿A Linda?
La agente asintió.
—No consta que llegara a identificarla formalmente. Pero, según su declaración, había grabado algo con una cámara de seguridad.
Michael y yo intercambiamos una mirada.
—¿Qué pasó con esa grabación? —pregunté.
—No lo sabemos todavía. El señor Harris dejó de responder a las llamadas pocos días después de presentar la denuncia.
La agente Carter me pidió permiso para revisar las imágenes de mi cámara. Le entregué el teléfono y le mostré todo lo que había guardado, incluido el vídeo de Linda abriendo mi paquete y escondiéndolo bajo las tablas del patio.
Cuando llegó a la parte donde ella descubría el rastreador, la agente detuvo la grabación.
—Aquí hay algo que me preocupa.
Amplió la imagen.
Linda estaba mirando hacia la casa, pero no parecía estar buscando a una persona.
Parecía estar mirando directamente a la cámara.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—Su vecina sabía que podía estar siendo grabada. Aun así, siguió manipulando el paquete y escondiendo objetos. Eso sugiere que estaba más preocupada por lo que pudiera haber dentro de la caja que por ser descubierta robándola.
—¿Y qué podría haber dentro de una caja de Amazon que le diera tanto miedo?
La agente no respondió.
En ese momento, uno de los policías recibió una llamada por radio. Escuchó durante varios segundos y después se volvió hacia ella.
—Hemos localizado el vehículo que aparece en las imágenes. Está registrado a nombre de una empresa de mensajería que dejó de operar hace dos años.
La agente Carter frunció el ceño.
—¿Y dónde está el vehículo?
—En el almacén abandonado que aparece en el mapa del rastreador.
La agente se volvió hacia nosotros.
—Voy a necesitar que ambos permanezcan aquí. No salgan al jardín y no abran la puerta a nadie que no esté identificado como policía.
—¿Han encontrado al señor Harris? —pregunté.
El agente negó con la cabeza.
—Todavía no.
Cuando se marcharon, Michael insistió en que me quedara lejos de las ventanas. Yo acepté sentarme en la cocina, pero mantuve el teléfono junto a mí.
Pasaron cuarenta minutos.
Después una hora.
Finalmente, sonó el timbre.
Michael se levantó de golpe.
—No abras —me advirtió.
Miró la pantalla de la cámara y palideció.
Era Linda.
Estaba de pie en mi porche, con el cabello perfectamente peinado y una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Sostenía una pequeña caja de cartón entre las manos.
La misma clase de caja que había robado tantas veces.
El timbre volvió a sonar.
—¡Señora! —llamó Linda desde fuera—. ¿Podemos hablar un momento?
Michael negó con la cabeza.
Pero yo me acerqué a la puerta sin abrirla.
—¿Qué quieres, Linda?
Su sonrisa se ensanchó.
—He encontrado un paquete suyo en mi jardín. Creo que el repartidor volvió a equivocarse.
Me quedé inmóvil.
Después de todo lo que había sucedido, todavía tenía el descaro de utilizar la misma excusa.
—Déjalo en el porche —respondí.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—Preferiría entregárselo en persona.
—No es necesario.
Durante unos segundos, ninguna de las dos habló.
Entonces Linda inclinó ligeramente la cabeza y bajó la voz.
—He oído que la policía estuvo aquí esta tarde.
No respondí.
—Espero que no les haya contado historias absurdas sobre mí. A nuestra edad, a veces es fácil confundirse.
Aquellas palabras me hicieron hervir la sangre.
—Tengo ochenta años, Linda. No estoy confundida. Sé perfectamente lo que he visto.
Su expresión cambió.
Por primera vez, dejó de fingir amabilidad.
Se acercó a la puerta y habló casi en un susurro.
—Entonces debería tener mucho cuidado con lo que cree haber visto.
Michael se colocó a mi lado.
—Aléjese de nuestra puerta. La policía ya está al tanto de todo.
Linda miró hacia él.
Y entonces sonrió de nuevo.
Pero aquella sonrisa era diferente.
Era fría. Calculada.
—Ah, Michael. Qué bueno que estés aquí. Tu abuela y yo tenemos un pequeño malentendido que debemos resolver.
—No tenemos nada que resolver —contestó él.
Linda dejó la caja en el suelo.
—Como quieran.
Se dio la vuelta y caminó hacia su casa.
Yo esperé hasta que desapareció detrás de su puerta antes de salir al porche con Michael. No tocamos la caja. Llamamos a la agente Carter y seguimos sus instrucciones para conservarla como posible evidencia.
Cuando la agente llegó, examinó el exterior del paquete.
No había etiqueta de envío.
No había dirección.
Ni siquiera había cinta adhesiva de una empresa de mensajería.
Solo una palabra escrita a mano en la tapa:
«HARRIS».
La agente nos miró seriamente.
—No lo abran. Lo examinaremos con el procedimiento adecuado.
Pero antes de que pudiera llevárselo, mi teléfono vibró otra vez.
Un mensaje del mismo número desconocido.
Esta vez incluía un archivo de vídeo.
La agente Carter me indicó que no lo abriera hasta que ella pudiera examinarlo. Sin embargo, cuando le mostré la vista previa, su rostro se endureció.
En la pantalla aparecía una habitación oscura.
Había montones de paquetes apilados contra las paredes.
Y sentado en una silla, con las manos atadas y la boca cubierta con cinta, estaba el señor Harris.
Parecía cansado. Tenía el cabello revuelto y la camisa manchada.
Pero estaba vivo.
Entonces, una sombra apareció detrás de él.
Una mujer se acercó a la cámara.
Era Linda.
Se inclinó hacia el objetivo y habló con una calma aterradora.
—Señora, usted parece una persona inteligente. Así que voy a darle una última oportunidad para hacer lo correcto.
Levantó una hoja de papel.
—Mañana por la mañana, usted dirá a la policía que se equivocó. Declarará que yo nunca robé sus paquetes y que las grabaciones no muestran lo que usted cree.
La mujer hizo una pausa y miró directamente a la cámara.
—Si no lo hace, el señor Harris pagará las consecuencias.
El vídeo terminó.
Nadie habló durante varios segundos.
Yo tenía las manos tan frías que apenas podía sostener el teléfono.
La agente Carter tomó aire y se volvió hacia su compañero.
—Necesitamos localizar a este hombre ahora mismo.
—¿Y si ya lo han trasladado? —preguntó el policía.
—Entonces tenemos que averiguar adónde.
Michael me rodeó los hombros con un brazo.
—Abuela, esto se acabó. No vamos a dejar que te haga daño.
Miré de nuevo la pantalla apagada.
Durante semanas había creído que Linda era simplemente una vecina deshonesta que aprovechaba cualquier oportunidad para quedarse con mis compras.
Ahora sabía que había algo mucho más grande detrás de aquellos paquetes.
Y el señor Harris podía estar pagando el precio por haber intentado detenerla antes que yo.
La agente Carter se preparó para marcharse, pero justo cuando llegó a la puerta, recibió otra llamada.
Escuchó en silencio.
Su expresión cambió por completo.
—¿Está seguro? —preguntó.
Después colgó y nos miró.
—Hemos encontrado el almacén.
—¿Y el señor Harris? —pregunté desesperadamente.
La agente tragó saliva.
—Hay señales de que alguien estuvo allí hace muy poco. Pero no está solo. Hemos encontrado decenas de paquetes, documentos con nombres y direcciones de otras personas y fotografías de varias casas del vecindario.
—¿Fotografías de casas? —repitió Michael.
La agente asintió.
—Incluida la suya.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Por qué tendría fotografías de mi casa?
La agente me sostuvo la mirada.
—Eso es lo que vamos a averiguar. Pero hay algo más: entre los documentos había una lista de personas señaladas como posibles testigos.
Hizo una pausa.
—Su nombre aparece en primer lugar.
En ese instante, desde la calle llegó el rugido de un motor.
Los tres miramos por la ventana.
Un vehículo negro acababa de detenerse frente a la casa de Linda.
La puerta del conductor se abrió.
Un hombre alto, vestido completamente de negro, bajó y miró hacia mi porche. Después sacó su teléfono, comprobó algo en la pantalla y caminó directamente hacia la puerta de Linda.
Antes de entrar, levantó la vista.
Y miró directamente a mi ventana.
La agente Carter apagó las luces de la sala.
—Aléjense de las ventanas —ordenó en voz baja.
Michael me sujetó la mano.
Entonces escuchamos tres golpes fuertes en la puerta de Linda.
Una voz masculina resonó al otro lado de la calle:
—Linda, tenemos un problema. La anciana ha encontrado el rastreador.
Se hizo el silencio.
Y entonces el hombre añadió unas palabras que jamás olvidaré:
—Y si la policía llega hasta Harris, todos nosotros iremos a prisión.